30 mayo 2022

La voz


 

 

 

 

 


El proceso de sanación es como escalar una montaña. Cada paso que das te acerca un poco más a la meta. Cada metro en vertical te llena de orgullo, confianza, tranquilidad. Al sentarte en el pequeño recodo al final del día, no obstante, ves las huellas del camino: las llagas en las manos, los cortes en los dedos, las piernas despellejadas... Nada es gratis en esta puta vida.

Este proceso de ascensión sin sherpa ni piolets es peligrosamente engañoso. Cuando más confiado estás, aparece la gravilla en la falda (...) y, sin saber ni cómo, te encuentras rodando ladera abajo, dejándote la piel y los huesos en la caída. Cuesta volver a ponerse en pie. Cuesta tomar aire y comenzar de nuevo. Miras hacia arriba, y la cima parece más lejos que nunca. Con resignación pero dolorido hasta el alma, inicias el recorrido.

Así llevo varios meses. Hoy ha sido el último traspiés. No tengo fuerzas para seguir. Hundido el cuerpo en la tierra y el hielo, rodeado de bruma, mi cerebro ha sido tentado a dejarse ir, languidecer lentamente hasta dormir en las nieves eternas. En ese momento, una extraña figura ha emergido entre la niebla y me ha dicho, con dulce voz: Ven. Levanta y sígueme.

Y aquí estoy. Limpiando el barro de tu indolencia; curando las heridas abiertas de tu soberbia y negación. Llenando mis pulmones del oxígeno que me robó el darme cuenta de quien eres, de qué soy yo... para tí.

Voy a descansar. Mañana me espera otro duro día de escalada contra ti y mi estupidez.


23 mayo 2022

Hoy


 

 

 

 

 

 

 

 

 

Los humanos somos así. Necesitamos de referencias para orientar nuestras vidas, para organizarnos, para hacer o deshacer. Para tomar decisiones, o intentarlo.

Un día como hoy es perfecto. El año realmente empieza hoy. Hoy comienza mi año nuevo. Toca pensar sobre el pasado, sobre el futuro... y volver a cagarla de nuevo...

No. Dejo mucho más atrás de lo que me espera delante, y ninguno de los dos existe. Así que, a estas alturas, lo único cierto es el presente. Y es el que tengo que plantearme muy bien.

Estoy en una edad en la que el tiempo es tan veloz que supera incluso la velocidad de los deseos. Cinco minutos de recuerdos son cinco minutos que han pasado, cinco minutos de vida que ya no tengo, que no he disfrutado. Eso, para alguien que a menudo gusta de sumergirse en la cálida y traicionera nostalgia es, literalmente, mortal.

Hoy decido, y me propongo, avanzar. Día a día, paso a paso. 

Hoy decido, y me propongo, seguir con mi búsqueda de la paz interior, y conseguirla. A ver...

Hoy decido, y me propongo, balancear mi armonía sin ayudas externas, abandonar la química artificial y dejarme llevar por la natural, mucho más placentera. Qué duda cabe.

Hoy decido, y me propongo, disfrutar de la belleza oculta en cada pequeña cosa, cada pequeño detalle de la vida.

Hoy decido, y me ratifico, seguir siendo yo. Y mucho más yo, si cabe. Aceptarme sin castigarme. Superarme sin exigirme. Tanto. Hacer gala de la maravillosa extravagancia que para el resto del mundo significa mi singularidad. (Traducción: no sólo me la pela, sino que me gusta ser "el raro", teniendo en cuenta la comparación)

Hoy me reconozco excepcional. Sé lo que valgo, cuánto, cómo. Y nadie ni nada, ni siquiera la tramposa idea del amor, me va a volver a hacer dudar de mí. Aunque quien más me importe no lo vea. Yo sí. Y me importo. De nuevo.

Hoy me reconozco imperfecto. Mucho. Pero sé de dónde viene mi oscuridad. Sé cual ha sido el camino. Sé qué me ha llevado a ser como soy, cuánto sufrimiento, soledad y amargura lo ha provocado. Y no fui culpable de ello. Casi nunca.  Sé que a su vez eso mismo ha sido germen de mis virtudes, que las tengo. Tantas como defectos. O alguna más.

