Esto que cuento acaba de ocurrir. Podría ser el guión de una pequeña película española; quizá, la segunda parte de “El marido de la peluquera”. Pero no es ficción. Es real. Asombroso, estremecedor. Hermoso.
Antonio y Arsenia eran una parejita de octogenarios que durante más de la mitad de su vida vivieron en una hermosa localidad de mi bella Sanabria, abrupta, salvaje, profunda. Como los sentimientos, como la pasión, como la vida misma. Tiempo hacía ya que se habían trasladado fuera, pero no importaba. Las raíces permanecían profundas, ancladas al subsuelo rocoso de la comarca, tierra –por cercanía y hermandad- de meigas y ritos, de cuentos y hechizos. Arsenia y Antonio eran azúcar y sal, el día y la noche, seda y esparto. Antagónicos en las formas. Las piezas de un puzzle que, sorprendentemente, encajan a la perfección. Dame tus aristas, yo las puliré con mi aceite. Entra en mis huecos mientras mi cuerpo se amolda a tu impetuoso coraje. Seré tu paz cuando prendas fuego. Serás la fuerza que me salve y proteja. Así sesenta años.
Antonio y Arsenia eran la luz y la oscuridad, tan opuestos, tan necesarios, tan inseparables. La sombra el uno del otro. Incapaces de concebir la existencia sin el calor del cuerpo ajeno, del cuerpo anejo. Si tú saltas, yo salto. No me pidas, amor, que te espere silente hasta que Dios quiera. Él nos ha unido, y unidos viviremos. Por siempre. Para siempre.
Llevaban tiempo ya sin dar señales. La vecina llamaba cada día, pero no obtenía respuesta. Finalmente, algo hizo que su corazón se acelerara trágicamente: por debajo de la puerta se percibía un olor no por conocido asimilado. Corrió a coger su teléfono.Llamó a emergencias. Los bomberos se descolgaron desde el tejado hasta el sexto piso. Rompiendo la ventana, accedieron al interior. Lo que se encontraron aún les sobrecoge el corazón. Al lado de la cama, en el suelo, estaban los dos ancianos, abrazados el uno al otro… muertos. Nunca una escena tan macabra fue tan bella a la par. Los indicios apuntan a que Antonio sufrió un infarto cerebral, y cayó desplomado al suelo. Arsenia intentó reanimarle, pero no lo consiguió. Sintió tentación de llamar a la policía, a la familia… pero no lo hizo. Como pudo movió el cuerpo de su amado y lo colocó sobre una manta, que el frío suelo no es lugar digno para descansar. Se colocó a su lado, y esperó una señal. Mientras acababa de llegar, tomó algo de comida y la colocó en un plato, cerca de ambos. Despertar de tan duro trance debe dar hambre, y hay que estar preparado. Pero Antonio no despertó. Si tú saltas, yo salto. Hasta que la muerte nos separe… No!. Venceremos a la muerte. Seremos eternos!… Arsenia dejó de comer. Se acurrucó junto a él. Pulió por última vez sus aristas con su aceite. Su cuerpo amoldó dulcemente su coraje. Besó su nuca. Apoyó la cabeza sobre sus hombros… y esperó. Tres días y tres noches. Abrazada. Paciente.
La luz del cuarto día los despertó en otro lugar. Donde son eternos. Donde han vencido a la muerte. Desde donde se divisa esa tierra verde y rocosa de valles, pinares, lagos y lagunas, castillos y empedrados. Mi bella tierra sanabresa tiene, ahora, una nueva leyenda. Una nueva historia. Una historia de AMOR.