14 enero 2010

De una manera u otra

Ella es sueño. Rayo de luz entre tinieblas. Un conato de arco iris que no se sabe dónde comienza, ni se vislumbra su reposo terreno, pero que permanece suspendido en el cielo, tímido, asomándose apenas entre las nubes, como sin querer molestar. No es consciente de su belleza. Posee la grandeza de quien es mucho y no se cree nada. Va de acá para allá, diligente, impaciente. Roza con palabras sus oídos, a lo lejos. Y él no puede sino mirarla. Mirarla en la sombra, en silencio. Mirarla, una y otra vez. El comienzo del fin. Ella no sabe nada. No debe saber que, cuando la contempla, siente la inconmensurable necesidad de seguir mirando. Ojos hidrópicos sus ojos deben ser, que decía el autor... pues cuando es muerte el beber, beben más, y desta suerte, viendo que el ver le da muerte, está muriendo por ver. Pero es imposible. No puede evitar clavar los suyos en sus ojos de miel, preciosos, inmensos. Es entonces cuando entiende el verdadero significado del enamoramiento: NECESIDAD. Necesidad de seguir mirándolos, embobado, derrotado, vencido. Pasaría las horas sin más, contemplándola, admirándola, acariciándola con su alma, en silencio. Navegando en el brillante océano de sus ojos, buceando a través de ellos, como si de esa forma pudiera llegar hasta su corazón, colarse allí, hacerse un huequecito.

No ha de saber nada. No debe descubrir, sospechar siquiera que muere si no está a su lado, si no percibe su olor cuando pasa, si no la mira desde cualquier esquina, como un terrorista del amor. No tiene que saber que es con su imagen en el recuerdo con la que se duerme. Que se imagina confesándose, hablándole, sus pupilas fijas en las suyas; contando sin palabras que ansía tomarle la cara entre las manos, besar su frente, su pelo, su mente; abrazarla, apretarla contra su pecho como si con tan cálido gesto pudiera fundirla consigo, hasta sentir su corazón palpitando dentro del propio. No puede, no debe saber que muere si está a su lado, sin hacer realidad sus fantasías de amor. Qué gran dolor, la muerte, inevitable de una manera u otra.

Ha decidido alejarse. Piensa que la única manera de salir indemne del peligro es no exponerse a él. Aunque así, mientras la evita, mientras se prohíbe a sí mismo tal secreta adoración, se convierte en un naufrago sin rumbo, en un rey mago sin estrella, cargado de regalos que nunca llegarán a su destino. Seguirá muriendo. Pero al menos no la arrastrará con él. Y mientras, piensa en su desdicha, acaricia su piel, besa su frente, mira sus ojos en sueños. Y languidece su alma. Qué gran dolor, la muerte, inevitable... de una manera u otra.