Hoy reconozco que te quiero, y que tú a mí no. Si no, estaríamos juntos. Así de sencillo. Reconozco mi forma de amar, tan intensa, tan entregada, tan comprometida, tan luchadora, tan única y especial. Tan abrumadora, a veces. Para algunos. Tan distinta a lo que he recibido, aunque posiblemente parecida a lo que hubiera podido recibir. 

Hoy reconozco que mi concepción del amor es compromiso, hasta el final. Trabajo, hasta el final. Superar obstáculos, por mal que se den las cosas. No abandonar mientras ame, por mal que se den. Las cosas. Y que cualquiera diría que si hay que luchar, entonces no es amor. Que el amor es fácil y bonito. Y sí, es verdad. El amor es fácil y bonito. Las personas, no. Por eso, por conseguir llegar y vivir ese amor fácil y bonito, merece la pena luchar, sufrir, trabajar.

Hoy reconozco que, sin embargo, la lucha no siempre da sus frutos. O no siempre sabes luchar. O no es suficiente. O, sencillamente, a veces amas y no te aman igual. A veces luchas y no luchan igual. A veces, simplemente... no te aman. Igual. O, sencillamente, resultas insoportable para el otro y, para qué. Punto.

Hoy reconozco que hay que saber perder. Y que lo vivido, por más embarrado que haya sido a veces el camino, merece la pena -nunca mejor dicho- si ha sido sincero. Y yo siempre lo soy.

Hoy repito lo que tantas veces he dicho y no he podido cumplir. Con la firme pretensión de lograrlo, esta vez. Todo. Todo.

Hoy he de intentar ser feliz. O, al menos, no sentirme desgraciado tan a menudo. Será un grandísimo avance. Hoy sé que no podemos cargar a nadie con la responsabilidad de nuestra paz. No podemos supeditar nuestro bienestar a conseguir algo, alguien. Porque muy probablemente no lo logremos. Y entonces... ¿Qué? 

Hoy reconozco muchas otras cosas que parecen sacadas de un librillo de bolsillo de Coelho, pero mira, son verdad. Por suerte, o lo contrario. Pero son. Verdad.

Hoy soy. De nuevo. Sólo. Pero soy. Hoy sigo queriendo ser contigo, que seas conmigo. Pero sé que sólo soy. Hoy.

Hoy.


 

19 mayo 2022

Tendresse


 

 

 

 

 

 

No entiendo cómo puede haber gente que no la necesite. Que no la practique. Que no la de. Que no desee recibirla. 

Teniendo la oportunidad.

La vida sería tan fácil... Un poco, un mucho de ternura. Cada día. Y el resto, Dios dirá.

La ternura es la sal de la vida, el azúcar de la felicidad. Algo pequeñito, que decía la canción. Un besito, una palabra amable, un dedo sobre el dorso de la mano. Unos labios que se rozan. Una tontería cursi al oído. Una caricia en la cara. Un abrazo, un achuchón, unos ojos que te hablan sin sonido. Una nota en el escritorio, un detalle bajo la almohada. El tacto de la piel como por casualidad. Tantas pequeñas cosas, tantas...

No, no entiendo que haya quien no la practique. Pero claro, eso tiene que salir. De dentro. Si no sale, si sale forzado, no es nada. Nada.

Sin ternura no soy. O sólo lo peor de mí. Sin ternura me seco. Me agrío. Sin ternura sólo me quedan las espinas. El cadáver maloliente de lo que soy y no puedo ser. 

Sólo un poco de ternura. Un mucho. Cada día. La vida sería tan distinta...

Cómo te echo de menos. Cómo te necesito, ternura...

Tendresse. En francés, todo suena mejor... hasta las caricias. Hasta las palabras. Hasta los sueños...

Tendresse

13 mayo 2022

Pascal

No sé por qué te quiero, que decía el bolero. No, no lo sé. No lo entiendo.

Mi cabeza lleva tiempo buscando las razones que superan la lógica aplastante de olvidarte. En mi mente racional no tiene cabida la casualidad. Piensa y piensa, da vueltas en torno a las causas que me mantienen aquí, a pesar de todo... y no las encuentra. Por eso enferma. O quizá por eso: enferma. 

