Cada uno por su lado, recorrieron caminos y montañas, sendas y autopistas. Vadearon ríos y lagos, charcos y océanos. Se adentraron en junglas y bosques, áridas estepas y abruptas selvas. Pasearon iluminados por la tenue luz de una cerilla, pensando que les amparaba el fulgor de una estrella… y se quemaron los dedos cada vez. Pero siguieron caminando. Siempre hacia delante. Cuando el cansancio les venció, descansaron al margen de la senda, por momentos unas veces, por días y semanas otras. Y aunque el desánimo amenazaba con hacer mella, no cejaron en su empeño. Cuando el destino te lleva hacia delante, parar es morir. Y la muerte no es opción. Nunca.
Los guijarros de la vía hicieron llagas en sus pies. Sentados en la orilla, descalzos, ateridos, hicieron un alto en pro del necesario descanso. Miraron al horizonte. Entonces ocurrió. A través de la bruma y el rocío, cruzaron sus miradas. Fijaron sus pupilas en las del otro. Y se conocieron. Se reconocieron. “Llevo toda la vida buscándote, antes aún de existir”, le dijo él. “Te quiero” dijeron los ojitos de ella, mientras su boca pronunciaba una hermosa palabra: “Bésame”. Rozaron sus labios, levemente. Recorrieron cada espacio, cada piel, cada pliegue. Como una oración. Como una dulce letanía. Sus lenguas se fundieron en un beso profundo, intenso, delicado, apasionado, tierno, sensible, agradecido. Regalado. Sus pieles desnudas encontraron en el otro reconfortante cobijo, aterciopelado pijama de calor. Y sus cuerpos se fundieron en un conmovedor y húmedo abrazo, amándose como nadie en la historia hizo nunca. No había sexo, no existía. No había intimidad privada, ni física anatómica. No eran dos. Eran uno regalándose a sí mismo. Rozando sus almas. Acariciándose por dentro. Dando un nuevo sentido a lo que hasta entonces habían entendido por hacer el amor. Reinventándolo. Haciéndolo único. Ofreciendo a Dios la más pura de las ofrendas. “Es el final de nuestro camino”, se dijeron.
Yo creo que no. Aquello quedará en la memoria como la más bella entrega de amor nunca conocida y, por descontado, experimentada. Y fue el final de un camino, por supuesto. Pero también, más importante, el inicio de uno nuevo. Uno por el que habían luchado, vivido, soñado, sufrido, desesperado, ilusionado, desesperanzado, sobrevivido. No se sabe dónde les llevará, ni cuanto durará su recorrido de la mano. Pero sí que saben una cosa: lleve donde lleve, dure lo que dure…habrá merecido la pena.
http://www.youtube.com/watch?v=5iXV93M-Sa8
Un espacio para mí, para escribir y, con ello, liberar mi alma en una catarsis de periodicidad aleatoria. Si, por casualidad, te encuentras con él... Bienvenid@
21 diciembre 2011
19 diciembre 2011
La leyenda del pozo maldito
Escuché tiempo ha una historia de la cual no recuerdo muy bien todos los detalles. Erosionada por el paso del tiempo en mi memoria, sólo queda el recuerdo del trasfondo y algún que otro pequeño adorno.
Hablaba de una pareja enamorada, a la que un hada (o bruja, o suegra, no lo tengo claro) maldijo mediante encantamiento al galán, quien una tarde de primavera acabó en un pozo sin posibilidad de escapar de él, pero tampoco de morir. El hada (o bruja, o suegra, no lo tengo claro) le dijo a la pobre doncella (se le supone tal atributo, es una leyenda) que únicamente desharía el hechizo si era capaz de romper el agua en mil pedazos. La pobre muchacha permanecía día y noche al lado de su amado (es una leyenda, repito) intentando en vano desfacer el maléfico conjuro. Golpeaba el agua con sus manos, pero ésta volvía integra a su estado original. Vareaba el líquido con fuerza y rabia, con idéntico resultado. Tiraba piedras, cualquier objeto a su alcance... nada. Aquella, una vez desaparecidas las ondas, recuperaba su desdeñosa homogeneidad. No obstante, la hermosa (se supone, es una... vale, vale, me callo) muchacha lo intentaba día tras día, hora tras hora, parando únicamente a tomar algún bocado y descansar del ímprobo esfuerzo.
