13 diciembre 2020

Reflexiones


 

 

 

 

 

 

Este año que se marchita, pero no muere. Este año que marchita, y mata. Este año que acaba, pero sigue. Sigue socavando moral, integridad, miserias. Socavando el deseo de que todo empiece limpio, brillante y lleno de ilusión con el nuevo año. 

Acaba diciembre, y con él la vida, el futuro, las ilusiones de muchas almas, muchos seres que no merecían el desprecio y el olvido, el entierro en una fosa común de soledad. 

Acaba el año, y las redes asociales se llenan de cartelitos diciendo en una frase lo que su autor ha aprendido, lo que le ha enseñado este 2020. Yo no puedo resumirlo en una sola. Son tantas cosas...

Lo primero que he aprendido, lo más importante, por grave y trascendente: la gente, salvo contadas y honrosas excepciones, es IDIOTA. Idiota; egoísta; ignorante; insensata; insolidaria. Si esa conjunción de factores no se puede definir como maldad, se acerca mucho a ello. Con la ratificación de lo que ya se intuía a menor escala, difícil seguir subiendo en gravedad. 

He aprendido, consecuentemente, que el peor virus de la naturaleza no es un ser inerte, o "no vivo", como algunas corrientes de la comunidad científica se empeñan en denominarlo. El peor virus está muy vivo, aunque cada vez menos: el ser humano. Su egocentrismo, su egoteísmo, su ego... A veces pienso que esta pandemia es la manera que ha encontrado la naturaleza, como ha hecho a lo largo de millones de años, de curar su principal enfermedad: nosotros. La madre tierra seguirá su viaje por el espacio. La vida se abrirá camino, como siempre ha sido, como ha hecho en cuanto hemos tenido que recluirnos. Animales por las calles, verde en las aceras, azul en el cielo. Ahora hemos vuelto a salir, y Gaia no va a permitir que volvamos a enfermarla.

He aprendido que el ser más fuerte puede caer como un castillo de papel con la base mojada por lágrimas derramadas sobre la mesa. Que todos, por fuertes que seamos, tenemos derecho a sentirnos débiles. Y no pasa nada. Que las lágrimas son necesarias, a veces, para regar nuestras raíces y reverdecer. No sé si más fuertes, pero al menos... vivos.

Que la soledad es más dolorosa y mortal que el propio virus. Mata despacio, en silencio. Te consume hasta secarte y convertirte en mojama emocional. Que no podemos elegir nacer, ni a menudo cómo vivir. Pero sí podemos escoger cómo, cuándo marchar. El acto de egoísmo más legítimo, aunque con él no mueras sólo tú. Yo tengo preparadas mis maletas y reservado el billete. Sólo he de esperar el momento adecuado. Y espero poder decidirlo yo.

He aprendido la verdadera importancia de los abrazos. En este año de hipersoledad elegida por hiperresoponsabilidad hacia quienes más quiero, he podido comprobar cómo la ausencia de las vibraciones, la energía del ser querido rodeándome, me ha hecho sentir un vacío tan doloroso como mortal. Un abrazo es un intercambio de vida, de emociones, de linfa vital a través del aura y su calor que te inunda y alimenta. No dejemos de abrazarnos en cuanto podamos. Más importante aún que un beso, que el mismísimo sexo. Sin esto último he podido vivir sin mayor sufrimiento. Sin los abrazos... a duras penas.

He aprendido a decir "Te quiero" a mis seres queridos. A Todos. Con la mayor parte de ellos lo he hecho mediante la literalidad de las dos simples palabras. Con alguna otra, más elaboradamente. Pero lo he hecho. Y quiero seguir haciéndolo. Siempre. Palos y piedras? Las palabras también. Y la ausencia de ellas. Por eso nunca ya dejaré de decirlo. Te quiero.

He aprendido que si alguien no te corresponde, si alguien no te quiere, si no quiere estar contigo, debes dejarle marchar, sin más. Sin más. 

He aprendido tantas cosas... A caer y a levantar, a cerrar los ojos y, a mi pesar, volver a despertar con los primeros rayos del amanecer. A llorar y a sonreir. A ser menos yo y más los demás. A sacrificarme por quien lo necesita, por quien me necesita. A trascender. A seguir adelante, aunque haya de atarme saquitos de piedras en los tobillos para que el viento de la vida no me lleve ante la hoquedad de mi mochila de esperanzas.

He aprendido. He aprendido tanto...

Y mientras escribo suena esto. El descubrimiento de un alter ego emocional......

06 diciembre 2020

6-12

 
Nos encantan las formas geométricas. Líneas que inventan una figura, como el pintor un retrato. Líneas con un sentido absoluto, que transmiten una emoción, como los dedos del músico en su piano. Líneas redondas en su plenitud, naciendo y muriendo a menudo en un mismo punto, iniciando y cerrando un ciclo. Como la vida. Como el amor.

Por eso nos gustan las cifras. Las fechas. Dotarlas de un significado simbólico. Elegimos un día, un mes, que nos sirva para vivir. Para revivir. Para recordar -re cordis, volver a pasar por el corazón- aquello que fue especial. Por eso cobra singular importancia elegir también el día, el mes con el que sellar el ciclo, unir los puntos que terminan la forma. 

6-12 es una de esas fechas redondas. Ambas cifras son pares. Armónicas. El 6 es bello. Agradable en su curvatura. Como el yang. La fuerza del universo masculina, incorpórea. Espiritual. Aire. El 12 es el mes más triste y a la vez nostálgico. Blanco y negro a la par. Redondo por sí solo. Con él acaba el año, y metafóricamente cualquier círculo vital. A su vez, es el doble de 6. Diríase que en su interior lleva recogido, junto con aquel, el Yin. La parte femenina del universo. Terrenal. Tierra. Por tanto, es una fecha ideal para empezar una vida y, por ende, para acabarla. Armónicamente. En paz.

