27 octubre 2010

Qué te pasa?

Qué te pasa, cariño?

Nada, papá.

Sí, te pasa algo.

Que no.

No me mientas, mi niño.

(…)

Qué te pasa, hijo?

Nada.

No me lo vas a decir? Somos amigos, no?

Que no me pasa nada.

No es verdad, te pasa algo.

Por qué lo dices?

Estás triste, algo te pasa.

Cómo lo sabes?

Soy tu papá. Lo sé todo de ti con sólo mirarte. Porque eres un trocito de mí. Si a ti te duele, me duele a mí también.

(…)

Estoy triste.

Por qué, mi niño?

(…)

Porque no puedo estar contigo.

(…)

Ahora estás triste conmigo (sollozos).

(sollozos) No, cariño mío. Estoy contento porque estoy contigo.

..................

Qué te pasa?

Nada, mamá.

Sí, te pasa algo…

(…)

(…)

(…)

Banda Sonora (III)

//Nota previa: estos escritos constan de letras y música. Por igual. Lo legible y lo audible comparten importancia, porque en el fondo son lo mismo, distintas formas de manifestar lo que pretendo expresar. Por eso, me gustaría que se escuchara a la vez que se lee. Sólo así se pueden comprender, sentir estos modestas voces espirituales//


Algo tienen los números redondos que tanto nos gustan. Comienzo de semana, de mes, de década o de siglo: todo nos parece un círculo que se cierra y otro que se abre, todo marca un punto de inflexión. Los seres humanos tenemos que ponerle nombre a todo. Somos tan pobres que nos sentimos perdidos sin lugares de referencia, marcos, nombres, denominaciones, catálogos o casillas donde ubicarnos. Si echamos la vista atrás, nos damos cuenta de lo maduros que nos sentimos cuando cumplimos veinte años. Y lo mayores que nos hicimos a los treinta, y lo infantiles que entonces nos parecía que éramos a los veinte. Y de lo adultos y estupendos que estamos a los cuarenta, en relación con la juventud e inexperiencia de la pasada década… y… prefiero no seguir pensando. Por ahora.

Acababa de cumplir mis veinte cuando comencé mi relación con P. Mi primer gran amor. Aún recuerdo nuestros paseos interminables recorriéndonos todos los rincones de la ciudad. Qué jóvenes éramos. Cuánto por descubrir, por compartir. Cuántas experiencias y sensaciones. Estábamos tan unidos que no veíamos un futuro que no acabara en el altar. No cabía en nuestra mente otra cosa que vivir por siempre juntos. No existían fisuras ni cismas, brechas o simas. A veces me viene la brisa cálida de la primavera y, sin cerrar los ojos siquiera, me encuentro a su lado, agarrados de la mano, abrazados, soñando. Yo era casi todo para ella. Y ella para mí. A su lado me sentía, más allá de querido, admirado. Me sabía una poderosa influencia en su vida. Soy consciente de lo que nos marcó el estar juntos en nuestro desarrollo como persona, máxime a esas edades. El teatro, la música, el sexo. La piel, las caricias, los proyectos, los principios. La identificación. Una forma de sentir común.

Nuestra unión trascendía de la subjetividad propia. La gente decía que nos parecíamos tanto, que nuestras caras empezaban a transformarse en un único rostro común. Vivíamos en una nube, más allá de las pocas discusiones que esporádicamente pudiéramos mantener. Tan felices éramos, o creíamos ser, que no nos dimos cuenta de que aquello era inviable. La dicha está reservada a momentos puntuales, y gozar de ella de forma habitual debió ser una agresión directa a las leyes de esta extraña vida. Un pecado que tuvimos que purgar con la muerte, como no podía ser de otra forma. Severo destino, designios incomprensibles. Ahora, tantos años ha, sigo sin entender qué pasó. Supongo que nuestra identidad común no era tal. Creo, después de meditar con la serenidad que da el transcurso del tiempo y la madurez, que la balanza estaba descompensada. Que no labrábamos un futuro común, que no andábamos el mismo camino. Que uno era el que daba los pasos y el otro le seguía, voluntaria, devota, sumisamente. Probablemente en un determinado momento, esa parte que, sin ser consciente, jugaba un papel secundario, se dio cuenta de ello. Y, sin darse tampoco cuenta, se reveló. Una tubería que lenta y cadenciosamente desprendía una gota cada día. Algo imperceptible, que a los tres años y tres meses terminó por derrumbar sorpresivamente el techo, sin haber manifestado la humedad creciente en forma de mancha o desconchón.

