Hoy lo voy a conseguir. Sí. Más allá de intentarlo, lo voy a conseguir. Hoy me emborracho, seguro. Lo tengo todo preparado. Mi botella de vino para la cena, abundante pero no copiosa. Lo justo para que el sopor no me invada antes de tiempo. A continuación, el descubrimiento de este verano: mi Martini Bianco transmutado en perfecta fusión con cava en Martini Royale (signores di Martini: presto los euros al mío bolsillo, per favore...) abrirá burbujeante senda hacia el estómago, donde finalmente mi botella de cava se me antoja suficiente -necesaria, a la par- para que, en comandita, litros de alcohol de diversa procedencia terminen por sumirme en ese anhelado estado de semiconsciencia que consiga el ansiado objetivo: que la intoxicación etílica en vena me suma en un trance lo más duradero posible, y que le den por culo al mundo!
Mañana una tamborada en mi cabeza explotará el polvorín de mi mal humor, y recordaré el porqué, cómo y cuando. Porque el número de neuronas destruidas no será suficiente para borrar tanta mierda en mi vida. Pero hoy voy a olvidar. Voy a beber. Voy... a olvidar. Tantas y tantas cosas... tanta y tanta mierda... Sí. Lo lograré. Hoy voy a emborracharme... y que le den por culo al mundo!