6-12  para mí es la sorpresa. La manifestación palpable de que, a veces, a la vida le gusta darte una colleja cuando te empeñas en desafiarla. Una demostración de fuerza, de poder. De autoridad. Las cosas no son como uno quiere, como uno piensa. Son como la vida dice que son. Punto. Y si tienes prejuicios, recelos, ideas estancas, no importa: ahí está la vida para soplar fuerte y derribar tus "sólidos" cimientos mentales. Así es ella. Imperativa. Taxativa. Tiránica.

6-12 es también el juego del universo. Nosotros no somos sino fichas de baratillo. Ese yin, ese yang, entran en completa controversia cada vez. Opuestos. Opuestos tan potentes que se atraen irremediablemente, irresistiblemente. Opuestos que se unen tan fuertemente que, una vez conectados, resulta una quimera separarlos. Opuestos tan potentes que cuando entran en conflicto se destruyen, saltan chispas de fricción no precisamente pasional. Opuestos que se desintegran. Y la energía del cosmos, manipulada a su antojo por el propio universo, se encarga de reconstruirlos. Y vuelta a empezar.

6-12 es una sonrisa en el recuerdo. Una pequeña mueca labial entre la bruma. Un cachorro entre mis brazos. Pis de perro en mi camisa.Un café en un icónico lugar. Otro café, tramposo y traicionero.  El inicio del fin.

6-12 es la llamada perdida. El mensaje que se borra. El timbre que no suena. El teléfono mudo y ciego. Los adioses para siempre hasta mañana. Los regalos de envoltorio ajado por el transcurso de los años acumulados en el armario. Los viajes no viajados. Los abrazos no abrazados. Ilusiones, rotas. Deseos, frustrados. Proyectos, incumplidos.

6-12 es días, meses, años. Es tantas cosas que es una vida entera que comienza. Y que termina. Que acaba no cuando muere, sino cuando la matas. Y yo no me resignaba a enterrarla viva. No hay opción, ya. Llegó el momento. Cuál mejor...

 




29 noviembre 2020

En una hora

Son tan importantes las palabras... 

Palabras... ecos de voz que se distorsionan con el tiempo y se convierten en puñales o caricias, bofetadas o sonrisas.Los recovecos de la memoria crean películas "basadas en hechos reales", pero nunca fieles a la verdad. En la balanza del recuerdo pueden más unas u otras, dependiendo de cómo haya acabado la historia. A veces no tienen nada que ver, porque el corazón finalmente manda, y lo que terminó gris oscuro se vuelve agradablemente marengo.

Siempre te querré... Nunca te olvidaré... No habrá nadie más...Nadie como tú... My Lord... Milady... A menos cuarto abajo...

A veces nos engañamos para bien. Aquel gesto no era de amor, sino de burla; lo que parecía ternura era compasión; determinadas virtudes tan sólo eran lobos con piel de carnero. Otras, al contrario. Su ira en realidad era dolor. La culpable no era ella, sino yo. Sus defectos no eran sino corderos con piel de lobo...

Así somos. No nos engañan: nos engañamos. A favor o en contra, para mal o para bien. Hay que sobrevivir. Y la paleta de colores de los sentimientos se recorre de arriba a abajo descubriendo tonos intermedios en cuestión de sorbos de nostalgia.

Al final quedan las imágenes, bañadas, protagonizadas, realzadas por las palabras. Y nada más. Nada más. 



14 noviembre 2020

Noviembre

Ven.

Dame la mano. 

No me dejes solo en este oscuro camino que va llegando a su fin. Que la luz de las primeras horas de la mañana no me encuentre solo, desnudo entre mis frias sábanas, enfrentándome a la cruenta batalla de afrontar un nuevo día.

Ven. Dame la mano. En este claroscuro donde dominan los grises de la penumbra sobre los brillos de las farolas, no me dejes solo. Llueve fuera y mis zapatos están podridos de pisar tanto charco emocional. Abrázame. Seca mi pelo con el tuyo. Seca mi piel con tu cuerpo, mis ojos con tus manos, mi alma con tus besos.

Ven.

Dame la mano.

No me dejes solo en este empedregado camino que va llegando a su fin. No permitas que la débil luz del ocaso me encuentre solo, desnudo en mi cama, esperando un final que acecha y no acaba de llegar. Recuesta tu cabeza sobre mi pecho. Que alimente mi espíritu el eco de tu corazón. Que mi piel se tranquilice con tu tacto. Que seas tú lo último que mis manos toquen. Que la oscuridad eterna me encuentre dormido, con tu peso sobre mi cuerpo, con tu respiración fundida con la mía.

Ven. Dame la mano. Y si la vida aún tiene a bien regalarme un mínimo aliento, que sea el tuyo a través de mi boca. Déjame disfrutar de los pequeños retales de felicidad que puedan aún rozarme entrelazado entre tus dedos. Déjame cobijarte bajo mi hombro, mientras avanzamos hacia donde el destino nos lleve. Déjame abrazarte en tus malos momentos. Déjame enseñarte lo poco que sepa, acariciarte cada día, secar tus lágrimas con mis dedos. Cerrar tus ojos con mis labios cada noche e inducirte el sueño.

Ven.

Dame la mano. Hace frío ahí fuera. 

Hace frío dentro. 

Noviembre

Nadie debería morir solo... 

20 octubre 2020

Música

A menudo utilizo la música como refuerzo emocional, motivacional, empático. Busco la matemática sonora que mejor encaje con mi estado de ánimo y me visto con ella, para sentirme acompañado y comprendido. Suele funcionar.  El resultado no es lo que mucha gente esperaría de la música, pues ayuda, pero no como muchos buscan. No anima en los malos momentos, simplemente sirve como catarsis terapéutica.

Pero el poder de la música va más allá. Más allá de la catarsis, de la palmadita en la espalda, del empujón hacia arriba, en función de quién y cómo legítimamente la utilice. La música puede también utilizarte a ti. Ser ella quien tome las riendas, quien provoque sensaciones, estados, sentimientos. Como todo arte. Esa es su magia. Su razón de ser. En este caso el proceso es el opuesto. No acompaña en tu estado anímico, sino que lo provoca.