Nunca me dolió tanto una traición. Nunca sintió mi corazón tanto desgarro por una ruptura. Alguna vez la vi después. Supe que estaba con otro tipo, la llegué a ver agarrada de su brazo. Y me sorprendió. Me sorprendió, porque conmigo siempre sonreía. Me encantaba hacerla reír. Estaba seria, apagada, acaso triste. La volví a ver tiempo después, otra vez con él. Seria, apagada, triste. Un día me paré ante el escaparate de un establecimiento fotográfico. En él, ocupando una posición de privilegio, estaba su cara, su cuerpo, enfundada en un traje blanco con velos y flores. Sonreía. Me escoció en un primer momento. Luego me alegré. Me alegré de que sonriera, por fin, aunque fuera ante una cámara. Al poco tiempo la volví a ver por la calle. Iba con él. Agarrada de su brazo. La vi seria. Apagada. Acaso triste.

Pasaron los años. Tras mi separación, decidí cerrar antiguos frentes, viejas heridas. No se puede crecer ni avanzar si algo te ata todavía al pasado. Hubo un momento en nuestra relación, el mismo día de su final, que necesitaba limpiar de mi memoria. Tras más de quince años, me armé de valor y decidí pedir perdón. No sabía cómo me iba a recibir, cómo iba a reaccionar. Tras el primer momento de desconcierto, comenzamos a hablar. Nos fuimos sintiendo cada vez menos tensos, más a gusto. Hablamos de lo que pasó. Nuestros ojos comenzaron a encontrarse. Nos trasladamos a aquella época, empatizamos, concluimos. Pedimos perdón, cada uno a nuestra manera. Y, por un momento, ya en el adiós, sentimos que no hubiera pasado nada si nos hubiéramos despedido con un abrazo, con un beso. Con una sonrisa.

No he vuelto a verla. Pero ahora me encuentro en paz con ella. En paz conmigo. En paz.

Numerosas canciones, distintos géneros musicales a destacar en tres años de aprendizaje y crecimiento interior, en plena postadolescencia. Pero si algo cabe destacar, por su importancia en el tiempo, por la trascendencia en mi vida de su descubrimiento, esa es la música New Age. Aquellos difuntos Dialogos 3, de RNE3, son en buena parte culpables de lo que hoy soy. Amigo Trecet... GRACIAS.

De tantos y tantos temas he escogido especialmente este, por lo que fue, por lo que sigue siendo. Escuchadlo. Si no lo conocíais, no podréis sacarlo de la cabeza. Sentidlo. Disfrutadlo. Sufridlo.

The Fosse. Wim Mertens.

http://www.youtube.com/watch?v=Ee-5nnFWfKU

06 octubre 2010

Banda Sonora (II)

