04 octubre 2012

La Mirada de los Delfines (II)

El hotel dispone de tres piscinas descubiertas. La grande, rectangular y de masas. Una mediana, de seis lados y destinada al personal de habilidad o actividad intermedia, con un anexo lateral de la misma forma pero inferior, para que los bebés puedan iniciar sus chapoteos bajo la atenta mirada –o no- de sus progenitores. Y una pequeña y bonita pista de juegos infantiles con su fuente cascada, toboganes y legos gigantes, justo a continuación de la piscina climatizada. Pleno julio, más de treinta grados a la sombra, y el alma de la fiesta es un recinto cerrado de agua incómodamente cálida…

Desconozco el motivo; el caso es que una tarde mi piscina (la intermedia) fue invadida por un nutrido grupo de afectados por el síndrome de Down. Uno, que se precia de tener cierto nivel intelectual y cultural, de estar por encima de consideraciones y prejuicios mundanos, no puede por menos que reconocer su desconcierto inicial ante tal aglomeración. Los clichés siempre están ahí: a ver cómo se desenvuelven en el agua; ya verás tú qué número con la gente; cómo reaccionarán en un entorno en el que todos estamos semidesnudos… La vida, afortunadamente, a veces te da collejas bien venidas, y te sirven para aprender y flagelar el ego. Para mí, su mundo es un misterio. Desconozco –y me fascina a la par- cómo sienten, cómo aman, cómo se ven a sí mismos y en comparación con el resto… aunque, a tenor de lo visto, no parecen sentirse precisamente outsiders… Hubiera estado bien grabar un reportaje y pasarlo por las escuelas y los hogares en prime time: qué manera de nadar, señora mía; qué técnica; qué velocidad, resistencia, cuasi-profesionalidad... Impresionante. Los “normales” mirábamos de reojo embobados,  guardando reverencial silencio y tragandonos con cierta humillación nuestra pacata mochilita de señoriales ideas preconcebidas…

Mientras tanto, en un rinconcito, sumergidos junto a sus compañeros y a años luz de ellos, ajenos al show olímpico, participantes y público, se esconde una hermosa parejita. Él gira a su alrededor como una polilla alrededor de una bombilla; ella le mira con ojos dulces, sonriendo condescendiente ante las gracias que su galán ejecuta para ella con la mayor entrega. Él baila; ella mira. Él habla; ella escucha. Él hace el payaso; ella, esbozando una cariñosa mueca, le dice con sus ojos: “te quiero, tontorrón”. Él es la luna; ella, el sol. Él aprovecha la menor ocasión para rozar su piel con la yema de sus dedos; ella, entre tiernas aguadillas, se deja querer. Y siento envidia. Flotan en el espacio, ajenos del resto del mundo. Todo a su alrededor vocea y ríe, se mueve y agita. No existe otra cosa que ellos mismos, que sus ganas de abrazarse, que su necesidad de estar al lado, sentir la vibración de las energías de sus auras entrelazadas. Su necesidad recíproca de existir… Yo quiero ser tan normal como cualquiera de ellos…

28 septiembre 2012

Bendita Lluvia

Aquí llega la lluvia... de nuevo. Lluvia.... bendita lluvia... Limpia el aire que llena mi alma y libera las toxinas que impregnan sus paredes. Moja los campos y dame con ellos de comer, de beber, de vivir. Saca brillo a los paisajes, optimiza la luz del sol cuando respire. Lléname de humor y de melancolía y, con tu aroma, adorna los sentidos aletargados de la gente que camina maldiciendo tu presencia, ignorantes, simples, huecos de arte y de su esencia.

Bendita lluvia... Mójame entero. Recorre todo mi cuerpo cayendo en cascada desde mi pelo y por mis cejas. Inúndame de arriba a abajo. Sacia mi sed de melancolía, penetra en mí y arrastra con tu fuerza sanadora toda la tristeza, la basura, la impureza. Libérame de este mal. Y llévatela lejos. Que navegue por tus aguas o naufrague en los riscos de tu braveza. Pero llévatela. Llévatela y que no muera. Llévatela, y devuéveme su recuerdo límpido y brillante, blanco e inmaculado.

Lluvia... bendita lluvia... Libérame de mí! Pero hoy no. Déjame dormir al ro ro de tu llanto cadencioso, acunado por el suave balanceo del alcohol. Deja que haga su efecto por esta noche. Y mañana... llueve. Tras los cristales llueve... y llueve...

23 agosto 2012

La Mirada de los Defines (I)

Fue hace poco mas de un mes, pero parece ya la prehistoria. Mis vacaciones en el mar –como la serie, pero sin rubias oxigenadas, trasatlántico ni horteras en bermudas blancas haciendo gracias malas- pasaron como una exhalación por el breve lapso veraniego dejando un poso ni dulce ni salado, sin grandes luces ni tenebrosas sombras, pero, eso sí, bañado siempre de ternura. Tal cual está la vida, poco más puedo pedir.