Quise hacer este experimento con mis hijos. Nos sentamos los tres en el sofá, en penumbra, con los ojos cerrados. Respiramos profundo, pusimos la mente en blanco, y simplemente escuchamos este tema. Procurando no intoxicar nuestro cerebro. Dejando de lado imágenes o estados previos. Simplemente escuchar, dejar que nos atravesaran las ondas en armónica y mágica frecuencia, como lo hacen a diario las de la radio, electrodomésticos, móviles… Pero atravesándonos el corazón y no el cerebro. Después, tras tomar –o retomar- aire, lentamente, cada uno a su ritmo, cuando pudo y como pudo, fuimos poniendo en común lo que la pieza nos sugirió. Lo que nos vino a la mente. Las sensaciones de nuestra alma. Las imágenes, vivencias, paisajes, sensaciones.

Fue interesante, como cabía esperar. No voy a contar aquí quién sintió qué ni cómo. Pero entre los tres vivimos toda clase de estados, comunes, distintos, complementarios. Un paisaje en la naturaleza bucólica y apacible; recuerdos de las noches de verano en el pueblo sentados de madrugada en la finca observando las estrellas y escuchando su música; los amigos en verano; el amor imposible que mata y muere, o casi; la soledad; un desván desnudo y oscuro y una figura mirando quieta a través de la ventana, triste; una sombra que salta desde la azotea y se precipita lenta y plácidamente hasta el suelo. Ganas de llorar. La soledad, una vez más…

Invito a que todo el mundo lo lleve a la práctica. Sólo, o en compañía. Experimentar la música. Sentirnos mal saliendo de nuestro caparazón, y sentirnos a la vez liberados porque por fin algo consigue que salgamos de él. Encogernos por el miedo y el desamparo que ello provoca. Tener el valor de sentirnos vulnerables, aún estando solos, y purgar la oscuridad que a menudo llevamos dentro, a través de lágrimas negras. Y descansar después, al fin. Y, si eres de los que tienes la suerte de ser feliz de cualquier modo, o de los que lo dicen, sencillamente experimenta la magia de que algo superior a ti te haga emocionar. Merece la pena.

On the nature of the daylight 

 

22 septiembre 2020

Otoño, dentro


22 de septiembre. En esta delirante realidad que sufrimos día a día, el Otoño parece el único capaz de mantenerse cuerdo. Y  coherente. Apenas comienza, y las más tempranas horas de la mañana ya se empapan con las primeras nieblas. Reconfortantes, para las almas tristes.

A menudo, en los momentos de oscuridad emocional, el corazón no necesita revestirse de bonitas mentiras, de palabras de ánimo, de empujoncitos en la espalda. Simplemente añora alguien que le escuche, que le comprenda, que no se empeñe en anudarle una maroma y tirar de su testuz. Comprensión y empatía. Nada más. Por eso, aunque parezca contradictorio, la niebla, la lluvia, el silencio, son a menudo la medicina que necesita el alma en los momentos duros. Compañeros armónicos con la entropía emocional. Oídos que escuchan y entienden. Y callan. Simplemente.

Volverán las hojas secas a alfombrar los empedrados de mi ciudad, las riberas del río, los bosques en su impúdica desnudez. Volverán a crujir bajo nuestros pasos, y sólo algunos sabremos apreciar su melodía. Volverán las calles, los parques, los jardines a abrigarse bajo la paleta de decenas de ocres, a llorar sus últimos brotes de savia. Y sólo algunos sabremos apreciar su poesía. Volverán los tonos azul oscuro y grises a decirnos que entre el cielo y el suelo hay mucho más arte que en el interior de tantos y tantos. Y sólo algunos sabremos embriagarnos con su belleza. Volverán las lágrimas del éter a llenar de verde los campos y de melancolía las ciudades, y sólo algunos detendremos nuestro andar para que la lluvia nos cale hasta los sesos y se mezcle con la nuestra.

Bienvenido, dulce Otoño. Mientras la gente se marchita con tu presencia, yo vuelvo a renacer. Y sigo esperando.

Otoño...


05 septiembre 2020

Hoy la vi


 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Hoy la vi pasar

Algo instintivo me hizo girar la vista hacia la izquierda, como una llamada atávica, como una desviación de mi energía hacia ella, una fuerza que me arrastraba sin motivo hacia ese lugar. Mera casualidad, seguro. 

Hoy la vi pasar.
El sol de la mañana se reflejaba en su pelo alisado, y su travesía a través del tamiz de su melena clara formaba un aura ante la que Ulises nada hubiera podido hacer. Sirena de tierra adentro.

Hoy la vi pasar.
El color del verano se ha quedado perenne en su pelo, metáfora donde las haya. En esos escasos dos segundos recordé todos los veranos que no pude vivir con ella en tantos años. Tantos años.

Hoy la vi pasar.
Dos segundos apenas. Pisando fuerte. Espalda recta. Paso firme. Gesto autosuficiente, con un cierto aire de soberbia. Lanzando mensajes a la vida.

Hoy la vi pasar. La vi. Pasar.

01 agosto 2020

Y llega el momento

Y un día, de improviso, te das cuenta de que llega el momento de decir Adiós. Adiós a tantas cosas que has arrastrado a tus espaldas, hincado en el barro de la mediocre banalidad del amor "sincero", de las promesas incumplidas, de las verdades mentirosas. Adiós al "hasta luego"; al "para siempre, pero", al "hasta nunca, a veces". Adiós al "adiós". Adiós al "por si acaso". Adiós al "no pero sí pero no pero ya veremos".

Adiós a la esperanza de que un día todo cambie al despertar. De que nada cambie y no despierte. Adiós a la pasividad y la confianza en el Karma, en quien paradójicamente nunca confié. Adiós al no vivir por no vivir. Adiós al vivir por si acaso vivo. Adiós al languidecer de mi atardacer ya comenzado. Si he de morir, sea. Si he de vivir, aunque no quiera, adelante. Soy lo que soy, y he de disfrutar de ello, aunque me haga desgraciado. El factor diferencial no debería ser motivo de lamento, sino de satisfacción. Y no hay rosa sin espinas, ni placer sin sudor.