Pasaron las lunas como pasa el recuerdo. Pasaron los tibios rayos de mayo y los calores de agosto. Pasaron las hojas en caída libérrima y arbitraria. Y llegaron las nieblas, los fríos. Las brumas, la escarcha. Una noche, destemplada por lo gélidez del ocaso, abandonó el lugar por breve lapso para proveerse de una manta en la que cobijarse. Una vez de vuelta se dirigió a la boca del pozo para desearle buena noche a su amado. Mas cuando fue a hablarle, se encontró con algo sorprendente: el frío había sido tan intenso que la superficie del agua se había congelado. Su corazón empezó a palpitar frenético como un alazán desbocado. Sacando fuerzas de flaqueza, comenzó a golpear el hielo con rabia y frenesí. Poco a poco, éste fue agrietándose hasta que, tras varios minutos de intenso trabajo, el agua, en estado sólido, terminó quebrandose en mil pedazos. En ese momento el pozo se iluminó, clareando con su brillo la negritud de la noche. El joven salió del pozo y se fundió en un largo y cálido abrazo con su enamorada, que supongo esa misma noche dejó de ser doncella. Pero eso ya es otro cantar...
De lo que nos habla esta bonita historia es del poder del amor incondicional, por un lado. Y de que, con paciencia y tesón, todo en esta vida se puede conseguir. Si combinamos en armonía una y otra moraleja, tenemos otro cuento más. El cuento del amor constante, más allá de la muerte, que dijo Quevedo. Curioso personaje, por cierto: pocos podían sospechar que tras su fachada de duro y sarcástico azote de la nobleza y de la clase media (media-alta) se escondía un corazón tan apasionado... Y colorín, colorado, este cuento ha acabado. De empezar.
Hablaba de una pareja enamorada, a la que un hada (o bruja, o suegra, no lo tengo claro) maldijo mediante encantamiento al galán, quien una tarde de primavera acabó en un pozo sin posibilidad de escapar de él, pero tampoco de morir. El hada (o bruja, o suegra, no lo tengo claro) le dijo a la pobre doncella (se le supone tal atributo, es una leyenda) que únicamente desharía el hechizo si era capaz de romper el agua en mil pedazos. La pobre muchacha permanecía día y noche al lado de su amado (es una leyenda, repito) intentando en vano desfacer el maléfico conjuro. Golpeaba el agua con sus manos, pero ésta volvía integra a su estado original. Vareaba el líquido con fuerza y rabia, con idéntico resultado. Tiraba piedras, cualquier objeto a su alcance... nada. Aquella, una vez desaparecidas las ondas, recuperaba su desdeñosa homogeneidad. No obstante, la hermosa (se supone, es una... vale, vale, me callo) muchacha lo intentaba día tras día, hora tras hora, parando únicamente a tomar algún bocado y descansar del ímprobo esfuerzo.
Pasaron las lunas como pasa el recuerdo. Pasaron los tibios rayos de mayo y los calores de agosto. Pasaron las hojas en caída libérrima y arbitraria. Y llegaron las nieblas, los fríos. Las brumas, la escarcha. Una noche, destemplada por lo gélidez del ocaso, abandonó el lugar por breve lapso para proveerse de una manta en la que cobijarse. Una vez de vuelta se dirigió a la boca del pozo para desearle buena noche a su amado. Mas cuando fue a hablarle, se encontró con algo sorprendente: el frío había sido tan intenso que la superficie del agua se había congelado. Su corazón empezó a palpitar frenético como un alazán desbocado. Sacando fuerzas de flaqueza, comenzó a golpear el hielo con rabia y frenesí. Poco a poco, éste fue agrietándose hasta que, tras varios minutos de intenso trabajo, el agua, en estado sólido, terminó quebrandose en mil pedazos. En ese momento el pozo se iluminó, clareando con su brillo la negritud de la noche. El joven salió del pozo y se fundió en un largo y cálido abrazo con su enamorada, que supongo esa misma noche dejó de ser doncella. Pero eso ya es otro cantar...
