Creen los nipones que lo viejo, lo ajado, lo usado y desechado, lo que ha sufrido y cuanto más haya sufrido, no debe esconderse o tirarse sino más bien todo lo contrario: debe mostrarse con orgullo y dignidad ante lo nuevo o lo intacto. En definitiva: el sufrimiento, la experiencia, la vida en sí... es lo que nos da entidad, importancia.
No es cuestión de ir presumiendo de nuestros fracasos, nuestras derrotas emocionales, nuestros traumas. Eso, en una sociedad como esta, queda como feo... es mucho más agradable una bonita sonrisa aséptica que un rostro que muestra las marcas del dolor, claro que sí. Pero tampoco hay que esconderse. Tampoco llevar una máscara que nos aísle de la interacción con los pocos que sean capaces de sentirla. Yo desde luego no lo hago, ni lo haré. Nunca seré una plañidera, ni el típico coñazo de tío que va contando sus cuitas a quien no le importan, pero tampoco un maniquí hueco para hacer la estancia más cómoda a los demás. Soy humano, soy espíritu, disfruto y sufro, y no quiero esconder ni una cosa ni la otra. Porque eso implicaría dos cosas: ocultar y avergonzarte de quien eres y vivir pendiente de agradar o no molestar a los demás. Y, ¿sabes una cosa? Cuando mueras, en cuarenta y ocho horas, todos aquellos que han disfrutado de tu sonrisa de cerámica harán exactamente lo mismo que los que te han visto más humano: olvidarte y seguir con sus vidas.
Este viejo jarrón roto en decenas de pedazos está ahora mismo con la última capa de dorado metal. Y seguirá su camino, sí o sí, hasta que la vida o él mismo decidan terminarlo. Por tanto continuaré, como pueda. No volveré a pararme, porque la vida es hacia delante, por pocas ganas que se tenga a veces de caminar. Así que cogeré mis pocas pertenencias y reanudaré mi camino. No puedo seguir parado. No puedo esperar por nada ni por nadie, sobre todo si ni siquiera me ha pedido que espere. Quien quiera caminar a mi lado que me lo haga saber. Quien quiera acompañarme en mis descansos, que me lo haga saber. Quien quiera iniciar un camino nuevo, en común, que me lo haga saber. Es así de simple. No quiero a mi lado a nadie que no me quiera. A nadie a quien no le guste. A nadie a quien disguste. No quiero a mi lado a quien no quiera estar. A mi lado. A quien no quiera que esté. A su lado.
¿Quieres caminar conmigo? Nada me haría más feliz. Adelante. Házmelo saber. Hablaremos de la ruta y el calzado. Pero no esperes mucho. He comenzado mi viaje. Mis pasos son lentos, pero firmes. Y quizá cuando quieras llamar esté tan lejos que no te oiga. O alguien más me haya dado su mano para avanzar suavemente hacia el tenue sol del atardecer.
Si no volvemos a vernos, si no volvemos a coincidir en el camino... sé feliz. De corazón en reparación.

No hay comentarios:
Publicar un comentario