Existen docenas de motivos para arrancarte de mi mente. Seres pertenecientes no ya a mundos distintos, sino a planos paralelos. Asíntotas tendentes a una conjunción imposible. De dar. Usos, costumbres, pensamientos, manifestaciones, teorías, prácticas, egos... Si tú eres uno, yo soy dos. Si subo, bajas, si bajo subes y en el camino nos cruzamos en medio de un tibio destello de sol en el crepúsculo. Lobo y halcón anhelando pasiones malogradas, Etienne e Isabeau compartiendo angustia de amor en sus miradas al estar tan próximos lejanos, tan fuera y dentro del alma. Un segundo, apenas. Y la nada del querer y no tener, el tener y no poder, poder y no olvidar...

Hubo un tiempo en que fuimos. Parece mentira. Quizá lo fue. Mentira. Duró tan poco... ¿Qué fue de lo que fue? ¿Qué fue de lo que pudo ser? Tal vez sí, simple casualidad, al fin y al cabo. Nos encontramos un momento en maravillosa intersección de ilusiones y proyectos, de sensaciones, de sentimientos. Y, a partir de ahí, la contundente realidad empecinada y contumaz.

Tal vez fue culpa mia. Me empeñé en salvarte sin tú pedirlo, mientras me iba condenando lentamente. Insistí en convencerte, en demostrarte, en empujarte hacia delante cuando asi me lo pedías, y la inercia del esfuerzo siguió haciendo su trabajo por su cuenta. Hubo un tiempo en que tiré de ti, de mí, de todo. Y a trompicones esta historia fue avanzando. Hubo un tiempo en que dejé de tirar. Y la historia... se paró. Lo nuestro nunca fue nuestro, en realidad. Fue mucho más mío. Ahora me doy cuenta.

Un amor es cosa de dos. Una relación es cosa de dos. Un proyecto es cosa, de dos. Siempre que te fuiste te quise retener. Estabas equivocada, ofuscada, superada. Eso pensaba. Pero siempre te ibas, y siempre estaba. Ahí. Esperando por ti. Tirando de ti. Y llegó un momento en que dejé de tirar. Y nadie tiró de mí. Llegó un momento, más de uno, en el que me fui. Y tú... no estuviste. Ahí. Ahí. No hay más preguntas, Señoría.

Lo hemos hecho mal. Los dos. Quizá porque no debimos hacerlo. Lo hemos hecho mal. Pero yo lo he hecho mucho peor. Mi sacrificio era innecesario. No te pude retener... ni debí intentarlo. Siempre te marchaste. Debí entenderlo. Es tan fácil... Pero estaba convencido, como nunca. Tarde o temprano te darías cuenta. El destino. El hilo rojo...

Me voy. Y tú te vas más. Llevo yéndome mucho tiempo. Tú mucho más. Me voy, mientras me miras marchar desde tu atalaya de indiferencia, de complacencia ante mi partida. Lo peor es que sé que, de alguna manera extraña, retorcida, inexplicable, me quieres. Pero, como alguien dijo una vez... el amor no es suficiente. Tardas poco y nada en cambiar tu enfoque vital, centrarte en lo que de verdad te importa, donde de verdad te importa. En recuperar tu vida social y oficial. Nada ya que objetar.

Tengo docenas de motivos para odiarte. Docenas. Quizá más. Sin embargo, sigue doliéndome verte, notarte, olerte. No tiene sentido. No lo tiene. No tiene sentido esta presión entre los ojos cada día, este aviso de aguaceros permanente.

Difícil olvidar teniéndote delante. Mi corazón no puede sacarte de mi mente. Ojalá un día, antes de que desapareciera, llegaras a mi lado, y por fin viera a esa persona que siempre prometiste y nunca me mostraste. Ese fantasma sin barreras, ese ser dulce y romántico que fuera capaz, por una vez, de entregarse. A tumba abierta. De luchar. De tirar. De retenerme. Ojalá que no te diera igual. Ojalá que de verdad, de VERDAD, me quisieras.


11 mayo 2022

Geo








Geocentrismo: teoría según la cual se sitúa a la Tierra en el centro del Universo conocido -y desconocido- y los astros giran en torno a ella. Se extendió desde la más remota antigüedad hasta el siglo XVI, en el que un tal Copérnico vino a decir en voz bajita y mirando de reojo, por si los curas y su piromanía, que la cosa no era así.

Curiosas casualidades: si cambiamos el orden de las dos primeras letras, obtenemos una palabra que habla de prácticamente lo mismo, pero trasladado a la esfera personal: Egocentrismo. ¿Casualidad? No lo creo...

