Hay días que quieres escribir. Días que necesitas escribir. Días que tienes que escribir. Días. Noches. Noches que quieres escribir. Noches que necesitas escribir. Noches... Tienes tanto dentro, tanta mierda necesitando salir, que el olor sale por tus poros. Bebes hasta reventar el hígado, pero sólo consigues vomitar heces emocionales. Y el sabor en boca, con retrogusto a hiel, revuelve el estómago y ensucia sus paredes provocando de nuevo la arcada. Pero cuando el repugnante sabor del grumoso líquido llega al paladar, vuelve atrás obligándote a tragarlo de nuevo... y vuelta a empezar.
Noches como esta en las que quieres escribir y no puedes. Y la presión interior amenaza con explotar reventando con su onda las entrañas ulceradas que buscan su vía de salida por cualquier orificio corporal, convirtiéndome en un guiñapo esperpéntico patéticamente eviscerado.
Mierda. Mierda tragada. Mierda bebida. Mierda asimilada por ósmosis. Mierda por dentro, por fuera, alrededor. Sólo mierda. Tanta mierda a la vez... Paradoja de paradojas: yo, que soy infinitamente pulcro...
Afortunadamente la mañana termina rompiendo en el horizonte. Desgraciadamente, el ocaso acecha tras las montañas... de mierda.