Fue hace poco mas de un mes, pero parece ya la prehistoria. Mis vacaciones en el mar –como la serie, pero sin rubias oxigenadas, trasatlántico ni horteras en bermudas blancas haciendo gracias malas- pasaron como una exhalación por el breve lapso veraniego dejando un poso ni dulce ni salado, sin grandes luces ni tenebrosas sombras, pero, eso sí, bañado siempre de ternura. Tal cual está la vida, poco más puedo pedir.
Siete días no dan para mucho, máxime cuando lo que se pretende es descansar en sentido literal: mar, piscina, siesta, comida y paseos. Ni siquiera sexo. Sólo familia y paz. Sólo y tanto. El mediterráneo sigue siendo un caldo primigenio de armonía, un líquido amniótico en el que aislarme, perderme, flotar, literal y figuradamente. Los últimos años con mis pequeños es, además, un campo de juego y enseñanza, de evasión y disciplina náutica. Lejanos quedan aquellos tiempos en los que les cogía por las axilas y jugaba con ellos a saltar las malintencionadas olas –alguna siempre conseguía alcanzar objetivo…- y dejar que nos remolcaran y remozaran hasta la orilla, como perviven aún las sombras extrasensoriales de mi padre haciendo lo propio conmigo a los cinco años en una playa de San Sebastián. Espero que mis nenes recuerden algún día aquellos momentos como lo hago yo… Agua y sal se han convertido en pista de aprendizaje de brazadas y buceos, espaldas y pies en torbellino. Y, más allá de eso, en una forma –otra más- de putear a su padre haciendo lo posible por mojarle estando seco, inducirle un aprendizaje a resumido, compendiado e intensivo de técnicas de submarinismo a pleno pulmón, e intentar que dure lo menos posible sobre la colchoneta de tres plazas… Angelitos…
Cómo conseguir en unos pocos días –especialmente estos en los que pasan conmigo mucho más del limitadísimo tiempo del que dispongo y disponen habitualmente- que mi presencia pueda servir de referente vital, cumplir como padre dándoles todo el cariño y sensibilidad, la educación y disciplina, las enseñanzas de la costumbre y el día a día? Y cómo hacerlo sin que parezca que lo estoy planteando y organizando en un planning por horas? El ser padre, como el ser madre, no es una cualidad que se adquiere con la fecundación, el parto o la inscripción en el registro civil. Es una calidad. Es una característica del alma, que se posee o no. Por eso, como ha ocurrido en nuestra vida con profesores –perdón: maestros- amigos o simplemente personas que se han cruzado en un momento muy puntual del camino, a veces unos pocos minutos con alguien pueden marcarnos mucho más que el ochenta por ciento del resto de nuestro tiempo al lado de quien pueda ostentar el título honorífico de progenitor. Afortunadamente, mi alma lleva dentro grabado el nombre de padre a sangre y fuego…
De esa primera parte del verano de 2012 recordaré siempre, cómo no, el mar. Mis niños jugando conmigo, con los abuelos, con el mundo. El agua que para ellos empieza a ser ya su gran amiga, como para mí. Las caminatas nocturnas por el paseo marítimo, con la dulce brisa, sus luces, el sonido de las olas acariciando suavemente la arena y los enanos pillando cacho en forma de helado de chocolate con trocitos de almendras. Sus manitas agarradas a las mías, los trileros engañando al personal, las macrofiguras de arena y el sonido de los salones de baile de los hoteles mezclando músicas de todo tempo. La sombra del mayor tras de mí con el plato en la mano eligiendo –sugiriendo, más bien- su comida y, especialmente su postre en el buffet… tantos recuerdos…