Hacía tiempo ya. No sé si incluso lo echaba de menos.No sé si incluso lo necesitaba. No sé si, incluso, clamaba por aparecer. Lo hizo, en cualquier caso. Tal vez para desvanecerse entre la bruma nebulosa que nos envuelve tantos días ya... como hace años, ya... Tal vez, para quedarse como hace años... ya...
Durante mucho tiempo mi vida fue un cuadro de Goya. Una sucesión de claroscuros en los que alternaban profundas humanidades y ancestrales monstruos del inconsciente. Y todo esto sin haber probado drogas en mi vida... Evito pensar qué pasaría si finalmente hubiera podido dedicarme a mi amada música...
Síndrome del secuestrado. Noches perpetuas de oscuridad abrumadora, delirante, desgarradora. Rayos de sol cegadores, cálidos, casi hirientes de felicidad intensamente out of control. Y vuelta a la oscuridad tras las pocas horas del día. Así me hicieron. Así aprendía a vivir, así se amoldó mi corazón a la lucha por la supervivencia. Así aprendí a sentir. That's the shape of my heart.
Hace años me convencieron de lo nocivo que era para mí y para los demás. Autodestructivo conmigo mismo, dañino con los que quería, demoledor con los que me resultaban indiferentes. Me convencieron de que no podía vivir en esa montaña rusa de emociones, por el bien de todos. Aprendí entonces a utilizar distintas lentes para ver la realidad. Dejé de lado mi gusto por lo negro. Compré ropa de distintos colores, todos ellos mate. No era cuestión de ser otra persona, sino matizar al auténtico erik haciéndolo más atractivo a los demás y menos dañino para conmigo mismo. Y de esta forma desapareció el negro intenso. Dejé de sufrir tanto, para hacerlo de una manera más emocionalmente inteligente. Así he pasado últimamente por este camino de la vida: sin correr, sin parar. Sin gritar. Sin brillar. Dejando la oscuridad guardada bajo llave, pero sin darme cuenta de que, a la vez, los rayos de sol ya no eran blancos, amarillos intensos. Eran pálidos, tibios, anodinos. Mis claroscuros se convirtieron en gama de grises en los que puedes jugar con la tonalidad según convenga al momento. Y dejé de ser el yo que era para convertirme en otro yo, más social, más aceptado, mas... plano. Es cierto, se vive mucho mejor. Todos. Pero el precio a pagar es la bulimia emocional unas veces, la dieta estricta vegana otras. Todo me sabe igual. Todo tiene el mismo color, el mismo olor. Y lo peor de todo: no sé quién soy en la práctica. Aunque sí sé que el lobo no ha muerto. Está simplemente encerrado, dando vueltas en su jaula oscura, alimentandose de las frustraciones que no dejo que se manifiesten, de los gritos guardados, los besos no dados, los abrazos contenidos.
Esta noche el monstruo salió. Rompió a mordiscos los barrotes de su celda y corrió por mi cama sin control, aullando, gruñiendo, babeando, desgarrando con sus potentes mandíbulas un alma echa girones, o dos. Noche de lobos. De carnicería sentimental. De horror en vela luchando por mantenerme cuerdo y encerrar de nuevo a una bestia alimentada precisamente por querer matarla.
Y ahora me encuentro en la disyuntiva. Dejar que el lobo pasée un poco cada día hasta volver a domesticarlo y convertirlo en fiel protector de la manada, o volver a encerrarlo y provocar finalmente su conversión en animal mortal y sanguinario? Languidecer permanentemente en esta paleta monocromática o permitir al corazón vivir como él sabe, aunque con el tamiz de lo aprendido con el tiempo y la experiencia? Quién ganará?
Hay gente que no tiene este problema. Es plana. Felizmente plana. Yo no lo soy. Ni lo he elegido. Dejemos que la niebla nos guíe. Prometo ser bueno... conmigo, ante todo.