Siete días no dan para mucho, máxime cuando lo que se pretende es descansar en sentido literal: mar, piscina, siesta, comida y paseos. Ni siquiera sexo. Sólo familia y paz. Sólo y tanto. El mediterráneo sigue siendo un caldo primigenio de armonía, un líquido amniótico en el que aislarme, perderme, flotar, literal y figuradamente. Los últimos años con mis pequeños es, además, un campo de juego y enseñanza, de evasión y disciplina náutica. Lejanos quedan aquellos tiempos en los que les cogía por las axilas y jugaba con ellos a saltar las malintencionadas olas –alguna siempre conseguía alcanzar objetivo…- y dejar que nos remolcaran y remozaran hasta la orilla, como perviven aún las sombras extrasensoriales de mi padre haciendo lo propio conmigo a los cinco años en una playa de San Sebastián. Espero que mis nenes recuerden algún día aquellos momentos como lo hago yo… Agua y sal se han convertido en pista de aprendizaje de brazadas y buceos, espaldas y pies en torbellino. Y, más allá de eso, en una forma –otra más- de putear a su padre haciendo lo posible por mojarle estando seco, inducirle un aprendizaje a resumido, compendiado e intensivo de técnicas de submarinismo a pleno pulmón, e intentar que dure lo menos posible sobre la colchoneta de tres plazas… Angelitos…

Cómo conseguir en unos pocos días –especialmente estos en los que pasan conmigo mucho más del limitadísimo tiempo del que dispongo y disponen habitualmente- que mi presencia pueda servir de referente vital, cumplir como padre dándoles todo el cariño y sensibilidad, la educación y disciplina, las enseñanzas de la costumbre y el día a día? Y cómo hacerlo sin que parezca que lo estoy planteando y organizando en un planning por horas? El ser padre, como el ser madre, no es una cualidad que se adquiere con la fecundación, el parto o la inscripción en el registro civil. Es una calidad. Es una característica del alma, que se posee o no. Por eso, como ha ocurrido en nuestra vida con profesores –perdón: maestros- amigos o simplemente personas que se han cruzado en un momento muy puntual del camino, a veces unos pocos minutos con alguien pueden marcarnos mucho más que el ochenta por ciento del resto de nuestro tiempo al lado de quien pueda ostentar el título honorífico de progenitor. Afortunadamente, mi alma lleva dentro grabado el nombre de padre a sangre y fuego…

De esa primera parte del verano de 2012 recordaré siempre, cómo no, el mar. Mis niños jugando conmigo, con los abuelos, con el mundo. El agua que para ellos empieza a ser ya su gran amiga, como para mí. Las caminatas nocturnas por el paseo marítimo, con la dulce brisa, sus luces, el sonido de las olas acariciando suavemente la arena y los enanos pillando cacho en forma de helado de chocolate con trocitos de almendras. Sus manitas agarradas a las mías, los trileros engañando al personal, las macrofiguras de arena y el sonido de los salones de baile de los hoteles mezclando músicas de todo tempo. La sombra del mayor tras de mí con el plato en la mano eligiendo –sugiriendo, más bien- su comida y, especialmente su postre en el buffet… tantos recuerdos…

08 julio 2012

Elsa y Fred

Otro día solitario más. Otro fin de semana haciendo cosas y sintiendo que desperdicio el tiempo. Tras dos días ajetreados con esto y aquello, yendo acá y allá, durmiendo y bebiendo, pendiente de un teléfono que sé que no ha de sonar, la noche frente al televisor me regala al fin una película que hacía largo tiempo deseaba disfrutar. Y doy gracias a ese Dios que se me esconde porque me otorga el placer y la necesidad de exorcizar  mis emociones de este encierro en el que las oculto creyendo que así se van desvaneciendo.

Elsa y Fred. Dos viejitos desahuciados de la vida en la recta final de su existencia. A veces el destino te da una última oportunidad, aunque sea tan tarde, aunque sea tan lejos. Pero el amor siempre es bienvenido. Tras una vida plagada de convencionalismos, solos o acompañados, pero cadáveres, en la recta final, en la cuenta atrás hacia la muerte, uno y otro se descubren. Y, con ellos, y juntos, el placer del amor. Del amor sin prejuicios. Del amor sin condiciones. Del amor libre, inocente, ingenuo, espontáneo. Del amor adolescente. De ese en el que no tienen que rendir cuentas a nadie más que a su maltrecho y arrugado corazón, deseoso de empaparse de esperanza, de alegría, de vida. No puedo apartar mis ojos húmedos de la pantalla, y tampoco puedo evitar sentir una colosal envidia por ellos y sus mensajes infantiles, sus manos entrelazadas, sus orgullosas presentaciones en sociedad, sus secretos escarceos sentimentales. Sí, siento envidia. Muero de envidia. Miro a mi lado, y no hay nadie en la otra esquina del sofá. Ninguna cabeza sobre mi hombro, sobre mis piernas. Ningún pelo en el baño, en la escalera, en cualquier mínimo, oculto, insospechado rincón. Elsa y Fred, Fred y Elsa… la esperanza de poder vivir el amor otra vez, siquiera sea antes de dar la bienvenida a la muerte. Doy gracias a mi bien amado Manuel Alexandre, para quien esta película es una metáfora de su carrera profesional: tras más de sesenta años dedicados a la interpretación como secundario de lujo, justo antes de morir le llega al fin la oportunidad de protagonizar su primer papel principal. El perenne hombre bueno, el eterno abuelo de nuestro cine, prácticamente se despide por la puerta grande. Él y China Zorrilla, de la mano de las preciosistas notas de mi no menos admirado Lito Vitale, rasgan la tela del saquito que recubre mi corazón y me entristecen, me emocionan, me derrotan, me reviven. Hay un momento de la película en la que a Fred le pregunta su hija: “¿Te estás dejando morir?” El responde… “No. Me estoy dejando vivir…”