Adiós al vivir por. Al vivir por ella o por tí, por mis hijos, por mis padres. Si acaso, por estos. Por quienes lo han dado todo, y lo siguen dando. Por la justicia moral, por la justicia universal. Pero no por los demás. Te daré lo que me des, os querré mucho más de lo que me queráis, pero no sufriré más de lo que sufráis. O no tan poco. He de vivir con mi conciencia y honor. El segundo está intacto. La primera, estoy en ello. Haré, lucharé, navegaré lo que haga falta. Pero no moriré por. No moriré sin. No moriré, si no es por mí. Cuando quiera. Como quiera. No.

Adiós a la insatisfacción vital, patológica, endémica. Soy lo que soy, dije. Soy lo que soy. Me querré lo que pueda, cuanto pueda y como pueda, aunque  los demás no lo hagan, no lo digan, no lo den. Dependo de mí, no del mundo. Dependo de mi integridad y mi valor, no de los likes de los demás, del beneplácito condescendiente, del falso reconocimiento, de los aplausos que apenas duran un eco. Y que un día, cuando menos necesitas, te dejan... solo. Sola. Solos.

Vivivé lo que pueda y cuanto pueda. Como pueda.Y hasta que quiera. Y cuando no, me marcharé. Cuando quiera. Y dejaré un bonito epitafio que rece: "Llegó el momento. Los que me quisisteis, derramad una lágrima por mí. A los demás... os espero aquí."


16 julio 2020

Nunca


Nunca.


Nunca es tarde para un beso. Siquiera el último. El penúltimo. Nunca es tarde para un Te Quiero, a pesar de todo. Nunca.

Nunca es tarde para pedir perdón. Ni para ser perdonado. Nunca es tarde para ser grande, para demostrarlo. Nunca.

Nunca es tarde para un abrazo. Para un abrazo de despedida tan largo que da la vuelta al corazón y se convierte en una confortable bienvenida. Nunca es tarde para dar la vuelta. Para volver. Nunca.

Nunca es tarde para la empatía. Para la comprensión. Para la amabilidad. Para los demás. Nunca es tarde para el otro, para ese otro. Nunca.

Nunca es tarde para pensar. Para ser. Para sentir. Para cambiar. Para ser cambiado. Nunca.

Nunca es tarde para amar. Para dejarse amar. Para volver a dejarse. Amar. Nunca.

Nunca.

06 julio 2020

VERDADES MENTIROSAS

Hay verdades que mienten. A veces pasa. A menudo, de hecho. No son mentiras. No son voluntariamente engañosas. Simplemente son cosas que se dicen con la mejor intención, pero terminan siendo falsas. Son voluntades y promesas que se lanzan en un momento de pasión, de dolor, de extremos. Pero no se cumplen. Lo sabes en tu fuero interno, pero no obstante las sueltas. A veces las expeles, las vomitas. El perfume de las buenas palabras dura lo que el aroma de un jardín en verano: una noche. El aroma de las malas, es como una mierda fresca en el zapato. Por más que intentes limpiarla, siempre queda entre las aristas de la suela. La del alma. Y su repugnante hedor dura. Y dura.

Te querré siempre.
Nunca te fallaré.
Siempre voy a estar ahí.
No te olvidaré jamás.
Esta vez es la buena.
Daría mi vida por tí.
Cuando me necesites, silba...

Verdades que sentimos sabiendo que se convertirán en mentiras, si no lo son ya. Pero somos así. Vivimos de la gloria del momento, de la emoción del (re)encuentro, del sudor compartido, de la saliva entremezclada. Así somos. Así es.

Pero no sólo eso. Incluso en los peores momentos mentimos.

No quiero volver a verte jamás.
Esto no te lo perdonaré en la vida.
Vete y no vuelvas.
Sal de mi cuerpo y de mi vida.
Sal de mi vida y de mi cuerpo.
Te juro que te voy a olvidar.
El dolor me ayudará a salir adelante.


Las primeras son las peores mentiras para quien las escucha. Estas últimas, son las peores mentiras para quien las pronuncia...


28 junio 2020

STOP!

Imaginemos un niño. Dulce, guapo, enormes ojos verdes, naricilla chata, soñador. Con toda la vida por delante. Pocos amigos, pero buenos. Y suficientes. Buen estudiante, con inquietudes, imaginativo, aunque un tanto reservado. Tímido. Muy tímido. Siempre necesitó que dieran el primer paso por él, que le abrieran los brazos y la puerta. Entonces él entraba y se hacía querer. Y se dejaba querer.

Nadie elige nacer. Nadie elige tampoco dónde, cómo ni cuando hacerlo. Nadie puede elegir cómo ser, con qué carácter, habilidades sociales, facilidad para abrirse, cercanía, simpatía o dones. Cada uno nace como nace, con lo que le toca. Y tiene que vivir con ello. De cómo el resto de la sociedad le trate o le acepte dependerá cómo desarrolle, en qué se convierta y con qué facilidad. Y de eso el ser humano no es consciente. Es un animal social, dijo Aristóteles.Pero no habló nada de la proporción de cada término.

Sigamos imaginando a ese niño. El colegio es un lugar hospitalario. Los maestros son eso, maestros. No profesores. Maestros de vida, segundos padres, gente que igual te cuenta la historia de España como si fuera un cuento que te escucha los problemas y con su mano en el hombro y voz profunda y amable te reconforta como ese abuelo que desgraciadamente nunca tuviste. Los compañeros le respetan como a un buen colega, de los primeros de la clase, y los amigos están ahí, entrañables, aunque no comparta con ellos más que las horas de educación y esos ratos al finalizar el tiempo lectivo, corriendo por el patio, jugando al fútbol, minibasket o al frontón. Es feliz con esos momentos, con algunos pocos más los fines de semana dando un paseo con éste o con el otro, y en la paz de su hogar, jugando con sus soldaditos de plástico, una caja de lata que servía de casa, almacén, barco o bunker, y los airgamboys marcianos... lo más! Su fantasía hacía el resto.


