28 mayo 2020

Anónimo Veneciano. Adagio Agitato

SEGUNDO MOVIMIENTO. ADAGIO AGITATO.

Amanecía. No habían dormido mucho. Ni poco. Como antes. Como siempre. Sus noches siempre fueron mucho más largas que su sueño. Que sus sueños. Los primeros rayos de sol del alba a través de las desiguales ranuras de la destartalada persiana de aquel hotel de segunda en San Polo resultaban hipnóticos, tiñendo de naranja las sucias paredes de aquella pequeña habitación.

Recolocó la cabeza sobre su pecho desnudo. Siempre le gustó dormir así, o intentarlo, al menos. Le proporcionaba una confortable sensación de seguridad esa amplitud, esa fortaleza desprovista de vello. Y sentir sus latidos golpeando sus muros. Apartó suavemente el pelo que navegaba por su nariz. Siempre ocurría, siempre lo hacía. Al comienzo le proporcionaba cierto agobio el calor de su frondoso cabello, pero terminó tolerándolo, disfrutándolo. Añorándolo... Es curioso. A veces, la vida camina en dirección contraria. A menudo lo que más te atrae de una persona termina, pasado por el tamiz del tiempo, resultándote odioso. Otras veces, sin embargo, ocurre al revés. Con ella fue así a menudo. Lo que le atrajo en un principio lo sublimó día a día. Y algunas de las cosas que le resultaban cargantes fueron transformándose en aceptables, entrañables incluso. Era parte de su magia. De su encanto. Ese pelo excesivo, el contacto continuo en los momentos de luz, el que le siguiera a todas partes -a todas- como un perrillo pequeño, dormir sobre su pecho... Otras, en cambio, no. Otras, muy en cambio, no. Por eso estaba así. Por eso quiso alejarse tantas veces. Y por aquello nunca acabó de hacerlo. Del todo.

No les quedaban fuerzas. Su reencuentro frío en principio, desesperante después, había terminado en un seísmo de pasión, ternura, fuerza, delicadeza, sudor, amor... Ese amor que siempre les había hecho, como decía aquel. Ese amor que difícilmente amante alguno ha podido encumbrar a la categoría de arte como lo hacían ellos, como les hacía a ellos... dando sentido a todo. Unión de dos almas a través de sus cuerpos. No era sexo. Era unidad. Eran todo.

No les quedaban fuerzas, pero no importaba. Era imposible sentir su piel sin terminar brindando a los dioses motivos para separarles por sentirse amenazados ante su poder. Hicieron una última vez el amor. Bebieron el néctar de sus cuerpos. Se derramaron una vez más en su interior. El sol del mediodía, ahora sí, les encontró navegando por los canales de sus sueños. La cabeza sobre su pecho. El brazo sobre su hombro. Y su pelo abarcándolo todo.

18 mayo 2020

Anónimo Veneciano. Allegretto.

PRIMER MOVIMIENTO. ALLEGRETTO.

Contrapunto. Contrabajo. Staccato. Comienza su monólogo, como tantas otras veces, paseando en la noche. Sólo. Ceño sereno, mirada dura hacia el desdibujado horizonte de luces diafragmáticas. Su eco no resonará mucho tiempo. Enseguida se le une ella. La Viola. Su voz más aguda, por momentos chillona... responde, sobreescribe, pretende anularle. Siempre tuvo complejo de instrumento secundario, de relleno. Quizá por eso su bravura. Su fiereza. Su rabia contra el (su) mundo. Uno en cada esquina. Castigados. Juntos, pero de vueltos. El Trombón viene en apoyo del bajo, sosteniendo su idea musical. Argumentos sólidos, escuetos pero contundentes. Pa! Pa! Pa! En seguida el Cello intenta poner paz con su voz grave y armoniosa, ligando sentimientos y aplacando ánimos. Pero una vez más salen a la luz contrargumentaciones, recuerdos de ida con palabras disimuladamente airadas. La flauta travesera se reviste de dulzura para asestar latigazos implacables, lacerantes, en inevitable y esperado contrataque. Metáforas...

