Y así, de repente, he empezado a echar de menos.
Echo de menos, por ejemplo, cuando te acuestas a mi lado y apoyas tus rizos sobre mi pecho, y te duermes en el acto mientras respiro el perfume de tu adolescencia.
Echo de menos despertar cada mañana y tardar en salir de entre las sábanas, impregnadas de este amor a fuego medio y que mantienen el calor de nuestra piel.
Echo de menos desayunar mientras planeamos la jornada de trabajo y encarando el día de una forma diferente pues, a tu lado, todo cobra un nuevo sentido. Todo cobra sentido. Todo.
Echo de menos esos largos paseos cobijada bajo mi brazo para resguardarte del frío y de los miedos. La sensación de entrelazar tu mano libre de anillos con mis dedos como único ornamento, mientras a nuestro paso la gente envidiosa rezonga por lo buena pareja que hacemos. Qué hacemos…
Echo de menos tu risa tonta cada momento, tu sonrisa de trasgo pícaro e ingenuo. A la vez. El manojo de nervios que ya no es, la tranquilidad de cada instante, el tiempo compartido sin descanso ni descanso. Tu bondad, siempre.
Echo de menos nuestros viajes a París, paseando por los bulevares, besándonos en cada esquina, con mis manos rodeando por la espalda tu cintura mientras tu cabeza se inclina sobre la mía rememorando viejos tiempos y mejorándolos, a poco; observando el skyline de la ciudad desde el Pont Neuf; subiendo las interminables escaleras de Montmartre para descubrir que, el final del largo y agotador camino, ha merecido la pena. Dando sentido, una vez más, a la mismísima ciudad.
Echo de menos esos escasos momentos de genio desatado que duran suspiro y medio bajo el bálsamo de mis manos donde tú y yo sabemos. Y el abrazo subsiguiente hasta que resulta imposible identificar las fronteras de la piel. Cuánta paz, morena mía. Cuánta paz.
Las mañanas y las noches, los domingos y festivos. De guardar. Las comidas y las cenas, los desayunos y me meriendas. Los dóndevamos y los nosquedamos, las telarañas del sofá y todas las promesas. Cumplidas. Beberte y comerme, y viceversa. Los planes con la nenita y el cuento para dormir. Nos.
Qué le voy a hacer. Aún no te has ido, porque apenas has llegado. A penas. Y ya echo de menos esta nostalgia senil del futuro perfecto de un presente ya pasado…