Ojalá vuelva a sentir de nuevo como hasta hace nada he sentido y, de nuevo, he perdido. Sólo espero que sea antes de comprarle a Caronte el ticket de ida sin retorno…  



25 junio 2012

El largo y tortuoso camino

El auto-conocimiento es un camino de largo recorrido. No se sabe con certeza cuándo comienza. Algunos lo inician voluntaria y conscientemente. Un buen día se miran al espejo y ven un interrogante. Analizan qué han hecho en su vida y por qué, y llegan a la escalofriante conclusión de que no lo saben. Entonces deciden echar a caminar hacia la luz. Otros no han tenido que planteárselo apenas. Saben perfectamente quienes son y la razón de su comportamiento. O eso creen. Tienen asumido, simplemente, que todo lo que hacen está justificado, aunque les dé miedo adentrarse en las causas. Si no quieres encontrar, no busques. Así de sencillo. También hay a quienes esa visión en el cristal les resulta absolutamente extraña. No tienen la más mínima noción de su identidad. Estos ni siquiera tienen la certeza de la corrección de sus actos. Van por la vida sin espejo retrovisor. Actúan sin pensar en nada salvo el propio momento, y meten la cabeza bajo el ala si tras su acción se oye el más mínimo ruido. Examinarse está mal, encuentras cosas que no te gustan. Entonces… para qué vas a hacerte esa putada a ti mismo? Lo peor es que, en cierto perverso modo, no les falta razón.

Existen más secciones en el catálogo del self-knowledge. Yo, sin ir más lejos, me desmarco de las anteriores. Como de costumbre, me ubico en un apartado minoritario, el de quienes llevan desde su adolescencia mirando hacia dentro, buscando en la oscuridad. Me considero una persona con principios; un ser ético que intenta llevar su vida conforme a sus valores, que busca la coherencia por encima de todo. Puedes engañar a los demás, eso está mal. Pero engañarse a uno mismo no es malo: es estúpido. Creo poder afirmar que sé quién soy. Lo cual no significa forzosamente que sea lo que quiero ser. Pero es un paso muy importante, fundamental. Son muchos años de introspección y auto-educación. Muchos años de observar a unos y otros, dentro y fuera, acción y reacción. Sin embargo, aún hay veces que me sorprendo. Cuando creo que mi cuaderno-guía está lo suficientemente implantado y asimilado; cuando pienso que domino perfectamente mis instintos y mis debilidades; cuando camino con paso seguro confiado en mi integridad y mi fortaleza de espíritu… me sorprendo haciendo algo que nunca pensé hacer. Puede ser acumulación de tensión; quizá, muy probablemente, la explosiva combinación de estrés, cansancio, decepción, rabia e impotencia, aplicadas a varias facetas importantes de mi vida, todas al alimón. (Ahora que lo pienso, no sé cómo he aguantado tanto tiempo con todo eso dentro…). Puede ser. Pero no es excusa. Soy humano, por supuesto. A veces lo olvido. A veces lo olvidan. Pero lo soy. Y eso, por sí sólo, habría de ser suficiente excusa. Pero no me lo permito. La realidad de mis debilidades y mi derecho a cometer errores no son suficientes para traspasar determinadas líneas. Quizá para otros sí. Para mí no.

No voy a castigarme por ello. No voy a torturarme por algo que no ha tenido consecuencias punibles, aunque sí morales para mí. Pero he de pedir perdón. No por el fondo del asunto. No por lo justificado de mi decisión. Sí, sin duda, por las formas. Un caballero lo es siempre, incluso a la hora de limpiarse el culo. Y lo que he limpiado aquí no ha sido detritus, precisamente. He arrancado de raíz la flor que podía haber podado. Las espinas aún se encuentran en mi mano. Justo castigo…



13 junio 2012

Difícil

Hoy. Ayer. Anteayer. Te. Te. Te. No. No. No… Hay noches que duran siglos. Rayos de luz que acaso un parpadeo. Así son las cosas. Ese es el status quo. Oscuridad eterna. Brillos deslumbrantes, cegadores… efímeros. Mi corazón, de chicle. Se estira, encoge, vuelta a estirar. Se rasga, recompone, vuelta a rasgar. Se acaban las palabras, se agotan los consejos. Y con ellos las mínimas expectativas creadas al calor del embrujo de la luz.

No es culpa tuya, no es tu voluntad. Con esa me basta. No son tus ganas, no es tu utópica e infante ilusión de sube y baja. Esa (no) me sobra. Sencillamente es lo que hay. No se puede pedir más. Seguro que en el mundo millares hay que se verían satisfechos con todo lo que ofreces. Seguro, también, que otras muchas desearían recibir lo que yo doy. Pero no es tu caso. No es el mío. Fácil solución. Difícil satisfacción. Es lo que hay. Es lo que hay.

