27 abril 2022

金継ぎ

 
El kintsugi (金継ぎ) forma parte de la tradición japonesa, tan dada ella a relacionar cuerpo y alma, materia y esencia. Según esta, todo aquello que se rompe -ya sea un vaso o el propio espíritu- no se tira a la basura sino que, muy al contrario, adquiere mucho más valor al llevar aparejada esa fractura la consiguiente experiencia vital, una intrahistoria de la cual se extrae un aprendizaje y cuyo sufrimiento lo engrandece. Para simbolizar esta idea -con la que estoy completamente de acuerdo- desde hace cientos de años reparan los objetos de cerámica con oro. De esta forma, las grietas vienen a ser cicatrices de la vida, y la utilización del oro refleja ese valor también en el mundo material.

Creen los nipones que lo viejo, lo ajado, lo usado y desechado, lo que ha sufrido y cuanto más haya sufrido, no debe esconderse o tirarse sino más bien todo lo contrario: debe mostrarse con orgullo y dignidad ante lo nuevo o lo intacto. En definitiva: el sufrimiento, la experiencia, la vida en sí... es lo que nos da entidad, importancia.

No es cuestión de ir presumiendo de nuestros fracasos, nuestras derrotas emocionales, nuestros traumas. Eso, en una sociedad como esta, queda como feo... es mucho más agradable una bonita sonrisa aséptica que un rostro que muestra las marcas del dolor, claro que sí. Pero tampoco hay que esconderse. Tampoco llevar una máscara que nos aísle de la interacción con los pocos que sean capaces de sentirla. Yo desde luego no lo hago, ni lo haré. Nunca seré una plañidera, ni el típico coñazo de tío que va contando sus cuitas a quien no le importan, pero tampoco un maniquí hueco para hacer la estancia más cómoda a los demás. Soy humano, soy espíritu, disfruto y sufro, y no quiero esconder ni una cosa ni la otra. Porque eso implicaría dos cosas: ocultar y avergonzarte de quien eres y vivir pendiente de agradar o no molestar a los demás. Y, ¿sabes una cosa? Cuando mueras, en cuarenta y ocho horas, todos aquellos que han disfrutado de tu sonrisa de cerámica harán exactamente lo mismo que los que te han visto más humano: olvidarte y seguir con sus vidas.

Este viejo jarrón roto en decenas de pedazos está ahora mismo con la última capa de dorado metal. Y seguirá su camino, sí o sí, hasta que la vida o él mismo decidan terminarlo. Por tanto continuaré, como pueda. No volveré a pararme, porque la vida es hacia delante, por pocas ganas que se tenga a veces de caminar. Así que cogeré mis pocas pertenencias y reanudaré mi camino. No puedo seguir parado. No puedo esperar por nada ni por nadie, sobre todo si ni siquiera me ha pedido que espere. Quien quiera caminar a mi lado que me lo haga saber. Quien quiera acompañarme en mis descansos, que me lo haga saber. Quien quiera iniciar un camino nuevo, en común, que me lo haga saber. Es así de simple. No quiero a mi lado a nadie que no me quiera. A nadie a quien no le guste. A nadie a quien disguste. No quiero a mi lado a quien no quiera estar. A mi lado. A quien no quiera que esté. A su lado.

¿Quieres caminar conmigo? Nada me haría más feliz. Adelante. Házmelo saber. Hablaremos de la ruta y el calzado. Pero no esperes mucho. He comenzado mi viaje. Mis pasos son lentos, pero firmes. Y quizá cuando quieras llamar esté tan lejos que no te oiga. O alguien más me haya dado su mano para avanzar suavemente hacia el tenue sol del atardecer.

Si no volvemos a vernos, si no volvemos a coincidir en el camino... sé feliz. De corazón en reparación.

Volar sin ti 


22 abril 2022

Como yo necesito (2)











Nunca renunciaré a esto. Nunca.

Nunca renunciaré a besar a mi ser amado cada día, todos los días. A recibir sus besos cada día. Todos. Los días.

Nunca renunciaré a hacerle el amor cada día, todos los días. A que me haga el amor también a mí. Cada día. Todos los días.

