16 diciembre 2016

Bisturí de cuatro filos

Amor, amor que estoy herido
Herido de amor huido
Herido, muerto de amor.

Decid a todos que ha sido el ruiseñor.
Herido, muerto de amor.

Bisturí de cuatro filos
Garganta rota y olvido
Cógeme la mano, amor!
Que vengo muy malherido
Herido de amor huido

Herido! Muerto de amor!

Amor de Don Perlimplín con Belisa en sujardín.
F.G. Lorca



11 diciembre 2016

Gris

Hacía tiempo ya. No sé si incluso lo echaba de menos.No sé si incluso lo necesitaba. No sé si, incluso, clamaba por aparecer. Lo hizo, en cualquier caso. Tal vez para desvanecerse entre la bruma nebulosa que nos envuelve tantos días ya... como hace años, ya...  Tal vez, para quedarse como hace años... ya...

Durante mucho tiempo mi vida fue un cuadro de Goya. Una sucesión de claroscuros en los que alternaban profundas humanidades y ancestrales monstruos del inconsciente. Y todo esto sin haber probado drogas en mi vida... Evito pensar qué pasaría si finalmente hubiera podido dedicarme a mi amada música...

Síndrome del secuestrado. Noches perpetuas de oscuridad abrumadora, delirante, desgarradora. Rayos de sol cegadores, cálidos, casi hirientes de felicidad intensamente out of control. Y vuelta a la oscuridad tras las pocas horas del día. Así me hicieron. Así aprendía a vivir, así se amoldó mi corazón a la lucha por la supervivencia. Así aprendí a sentir. That's the shape of my heart.

Hace años me convencieron de lo nocivo que era para mí y para los demás. Autodestructivo conmigo mismo, dañino con los que quería, demoledor con los que me resultaban indiferentes. Me convencieron de que no podía vivir en esa montaña rusa de emociones, por el bien de todos. Aprendí entonces a utilizar distintas lentes para ver la realidad. Dejé de lado mi gusto por lo negro. Compré ropa de distintos colores, todos ellos mate. No era cuestión de ser otra persona, sino matizar al auténtico erik haciéndolo más atractivo a los demás y menos dañino para conmigo mismo. Y de esta forma desapareció el negro intenso. Dejé de sufrir tanto, para hacerlo de una manera más emocionalmente inteligente. Así he pasado últimamente por este camino de la vida: sin correr, sin parar. Sin gritar. Sin brillar. Dejando la oscuridad guardada bajo llave, pero sin darme cuenta de que, a la vez, los rayos de sol ya no eran blancos, amarillos intensos. Eran pálidos, tibios, anodinos. Mis claroscuros se convirtieron en gama de grises en los que puedes jugar con la tonalidad según convenga al momento. Y dejé de ser el yo que era para convertirme en otro yo, más social, más aceptado, mas... plano. Es cierto, se vive mucho mejor. Todos. Pero el precio a pagar es la bulimia emocional unas veces, la dieta estricta vegana otras. Todo me sabe igual. Todo tiene el mismo color, el mismo olor. Y lo peor de todo: no sé quién soy en la práctica. Aunque sí sé que el lobo no ha muerto. Está simplemente encerrado, dando vueltas en su jaula oscura, alimentandose de las frustraciones que no dejo que se manifiesten, de los gritos guardados, los besos no dados, los abrazos contenidos.

Esta noche el monstruo salió. Rompió a mordiscos los barrotes de su celda y corrió por mi cama sin control, aullando, gruñiendo, babeando, desgarrando con sus potentes mandíbulas un alma echa girones, o dos. Noche de lobos. De carnicería sentimental. De horror en vela luchando por mantenerme cuerdo y encerrar de nuevo a una bestia alimentada precisamente por querer matarla.

Y ahora me encuentro en la disyuntiva. Dejar que el lobo pasée un poco cada día hasta volver a domesticarlo y convertirlo en fiel protector de la manada, o volver a encerrarlo y provocar finalmente su conversión en animal mortal y sanguinario? Languidecer permanentemente en esta paleta monocromática o permitir al corazón vivir como él sabe, aunque con el tamiz de lo aprendido con el tiempo y la experiencia? Quién ganará?

Hay gente que no tiene este problema. Es plana. Felizmente plana. Yo no lo soy. Ni lo he elegido. Dejemos que la niebla nos guíe. Prometo ser bueno... conmigo, ante todo.


02 diciembre 2016

Derrota


Hay derrotas mayores que las derivadas de la lucha. De la lucha diaria. De la lucha por respirar. Hay derrotas mayores que no superar un período de prueba. Que no conseguir tus objetivos. Que caer por el camino. Son las derivadas de no haber luchado. De haber abandonado nada más comenzar. De no haber asomado siquiera la puntita del dedo gordo a través de la puerta, por temor a sentir el frío aliento de la capitulación. Y ese es precisamente el mayor de los fracasos: el que se cobra la cobardía, el miedo, la mezquindad vital con uno mismo. Porque vivir es eso: vivir. Sentir. Sentir el corazón que se desborda del pecho de amor, de emoción, de miedo, de tristeza. Sudar lágrimas por cada poro de piel reseca, ulcerada, encallecida. Sudar emoción por cada volcán de piel enrojecida, exaltada, exultante, hipersensible. Eso es vivir, al fin y al cabo. Eso es estar vivo. En lo bueno, a veces. En lo malo, casi siempre.