06 junio 2012

Hoy TE

Hoy te he necesitado. Te he necesitado, pero no como habitualmente. No como siempre quise, como solía soñar. Pero lo he hecho. Te he necesitado. No tu cuerpo envuelto en vapores y rubor; no tu sonrisa pícara, tu risa a borbotones, tu sentido del humor. Pero sí, lo he hecho. Te he necesitado. No como cuando siento tu cabeza en mi pecho hasta que nos vence el sueño. No como el despertar a tu lado y los regalados buenos días. Pero sí, lo he hecho. No como tus andares saltarines a mi lado en los largos paseos bajo la niebla, o sentir tu cuerpecito abrazándose al mío buscando un mínimo cobijo. Pero te he necesitado.

Hoy te he necesitado. He necesitado llegar a casa y ver tu silueta en la puerta. He necesitado esa mirada escudriñadora que sabría que algo iba mal con sólo mirarme. He necesitado ese andar tras de mí cuando te respondo "nada, ya hablaremos" y tu insistencia hasta conseguir por saturación mi confesión. He necesitado tu presencia, tu silencio cómplice mientras escuchas, tus comentarios de apoyo, de comprensión. He necesitado un largo y profundo abrazo y tu pequeño hombro sobre el que forzar un mililitro de llanto. He necesitado tu calor, tu mano sobre la mía, tu empatía emocional.

Sí, hoy te he necesitado. Pero no como habitualmente. Hoy TE he necesitado.

23 mayo 2012

AHORA

Recibí hace unos días un powerpoint que me hizo pensar. No suelo abrir la mayor parte de ellos, pero este en concreto sí. Hablaba de la edad, de la caja de bombones, del tiempo restante… Hoy, más que nunca, lo tengo presente. Hoy cumplo años. Muchos, pocos… depende con quién me compare, como todo. Para mí, suficientes. Acabo de entrar en lo que las estadísticas vienen a llamar el ecuador de mi existencia. Según las expectativas de vida actuales, cada día que pase me quedarán menos años por delante de los que he disfrutado. Y esa es la clave… los que he “disfrutado”…

He pasado justo la mitad de mi estancia estimada en la tierra sufriendo, de una manera o de otra. Sufriendo por el mal que me han hecho de joven. Sufriendo por el mal que me han hecho de adulto. Sufriendo por el mal que hice alguna vez. Sufriendo por lo que perdí. Sufriendo por lo que no tuve ni tengo. Sufriendo. También he sido feliz, inmensamente feliz. Pero tal sensación sólo ha durado unos segundos, unos escasos minutos. Lo compensa mi forma de sentir. Mi felicidad puntual posiblemente ha sido más intensa que la suma de las felicidades duraderas de la mayor parte de los mortales. He disfrutado el perfume de una flor, hasta marchitarla a sorbos. Me he emocionado con el frescor de una gota de rocío en las hojas o en los pétalos de una rosa por la mañana. He saneado mis pulmones extrayendo infinidad de matices del olor de la hierba mojada en otoño. He disfrutado hasta la conmoción haciendo –y siendo hecho por- el amor. Mis manos han besado la carita de mis hijos, sus manos, su piel entera, hasta arrancarme lágrimas de emoción. He viajado a mundos extraños y paradisíacos con mi sola imaginación. He experimentado la sensación de vivir, de morir, de renacer escuchando música, deslizándome por las teclas de mi piano, mi fiel y paciente compañero de diálogos, de monólogos. He muerto y resucitado por el amor a más de una mujer. Sí, he experimentado la felicidad. A mi manera. En mis universos privados, en mis espacios públicos.


He sido feliz. Pocos momentos, pero de calidad. Sin embargo, el sufrimiento siempre ha estado ahí. Es el reverso de la moneda. El envés de la maravillosa profundidad de mi forma de sentir. Ahora, que cada día es uno menos; ahora, que ya no tengo toda la vida por delante; ahora, que los años de libertad diplomática y formal no volverán; ahora, que no es momento ya de hacer planes de futuro, sino de cumplir los ya imaginados; ahora, que echo la vista atrás y apenas tengo nada de lo que me propuse; ahora, que los proyectos no se han cumplido y difícilmente se cumplirán; ahora, que cada vez soy más viejo que sabio; ahora…

Ahora ya no hay lugar para excusas. Ahora ya no hay justificación para no exprimir al máximo cada momento. Ahora no vale eso de… “tengo tiempo”. Ahora cada instante desaprovechado es perdido; peor aún: desperdiciado. Ahora la cuenta atrás es real, esperemos que larga. Ahora es de estúpidos dolerse por tonterías, darle importancia a lo que no la tiene, pasarlo mal si se puede evitar. Y casi siempre se puede. Ahora la vida comenzará con los achaques, con las dolencias del cuerpo, de la mente. Ahora los golpes que quedan serán los más duros de todos. Ahora (tiemblo de sólo pensarlo) la muerte comenzará a rodearme, a llevarse a mis seres queridos, amados, unidos. Ahora es momento de relativizar; de reservar la capacidad inmensa de sufrimiento para esas ocasiones que no voy a poder evitar, contra las que no voy a poder luchar. El resto de mi vida, de mis momentos, procuraré ser feliz. O, al menos, no ser, no sentirme desgraciado. Ahora he de seguir luchando día a día por estar bien, por el bienestar de mis hijos, por encontrar la PAZ. Ahora he de rodearme únicamente de seres con alma, de personas con integridad, con principios, con valores. Ahora he de dar lo mejor de mí cada momento, porque en la tumba los gusanos no lo van a valorarg. Ahora, sin embargo, he de ser más selectivo. He de derramar sintonía y buenas vibraciones por donde pase, pero… mi corazón sólo lo van a disfrutar quienes sean capaces de apreciarlo, de amarlo, de compartirlo con el suyo. Ahora, que soy más viejo cada día… aún es tiempo de aprender. Aprender a vivir. Ahora. Ahora…

07 mayo 2012

Hoy

Hoy estoy de mala hostia. No enfadado. No de mal humor. De mala hostia. Sin paliativos. En este jodido ring que a menudo es la vida, parece que esta me ha tomado por su sparring. Y ya está bien. Un mismo hecho me ha llevado a desesperarme; a entristecerme; a resentirme; al sufrimiento; a la breve y  puntual indiferencia. Pero hoy no. Hoy estoy sencillamente así: de mala hostia.