Nunca renunciaré a contar cómo me siento, qué me pasa. Sin que me pregunte. A que me diga cómo se siente, qué le pasa. Sin tener que preguntar.

A tener confianza plena. A que la tenga conmigo. A ser uña y carne.

A compartirlo todo. A estar encima, pero no por encima. Uno del otro, el otro del uno. A no perder nunca el contacto piel con piel.

A sentir sus abrazos que dan vida. A darle vida con mis abrazos.

A ser su prioridad y que siga siendo la mía. Dos en uno. Uno y uno. Dos. Uno.

Nunca renunciaré a escribir y abrir sus mensajes en cuanto los reciba, como si me fuera la vida en ello. Porque me va. Porque es precisamente mi vida. Sencillo, ¿no? A que me escriba y abra mis mensajes como si le fuera la vida en ello. Porque le va. Porque soy su vida.

Nunca renunciaré a pasear agarrados, abrazados, de la mano. Jugando por la calle, besándonos por las esquinas como dos adolescentes primerizos. Nunca.

Nunca renunciaré a vivir intensamente el amor. Los dos. En igual medida. Porque siempre doy. Siempre doy más, siempre empiezo yo. Y espero, un poco. La vida se va, y no quiero más vivir a medias. Pero si no recibo lo mismo, o parecido; si las promesas no se cumplen; si me vacío por ella y me siento vacío con ella... entonces me marchito. Y, desgraciadamente, lo hago mucho antes que el propio amor. Y eso no es bueno. No. Nada bueno surge. Y me aíslo, y me enfado con dios y con el mundo. Y con ella. Y, más aún, conmigo.

Pero, sin embargo... aún en el peor momento, aún cuando más lejos estoy, cuando menos doy porque menos aún recibo... una sola lágrima derrumba mi torre, derrota mi ejército. Entero.

Desgraciadamente soy así. Estúpido. Pero nunca renunciaré a amar, a ser amado, a dar y a recibir... como yo necesito.

P.D. Sí, me quedaré sólo. Pero honesto.

Y no hay más


 

 

 

 

 

 

Cuando la mente priva del amor al corazón

el corazón priva a la mente de la paz.

05 abril 2022

No puedes huir

 

 

 

 

 

 

 

No puedes huir.

No hay lugar al que puedas ir. No hay esquina en la que ocultarlo, por más oscura que esté. No hay papelera en la que vomitar tu rabia sin que desborde, ni cisterna que sea capaz de tragar tanta emoción.

De nada sirve correr. Te atrapará, porque está unido a tí. Es elástico. Cuanto más rápido corras, más se estirará. En algún momento tendrás que parar. Y, justo cuando lo hagas, llegará el doble de rápido de tanto tensarlo. Y te golpeará. Y te tumbará. Y volverás a correr, y a correr, y a parar. Y te volverá a alcanzar. Y te golpeará de nuevo. Y te tumbará. Y así toda la vida.

De nada sirve odiar. De nada sirve arrojar a la basura el lastre emocional en forma de presentes pasados, pasados presentes. Guardar papeles, tirar pictogramas emocionales en rojo y negro. Pan para hoy, bofetada para mañana. Lo que destruyes lo sustituyes, con más de lo mismo. 

De nada sirve mirar para otro lado. Mirar al lado. Beber viejas bocas despreciadas para olvidar. Buscar bocas nuevas, para olvidar. El sabor rancio, el sabor sin sabor, sólo te recordará su frescor, su dulzura, su calor. Vendrá de nuevo a tí su olor cuando otro sudor se pegue en tu piel. En ese momento sí que desearás huir. Y desaparecer. Sentirás suciedad. Suciedad en el alma. Esa que no se puede limpiar.

De nada sirve. No puedes escapar. Así que no lo hagas. Camina, disfruta del paseo. O convierte tu existencia en un bucle agotador de carreras contra el tiempo, contra la vida, contra la realidad.

Grita. Odia. Maldice. Insulta. Aplaca tu frustración. Y después, asume la verdad. Ríndete y disfrútalo. Porque casi nunca aparece. Pero cuando lo hace, cuando eres capaz de reconocerlo, ya no puedes huir de él. No puedes huir de tí.

Nadie puede.    

Nos vemos...