De lo que nos habla esta bonita historia es del poder del amor incondicional, por un lado. Y de que, con paciencia y tesón, todo en esta vida se puede conseguir. Si combinamos en armonía una y otra moraleja, tenemos otro cuento más. El cuento del amor constante, más allá de la muerte, que dijo Quevedo. Curioso personaje, por cierto: pocos podían sospechar que tras su fachada de duro y sarcástico azote de la nobleza y de la clase media (media-alta) se escondía un corazón tan apasionado... Y colorín, colorado, este cuento ha acabado. De empezar.
05 diciembre 2011
Perdido...?
Alguien me dijo una vez que tenía un don para encontrar el tema adecuado en cada momento. Ayer re-encontré este...
Lost? Coldplay
Just because I'm losing
Doesn't mean I'm lost
Doesn't mean I'll stop
Doesn't mean I will cross
Just because I'm hurting
Doesn't mean I'm hurt
Doesn't mean I didn't get what I deserve
No better and no worse
I just got lost
Every river that I've tried to cross
Every door I ever tried was locked
And I'm just waiting till the shine wears off...
You might be a big fish
In a little pond
Doesn't mean you've won
'Cause along may come
A bigger one
And you'll be lost
Every river that you tried to cross
Every gun you ever held went off
And I'm just waiting till the firing starts
And I'm just waiting till the shine wears off
And I'm just waiting till the shine wears off
And I'm just waiting till the shine wears off...
Perdido?
Sólo porque esté perdiendo
No significa que esté perdido
No significa que vaya a parar
Ni que vaya a seguir
Sólo porque esté hiriendo
No significa que esté herido
No significa que no tenga lo que me merezco
Ni mejor, ni peor
Simplemente me perdí
Perdí cada río que intenté cruzar
Cada puerta que intenté abrir estaba cerrada
Y simplemente estoy esperando hasta que el resplandor desaparezca...
Puedes ser un pez gordo
En un lago chico
Eso no significa que hayas ganado
Porque terminará llegando
Otro mayor
Y estarás perdido
Perdiste cada río que intentaste cruzar
Cada pistola que empuñaste se disparó
Y yo simplemente estoy esperando que se abra fuego
Y simplemente estoy esperando hasta que el resplandor desaparezca
Y simplemente estoy esperando hasta que el resplandor desaparezca
Y simplemente estoy esperando hasta que el resplandor desaparezca...
http://www.youtube.com/watch?v=UdeisIVj7lc&feature=results_video&playnext=1&list=PL0C4509604CDCF71F
Prefiero la versión sólo piano, pero este es el mejor video que he visto del tema.
Lost? Coldplay
Just because I'm losing
Doesn't mean I'm lost
Doesn't mean I'll stop
Doesn't mean I will cross
Just because I'm hurting
Doesn't mean I'm hurt
Doesn't mean I didn't get what I deserve
No better and no worse
I just got lost
Every river that I've tried to cross
Every door I ever tried was locked
And I'm just waiting till the shine wears off...
You might be a big fish
In a little pond
Doesn't mean you've won
'Cause along may come
A bigger one
And you'll be lost
Every river that you tried to cross
Every gun you ever held went off
And I'm just waiting till the firing starts
And I'm just waiting till the shine wears off
And I'm just waiting till the shine wears off
And I'm just waiting till the shine wears off...
Perdido?
Sólo porque esté perdiendo
No significa que esté perdido
No significa que vaya a parar
Ni que vaya a seguir
Sólo porque esté hiriendo
No significa que esté herido
No significa que no tenga lo que me merezco
Ni mejor, ni peor
Simplemente me perdí
Perdí cada río que intenté cruzar
Cada puerta que intenté abrir estaba cerrada
Y simplemente estoy esperando hasta que el resplandor desaparezca...
Puedes ser un pez gordo
En un lago chico
Eso no significa que hayas ganado
Porque terminará llegando
Otro mayor
Y estarás perdido
Perdiste cada río que intentaste cruzar
Cada pistola que empuñaste se disparó
Y yo simplemente estoy esperando que se abra fuego
Y simplemente estoy esperando hasta que el resplandor desaparezca
Y simplemente estoy esperando hasta que el resplandor desaparezca
Y simplemente estoy esperando hasta que el resplandor desaparezca...
http://www.youtube.com/watch?v=UdeisIVj7lc&feature=results_video&playnext=1&list=PL0C4509604CDCF71F
Prefiero la versión sólo piano, pero este es el mejor video que he visto del tema.