Como de costumbre, mi pequeña tribuna al borde de la nada ha de servir para sacar de dentro todo el barro, fango, lodazal. Porque puedo vivir con la tristeza; estoy acostumbrado al sufrimiento; la indiferencia es buen remedio subsidiario. Pero no puedo, no quiero, no permitiré que anide en mí la ira. Así que venga, abriendo las ventanas para que salga el olor y no se quede en las paredes de mi alma.

Estoy de mala hostia. De muy mala hostia. Cuando el sinsentido en el que se traducea veces la existencia se convierte en burla bufonesca hay que decir: ¡basta! Y yo lo digo: ¡basta! ¡¡basta!! ¡¡¡ BASTA!!! No tengo vocación de santo. Ni mucho menos de martir. No soy tan buen cristiano para poner una y otra vez la otra mejilla. Me sangran. Y luego no curan. Afean el rostro. Deforman la imagen sin necesidad de espejos cóncavos ni convexos. Burro apaleao. Puta y cama gratis. Basta. ¡Basta!.
Mi cartero no tiene que devolver cartas porque nadie que yo no quiera tiene mi dirección. Y seguirá siendo así. Por siempre.

Soy yo. Sigo siendo yo. Vuelvo a ser yo. Aquí estoy. Aquí me tienes. Ven por mí. Te espero, si tienes agallas. He vuelto. Y nadie va a derrotarme. Sólo la muerte. Pero eso... no será ahora.

27 abril 2012

Time Lapse

Time Lapse… espacio de tiempo. Breve. Definido. Con fecha de caducidad. Crónica de una muerte anunciada. Cellos y contrabajos marcan a cuentagotas oscuras sendas que acompañan enseguida las violas. Pasito a pasito. Malos presagios. Incómodas pautas. El saxo, sonido cálido entre el frío metal, no tarda en unirse. Breves rayos de luz entre la oscuridad. Dulces sueños. El cronómetro comienza a correr. Los segundos violines dan cuerpo al día a día, tranquilizan levemente la cotidianeidad de la vida, la llenan de sentido. Amables. Tiernos. Los trombones, casi ocultos, en la sombra de los bajos, recuerdan con sus dos corcheas que no debemos confiarnos, que la tranquilidad durará poco. Y así es. De nuevo los saxos toman la voz cantante, fuerte, aguda, potente. Desequilibrante. Ocultan su dulzura tras un abrigo de dureza cercana a la rabia. Los acontecimientos les impiden identificarse con su esencia, sacando su lado más agresivo. La trompeta, lacónica, melancólica, matiza a sus hermanos, pero no les contradice. La sentencia se va cumpliendo: el último reducto de amabilidad en la sección de viento, los clarinetes, desgarran el alma, acompañados enseguida por los llantos de los primeros violines, liderando la orquesta entera, la vida entera,  en un grito desesperanzado al que hasta los pícolos, los más pequeños e insignificantes detalles, acoplan sus estridentes voces. Está hecho. Todo acabó. Sólo queda el eco. Y una sensación inquieta, incómoda. Triste.

