28 junio 2020

STOP!

Imaginemos un niño. Dulce, guapo, enormes ojos verdes, naricilla chata, soñador. Con toda la vida por delante. Pocos amigos, pero buenos. Y suficientes. Buen estudiante, con inquietudes, imaginativo, aunque un tanto reservado. Tímido. Muy tímido. Siempre necesitó que dieran el primer paso por él, que le abrieran los brazos y la puerta. Entonces él entraba y se hacía querer. Y se dejaba querer.

Nadie elige nacer. Nadie elige tampoco dónde, cómo ni cuando hacerlo. Nadie puede elegir cómo ser, con qué carácter, habilidades sociales, facilidad para abrirse, cercanía, simpatía o dones. Cada uno nace como nace, con lo que le toca. Y tiene que vivir con ello. De cómo el resto de la sociedad le trate o le acepte dependerá cómo desarrolle, en qué se convierta y con qué facilidad. Y de eso el ser humano no es consciente. Es un animal social, dijo Aristóteles.Pero no habló nada de la proporción de cada término.

Sigamos imaginando a ese niño. El colegio es un lugar hospitalario. Los maestros son eso, maestros. No profesores. Maestros de vida, segundos padres, gente que igual te cuenta la historia de España como si fuera un cuento que te escucha los problemas y con su mano en el hombro y voz profunda y amable te reconforta como ese abuelo que desgraciadamente nunca tuviste. Los compañeros le respetan como a un buen colega, de los primeros de la clase, y los amigos están ahí, entrañables, aunque no comparta con ellos más que las horas de educación y esos ratos al finalizar el tiempo lectivo, corriendo por el patio, jugando al fútbol, minibasket o al frontón. Es feliz con esos momentos, con algunos pocos más los fines de semana dando un paseo con éste o con el otro, y en la paz de su hogar, jugando con sus soldaditos de plástico, una caja de lata que servía de casa, almacén, barco o bunker, y los airgamboys marcianos... lo más! Su fantasía hacía el resto.


Imaginemos ahora a ese niño que llega a los catorce y, pensando en lo mejor para él pero sin contar con él, le cambian a un instituto de fama y calidad, según decían. De buenos profesores y mejores resultados. Según decían. Pero al que no fue ninguno de sus amigos. Ninguno de sus compañeros. Ninguno de sus conocidos. El único instituto residencia de la ciudad, al que iban en manada salvaje todos los chavales a medio civilizar de los pueblos, haciendo piña compartiendo espacio y tiempo veinticuatro horas al día. Y en medio de todos ellos él. Un niño aún, tímido, reservado, desprovisto de cualquier apoyo emocional durante seis interminables horas al día... sólo. Sólo en medio de una jauría de animales sin educación, cultura, higiene ni formación humana. El blanco perfecto. El juguete de dos, tres, cuatro o diez bestias cuya forma de sentirse bien, de ser los gallitos del corral, es reirse del más débil. Humillarle. Hundirle. Ridiculizarle e insultarle. Ponerle motes, intentar pegarle a veces. Mientras toda la clase ríe las gracias. Sus desgracias. No todos están de acuerdo, por supuesto. Pero nadie se atreve a levantar la voz. Nadie se atreve a defenderle, por temor a ser ellos también objeto de su estupidez.

Rápidamente se corre la voz. En poco tiempo, su sala de tortura deja de ser la clase para convertirse en el edificio entero. Nadie le conoce. Nadie se ha tomado la molestia. Pero todo el mundo le mira, le señala. Se ríe. Particia, por acción u omisión. Y él cada vez se va sintiendo más pequeño. Cada vez se encoge más, literalmente. Físicamente. Se avergüenza de sí mismo. Se da asco. No se quiere mirar al espejo por temor a encontrarse al ser que los demás dicen que es. Y cada vez se hunde más. Se aísla más. Se queda en un rincón, donde nadie puede verle, para que nadie pueda burlarse. Una tortura que se repite seis horas al día más quince minutos de ida y quince de vuelta, mañana y tarde. Cinco días a la semana. Nueve meses al año. Durante cuatro años. Los cuatro años de la adolescencia, esos que te terminan formando como persona, que te convierten en el hombre que vas a ser en el futuro... si llega el futuro. Si no acaba antes.