Hay derrotas no obstante, más dolorosas que otras. Por muy vivo que te encuentres durante la lucha. Son derrotas que te van dejando un poco más muerto tras cada batalla, desmembrando ilusiones, destrozando proyectos. Son derrotas que rasgan jirones de esperanza, enganchados en los zarzales de una angosta vereda de fantasía, de ilusión. Derrotas de contiendas en las que arrastras un saco de esparto por un camino pedregoso y polvoriento que vas llenando de expectativas con cada rayo de sol , durante decenas de kilómetros al principio. Hasta que, exhausto, te sientas en el borde de un  pasaje cada vez más fangoso, empinado y agotador, y te das cuenta de que el saco comienza a romperse de tanto arrastrar. Miras entonces atrás y ves que has perdido buena parte de la carga de luz, ocupando su espacio suciedad y mal olor. Lo vacías, lavas cuidadosamente e intentas remendarlo con un carrete de hilo demasiado fino: el de los sueños. Te pones de pie y vuelves a meter los pocos objetos brillantes que van quedando, recogiendo cada brizna de sol que aparece a través de  un cielo gris que nunca acaba de descargar. Y el camino cada vez más inclinado, más estrecho, inhóspito, salvaje, abrupto. Y el saco cada vez más roto, más sucio, más vacío. El culo embarrado en los cada vez más largos descansos mientras sentado remiendas una tela más y más delgada, apenas con esparto, sólo hilo de coser. Y dentro una suciedad tan incrustada que ya no sale con el agua. Y poca, muy poca luz. Hasta que un día, ante una nueva y mínima caricia de calor, abres el saco para recogerla… y ya no hay fondo. 

Esa es la derrota más dolorosa. Quizá no la más grande, quedarse al comienzo del camino por temor al cansancio. Pero sí la más dolorosa: reconocer por fin que ya no hay nada que guardar, porque el saco ya no existe. Darse cuenta de que seguirías recogiendo cada microlux que apareciera fugaz, como cazar dragones con un cazamariposas, pero caería directamente en la pecina de un vericueto por el que, si sigues adentrándote, perderás hasta la piel. Dejar de beber por más que lo desees, porque la hidropesía terminará colapsando tu organismo. Aceptar que seguir luchando es acabar con el halo de vida que te mantiene en pie. 

Derrota negra. Derrota que corta como cuchillo carnicero. Derrota profunda y amarga, triste, vaciadora. Derrota. 

Esta noche llorarás por la vida que perdiste. Y a la mañana te pondrás en pie, cargarás con varios sacos más, y seguirás arrastrándolos por el carrascal de la vida. Hay muchas derrotas que evitar, aún…

29 mayo 2016

Tanto de menos...

Os echo tanto, tando de menos... Cada palabra terminada, cada murmullo silenciado, cada eco amplificado hasta el vacío de la nada... una lágrima amarga de dolor. Cada murmullo apagado, cada grito, cada beso, cada adiós... Os echo tanto, tanto de menos...

El rápido crepitar de los años no ha servido para el acomodo de la pena, la liviandad del desazón, el desapego de la  nostalgia. El tiempo no lo hace más fácil: lo hace más eterno.

288 horas para volver a respirar, para que mis poros reciban el alimento de vuestros abrazos largos, tiernos, fuertes, simbióticos, lentos... 12 noches acercándome a oscuras hasta vuestro lecho para contemplaros en silencio y alargar la mano y acariciaros el pelo e intentar robaros un dulce beso y descubrir... que falta vuestro aliento.

Vacío atroz. Tiempo de descuento. Os echo tanto, tanto de menos...

23 marzo 2016

No Cierres los Ojos

No cierres los ojos. No me prives de la luz turquesa que desprenden al mirar. No me dejes a ciegas. Siempre fuiste mi guía. Mi faro en las tormentas más oscuras y violentas, las interiores. No puedo perder tu presencia, tu figura aurea en el cielo plomizo. Generosidad sin mesura, caricia sanadora, libro abierto de amor y fuego. Tanta entrega no puede terminar así. A ciegas.

Miro atrás, viajo por el cosmos de mi memoria hasta mi infancia. No me busco. Sé dónde encontrarme: entre tus faldas. Jamás sentí sensación de protección tan comparable. La felicidad era sentir tu contacto, tu calor. Tu simple presencia. Esa que me resisto a perder.

No cierres los ojos. No lo hagas aún. Tengo que llevarte a ver el mar, recuerdas? Tienes que impresionarte viendo romper las olas contra la Escalerona. Quiero que te emociones divisando el soberbio y cálido paisaje del mar fundiéndose con el cielo en Cimadevilla. Has de relajarte paseando entre tus frutales en flor, parándote a mirar cada brote nuevo, cada centímetro que han crecido tus pinos, cada vaina de garbanzos a punto de reventar. Todavía tienes que sentir la cálida caricia de los rayos del tibio sol de primavera en tu piel de satén, durante mucho tiempo. Por mucho tiempo. 

No me cierres los ojos. Prometo estar a tu lado, ayudarte a caminar, ser esta vez tu guía. Pero no me cierres los ojos. No me dejes a oscuras. No quiero verte sufrir. No quiero que te marchites como una uva pasa –esas que tanto te gustan- hasta secarte. Quédate aquí y lucha, si es menester. Pero no me cierres los ojos. No es tu tiempo. No estoy preparado. No estoy preparado…