13 noviembre 2011
Las Caricias Contenidas
No te esperaba. No te imaginaba. No sabía de tí. Hoy, noches después, sigo sin saber. No te conozco. Nada. Y, sin embargo, he recorrido tantos rincones de tu alma...
Sé de tu sensibilidad. De tu fortaleza. De tus miedos ocultos, tan ocultos que ni tú misma eres consciente de su presencia. Sé de tu ternura, de tu pasión, de tu belleza. Y sé de tu castillo, de tu refugio, de tu altivo orgullo. De tus murallas mal ensambladas. De sus grietas y socavones. Aspiré a recorrer sus pasadizos subterráneos para llegar a tus biselados aposentos. Pero me quedé atorado en el intento. Atrapado entre los barrotes de tu cancela.
Fuiste brisa y fuiste viento. Húmedo rocío y agreste tempestad. Fuiste atardecer y sol abrasador. Fuiste mucho, y fuiste nada. Pero fuiste. Eso es lo que queda. Eso es lo que guardo. Eso es lo que es.
No llegué a ver tu rostro, pero pude acariciar tu pelo. Mis ojos no vieron tu sonrisa, pero mis labios bebieron tu boca. No he llegado a rozar tu piel, pero mis dedos han tocado sobre ella hermosas melodías de fugaz amor, dulces notas acompasadas en adagios tendentes a andantinos, y temperamentales prestos molto vivaces. Te tuve en mí sin ni siquiera aspirar tu olor... Puedes entenderlo? No.Seguramente no.
No importa. Nada importa. Mañana no existiré para tí. Quizá hoy ya tampoco. Mañana serás para mí un recuerdo extraño, un sueño que nunca ocurrió. Una sensación de déjà vu, una imagen en mi subconsciente, un matiz, un retrogusto en mi memoria. Pero, hasta que eso ocurra, hasta que despierte de la tormentosa noche que me aguarda, déjame llorarte. Déjame sufrirte. Deja que me acueste con la dulce melancolía del amor que no fue, de la vida que no vivimos, de la pasión que se esfumó antes de surgir. De las caricias contenidas.
Hasta mañana, pues.
http://www.youtube.com/watch?v=fEYayRe4uSs
Sé de tu sensibilidad. De tu fortaleza. De tus miedos ocultos, tan ocultos que ni tú misma eres consciente de su presencia. Sé de tu ternura, de tu pasión, de tu belleza. Y sé de tu castillo, de tu refugio, de tu altivo orgullo. De tus murallas mal ensambladas. De sus grietas y socavones. Aspiré a recorrer sus pasadizos subterráneos para llegar a tus biselados aposentos. Pero me quedé atorado en el intento. Atrapado entre los barrotes de tu cancela.
Fuiste brisa y fuiste viento. Húmedo rocío y agreste tempestad. Fuiste atardecer y sol abrasador. Fuiste mucho, y fuiste nada. Pero fuiste. Eso es lo que queda. Eso es lo que guardo. Eso es lo que es.
No llegué a ver tu rostro, pero pude acariciar tu pelo. Mis ojos no vieron tu sonrisa, pero mis labios bebieron tu boca. No he llegado a rozar tu piel, pero mis dedos han tocado sobre ella hermosas melodías de fugaz amor, dulces notas acompasadas en adagios tendentes a andantinos, y temperamentales prestos molto vivaces. Te tuve en mí sin ni siquiera aspirar tu olor... Puedes entenderlo? No.Seguramente no.
No importa. Nada importa. Mañana no existiré para tí. Quizá hoy ya tampoco. Mañana serás para mí un recuerdo extraño, un sueño que nunca ocurrió. Una sensación de déjà vu, una imagen en mi subconsciente, un matiz, un retrogusto en mi memoria. Pero, hasta que eso ocurra, hasta que despierte de la tormentosa noche que me aguarda, déjame llorarte. Déjame sufrirte. Deja que me acueste con la dulce melancolía del amor que no fue, de la vida que no vivimos, de la pasión que se esfumó antes de surgir. De las caricias contenidas.
