Una vez leí una frase que rezaba (+-) así:
"Deberíamos tener el cerebro en el pecho y el corazón en la cabeza; así pensaríamos con el corazón y amaríamos con el cerebro". Demoledora.
Suele suceder que cuando más intensamente creemos amar es cuando menos dura la relación. Eso es porque no pensamos. Sólo sentimos. Si lo hiciéramos, nos daríamos cuenta de que en esas circunstancias no nos enamoramos de la persona, entre otras cosas porque no la conocemos. Nos enamoramos de una imagen, de una fantasía, de una percepción sesgada bañada de romanticismo e idealidad. Y en cuanto pasan los primeros meses, en ocasiones años -dependiendo de la emocionalidad, del deseo, de la magia autoinfligida -todo se va al traste. O al trasto. Porque empiezas a ver a la persona que hay detrás; y cuando la realidad comienza a mellar el romanticismo más obstinado, finalmente la torre se viene abajo. Y con ella muchas otras cosas.
A veces, pasado el tiempo, creemos echarla de menos, cuando no hacemos sino añorar la meliflua fantasía de vida que creamos sobre sus pilares. Bajo sus pies.
Hay otros amores, sin embargo, que se fueron construyendo poco a poco. Cuyos cimientos recíprocamente se asentaron sobre los defectos del otro, a pesar de la pasión, el afecto y finalmente amor. Un amor que, en su totalidad, a veces llega tarde y que en el recuerdo temprano queda oculto por el barro que te salpicó durante años. Son relaciones, sin embargo, mantenidas y luchadas con tesón e insistencia, aunque pareciera estúpido por ello cada vez. Esas, cuando acabadas ya se recuerdan, se hace con agrias dosis de realidad, pero también con sentimiento, con convicción de que siempre se pudo haber vuelto a intentar. Más. Mejor.
Dos relaciones. Dos formas, entre otras muchas, radicalmente opuestas. De sentir. De vivir. De existir.
Llegarán las nieblas. Dónde están las nieblas?