Es la historia de un amor. Como no hay otro, igual. Lo mires por donde lo mires. Momentos de brillo inmenso y noches eternas de tormenta y oscuridad, aún recién entrada la mañana. Pero la noche. Siempre la noche. Siempre de noche.

Continúan caminando. La pestilencia del Gran Canal domina cada paso, cada grito, cada voz. Cada silencio. Calma tensa, veneno en las palabras, introducidas en vena a través de los colmillos de la ira en la mirada. Del desprecio. Del egoísmo. Cómo tanto daño, tanta sustancia letal en tan poco frasco!! El Fagot y la Tuba acaban de componer un movimiento molto agitato e turbolento, en un viaje en góndola sobre las aguas sucias y marejadas.

El final es inminente. La melodía, por conocida y ejecutada tantas veces, no cambia de partitura. Aún así, daría lo que fuera por sobrescribirla. Reescribirla. Pero no encuentra las notas, el aire, el tempo... Y la pieza ha terminado, con un sonoro redoble de timbales. Quizás no! Quizás podría...

Platillos.

11 mayo 2020

Anónimo Veneciano. Drama Romántico para fagot y orquesta en tres movimientos y varios epílogos

Preámbulo.

Allí estaba, a lo lejos. De pie en el cochambroso muelle. Todo en Venecia parecía viejo... el muelle, el agua, los palacios, las húmedas callejuelas empedradas... Todo, absolutamente todo, era una extraña y entrañable metáfora. Y allí estaba ella. Con su pelo de color moreno-cobrizo-anaranjado-chocolateado que él nunca supo definir. Sólo sabía que era largo, muy largo. Demasiado. Ni eso pudo conseguir de ella, pensaba. Aún cuando a veces le hubo pretendido sorprender con un corte sustancial y "radical" que a ella siempre le pareció excesivo. A él, escaso. Metáfora tras metáfora.


Allí estaba, a lo lejos. Con su largo pelo de color indefinible jugando con la corriente que las bocacalles y el propio muelle creaba y que, en singular simbiosis, aunaba frescura y pestilencia. Metáforas... metáforas...
La reconoció enseguida: pequeña pero altiva, diminuta aunque esbelta, de pelo de color indefinible pero... preciosa. No fue hasta casi amarrar, sin embargo, que apreció sus rasgos. El tiempo había pasado por ella como pasa la historia por los muros de Nôtre Dame, quemada, destruida pero renacida, aún más bella. Más que antaño, más que a su lado. Brillaba, a pesar de su rictus atenazado por los nervios y ese sentimiento de "qué-coño-hago-yo-aquí". Brillaba, a través de una sonrisa forzada. Brillaba, más que él, por quien los años habían pasado como el viento de poniente sobre las playas de Tarifa. Revolviéndolo todo. Llevándose los últimos granos de arena de madurez y abriendo la puerta a la inexorable vejez. Por dentro. Al menos, aún tenía pelo...

Agarrado a la baranda, con su porte de seguridad impostada, descendió hasta pisar tierra, sintiéndose desagradablemente torpe. Se acercó con fingida decisión a tiempo de andantino y el corazón presto agitato. Metros antes, sintió lo que presentía: su energía, su torbellino de sensaciones entremezcladas y re-batidas. Paró a escasos centímetros. La miró lento, a través de sus gafas de sol. Escudriñó oculto tras los cristales, intentando leer algo distinto a lo que percibía, le atravesaba, revolvía su interior. Apenas pudo. Así que, frente a ella, en silencio, simplemente... sonrió.

-Perdone... Enrico no tocaba el oboe?
+Quién es Enrico?

P.D. El fagot es el gran olvidado de las orquestas. El paria. El marginado, a la sombra siempre del oboe, incluso del clarinete. Reivindico el protagonismo de la excelencia minoritaria. Siempre. Ya.

Metáforas...