23 mayo 2012

AHORA

Recibí hace unos días un powerpoint que me hizo pensar. No suelo abrir la mayor parte de ellos, pero este en concreto sí. Hablaba de la edad, de la caja de bombones, del tiempo restante… Hoy, más que nunca, lo tengo presente. Hoy cumplo años. Muchos, pocos… depende con quién me compare, como todo. Para mí, suficientes. Acabo de entrar en lo que las estadísticas vienen a llamar el ecuador de mi existencia. Según las expectativas de vida actuales, cada día que pase me quedarán menos años por delante de los que he disfrutado. Y esa es la clave… los que he “disfrutado”…

He pasado justo la mitad de mi estancia estimada en la tierra sufriendo, de una manera o de otra. Sufriendo por el mal que me han hecho de joven. Sufriendo por el mal que me han hecho de adulto. Sufriendo por el mal que hice alguna vez. Sufriendo por lo que perdí. Sufriendo por lo que no tuve ni tengo. Sufriendo. También he sido feliz, inmensamente feliz. Pero tal sensación sólo ha durado unos segundos, unos escasos minutos. Lo compensa mi forma de sentir. Mi felicidad puntual posiblemente ha sido más intensa que la suma de las felicidades duraderas de la mayor parte de los mortales. He disfrutado el perfume de una flor, hasta marchitarla a sorbos. Me he emocionado con el frescor de una gota de rocío en las hojas o en los pétalos de una rosa por la mañana. He saneado mis pulmones extrayendo infinidad de matices del olor de la hierba mojada en otoño. He disfrutado hasta la conmoción haciendo –y siendo hecho por- el amor. Mis manos han besado la carita de mis hijos, sus manos, su piel entera, hasta arrancarme lágrimas de emoción. He viajado a mundos extraños y paradisíacos con mi sola imaginación. He experimentado la sensación de vivir, de morir, de renacer escuchando música, deslizándome por las teclas de mi piano, mi fiel y paciente compañero de diálogos, de monólogos. He muerto y resucitado por el amor a más de una mujer. Sí, he experimentado la felicidad. A mi manera. En mis universos privados, en mis espacios públicos.


He sido feliz. Pocos momentos, pero de calidad. Sin embargo, el sufrimiento siempre ha estado ahí. Es el reverso de la moneda. El envés de la maravillosa profundidad de mi forma de sentir. Ahora, que cada día es uno menos; ahora, que ya no tengo toda la vida por delante; ahora, que los años de libertad diplomática y formal no volverán; ahora, que no es momento ya de hacer planes de futuro, sino de cumplir los ya imaginados; ahora, que echo la vista atrás y apenas tengo nada de lo que me propuse; ahora, que los proyectos no se han cumplido y difícilmente se cumplirán; ahora, que cada vez soy más viejo que sabio; ahora…

Ahora ya no hay lugar para excusas. Ahora ya no hay justificación para no exprimir al máximo cada momento. Ahora no vale eso de… “tengo tiempo”. Ahora cada instante desaprovechado es perdido; peor aún: desperdiciado. Ahora la cuenta atrás es real, esperemos que larga. Ahora es de estúpidos dolerse por tonterías, darle importancia a lo que no la tiene, pasarlo mal si se puede evitar. Y casi siempre se puede. Ahora la vida comenzará con los achaques, con las dolencias del cuerpo, de la mente. Ahora los golpes que quedan serán los más duros de todos. Ahora (tiemblo de sólo pensarlo) la muerte comenzará a rodearme, a llevarse a mis seres queridos, amados, unidos. Ahora es momento de relativizar; de reservar la capacidad inmensa de sufrimiento para esas ocasiones que no voy a poder evitar, contra las que no voy a poder luchar. El resto de mi vida, de mis momentos, procuraré ser feliz. O, al menos, no ser, no sentirme desgraciado. Ahora he de seguir luchando día a día por estar bien, por el bienestar de mis hijos, por encontrar la PAZ. Ahora he de rodearme únicamente de seres con alma, de personas con integridad, con principios, con valores. Ahora he de dar lo mejor de mí cada momento, porque en la tumba los gusanos no lo van a valorarg. Ahora, sin embargo, he de ser más selectivo. He de derramar sintonía y buenas vibraciones por donde pase, pero… mi corazón sólo lo van a disfrutar quienes sean capaces de apreciarlo, de amarlo, de compartirlo con el suyo. Ahora, que soy más viejo cada día… aún es tiempo de aprender. Aprender a vivir. Ahora. Ahora…

07 mayo 2012

Hoy

Hoy estoy de mala hostia. No enfadado. No de mal humor. De mala hostia. Sin paliativos. En este jodido ring que a menudo es la vida, parece que esta me ha tomado por su sparring. Y ya está bien. Un mismo hecho me ha llevado a desesperarme; a entristecerme; a resentirme; al sufrimiento; a la breve y  puntual indiferencia. Pero hoy no. Hoy estoy sencillamente así: de mala hostia.

Como de costumbre, mi pequeña tribuna al borde de la nada ha de servir para sacar de dentro todo el barro, fango, lodazal. Porque puedo vivir con la tristeza; estoy acostumbrado al sufrimiento; la indiferencia es buen remedio subsidiario. Pero no puedo, no quiero, no permitiré que anide en mí la ira. Así que venga, abriendo las ventanas para que salga el olor y no se quede en las paredes de mi alma.

Estoy de mala hostia. De muy mala hostia. Cuando el sinsentido en el que se traducea veces la existencia se convierte en burla bufonesca hay que decir: ¡basta! Y yo lo digo: ¡basta! ¡¡basta!! ¡¡¡ BASTA!!! No tengo vocación de santo. Ni mucho menos de martir. No soy tan buen cristiano para poner una y otra vez la otra mejilla. Me sangran. Y luego no curan. Afean el rostro. Deforman la imagen sin necesidad de espejos cóncavos ni convexos. Burro apaleao. Puta y cama gratis. Basta. ¡Basta!.
Mi cartero no tiene que devolver cartas porque nadie que yo no quiera tiene mi dirección. Y seguirá siendo así. Por siempre.

Soy yo. Sigo siendo yo. Vuelvo a ser yo. Aquí estoy. Aquí me tienes. Ven por mí. Te espero, si tienes agallas. He vuelto. Y nadie va a derrotarme. Sólo la muerte. Pero eso... no será ahora.