https://www.youtube.com/watch?v=6woyXTkjf6I




20 abril 2012

Un ratito más

Llueve. Llueve como nunca ha llovido. Llueve por dentro y por fuera. Llueve encima y debajo. Llueve. Tras las gruesas capas de nimbostratos hay un sol que un día alumbró un paseo junto al mar que nunca llegó a suceder. Recuerdos de un futuro improbable, sabores recientes ya lejanos, nieblas en abril y aguas de otoño. Los gatos abandonan su refugio entre los coches. Uno ya no se mueve. No sigas intentándolo: se fue. El piano suena, aunque nadie más que yo lo escucha. Demasiado triste para una realidad más triste aún. Dame alegría y vitamina que me haga volar, no quiero ver más allá. Para qué. Sale el sol. Un único rayo de sol. Incide directamente en mi retina. La niña de mis ojos desaparece por un momento. Luego vuelve. Se va. Se asoma. Juega con la arena. Desaparece, una vez más. En la calle, el pueblo juega a levantar el país. Empresa gigante sin base ni estructura. Todos llevamos un entrenador dentro. Y un presidente. Tras la nación, a por el mundo. Y la casa por barrer. Somos así. Tengo que arreglar el jardín. Y recoger el armario. Algún día pondré en orden esa habitación, lo prometo. Estoy más viejo. Estos mechones blancuzcos no estaban ahí. Han tomado al asalto otrora fértiles terrenos dominados por azabache descafeinado. Sigo mirándome al espejo. Intentando reconocer al pusilánime del otro lado. Tú no eres yo. Vete. Quiero volver. Dios… esa cara no es la mía. Esos ojos, tampoco. Los míos son grandes, verdes, brillantes, derraman vitalidad y alegría. Los tuyos se ocultan bajo incipientes bolsas, y una cortina vidriosa grisácea los cubre. ¿Quién eres tú? ¡Quiero volver! Quiero volver… Afuera me espera otra interminable jornada de tedioso estrés en mi cubil. Voces malsonantes, desagradables gruñidos guturales de cretinos analfabetos que han conseguido dinero sin saber lo que es un libro, sin cultura ni educación. Sólo pisando y ejerciendo de desalmado y maltratador tratante de ganado. El país está lleno de ellos. Gente que nunca entendió lo que es la familia, que jamás dio nada a cambio de nada. Que nunca besó a sus hijos cuando dormían. Que nunca amaron a su pareja. Gente para la que la amistad es un negocio. Que tira millones a la basura y araña céntimos del bolsillo de sus trabajadores. Gente que nunca supo disfrutar de un abrazo sincero, de un emergente beso espontáneo. Que nunca sabrá ver, vivir, sentir la belleza. Que, como decía aquel, es tan pobre que sólo tiene dinero. El piano sigue sonando. Sólo yo lo escucho. Planes sin concretar. Fechas que nunca se sabe si llegarán. Ese gato sigue sin moverse. Mi alma se recoge en un rincón, a la abrigada. Tiene miedo y cierto frío. Se está tan bien ahí… en un rincón… a la abrigada… Venga, un ratito más.  No tardará en salir. Siempre acaba haciéndolo. Pero fuera llueve. Llueve como nunca ha llovido. Llueve por dentro y por fuera. Llueve encima y debajo. Llueve. Y yo sigo divagando…

20 febrero 2012

Avancemos

Caminaba sin conciencia de caminar. Sus pies se anticipaban a una mente ausente, dormida, recluida en una celda acolchada pero fría. En la calle las luces apenas iluminaban unos pasos erráticos, mientras a lo lejos el sonido del camión de la basura se convertía en una sucia metáfora de lo más apropiada a la vez que cruel. Su mirada, perdida, lo abarcaba todo sin ver nada. Blanco y negro en un paisaje de luces y sombras, de brumas y vientos.

El peinado despeinado comenzó a hacer más honor al adjetivo que a la sustancia, mientras leves gotas de lluvia acentuaban el desaliño de quien siempre gustó de cuidar su perfecta apariencia de descuidado caballero galán. No importaba mucho. En ese momento no había nadie. Las aceras estaban tan vacías que ni él mismo estaba. Curiosamente se sentía tranquilo, más de lo que estuvo en mucho tiempo. Su soledad puntual le otorgaba la libertad de poder estar mal sin dar explicaciones; de poder penar o llorar sin pedir disculpas añadidas. Qué placer, el sufrir a gusto…

Sus pies se detuvieron instintivamente. Alzó la vista. En el acto reconoció el portal. Muchos años entrando y saliendo de su hogar infantil, de su querido refugio adolescente, del rincón testigo de sus primeros actos de amor furtivos y cronometrados, pendientes siempre del ascensor y del sonido de la llave de la luz. Sonrió. Sus ojos se humedecieron levemente. Recostado sobre la puerta de entrada, esperó pacientemente a que algún vecino entrara o saliera a tirar la basura. Saludó cortésmente, mientras sujetaba la pesada forja permitiendo el paso a ese ser con bata y pantuflas que corría hacia el ascensor, como si dentro del portal la lluvia le persiguiera.

Esperó unos segundos. Entró. Llamó al elevador y montó en él. Pulsó el número diez. Se sintió extraño. Pocas veces había subido tan alto… casi incluso metafóricamente. Salió y cerró la puerta con sumo cuidado, para no hacer ruido. Giró a la izquierda, y comenzó a subir los contados escalones que daban a la puerta del tejadillo. Tenía la esperanza de que no hubieran arreglado la cerradura, rota repetidamente por los indigentes que encontraban en el casetillo de la sala de máquinas del ascensor apropiado refugio para sus sueños y quehaceres. Así era. Su corazón se relajó, agradecido. Todo iba bien. Sorteó con una zancada el cuerpo borracho y las jeriguillas al lado de la entrada y accedió al exterior. Era la primera vez que lo hacía. Se sintió raro caminando sobre las tejas y los parches, los excrementos de las palomas y los despojos que el aire en su albedrío había llevado hasta el lugar. Raro, pero fascinado. El espectáculo desde allí era embriagador. Agarrado a la chimenea, pudo contemplar cómo la ciudad se extendía bajo sus pies. Un montón de callejuelas iluminadas levemente con lucecitas anaranjadas bordeando tejados anárquicamente dispuestos hasta el cercano horizonte. Paró unos minutos, disfrutando de la emoción del momento. Se sentía afortunado. Feliz. Único. Cerró los ojos por un instante y respiró profundamente. Qué bien olía la lluvia sobre el tejado. Qué paz, por fin. Qué sensación tan maravillosa…

