Cada uno por su lado, recorrieron caminos y montañas, sendas y autopistas. Hicieron un breve alto en pro del necesario descanso, y se encontraron. Uno y otro se miraron. Se recorrieron milímetro a milímetro. Descubrieron cada poro de su piel. Se besaron y amaron como dos extraños que reconocen en el otro el pedazo perdido de su alma, la razón de su existir. Se amaron tan intensamente que lloraron. Y las lágrimas, cuando comienzan a fluir, hacen surcos y regueros. Se acostumbran, se vician, se enloquecen. Se acostumbran. Se acomodan. Permanecen.
Volaron a ras de suelo. Soñaron una vida de amor y fantasía, de anhelos y ambrosías. Soñaron que soñaban. Soñaron que vivían. Y los sueños... Alguien dijo una vez que el amor duele, y más verlo morir. Las estrellas quizá erraron su objetivo. Los guijarros del camino hicieron llagas en sus pies, atravesando piel y carne, hueso y sangre. Pero amaron. Amaron el amor. El concepto mismo del amor.
"Bésame", dijo ella cuando se encontraron. "No dejes de besarme", dijo él cuando se despidieron.