Nacen los miedos, los complejos, los recelos. Las desconfianzas, el temor, la ira ante el mundo. Ese niño-joven no sólo arrastra miserablemente su cuerpo y su alma por el instituto. Tampoco quiere salir a la calle. Cuando lo hace y oye risas, automáticamente piensa que son originadas por él. Vivir en el centro tampoco ayuda. Por eso, el poco tiempo que pisa el exterior lo hace por caminos solitarios, aislados, casi vacíos. Donde nadie puede reconocerle, donde no oye risas que le hagan acelerar el paso y apretar los dientes para contener lágrimas y rabia.

Esos miedos, complejos, recelos. Esas desconfianzas, temores, ira y dolor, se mantendrán durante toda su juventud e incluso, atenuados, durante su madurez. Le convertirán en una persona desconfiada por naturaleza. Con dificultades relacionales, con pocos amigos. Un ser exigente, muy exigente con los demás  y consigo mismo; a veces irascible, con fuerte carácter y personalidad que irá atemperando con los años, pero que no se lo pondrá nada fácil la primera mitad de su vida. Somos lo que nos hacen. Somos lo que vivimos. Pero también, a la par, se convierte en un ser con una capacidad para amar, una vez conseguido romper su coraza, inmensa. Tanto amor que no dió en su juventud lo ha guardado para entregarlo sin medida, aunque no siempre se vea. Es una persona de pocas palabras, pero de muchos hechos. Un ser sensible, extremadamente sensible y sensitivo; un hombre capaz de percibir la belleza, valorarla, crearla. Un ser protector, un lobo para su familia. Una persona, también, con capacidad de ver mucho más allá que otros, de elevarse por encima del resto a la hora de percibir, deducir, anticiparse. Alguien muy singular, con mucho y muy interesante aún por dar. Alguien completamente especial. Artista. El arte, la música, le salvó la vida. En sentido literal. Por eso forma parte de su esencia. Pero aún arrastra su hermetismo. Aún es un ser difícil para mucha gente. Aunque ya no le importa. Sabe que quien es capaz de entrar en su mundo, se ve lleno y colmado. Aunque sean pocos. Muy pocos.Pero esos pocos tienen que saber lo que hay detrás, lo que ha vivido, su mochila de mierda, para poder entenderle e interpretarle. Esa es la parte más dificil de todas.

No juzguemos a nadie. No tenemos datos. Aunque los tuviéramos, tampoco tenemos derecho. Todo el mundo vive su lucha, arrastra su dolor, sus vivencias, sus fracasos, sus golpes. Doy fe. Acerquémonos al otro, intentemos comprenderle, y sobre todo, tendámosle la mano. Quizá, al agarrarla, percibamos una corriente que nos llene el alma.

P.D. Nadie echó una mano a ese niño. Ningún compañero, aunque en privado le mostrara un mínimo apoyo, le ayudó en publico. Por cobardía. Y lo que es peor: ningún profesor, jefe de estudios, director, aún sabiéndolo, hizo nada por evitarlo. Nadie alzó la voz. Nadie habló con él ni por él. Quizá porque ellos mismos eran también blanco de las hirientes burlas de esos malolientes animales. Pero ya eran adultos. Y profesores. Y responsables. Nadie hizo nada. En este caso sólo deseó, cada día, no despertar. En otros muchos, esos niños hacen lo necesario para no volver a despertar. Evitemoslo entre todos. Es nuestra responsabilidad. Stop Bullying. STOP!


23 junio 2020

Anónimo Veneciano. Epílogo

EPÍLOGO

Anónimo Veneciano es la historia de un adiós. Un punto y final. Una muerte que se anuncia entre pestilencia y decadencia, entre belleza y emoción. Una historia de encuentros y desencuentros, de mentiras y no tanto, de romance y desamor. Una historia de metáforas. De un amor.

Una historia de risas y llantos, de luz y de tinieblas, de felicidad y quemazón. Besos y palabras, llantos y miradas. Pasión. La vida misma, en fin.