Imaginemos ahora a ese niño que llega a los catorce y, pensando en lo mejor para él pero sin contar con él, le cambian a un instituto de fama y calidad, según decían. De buenos profesores y mejores resultados. Según decían. Pero al que no fue ninguno de sus amigos. Ninguno de sus compañeros. Ninguno de sus conocidos. El único instituto residencia de la ciudad, al que iban en manada salvaje todos los chavales a medio civilizar de los pueblos, haciendo piña compartiendo espacio y tiempo veinticuatro horas al día. Y en medio de todos ellos él. Un niño aún, tímido, reservado, desprovisto de cualquier apoyo emocional durante seis interminables horas al día... sólo. Sólo en medio de una jauría de animales sin educación, cultura, higiene ni formación humana. El blanco perfecto. El juguete de dos, tres, cuatro o diez bestias cuya forma de sentirse bien, de ser los gallitos del corral, es reirse del más débil. Humillarle. Hundirle. Ridiculizarle e insultarle. Ponerle motes, intentar pegarle a veces. Mientras toda la clase ríe las gracias. Sus desgracias. No todos están de acuerdo, por supuesto. Pero nadie se atreve a levantar la voz. Nadie se atreve a defenderle, por temor a ser ellos también objeto de su estupidez.

Rápidamente se corre la voz. En poco tiempo, su sala de tortura deja de ser la clase para convertirse en el edificio entero. Nadie le conoce. Nadie se ha tomado la molestia. Pero todo el mundo le mira, le señala. Se ríe. Particia, por acción u omisión. Y él cada vez se va sintiendo más pequeño. Cada vez se encoge más, literalmente. Físicamente. Se avergüenza de sí mismo. Se da asco. No se quiere mirar al espejo por temor a encontrarse al ser que los demás dicen que es. Y cada vez se hunde más. Se aísla más. Se queda en un rincón, donde nadie puede verle, para que nadie pueda burlarse. Una tortura que se repite seis horas al día más quince minutos de ida y quince de vuelta, mañana y tarde. Cinco días a la semana. Nueve meses al año. Durante cuatro años. Los cuatro años de la adolescencia, esos que te terminan formando como persona, que te convierten en el hombre que vas a ser en el futuro... si llega el futuro. Si no acaba antes.

Nacen los miedos, los complejos, los recelos. Las desconfianzas, el temor, la ira ante el mundo. Ese niño-joven no sólo arrastra miserablemente su cuerpo y su alma por el instituto. Tampoco quiere salir a la calle. Cuando lo hace y oye risas, automáticamente piensa que son originadas por él. Vivir en el centro tampoco ayuda. Por eso, el poco tiempo que pisa el exterior lo hace por caminos solitarios, aislados, casi vacíos. Donde nadie puede reconocerle, donde no oye risas que le hagan acelerar el paso y apretar los dientes para contener lágrimas y rabia.

Esos miedos, complejos, recelos. Esas desconfianzas, temores, ira y dolor, se mantendrán durante toda su juventud e incluso, atenuados, durante su madurez. Le convertirán en una persona desconfiada por naturaleza. Con dificultades relacionales, con pocos amigos. Un ser exigente, muy exigente con los demás  y consigo mismo; a veces irascible, con fuerte carácter y personalidad que irá atemperando con los años, pero que no se lo pondrá nada fácil la primera mitad de su vida. Somos lo que nos hacen. Somos lo que vivimos. Pero también, a la par, se convierte en un ser con una capacidad para amar, una vez conseguido romper su coraza, inmensa. Tanto amor que no dió en su juventud lo ha guardado para entregarlo sin medida, aunque no siempre se vea. Es una persona de pocas palabras, pero de muchos hechos. Un ser sensible, extremadamente sensible y sensitivo; un hombre capaz de percibir la belleza, valorarla, crearla. Un ser protector, un lobo para su familia. Una persona, también, con capacidad de ver mucho más allá que otros, de elevarse por encima del resto a la hora de percibir, deducir, anticiparse. Alguien muy singular, con mucho y muy interesante aún por dar. Alguien completamente especial. Artista. El arte, la música, le salvó la vida. En sentido literal. Por eso forma parte de su esencia. Pero aún arrastra su hermetismo. Aún es un ser difícil para mucha gente. Aunque ya no le importa. Sabe que quien es capaz de entrar en su mundo, se ve lleno y colmado. Aunque sean pocos. Muy pocos.Pero esos pocos tienen que saber lo que hay detrás, lo que ha vivido, su mochila de mierda, para poder entenderle e interpretarle. Esa es la parte más dificil de todas.

No juzguemos a nadie. No tenemos datos. Aunque los tuviéramos, tampoco tenemos derecho. Todo el mundo vive su lucha, arrastra su dolor, sus vivencias, sus fracasos, sus golpes. Doy fe. Acerquémonos al otro, intentemos comprenderle, y sobre todo, tendámosle la mano. Quizá, al agarrarla, percibamos una corriente que nos llene el alma.

P.D. Nadie echó una mano a ese niño. Ningún compañero, aunque en privado le mostrara un mínimo apoyo, le ayudó en publico. Por cobardía. Y lo que es peor: ningún profesor, jefe de estudios, director, aún sabiéndolo, hizo nada por evitarlo. Nadie alzó la voz. Nadie habló con él ni por él. Quizá porque ellos mismos eran también blanco de las hirientes burlas de esos malolientes animales. Pero ya eran adultos. Y profesores. Y responsables. Nadie hizo nada. En este caso sólo deseó, cada día, no despertar. En otros muchos, esos niños hacen lo necesario para no volver a despertar. Evitemoslo entre todos. Es nuestra responsabilidad. Stop Bullying. STOP!


