No puedes huir.
No hay lugar al que puedas ir. No hay esquina en la que ocultarlo, por más oscura que esté. No hay papelera en la que vomitar tu rabia sin que desborde, ni cisterna que sea capaz de tragar tanta emoción.
De nada sirve correr. Te atrapará, porque está unido a tí. Es elástico. Cuanto más rápido corras, más se estirará. En algún momento tendrás que parar. Y, justo cuando lo hagas, llegará el doble de rápido de tanto tensarlo. Y te golpeará. Y te tumbará. Y volverás a correr, y a correr, y a parar. Y te volverá a alcanzar. Y te golpeará de nuevo. Y te tumbará. Y así toda la vida.
De nada sirve odiar. De nada sirve arrojar a la basura el lastre emocional en forma de presentes pasados, pasados presentes. Guardar papeles, tirar pictogramas emocionales en rojo y negro. Pan para hoy, bofetada para mañana. Lo que destruyes lo sustituyes, con más de lo mismo.
De nada sirve mirar para otro lado. Mirar al lado. Beber viejas bocas despreciadas para olvidar. Buscar bocas nuevas, para olvidar. El sabor rancio, el sabor sin sabor, sólo te recordará su frescor, su dulzura, su calor. Vendrá de nuevo a tí su olor cuando otro sudor se pegue en tu piel. En ese momento sí que desearás huir. Y desaparecer. Sentirás suciedad. Suciedad en el alma. Esa que no se puede limpiar.
De nada sirve. No puedes escapar. Así que no lo hagas. Camina, disfruta del paseo. O convierte tu existencia en un bucle agotador de carreras contra el tiempo, contra la vida, contra la realidad.
Grita. Odia. Maldice. Insulta. Aplaca tu frustración. Y después, asume la verdad. Ríndete y disfrútalo. Porque casi nunca aparece. Pero cuando lo hace, cuando eres capaz de reconocerlo, ya no puedes huir de él. No puedes huir de tí.
Nadie puede.
Nos vemos...