Hasta mañana, pues.
http://www.youtube.com/watch?v=fEYayRe4uSs
26 octubre 2011
No lo olvidéis nunca
Nosotros, que velamos por vosotros desde la distancia
Que os tenemos en nuestros sueños de noche, y nuestro recuerdo de día
Nosotros, que protagonizamos la tragedia de un amor infinito
Malherido por el egoísmo de género, y de la justicia injusta que lo ampara
Nosotros, que hemos de resignarnos a ser el malo de la película
Asumiendo de esta forma el peor papel del reparto
Nosotros, que por vosotros aguantamos insultos, humillaciones, mentiras
Chantajes, amenazas y desprecios
Nosotros, que nos exponemos al miedo y el anonimato
Por evitar quedar fuera de plano antes de tiempo
Que sufrimos la iniquidad y el abandono
Piedras y palos podrán quebrar nuestros huesos… y el alma también
Nosotros, huérfanos, inmigrantes, exiliados
Presos políticos en un Guantánamo de opresión y violencia emocional
Nosotros, que por reclamar migajas de tiempo legítimo
Debemos suplicar gracias y medidas de favor
Nosotros, que vivimos cuatro días al mes, cien días al año
Vagando en el limbo con el anhelo de vuestras caritas entre nuestras manos
Recordando el tacto de vuestros dedos, la dulzura de vuestros besos
De esos abrazos espontáneos que nos alimentan el resto del tiempo
Nosotros, que enfermamos si estáis enfermos
Imaginando vuestro cuerpecito en la cama
Y vuestros ojos buscando una sombra sentada
A vuestro lado, que nunca puede estar
Nosotros, que con gusto daríamos la vida
Con tal de preservaros de cualquier mal
A quienes prohíben ser testigos diarios de vuestras penas
Alegrías, ilusiones, juegos, sueños y danzares
Nosotros, que hemos de resignarnos a vivir sin lo único que nos importa
Por el hecho de haber dejado de querer a una persona
O por el hecho de que ella haya hecho lo mismo con nosotros
Nosotros, prejuzgados como asesinos, maltratadores, malas bestias
Mientras aguantamos apenas en pie los envites de la ley de los hombres
Del rencor de una mujer…
Nosotros, que nos perdemos la primera palabra
Los primeros pasos, vuestra infancia entera
Que renunciamos a cualquier placer terreno
Por arañar unos minutos a vuestro lado
Nosotros, hijitos, somos papá
Porque, no lo olvidéis nunca,
Vosotros también tenéis papá
No, no lo olvidéis nunca:
También tenéis PAPÁ.
Que os tenemos en nuestros sueños de noche, y nuestro recuerdo de día
Nosotros, que protagonizamos la tragedia de un amor infinito
Malherido por el egoísmo de género, y de la justicia injusta que lo ampara
Nosotros, que hemos de resignarnos a ser el malo de la película
Asumiendo de esta forma el peor papel del reparto
Nosotros, que por vosotros aguantamos insultos, humillaciones, mentiras
Chantajes, amenazas y desprecios
Nosotros, que nos exponemos al miedo y el anonimato
Por evitar quedar fuera de plano antes de tiempo
Que sufrimos la iniquidad y el abandono
Piedras y palos podrán quebrar nuestros huesos… y el alma también
Nosotros, huérfanos, inmigrantes, exiliados
Presos políticos en un Guantánamo de opresión y violencia emocional
Nosotros, que por reclamar migajas de tiempo legítimo
Debemos suplicar gracias y medidas de favor
Nosotros, que vivimos cuatro días al mes, cien días al año
Vagando en el limbo con el anhelo de vuestras caritas entre nuestras manos
Recordando el tacto de vuestros dedos, la dulzura de vuestros besos
De esos abrazos espontáneos que nos alimentan el resto del tiempo
Nosotros, que enfermamos si estáis enfermos
Imaginando vuestro cuerpecito en la cama
Y vuestros ojos buscando una sombra sentada
A vuestro lado, que nunca puede estar
Nosotros, que con gusto daríamos la vida
Con tal de preservaros de cualquier mal
A quienes prohíben ser testigos diarios de vuestras penas
Alegrías, ilusiones, juegos, sueños y danzares
Nosotros, que hemos de resignarnos a vivir sin lo único que nos importa
Por el hecho de haber dejado de querer a una persona
O por el hecho de que ella haya hecho lo mismo con nosotros
Nosotros, prejuzgados como asesinos, maltratadores, malas bestias
Mientras aguantamos apenas en pie los envites de la ley de los hombres
Del rencor de una mujer…
Nosotros, que nos perdemos la primera palabra
Los primeros pasos, vuestra infancia entera
Que renunciamos a cualquier placer terreno
Por arañar unos minutos a vuestro lado
Nosotros, hijitos, somos papá
Porque, no lo olvidéis nunca,
Vosotros también tenéis papá
No, no lo olvidéis nunca:
También tenéis PAPÁ.