23 junio 2020

Anónimo Veneciano. Epílogo

EPÍLOGO

Anónimo Veneciano es la historia de un adiós. Un punto y final. Una muerte que se anuncia entre pestilencia y decadencia, entre belleza y emoción. Una historia de encuentros y desencuentros, de mentiras y no tanto, de romance y desamor. Una historia de metáforas. De un amor.

Una historia de risas y llantos, de luz y de tinieblas, de felicidad y quemazón. Besos y palabras, llantos y miradas. Pasión. La vida misma, en fin.

Pero también es la historia de un perdón. De una petición. A su modo, a su manera. Una redención poco antes de la muerte. A su modo, a su manera. Cada caricia contenida, cada beso encadenado, cada mirada furtiva y de soslayo, es una declaración de amor. A su modo. A su manera. Cada milímetro de piel estremecido, cada gota de saliva intercambiada cual linfa vital viene a decir "Te amo, a pesar de todo"; "Perdón". A su manera. A su modo.

Él se va en el primer barco de la última mañana, entre una predecible y simbólica bruma. Se desvanece en ella, poco antes de partir. Ha calmado su corazón, ha vaciado su cloaca, en un ejercicio quizás egoísta de purga emocional. Pero esta vez le tocó a él. Se lleva ese deseo de que un día, desde lo más profundo de sus sentimientos, esos que quedan secuestrados en la celda del alma custodiada por un ejército de rencor y dolor, ella... le perdone. Como hizo él. A su modo...

Se va. Se lleva su deseo y un último presente: el hormigueo perenne del roce de su lengua y el calor y la belleza, interminables, de su cara entre sus manos.

14 junio 2020

Anónimo Veneciano. Allegro

TERCER MOVIMIENTO. ALLEGRO.

N. del A. Allegro es un término musical que hace referencia al tiempo, no al modo. Al ritmo, no a la esencia. Allegro es rápido, movido, enérgico incluso. No alegre. No forzosamente. De hecho, grandes sinfonías tienen en sus allegros las piezas más lúgubres, más incómodas. El primer movimiento de la 5ª Sinfonía de Beethoven, por ejemplo. O de su 9ª. O de la 3ª, la Heróica...

El tercer y último movimiento de esta obra es ambiguo, ecléctico, multitímbrico. Como todo en su relación. Grandes oscuros, pequeños claros. Inicios tormentosos con oasis de esperanza. Finales brillantes aún en su mismo sentido de tenebrosidad. Desencuentros eternos, certezas inconsistentes. Discusiones mortales, besos que les convertían en dioses. Cuchilladas en el alma sanadas con saliva y sudor. Una caricia que les elevaba hasta la más alta y frondosa cumbre y caída libre rompiendo sueños y corazón en mil pedazos. Y un abrazo que recogía todas las piezas y las juntaba de nuevo en un momento mágico. Mil pedazos reensamblados con el único pegamento del intercambio de energía, de paz, de esperanza que da sentir sus pechos juntos y el arnés de sus brazos. Mil pedazos que recomponían una torre que volvía a caer al separarse. Quizá faltaba la argamasa, o quizá se acabó, o no fue lo suficientemente mezclada en su justa proporción.

En todo esto meditaba asomado a la ventana de su vieja habitación, desnudo, mientras ella arreglaba su pelo en el baño, minutos antes de la despedida final. Los destartalados tejados de San Polo resultaban hipnóticos. Deseaba salir huyendo de allí corriendo y saltando sobre ellos, pero llevándola de la mano. Aún en su huída de ella, necesitaba hacerlo con ella. Es algo que, ella, nunca supo ver. Quizá una parcela de simplicidad mental en su laberíntico cerebro. Quizá por el hermetismo de él, refugiado en su Sancta-Sanctorum cuando la tormenta azotaba sus muros. Quizá por los dos, o por ninguno, o por el juego con el que un aburrido dios se distraía utilizándoles siempre de peones.

"Ya estoy", dijo. "Voy", respondió en apenas susurro. Se vistió rápidamente, atusó brevemente sus canas frente a su enemigo de cristal sucio y desgastado, y le abrió la puerta, como siempre. Como casi siempre. Bajaron las canteadas escaleras con cuidado de no resbalar, y se dirigieron hacia el muelle. Venecia olía a podrido, a viejo. Las húmedas callejuelas, los palacios, el agua... el muelle. Allí estaba el barco en el que deseaba acabar con todo cuanto antes. En el que deseaba huir. Con ella.

Se miraron a los ojos. En los de ella, rayos de ira conteniendo lágrimas. Esos rayos que aún hoy le rasgan por dentro. En los de él, aséptica seriedad delante de una córnea enrojecida. Quisieron decirse algo. No quedaban palabras. Un corto abrazo. Una despedida. Y su cara entre sus manos.

28 mayo 2020

Anónimo Veneciano. Adagio Agitato

SEGUNDO MOVIMIENTO. ADAGIO AGITATO.

Amanecía. No habían dormido mucho. Ni poco. Como antes. Como siempre. Sus noches siempre fueron mucho más largas que su sueño. Que sus sueños. Los primeros rayos de sol del alba a través de las desiguales ranuras de la destartalada persiana de aquel hotel de segunda en San Polo resultaban hipnóticos, tiñendo de naranja las sucias paredes de aquella pequeña habitación.

Recolocó la cabeza sobre su pecho desnudo. Siempre le gustó dormir así, o intentarlo, al menos. Le proporcionaba una confortable sensación de seguridad esa amplitud, esa fortaleza desprovista de vello. Y sentir sus latidos golpeando sus muros. Apartó suavemente el pelo que navegaba por su nariz. Siempre ocurría, siempre lo hacía. Al comienzo le proporcionaba cierto agobio el calor de su frondoso cabello, pero terminó tolerándolo, disfrutándolo. Añorándolo... Es curioso. A veces, la vida camina en dirección contraria. A menudo lo que más te atrae de una persona termina, pasado por el tamiz del tiempo, resultándote odioso. Otras veces, sin embargo, ocurre al revés. Con ella fue así a menudo. Lo que le atrajo en un principio lo sublimó día a día. Y algunas de las cosas que le resultaban cargantes fueron transformándose en aceptables, entrañables incluso. Era parte de su magia. De su encanto. Ese pelo excesivo, el contacto continuo en los momentos de luz, el que le siguiera a todas partes -a todas- como un perrillo pequeño, dormir sobre su pecho... Otras, en cambio, no. Otras, muy en cambio, no. Por eso estaba así. Por eso quiso alejarse tantas veces. Y por aquello nunca acabó de hacerlo. Del todo.