Pero también es la historia de un perdón. De una petición. A su modo, a su manera. Una redención poco antes de la muerte. A su modo, a su manera. Cada caricia contenida, cada beso encadenado, cada mirada furtiva y de soslayo, es una declaración de amor. A su modo. A su manera. Cada milímetro de piel estremecido, cada gota de saliva intercambiada cual linfa vital viene a decir "Te amo, a pesar de todo"; "Perdón". A su manera. A su modo.

Él se va en el primer barco de la última mañana, entre una predecible y simbólica bruma. Se desvanece en ella, poco antes de partir. Ha calmado su corazón, ha vaciado su cloaca, en un ejercicio quizás egoísta de purga emocional. Pero esta vez le tocó a él. Se lleva ese deseo de que un día, desde lo más profundo de sus sentimientos, esos que quedan secuestrados en la celda del alma custodiada por un ejército de rencor y dolor, ella... le perdone. Como hizo él. A su modo...

Se va. Se lleva su deseo y un último presente: el hormigueo perenne del roce de su lengua y el calor y la belleza, interminables, de su cara entre sus manos.

14 junio 2020

Anónimo Veneciano. Allegro

TERCER MOVIMIENTO. ALLEGRO.

N. del A. Allegro es un término musical que hace referencia al tiempo, no al modo. Al ritmo, no a la esencia. Allegro es rápido, movido, enérgico incluso. No alegre. No forzosamente. De hecho, grandes sinfonías tienen en sus allegros las piezas más lúgubres, más incómodas. El primer movimiento de la 5ª Sinfonía de Beethoven, por ejemplo. O de su 9ª. O de la 3ª, la Heróica...

El tercer y último movimiento de esta obra es ambiguo, ecléctico, multitímbrico. Como todo en su relación. Grandes oscuros, pequeños claros. Inicios tormentosos con oasis de esperanza. Finales brillantes aún en su mismo sentido de tenebrosidad. Desencuentros eternos, certezas inconsistentes. Discusiones mortales, besos que les convertían en dioses. Cuchilladas en el alma sanadas con saliva y sudor. Una caricia que les elevaba hasta la más alta y frondosa cumbre y caída libre rompiendo sueños y corazón en mil pedazos. Y un abrazo que recogía todas las piezas y las juntaba de nuevo en un momento mágico. Mil pedazos reensamblados con el único pegamento del intercambio de energía, de paz, de esperanza que da sentir sus pechos juntos y el arnés de sus brazos. Mil pedazos que recomponían una torre que volvía a caer al separarse. Quizá faltaba la argamasa, o quizá se acabó, o no fue lo suficientemente mezclada en su justa proporción.

En todo esto meditaba asomado a la ventana de su vieja habitación, desnudo, mientras ella arreglaba su pelo en el baño, minutos antes de la despedida final. Los destartalados tejados de San Polo resultaban hipnóticos. Deseaba salir huyendo de allí corriendo y saltando sobre ellos, pero llevándola de la mano. Aún en su huída de ella, necesitaba hacerlo con ella. Es algo que, ella, nunca supo ver. Quizá una parcela de simplicidad mental en su laberíntico cerebro. Quizá por el hermetismo de él, refugiado en su Sancta-Sanctorum cuando la tormenta azotaba sus muros. Quizá por los dos, o por ninguno, o por el juego con el que un aburrido dios se distraía utilizándoles siempre de peones.

"Ya estoy", dijo. "Voy", respondió en apenas susurro. Se vistió rápidamente, atusó brevemente sus canas frente a su enemigo de cristal sucio y desgastado, y le abrió la puerta, como siempre. Como casi siempre. Bajaron las canteadas escaleras con cuidado de no resbalar, y se dirigieron hacia el muelle. Venecia olía a podrido, a viejo. Las húmedas callejuelas, los palacios, el agua... el muelle. Allí estaba el barco en el que deseaba acabar con todo cuanto antes. En el que deseaba huir. Con ella.

Se miraron a los ojos. En los de ella, rayos de ira conteniendo lágrimas. Esos rayos que aún hoy le rasgan por dentro. En los de él, aséptica seriedad delante de una córnea enrojecida. Quisieron decirse algo. No quedaban palabras. Un corto abrazo. Una despedida. Y su cara entre sus manos.