Es un día cualquiera. Llego a casa a las tantas, después de una interminable jornada de trabajo encerrado en mi zulo con vistas al megaparking de empresa. Mientras me derrumbo en el sofá dando cuenta de mi escasa cena macro-micro-biótica (nunca tan poco ha cundido tanto, maldigo), cojo el mando de la tele. Treinta y tantos canales dispuestos a satisfacer mis necesidades de evasión y mis exigencias de intelectualidad. La 1; la 2; la 3; la… lalala, cantaba aquella. Impresionante. Descubro –constato, más bien- que la TDT no significa Televisión Digital Terrestre: en realidad es el acrónimo de Todos los Días Tiña. Eso sí, en formato panorámico y sin parpadeos en la imagen, que es de agradecer. Decido parar la búsqueda en una cadena al azar. Ante mis ojos, casi atónitos (he visto ya tanto en esta vida que poco tiene la capacidad de sorprenderme) veo a un par de jovenzuelas vestidas de fulanas (que me perdonen las Señoras fulanas) hablando con dificultad, comiéndose la mitad de las palabras y el 90 por cien de los sufijos. Al rato, otras dos personas (eso creo) vociferando palabras apenas inteligibles –y las que lo son, hubiera preferido que no lo fueran- y gesticulando airadamente. Por un momento cruza por mi mente averiguar el motivo de tan profunda discusión. Afortunadamente, no me hago caso. Cambio toca. Hago otro recorrido rápido por nuestra maravillosa programación en abierto, y me encuentro a los mismos personajes, pero en otro canal. Miro la mosca. Pues sí, es otro distinto. ¿Pero aquí antes no daban noticias y debates más o menos partidistas –como todos- aunque con cierta elegancia sobre política? Lo habré soñado, quizá. Decido cambiar rápidamente y continúo dándole a la crucecita de mi mando. No me interesa comprar un supermegapowerultraliftingdeepmuscletone. Videntes… no. eVidentes… paso. Pantalla en negro. Pantalla en negro. Vuelta a empezar. A ver si hay suerte esta vez. La 1. La 2. La 3… Ups! Otra vez? Los personajes son diferentes, pero el escenario es el mismo. Ahora hay un tipo que para si lo quisieran los estudiosos de la psique, con una gorra que le quedaría grande a la estatua de la libertad, gimoteando y maldiciendo su existencia –lo entiendo- al lado de unos seres humanos femeninos escasos de ropa. Cambian el plano. Ahora aparece otra mujer, frotándose entre dos maromos de torso desnudo y rigidez pélvica a los cuales no parece importarles demasiado ser utilizados. Joer… sigo zapeando. Por fín! Una periodista de prestigio! Ah, quieto: es Mercedes Milá. Aparece diciendo cosas a un pobrecillo con los ojos llorosos aguantando estoicamente el chaparrón de burlas y puyas inmisericordes por parte de público y ella misma. Al parecer, el sujeto es, fue o quería ser novio, pareja, allegado, adherido de la friccionada anterior. Mientras asume en prime time su condición de cornudo de España, la madre de su pretendida la disculpa diciendo que ella es así, juguetona, “simpática”. ¡Simpática!. Qué bonito eufemismo. Simpática… seguro que si tuviera hijos querría una nuera tan “simpática". Esto es Gran Hermano.
Confieso que fui uno de los millones de personas que se tragó enterita la primera edición, cuando se vendía la cosa como un “experimento sociológico”. Y en verdad me lo pareció. Preparado, tramposo, prostituido, pero con el interés de la espontaneidad de los concursantes, que no sabían a qué se enfrentaban y que reaccionaban primaria y naturalmente a la experiencia de convivir varios meses encerrados en una jaula de cristal enorme, a la vista de todo el país, y relacionarse, sufrirse, mostrarse, exhibir sus vergüenzas, debilidades, temores… en definitiva, su condición humana. Pero la cosa ha derivado en lo que hoy es: un esperpento grotesco, zafio, vil, repulsivo, deprimente, bochornoso y tan falso y artificial como artificioso y teatral. Todos van con su guión aprendido. Juraría que la misma productora, que se ha encargado de elegir una serie de individuos que pueden encajar con los roles más idóneos para provocar las chispas y conflictos deseados, habla con ellos y les da instrucciones de comportamiento antes de entrar en el concurso y, muy probablemente, durante el mismo. Como si Calderón de la Barca se hubiera pasado en su ingesta de tóxicos y hubiera creado un nuevo Gran Teatro del Mundo: “Tú te has de enrollar con uno, dos, tres; tú has de ser macarra y buscar bronca; Tú serás el gracioso, tú la puta, tú el pringao…” “Ojo, que el público se aburre: Tú, peléate con tal”. Ah, el mundo del espectáculo! Esto es Gran Hermano.
Confieso que me cuesta asumir el éxito de los programas del corazón y de la prensa rosa. No concibo qué le puede interesar a la gente de a pie la vida de los famosos y, peor aún, de los famosillos. ¿Qué me importa a mí si tal se ha liado con cual, si esta ha roto con el otro, si aquella está embarazada o si al de más allá ya no se le levanta? ¿Acaso la gente no tiene sus propios problemas? ¿Tan poca vida tenemos, tan vacía, tan triste, que tenemos que llenarla con las miserias –a menudo prefabricadas- de los demás?
Puedo llegar a entenderlo fundamentando tal afición en el voyeurismo que todos llevamos dentro, tan justificado en estos casos, y tan denunciado cuando hablamos de sexo, siendo éste último mucho más natural –por lo instintivo- y –dónde va a parar- gratificante, llegado el caso. Puedo también comprenderlo si atendemos a la bajeza de la misma esencia humana, que se congratula de las desgracias y miserias de quienes supuestamente tienen mucho para compensar así la balanza de las limitaciones y frustraciones de su –nuestra- propia vida.
Lo que no concibo, lo mire por dónde lo mire, es la satisfacción que pueden tantos millones de gente encontrar en observar las banalidades, simplezas, estupideces, limitaciones, tonterías absurdas de un grupo de individuos que, o bien representa una muy mala obra de teatro, o bien son tan ridículos y –no quería utilizar la palabra de marras, pero es que terminan siendo el concepto mismo de ella – frikis como sus propios comportamientos sugieren. La verdad, para ver monos, mejor el circo. Al menos, tienen más gracia.
No, venga, va, en serio… ¿por qué? Tantos millones de personas malgastando su tiempo de esta forma… Mira, ahora que lo pienso, al final va a ser verdad que es un experimento sociológico en toda regla. Sólo que los sujetos que han de ser objeto de estudio no están delante de las cámaras: están frente al televisor.