No les quedaban fuerzas. Su reencuentro frío en principio, desesperante después, había terminado en un seísmo de pasión, ternura, fuerza, delicadeza, sudor, amor... Ese amor que siempre les había hecho, como decía aquel. Ese amor que difícilmente amante alguno ha podido encumbrar a la categoría de arte como lo hacían ellos, como les hacía a ellos... dando sentido a todo. Unión de dos almas a través de sus cuerpos. No era sexo. Era unidad. Eran todo.

No les quedaban fuerzas, pero no importaba. Era imposible sentir su piel sin terminar brindando a los dioses motivos para separarles por sentirse amenazados ante su poder. Hicieron una última vez el amor. Bebieron el néctar de sus cuerpos. Se derramaron una vez más en su interior. El sol del mediodía, ahora sí, les encontró navegando por los canales de sus sueños. La cabeza sobre su pecho. El brazo sobre su hombro. Y su pelo abarcándolo todo.

18 mayo 2020

Anónimo Veneciano. Allegretto.

PRIMER MOVIMIENTO. ALLEGRETTO.

Contrapunto. Contrabajo. Staccato. Comienza su monólogo, como tantas otras veces, paseando en la noche. Sólo. Ceño sereno, mirada dura hacia el desdibujado horizonte de luces diafragmáticas. Su eco no resonará mucho tiempo. Enseguida se le une ella. La Viola. Su voz más aguda, por momentos chillona... responde, sobreescribe, pretende anularle. Siempre tuvo complejo de instrumento secundario, de relleno. Quizá por eso su bravura. Su fiereza. Su rabia contra el (su) mundo. Uno en cada esquina. Castigados. Juntos, pero de vueltos. El Trombón viene en apoyo del bajo, sosteniendo su idea musical. Argumentos sólidos, escuetos pero contundentes. Pa! Pa! Pa! En seguida el Cello intenta poner paz con su voz grave y armoniosa, ligando sentimientos y aplacando ánimos. Pero una vez más salen a la luz contrargumentaciones, recuerdos de ida con palabras disimuladamente airadas. La flauta travesera se reviste de dulzura para asestar latigazos implacables, lacerantes, en inevitable y esperado contrataque. Metáforas...

Es la historia de un amor. Como no hay otro, igual. Lo mires por donde lo mires. Momentos de brillo inmenso y noches eternas de tormenta y oscuridad, aún recién entrada la mañana. Pero la noche. Siempre la noche. Siempre de noche.

Continúan caminando. La pestilencia del Gran Canal domina cada paso, cada grito, cada voz. Cada silencio. Calma tensa, veneno en las palabras, introducidas en vena a través de los colmillos de la ira en la mirada. Del desprecio. Del egoísmo. Cómo tanto daño, tanta sustancia letal en tan poco frasco!! El Fagot y la Tuba acaban de componer un movimiento molto agitato e turbolento, en un viaje en góndola sobre las aguas sucias y marejadas.

El final es inminente. La melodía, por conocida y ejecutada tantas veces, no cambia de partitura. Aún así, daría lo que fuera por sobrescribirla. Reescribirla. Pero no encuentra las notas, el aire, el tempo... Y la pieza ha terminado, con un sonoro redoble de timbales. Quizás no! Quizás podría...

Platillos.

11 mayo 2020

Anónimo Veneciano. Drama Romántico para fagot y orquesta en tres movimientos y varios epílogos

Preámbulo.

Allí estaba, a lo lejos. De pie en el cochambroso muelle. Todo en Venecia parecía viejo... el muelle, el agua, los palacios, las húmedas callejuelas empedradas... Todo, absolutamente todo, era una extraña y entrañable metáfora. Y allí estaba ella. Con su pelo de color moreno-cobrizo-anaranjado-chocolateado que él nunca supo definir. Sólo sabía que era largo, muy largo. Demasiado. Ni eso pudo conseguir de ella, pensaba. Aún cuando a veces le hubo pretendido sorprender con un corte sustancial y "radical" que a ella siempre le pareció excesivo. A él, escaso. Metáfora tras metáfora.


Allí estaba, a lo lejos. Con su largo pelo de color indefinible jugando con la corriente que las bocacalles y el propio muelle creaba y que, en singular simbiosis, aunaba frescura y pestilencia. Metáforas... metáforas...
La reconoció enseguida: pequeña pero altiva, diminuta aunque esbelta, de pelo de color indefinible pero... preciosa. No fue hasta casi amarrar, sin embargo, que apreció sus rasgos. El tiempo había pasado por ella como pasa la historia por los muros de Nôtre Dame, quemada, destruida pero renacida, aún más bella. Más que antaño, más que a su lado. Brillaba, a pesar de su rictus atenazado por los nervios y ese sentimiento de "qué-coño-hago-yo-aquí". Brillaba, a través de una sonrisa forzada. Brillaba, más que él, por quien los años habían pasado como el viento de poniente sobre las playas de Tarifa. Revolviéndolo todo. Llevándose los últimos granos de arena de madurez y abriendo la puerta a la inexorable vejez. Por dentro. Al menos, aún tenía pelo...

Agarrado a la baranda, con su porte de seguridad impostada, descendió hasta pisar tierra, sintiéndose desagradablemente torpe. Se acercó con fingida decisión a tiempo de andantino y el corazón presto agitato. Metros antes, sintió lo que presentía: su energía, su torbellino de sensaciones entremezcladas y re-batidas. Paró a escasos centímetros. La miró lento, a través de sus gafas de sol. Escudriñó oculto tras los cristales, intentando leer algo distinto a lo que percibía, le atravesaba, revolvía su interior. Apenas pudo. Así que, frente a ella, en silencio, simplemente... sonrió.