29 septiembre 2011
Unos segundos, tan sólo
Hoy te ví pasar. Unos segundos, tan sólo. En mi coche me recordaban que todo lo que sube, baja. Te gustaba escucharlos, conmigo o sin mí. Aprendiste a apreciarlos, a amar su música. A amarme. Hubo de ser en ese preciso momento cuando aparecieras, tanto tiempo después. Yo iba cuatro carriles más allá, pero instintivamente algo me hizo mirar hacia tí. Como si de una metáfora siniestra del destino se tratase, apareciste en el punto más alejado de mí. En dirección contraria. Caminos opuestos. Yo iba. Tú venías. Tan sólo unos segundos. Y desapareciste.
Hoy te ví pasar. Unos segundos, tan sólo. Yo escuchaba el sonido de mi alma plasmado en música ajena, maravillosa, única. Algo me hizo mirar. Cuatro carriles más allá. Un bultito verde oscuro cruzó por la vía de servicio. Destino: el adiós. Pude verte. No has cambiado apenas. Esa camiseta clara que tan bien te sentaba. El pelo recogido -sabes que no me gusta demasiado- me dice, sin embargo, que continúas con tu cabello ligeramente largo. Me sorprendió. Siempre te imaginé con ese aire a Meg Ryan con el que te conocí. Estaba convencido de que sería lo primero que hicieras. Sin embargo lo tienes como la última vez. Tal vez a él le guste así, también. Una preocupación menos.
Hoy te ví pasar. No sé cómo ni por qué, pero tuve que mirar allí. Una parte de tí se ha quedado tan dentro que, desobediente, me llama una y otra vez. Me engaña, juega conmigo. No te deja ir. Tú, ajena, prosigues tu marcha. Fueron sólo unos segundos. Pero pude verte como si mi retina te hubiera fotografiado y revelado. Pude ver tu cara. Quizá conmigo no eras todo lo feliz que necesitabas. Yo tampoco. Lo sabes. Lo sabemos. Pero tu cara, hoy, casi año y medio después, no hablaba de paz. No hablaba de alegría. No hablaba de felicidad. Hablaba de cierta tristeza. De melancolía. De miedo, quizá. De miedo a encontrarme, como sucedió, y de verme. Ahí tuviste suerte.
No sé qué hacías aquí a esas horas, ni por qué estabas en esa carretera en ese momento. Sólo sé que mi corazón dió un vuelco. Que volví a buscar un bultito verde al comienzo de mi calle. Que volví a ponerme nervioso al escuchar un motor diésel. Que te esperé, como siempre. Que no viniste, como casi siempre.
Ven. Vete. Entra. Desaparece. Sal de una vez, recoge esa traviesa porción de tí que habita aún en mi interior, y llevatela lejos. Mátala. Aunque me quede hueco. Aunque sangre y escueza. Pero llévatela. Lejos. Lejos. Lejos... Ven. Vete. Entra...
Hoy te ví pasar. Unos segundos, tan sólo. Yo escuchaba el sonido de mi alma plasmado en música ajena, maravillosa, única. Algo me hizo mirar. Cuatro carriles más allá. Un bultito verde oscuro cruzó por la vía de servicio. Destino: el adiós. Pude verte. No has cambiado apenas. Esa camiseta clara que tan bien te sentaba. El pelo recogido -sabes que no me gusta demasiado- me dice, sin embargo, que continúas con tu cabello ligeramente largo. Me sorprendió. Siempre te imaginé con ese aire a Meg Ryan con el que te conocí. Estaba convencido de que sería lo primero que hicieras. Sin embargo lo tienes como la última vez. Tal vez a él le guste así, también. Una preocupación menos.
