08 mayo 2022

Moscas













A veces recibes un golpe de quien menos esperas, de quien menos mereces. Es repentino, no lo ves venir. Y quedas en shock. Tu mundo se paraliza, tu corazón deja de palpitar por un momento, tu respiración se corta... pero no sientes dolor. La intensidad es tan grande, es tan soberbio -adjetivo acertado, a fe mía- el trauma que ni siquiera reacciona tu cerebro.

Otras veces lo ves venir. Va avisando. Ya sabes, una cosa lleva a la otra, un comportamiento implica otro, y termina ocurriendo. Ahí sí lo sientes, por imbécil,  porque nada duele más que la espera de lo inevitable. Y puede ocurrir una, dos, mil veces. Tantas como tú permitas.

Hay otras ocasiones, finalmente, que eres tú mismo quien lo busca. Quien va al encuentro de la hostia por destino. ¿Para qué esperar? Si ha de ser, cuanto antes. Así puedes reaccionar y poner punto final a tan masoquista estupidez.

Fíjate... No he sentido dolor. No tanto. Ha sido más  bien pena. Pena por mí, por supuesto. Yo soy el responsable último de todos y cada uno de mis males. Nadie tiene el poder de destruirte si tú no se lo das.
 
Pero pena por la otra persona. 
 
Pena, por descubrir que hay gente que prefiere poco para no sentirse menos. 
 
Pena, por descubrir -o constatar- que  hay gente que, inevitablemente, siempre elegirá ser mosca antes que abeja.



No hay comentarios:

Publicar un comentario