Abrió los ojos. Había llegado el momento. Sacó su móvil del bolsillo y buscó una foto. La besó con cariño. Buscó otra foto. La volvió a besar, con idéntico sentimiento. Miró una tercera foto. La acarició con el dedo. Cerró la tapa, guardando cuidadosamente el aparato en el bolsillo delantero del pantalón. Caminó unos pasos hasta el pequeño muro que delimitaba la techumbre. Subió a él con cuidado de no resbalar. Miró a lo lejos, conservando en su retina la preciosa estampa. Respiró. Llenó de aire sus pulmones y abrió los brazos en cruz. Un último acto de valentía. Ya. Se dejó caer, como el jesuita crucificado en las cataratas de Iguazú. Mientras tomaba velocidad se sintió levemente decepcionado. Esperaba que toda su vida pasara por delante de él, como siempre se ha dicho. Pero ni eso era perfecto. Sólo sintió frío, el de la lluvia atravesada raudamente por la celeridad de la caída. Frío, y la melodía que le había acompañado hasta allí. Bien, al menos eso sí era como tenía que ser. Que el último sonido que oyera fuera el de la música, que se la llevará allá donde fuera a parar y morara eternamente a su lado. Cerró los ojos, ante la proximidad del impacto. La velocidad era vertiginosa, o eso le parecía. No obstante, estaba tardando demasiado en estrellarse. Debería haber ocurrido hacía ya tiempo. Algo no iba bien. Quizá lo había soñado. Quizá no se había precipitado al vacío, y todo simplemente era producto de los desvaríos de su cansada imaginación. ¿Por qué utilizaban siempre esa expresión? Caer al vacío… El vacío sólo existe en el espacio, y en algunos laboratorios específicos. En la tierra hay siempre oxigeno, amén de infinidad de partículas en cualquier formulación posible… No tenía sentido. Abrió los ojos. En ese momento la música dejó de sonar. Un sonido brutal inundó su cerebro. Un crujido desgarrador a un volumen inimaginable retumbando en su cavidad craneal que no acababa nunca de desvanecerse. La luz se apagó. El crujido, no…


Y así, entre picos y llanuras, rayos de sol y brumas nocturnas, se filtra la vida, decantándose entre freáticas ilusiones embarradas, mientras soñamos, acaso, que soñamos el sueño de un sueño de esperanza... La muerte no es una opción. Quedarnos quietos, la nada. Avancemos, aunque no sepamos hacia dónde. Que el destino nos encuentre allá donde nos aguarde. Nos buscas? Allá vamos, cobarde. Allá vamos. Y tendrás que rendirnos cuentas. Seremos implacables..."

02 febrero 2012

¿Y si...?

Vamos por la vida con una convicción, la de que somos los dueños de nuestro destino. Creemos que mandamos, que tenemos el poder. Que podemos decidir hacia dónde dirigirnos. Que nada ni nadie puede separarnos del camino elegido. Nos inflamos de ego, nos rodeamos de brillante aura y desprendemos infulas de grandeza y autosuficiencia. Pero... ¿y si no fuera así?  ¿Y si en realidad tal convicción no fuera sino una triste, patética fantasía? ¿Y si nuestro libre albedrío no fuera ni una cosa ni la otra? ¿Y si tal consistiera únicamente en poder elegir uno de entre decenas de vericuetos que llevan igualmente al mismo final?

A veces un rayo de luz ilumina nuestra oscuridad. A veces un sol cegador clarea nuestras sombras cuasieternas, justo cuando pensábamos que viviríamos en la penumbra perpetua, que nunca encontraríamos un haz fotónico entre los resquicios de las petreas paredes de nuestra platónica cueva. Pero... ¿y si ese rayo de luz no fuera más que el brillo de una luciérnaga? ¿Y si ese sol cegador simplemente fuera el engañoso fulgor de una piedra contra otra al chocar? ¿O la chispa de una cerilla defectuosa y gastada?

Y volvemos a creer. Volvemos a confiar. Desenterramos las siete llaves de nuestra cajita, abrimos puertas y ventanas para ventilar la estancia interior, para que el aire corra y se lleve el olor a moho y humedad, para que el corazón respire y disfrute del tibio calor del astro rey. Y poco a poco volvemos a latir. Y poco a poco nuestra sangre vuelve a fluir, al tiempo que las lágrimas vuelven a generarse y humedecer, siquiera de emoción, nuestros cansados y resecos ojos. Volvemos a vivir. Más aún: a sentir que vivimos. Pero... ¿y si en lo que creemos es sólo una ficción? ¿Y si la persona en quien confiamos nos deja de lado justo cuando más necesitamos de ella? ¿Y si sentimos su abandono como la más alta traición, como un arpón que atraviesa nuestro pecho? ¿Qué hacemos entonces? ¿Qué podemos hacer? ¿Qué hacemos con nuestro amor, con nuestra esperanza, con nuestra pasión? ¿Qué hacemos con nuestras ilusiones, con nuestros planes de vida, con las dulces lágrimas de emoción que se vuelven amargas? ¿Qué hacemos con ese lado de la cama, ahora vacío? ¿Qué hacemos sin nuestro hueco?

