No te esperaba. No te imaginaba. No sabía de tí. Hoy, noches después, sigo sin saber. No te conozco. Nada. Y, sin embargo, he recorrido tantos rincones de tu alma...
Sé de tu sensibilidad. De tu fortaleza. De tus miedos ocultos, tan ocultos que ni tú misma eres consciente de su presencia. Sé de tu ternura, de tu pasión, de tu belleza. Y sé de tu castillo, de tu refugio, de tu altivo orgullo. De tus murallas mal ensambladas. De sus grietas y socavones. Aspiré a recorrer sus pasadizos subterráneos para llegar a tus biselados aposentos. Pero me quedé atorado en el intento. Atrapado entre los barrotes de tu cancela.
Fuiste brisa y fuiste viento. Húmedo rocío y agreste tempestad. Fuiste atardecer y sol abrasador. Fuiste mucho, y fuiste nada. Pero fuiste. Eso es lo que queda. Eso es lo que guardo. Eso es lo que es.
No llegué a ver tu rostro, pero pude acariciar tu pelo. Mis ojos no vieron tu sonrisa, pero mis labios bebieron tu boca. No he llegado a rozar tu piel, pero mis dedos han tocado sobre ella hermosas melodías de fugaz amor, dulces notas acompasadas en adagios tendentes a andantinos, y temperamentales prestos molto vivaces. Te tuve en mí sin ni siquiera aspirar tu olor... Puedes entenderlo? No.Seguramente no.
No importa. Nada importa. Mañana no existiré para tí. Quizá hoy ya tampoco. Mañana serás para mí un recuerdo extraño, un sueño que nunca ocurrió. Una sensación de déjà vu, una imagen en mi subconsciente, un matiz, un retrogusto en mi memoria. Pero, hasta que eso ocurra, hasta que despierte de la tormentosa noche que me aguarda, déjame llorarte. Déjame sufrirte. Deja que me acueste con la dulce melancolía del amor que no fue, de la vida que no vivimos, de la pasión que se esfumó antes de surgir. De las caricias contenidas.
Hasta mañana, pues.
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