Para el egocéntrico, todo gira en torno a él. Él ha de ser objeto de atención y cuidado por parte del resto, nunca mejor dicho. Lo de resto. Sus intereses son el motor de su vida, por encima de los de los demás. De hecho, ni siquiera existen para él. Por ello, si alguien se atreve a insinuar su derecho a ser tenido en cuenta, se siente atacado, al desplazar su centro de gravedad y correr el riesgo de entrar en órbita con el otro. No sabe bailar si no es llevando. No sabe danzar en armonía sin marcar el ritmo.

El egocéntrico no es mala gente. En general. Simplemente no es capaz de entender que él es un planeta más, y que puede orbitar en paralelo con otros cuerpos celestes sin colisionar ni salir perjudicado, y realizar con ellos un movimiento de traslación en torno al Sol, también llamado "bien común".

Sus acciones son legítimas, cómo no. Cada una de ellas está justificada, cómo no. Justificada por la consecución de su bienestar, de su tranquilidad, de sus intereses. Pero no reconoce la legitimidad de las del otro. No reconoce su justificación, sobre todo si es contraria a la suya. Por eso se siente siempre victima. En cuanto no se hacen las cosas a su manera y voluntad, en cuanto se mueve el centro de atención hacia las necesidades del otro, se siente herido. Y nunca, salvo catástrofe y de manera muy puntual, será capaz de empatizar y entender que él también hace daño, y mucho.

Ese egocentrismo  no siempre se manifiesta, y no con todo el Universo. A veces es lo contrario. A menudo el empoderamiento del ego es consecuencia de una baja autoestima, y sólo surge con quien precisamente más le valora, y/o con quien más quiere o admira. Contradictorio, sí. Pero así es: a quien más le importa, desea o por quien más interés siente es ante el que más se reivindica, ya que el sentimiento le hace ser débil y vulnerable. El resto del mundo no le va a atacar, porque le ve como un ser encantador, y como tal se muestra. Pero aquel al que más quiere es quien cree que puede hacerle más daño, pues el amor derriba los muros y fronteras, te hace bajar la guardia y de ese modo pueden invadirte, anularte. Eso siente. Eso cree. Y, por otro lado, su baja autoestima hace que el sentirse amado, reconocido, importante para otro, genere en él una percepción de propiedad, de poder. Y surge entonces un pequeño tirano enmascarado de victimismo.

De nada sirve explicar, argumentar, intentar convencer. El egocéntrico emocional sólo va a darse cuenta de la realidad de manera muy parcial cuando se parta su dura cabeza contra el hormigón de la vida. Y lo hará de una manera tan sesgada que, una vez más, no entenderá nada más que el daño injusto que le han hecho, sin tener en cuenta el cómo, el cuando ni el porqué. Así es. ¿Podrá cambiar sin darse cuenta de que, efectivamente, así ES?

Complicado...

08 mayo 2022

Moscas













A veces recibes un golpe de quien menos esperas, de quien menos mereces. Es repentino, no lo ves venir. Y quedas en shock. Tu mundo se paraliza, tu corazón deja de palpitar por un momento, tu respiración se corta... pero no sientes dolor. La intensidad es tan grande, es tan soberbio -adjetivo acertado, a fe mía- el trauma que ni siquiera reacciona tu cerebro.

Otras veces lo ves venir. Va avisando. Ya sabes, una cosa lleva a la otra, un comportamiento implica otro, y termina ocurriendo. Ahí sí lo sientes, por imbécil,  porque nada duele más que la espera de lo inevitable. Y puede ocurrir una, dos, mil veces. Tantas como tú permitas.

Hay otras ocasiones, finalmente, que eres tú mismo quien lo busca. Quien va al encuentro de la hostia por destino. ¿Para qué esperar? Si ha de ser, cuanto antes. Así puedes reaccionar y poner punto final a tan masoquista estupidez.

Fíjate... No he sentido dolor. No tanto. Ha sido más  bien pena. Pena por mí, por supuesto. Yo soy el responsable último de todos y cada uno de mis males. Nadie tiene el poder de destruirte si tú no se lo das.
 
Pero pena por la otra persona. 
 
Pena, por descubrir que hay gente que prefiere poco para no sentirse menos. 
 
Pena, por descubrir -o constatar- que  hay gente que, inevitablemente, siempre elegirá ser mosca antes que abeja.