Hay derrotas mayores que las derivadas de la lucha. De la lucha diaria. De la lucha por respirar. Hay derrotas mayores que no superar un período de prueba. Que no conseguir tus objetivos. Que caer por el camino. Son las derivadas de no haber luchado. De haber abandonado nada más comenzar. De no haber asomado siquiera la puntita del dedo gordo a través de la puerta, por temor a sentir el frío aliento de la capitulación. Y ese es precisamente el mayor de los fracasos: el que se cobra la cobardía, el miedo, la mezquindad vital con uno mismo. Porque vivir es eso: vivir. Sentir. Sentir el corazón que se desborda del pecho de amor, de emoción, de miedo, de tristeza. Sudar lágrimas por cada poro de piel reseca, ulcerada, encallecida. Sudar emoción por cada volcán de piel enrojecida, exaltada, exultante, hipersensible. Eso es vivir, al fin y al cabo. Eso es estar vivo. En lo bueno, a veces. En lo malo, casi siempre.
Hay derrotas no obstante, más dolorosas que otras. Por muy vivo que te encuentres durante la lucha. Son derrotas que te van dejando un poco más muerto tras cada batalla, desmembrando ilusiones, destrozando proyectos. Son derrotas que rasgan jirones de esperanza, enganchados en los zarzales de una angosta vereda de fantasía, de ilusión. Derrotas de contiendas en las que arrastras un saco de esparto por un camino pedregoso y polvoriento que vas llenando de expectativas con cada rayo de sol , durante decenas de kilómetros al principio. Hasta que, exhausto, te sientas en el borde de un pasaje cada vez más fangoso, empinado y agotador, y te das cuenta de que el saco comienza a romperse de tanto arrastrar. Miras entonces atrás y ves que has perdido buena parte de la carga de luz, ocupando su espacio suciedad y mal olor. Lo vacías, lavas cuidadosamente e intentas remendarlo con un carrete de hilo demasiado fino: el de los sueños. Te pones de pie y vuelves a meter los pocos objetos brillantes que van quedando, recogiendo cada brizna de sol que aparece a través de un cielo gris que nunca acaba de descargar. Y el camino cada vez más inclinado, más estrecho, inhóspito, salvaje, abrupto. Y el saco cada vez más roto, más sucio, más vacío. El culo embarrado en los cada vez más largos descansos mientras sentado remiendas una tela más y más delgada, apenas con esparto, sólo hilo de coser. Y dentro una suciedad tan incrustada que ya no sale con el agua. Y poca, muy poca luz. Hasta que un día, ante una nueva y mínima caricia de calor, abres el saco para recogerla… y ya no hay fondo.
Esa es
la derrota más dolorosa. Quizá no la más grande, quedarse al comienzo del
camino por temor al cansancio. Pero sí la más dolorosa: reconocer por fin que
ya no hay nada que guardar, porque el saco ya no existe. Darse cuenta de que
seguirías recogiendo cada microlux que apareciera fugaz, como cazar dragones
con un cazamariposas, pero caería directamente en la pecina de un vericueto por
el que, si sigues adentrándote, perderás hasta la piel. Dejar de beber por más
que lo desees, porque la hidropesía terminará colapsando tu organismo. Aceptar que
seguir luchando es acabar con el halo de vida que te mantiene en pie.
Derrota negra. Derrota que corta
como cuchillo carnicero. Derrota profunda y amarga, triste, vaciadora. Derrota.
Esta
noche llorarás por la vida que perdiste. Y a la mañana te pondrás en pie,
cargarás con varios sacos más, y seguirás arrastrándolos por el carrascal de la
vida. Hay muchas derrotas que evitar, aún…