Sentimos que nada de lo que hemos hecho ha servido para algo. Que nuestra dedicación, nuestra entrega, nuestra preocupación constante, nuestra voluntaria exclusividad, todo, ha sido burlado. Que las palabras vertidas hacia nuestros oídos han sido simplemente bellos pero mentirosos, o tal vez sólo ingenuos sonidos. Que "siempre", "nunca", ´"jamás" y "todo" son únicamente adverbios retóricos fruto de la emoción del momento, pero vacíos de contenido en cuanto surge la ocasión de contrastarlos y enfrentarlos a la realidad cotidiana. Y pensamos que somos personas de palabra, que no decimos nada por decir, y no entendemos por qué la otra persona no es así. Por qué el amor, tanto amor, no conlleva capacidad de sacrificio y, sobre todo, humildad y lucha. Lucha eterna por aquel a quien quieres. Por aquel por quien mueres. Y nos sentimos humillados, engañados, derrotados una vez más. Creíamos que el amor entre un hombre y una mujer existía en realidad. Pero... ¿y si no es verdad? ¿Y si tan sólo el amor entre un padre y un hijo es el verdaderamente único y (no siempre) desinteresado? ¿Y si las personas que buscamos algo más en la vida que estar, sino más bien SER, estamos condenadas a sufrir, a la soledad, a la marginación? ¿Y si el amor, el concepto clásico del amor, el AMOR... no existe? ¿Y si tan sólo de pensar esta hipótesis mis dedos tiemblan y mis ojos se humedecen, una vez más? ¿Y si.... todo hubiera sido un mal sueño? ¿Y si Calderón por una vez sentenciara en mi favor? ¿Y si...?

10 enero 2012

IF

Hace tiempo comencé a grabar un video porque me rondaba algo por la cabeza. Quería -y quiero- dejar a mis hijos un pequeño legado, más allá de hechos y enseñanzas, de caricias y ternura, de consejos y (pobre) sabiduría de perro viejo. Empecé contándoles mi historia, su historia. En tiempo real. Para que nada o nadie desvirtuara con los años la verdad que la frágil memoria guarda. Después me planteé resumir mis principios  -a la postre lo más importante que poseo- en una serie de sentencias, adagios, parábolas, moralejas. Que escucharan y vieran, de viva voz (y retina) la esencia de lo que para mí es ser un hombre... Y entonces me vino a la memoria un poema titulado “If”, “Si” (conjunción, no adverbio), de Rudyard Kipling. Y maldije al premio nobel, y le arranqué las barbas a mordiscos. Porque me di cuenta de que nunca podría elaborar nada tan perfecto –salvando ligeros anacronismos- como ese escrito. Así que, mientras sigo forzando mi intelecto para intentar acercarme a su brillantez y anticipada inspiración, os dejo este texto. Sublime. Maldito british……

SI (IF)
(traducción libre)

Si puedes mantener la cabeza cuando todo a tu alrededor
pierde la suya, y te culpan por ello;
Si puedes confiar en ti mismo cuando todos dudan de ti,
y a la vez admitir también sus dudas;

Si puedes esperar sin cansarte en la espera,
o, siendo engañado, no pagar con mentiras,
o, siendo odiado, no odiar también tú,
y no por ello aparentar ser demasiado bueno, ni demasiado sabio;

Si puedes soñar sin ser esclavo de tus sueños;
Si puedes pensar sin ser esclavo de tus ideas;
Si puedes enfrentarte al triunfo y al fracaso
y tratar a uno y otro impostor por igual;

Si puedes soportar oír tus propias palabras
manipuladas tramposamente por malvados,
O ver cómo todas las cosas que has puesto en tu vida se rompen
y agacharte y reconstruirlas con tus pocos medios;

Si puedes coger todos tus triunfos
y arriesgarlos a un golpe de suerte,
y perder, y empezar de nuevo desde el principio
y no volver a hablar nunca de dicha pérdida;

Si puedes alentar a tu corazón y nervios y tendones
para jugar tu mano aún cuando sientas que ya has perdido,
y así mantenerte en pie cuando no queda nada dentro de ti
excepto la Voluntad que te dice: “¡RESISTE!”

Si puedes hablar a las masas sin corromperte
o tratar con reyes sin perder el sentido común;
Si ni amigos ni enemigos pueden herirte;
Si todos cuentan contigo, pero ninguno demasiado;

Si puedes llenar un minuto inolvidable
con sesenta inolvidables segundos...
Tuya será la Tierra y todo lo que en ella habita;
Y, lo que es más importante: ¡serás un HOMBRE, hijo mío!

Rudyard Kipling.

04 enero 2012

No dejes de besarme

Cada uno por su lado, recorrieron caminos y montañas, sendas y autopistas. Hicieron un breve alto en pro del necesario descanso, y se encontraron. Uno y otro se miraron. Se recorrieron milímetro a milímetro. Descubrieron cada poro de su piel. Se besaron y amaron como dos extraños que reconocen en el otro el pedazo perdido de su alma, la razón de su existir. Se amaron tan intensamente que lloraron. Y las lágrimas, cuando comienzan a fluir, hacen surcos y regueros. Se acostumbran, se vician, se enloquecen. Se acostumbran. Se acomodan. Permanecen.

Volaron a ras de suelo. Soñaron una vida de amor y fantasía, de anhelos y ambrosías. Soñaron que soñaban.  Soñaron que vivían. Y los sueños... Alguien dijo una vez que el amor duele, y más verlo morir. Las estrellas quizá erraron su objetivo. Los guijarros del camino hicieron llagas en sus pies, atravesando piel y carne, hueso y sangre. Pero amaron. Amaron el amor. El concepto mismo del amor.

"Bésame", dijo ella cuando se encontraron. "No dejes de besarme", dijo él cuando se despidieron.