Mi segundo relación –la primera que pueda merecer tal calificación- fue con A. Acababa de estrenar los dieciocho, y todo mi ser era un volcán. Mi personalidad, un diamante en bruto –nunca mejor dicho- y mi sexualidad, una marejada tendente a fuerte marejada y mar de gruesa a muy gruesa. Comenzaba a encontrarme a mí mismo, a saber quién era, de qué palo iba. Descubrí que mi luz guía la configuraban una serie de valores y principios que me han acompañado, corregidos y aumentados, el resto de mi vida. Y si aquellos eran mi luz, los filamentos de la misma tenían un nombre: Sinceridad. Y varios sinónimos, complementos, asimilados, derivados: Honestidad, Coherencia, Integridad. Con el tiempo descubriría que, de todos ellos, el primero –aquel precisamente por el que empecé a ser yo mismo- era el menos beneficioso, el más prescindible. Se puede ser honesto, entendiendo por tal honrado, justo. Se ha de ser coherente, actuando en consecuencia siempre con lo que se piensa o se predica. Y de la combinación de ambos adjetivos y alguna cualidad más, se deriva la integridad. Creo que estas tres virtudes –para mí lo son, aunque carezca de más- hacen de mi una Persona; alguien que se equivoca, que tiene muchos defectos, pero en la que se puede confiar y, en esencia, aunque con formas a menudo erroneas o cuanto menos pulibles, buena gente. Pero la sinceridad… ay, la sinceridad… la sinceridad es un arma de doble filo. Es como el agua: algo aparentemente inocuo, necesaria para la vida, pero en exceso, y paradójicamente, letal. Los años – y muchos, muchísimos golpes- me enseñaron que esa cualidad no es un don que hay que regalar ni compartir, sino un favor que hay que dosificar. En definitiva: que la gente –entre la que, supongo, a ratos, me incluyo- sólo quiere escuchar lo que le agrada, y le importa tres cominos, por decirlo suavemente, lo que opines, si ello les puede hacer sentir incómodos. Eso, cuando te pregunta. Si no, entonces mejor no abrir la boca. Salvo, por supuesto, que se trate de alguien a quien quieres y que esas verdades, en cualquier caso subjetivas, le puedan hacer mayor bien que el mal inmediato de escucharlas. En resumen: aprendí que –siempre exceptuando a los seres queridos, y a veces ni eso- cuando la gente solicita tu opinión, quiere que les dores la píldora. Y, si no te la piden, directamente no quieren ni escucharla. ¿Y quienes somos los demás para incomodarles innecesariamente? Eso sí, una cosa es callarse, y otras mentir. Eso no. Eso, lo siento, me supera. Sencillamente, como dice el proverbio: si lo que vas a decir no es más bello que el silencio… no lo digas. Un amigo me dijo una vez que hay una diferencia entre ser sincero y ser bocazas… Amén.

Mi relación con A. fue propia de una novela victoriana: pasiones desatadas, discusiones sin sentido, pequeñas palabras que herían como arpones y el telón de fondo de lo prohibido, de la censura familiar que me ha perseguido durante muchos años. Debo tener cara de lascivo Lord Byron. Quizá mi gabardina negra de solapa subida ayudaba a tal imagen… junto con mi música y mis destructivas erupciones emocionales. Pero… ay! A veces echo de menos aquella incontinencia anímica, aquel geiser de sentimientos melodramáticos, de capa y espada, de callejuelas estrechas y empedradas bajo la luz de los faroles. De bendecir a Dios y maldecirle al momento, entre tragicómicas lagrimillas de dolor. Con ella descubrí –aún la recuerdo y casi puedo sentirla- esa sensación de una mano fría sobre mi piel más inexplorada por primera vez. De una caricia torpe bajo el sostén. De un corazón que se salía del pecho cuando mis manos avanzaban (siempre por debajo de la ropa, como debe ser) hacia rincones ocultos y prohibidos, ganando poco a poco terreno a su ferrea disciplina sexual, a sus protegidas fronteras orográficas. Aprendí –después lo corroboraría sobradamente- que un hombre de carácter y corpulencia puede convertirse en un muñeco de trapillo de felpa. Que el amor brota a borbotones, descontrolado, cuando aún eres adolescente. Que cuando creces aprendes a poner una espita reguladora para controlar el caudal. Que cuando peinas canas intentas quitarla, pero se ha quedado anquilosada, fundida en tus venas. Que ojalá pudieras sentir igual que antaño. Que desearías que el amor, y sólo el amor, en estado salvaje, incivilizado, impúdico, posesivo, sumiso, irracional, LIBRE… fuera el único motor y objetivo de tus días. Y aprendí también que, por extraño que seas, siempre hay alguien que lo es más. Como decían mis amigos: “joer, es más rara todavía que tú…” Y en efecto lo era. Cambiante, voluble, veleidosa. Hoy sí, mañana no. Ahora tal vez, luego adiós, después no te vayas…Un año y medio así, volando como un papel a merced de sus vientos cambiantes… hasta que un día me enganché en un rosal. Y cuando volvió a soplar, ya no pudo soltarme.

Muchas canciones en aquellos dorados finales de los ochenta marcaron aquella relación, desde Mecano a Tennessee, Duncan Dhu o Danza Invisible, pasando por Tracy Chapman o Peter Gabriel… Pero, si he de elegir, una, me quedo con esta… casi premonitoria… y definitoria, en su totalidad.

Llanto de Pasión. El Último de la Fila.