-Perdone... Enrico no tocaba el oboe?
+Quién es Enrico?

P.D. El fagot es el gran olvidado de las orquestas. El paria. El marginado, a la sombra siempre del oboe, incluso del clarinete. Reivindico el protagonismo de la excelencia minoritaria. Siempre. Ya.

Metáforas...

27 marzo 2020

Mortal (II)


Mortal, decía. Tremendamente Mortal. Porque mata de estupidez. Porque al postureo y mensaje multicolor le sigue la pandemia, y el mensaje inicial del no-pasa-nada ha calado en algunos mucho más que los hechos consumados. Monto este sábado en coche para ir al súper. Voy con el corazón encogido. Me pertrecho como puedo: dos pares de guantes, uno sobre otro. Dos mascarillas, una sobre otra. Gafas para proteger –o intentarlo- la mucosa de los ojos… Me viene a la mente la imagen de los liquidadores de Chernóbil, y me río. En plan Joker. Monto en el coche como puedo, dejando bien a mano el alcohol y el gel, en un inútil e ingenuo intento por sentirme un poquito más seguro. No funciona. El corto trayecto resulta inquietante, desasosegante. Las calles vacías a las dos de la tarde son signo de que algo malo pasa. La sensación de anormalidad atraviesa los huesos, como si mi cerebro me pusiera en alerta, me dijera “¡huye de aquí!”. Pero mi estómago dice otra cosa, así que continúo.  Dentro del establecimiento la cosa no mejora. El miedo se huele, se palpa. El miedo… y la estupidez. La estupidez sin límites. Algunos llevamos guantes. Otros, mascarilla. Los que podemos, las dos cosas. Y el resto… el resto pasea su incredulidad, su ignorancia, su falta de criterio, su estulticia entre los pasillos. Sin guantes. Sin mascarilla. Sin pañuelo. Sin cabeza. Tocándolo todo, tocándose todo. Ajenos. Estúpidos. Insolidarios. Imbéciles. Víctimas que propician víctimas. Vuelvo a mi barrio y oigo niños en la calle. Me asomo a la ventana del baño. Van con un “adulto”, no consigo identificarle. Van sin guantes. Sin mascarilla. Tocándolo todo. Tocándose todo…

Mortal, decía. Tremendamente Mortal. Porque más allá de la enfermedad física, del dolor, de la estupidez… esta enfermedad sigue matando. Y lo hace de la forma más cruel: mata de SOLEDAD. La soledad de los enfermos en la UCI. Los jóvenes, preguntándose cuándo podrán volver a vivir. Los ancianos, preguntándose si podrán volver a vivir. Y sabiendo que la respuesta, muy probablemente, sea NO. Camastros en improvisados boxes en los que nuestros padres, nuestros abuelos, languidecen entre espasmos, delirios y ataques de tos, exhalando en cada uno de ellos un minuto más de vida… y solos. Completamente solos. Quien lleva toda su existencia sacrificándose por los suyos, ve cómo ésta se consume y marchita sin poder agarrar la mano de sus seres queridos, sin haber podido despedirse siquiera, sin un último beso, sin un “te quiero”. Sin un “adiós”. Muerte indigna. Muerte cruel. 

Y aún hay otra muerte. Igual de cruel. La muerte en vida. Mucha gente se queja del confinamiento. Gente que ha de quedarse en casa con su pareja, con sus padres, con sus hijos. Se quejan de no poder salir. De aguantar a los niños, a los viejos, a la parienta o pariento… Otros muchos no podemos quejarnos. No hablo ya de los sanitarios ni fuerzas de seguridad. Tema aparte. Hablo de gente “corriente”, invisible. Gente que tenemos que seguir yendo a trabajar, aún pudiendo trabajar desde casa. O sin poder. Pero tenemos que salir todos los días a lidiar con la enfermedad, a la guerra sin armas. Al miedo de estar rodeado y no saber cuándo vas a caer, con el triste agravante de que esa derrota no ha tenido ningún sentido. No ha ayudado a nadie. Sólo a uno. Y ese, paradojas de la vida, no cae. Y al volver al hogar muchos, como yo, nos encontramos con la casa vacía. Sin nuestros padres, aislados en su casa para protegerles. Sin pareja. Sin nuestros hijos, en casa de su madre para protegerles a ellos y a su otra familia. Nadie que te consuele, que te de un beso, un abrazo.  Así durante…  ¿cuánto? ¿Un mes? ¿Dos? Sesenta días, probablemente mínimo, sin ver a tus hijos, a tus padres, a tus amigos. Sesenta días, probablemente mínimo, sin besar a nadie, sin abrazar a nadie, sin tocar a nadie. Vacío.  Tremendamente vacío. Siempre supe de la importancia de los abrazos. Más aún que los besos. Al abrazar sientes el calor del otro, fundes su energía con la tuya, te alimentas, te vuelves uno. El abrazo da paz. Habla sin palabras, consuela sin más. Ahora sólo tengo el eco del amor de los míos rebotando en mi interior… hueco.

EPÍLOGO
Los antropólogos dicen que nuestro ancestral miedo a las arañas viene de nuestros tatatatatatatatatarabuelos. Cuando el animal al que hacían frente era más veloz, más grande, más fiero que ellos, se ponían a salvo trepando a los árboles. Allí se sentían seguros. Pero un artrópodo a menudo milimétrico, escondido entre la corteza y los nudos del tronco, era suficiente para matarle. Era el enemigo invisible. Nuestra generación, la de nuestros hijos, y las venideras, recordarán este 2020 como el año del enemigo invisible, de la vuelta a la prehistoria, de la derrota del ser superior de la naturaleza ante lo insignificante. Como nuestro ego. Como nuestra vida.