Hoy te ví pasar. No sé cómo ni por qué, pero tuve que mirar allí. Una parte de tí se ha quedado tan dentro que, desobediente, me llama una y otra vez. Me engaña, juega conmigo. No te deja ir. Tú, ajena, prosigues tu marcha. Fueron sólo unos segundos. Pero pude verte como si mi retina te hubiera fotografiado y revelado. Pude ver tu cara. Quizá conmigo no eras todo lo feliz que necesitabas. Yo tampoco. Lo sabes. Lo sabemos. Pero tu cara, hoy, casi año y medio después, no hablaba de paz. No hablaba de alegría. No hablaba de felicidad. Hablaba de cierta tristeza. De melancolía. De miedo, quizá. De miedo a encontrarme, como sucedió, y de verme. Ahí tuviste suerte.
No sé qué hacías aquí a esas horas, ni por qué estabas en esa carretera en ese momento. Sólo sé que mi corazón dió un vuelco. Que volví a buscar un bultito verde al comienzo de mi calle. Que volví a ponerme nervioso al escuchar un motor diésel. Que te esperé, como siempre. Que no viniste, como casi siempre.
Ven. Vete. Entra. Desaparece. Sal de una vez, recoge esa traviesa porción de tí que habita aún en mi interior, y llevatela lejos. Mátala. Aunque me quede hueco. Aunque sangre y escueza. Pero llévatela. Lejos. Lejos. Lejos... Ven. Vete. Entra...
17 septiembre 2011
Solo quería un poco de cariño
En las ventanas de aquel domicilio de la calle mayor aún se pueden ver los carteles. Trozos de sábana y cartón escritos toscamente con brocha mediana y pintura verde, en los que se puede leer lo siguiente: SOIS TODAS UNAS PUTAS; o NO TeNeIS CORAZON eN eL PeCHO; o SOLO QUIeRO UN POCO De CARIÑO PUTAS.
Manuel nunca fue un niño muy popular. Su timidez le impedía mantener conversaciones abiertas y triviales con los demás chicos, siendo a menudo el blanco de burlas y pedorretas de los chulitos de la clase y sus acólitos. Obviamente, su relación con las niñas era aún peor. Su pelo negro lacio, peinado a un lado, el jersey de cuello pico y los pantalones de tergal con ralla al medio tampoco ayudaban mucho. La limitación de una ducha semanal en su humilde hogar familiar, menos. Manuel pasaba los recreos sentado en uno de los escalones que daban acceso al patio. Cuando el recinto se llenaba, entraba hacia los pasillos interiores esperando paciente que nadie pasara a su lado y comenzaran de nuevo las clases.
El barrio aún sigue comentándolo. La música bakala sigue martilleando por las noches la calle mayor; la chavalería sigue haciendo botellón; pero nadie puede evitar elevar la mirada y mirar aquellas ventanas toscamente decoradas con interpelaciones tan poco educadas como tristes.
La adolescencia de Manuel tampoco fue mejor. A los trece años su padre murió. Su madre cayó enferma de cuerpo y de alma, al tiempo que sus hermanos huían lo más lejos posible. Manuel hubo de dejar los estudios y dedicarse a cuidarla. De las cuatro etapas del hombre en la tierra, Manuel pasó por arte de magia (negra) de la primera a la tercera. Recluido en casa como un Norman Bates casposo de barrio, sobrevivió junto a su madre comiendo de la pensión de viudedad hasta la muerte de aquella, treinta años después. Treinta años muriendo sin morir. Treinta años de tiranía materna.
Manuel sale del portal cada noche a pasear por su calle. Vestido con su jersey de cuello pico, pañuelo de paramecios granate alrededor del cuello y pantalones de tergal con ralla al medio, olfatea cada rincón como un perro siguiendo el rastro de su presa. Poco a poco se acerca, lentamente, por detrás. Las saluda tímidamente con una sonrisa petrificada y petrificante en su rostro. Las muchachas se sobresaltan al principio. Después sueltan toscas risotadas con olor a alcohol. El vuelve a hablar. Se acerca un poco más. Huele a sudor, almizcle y colonia barata. La reacción de las muchachas se vuelve más agresiva. Gestos de asco, palabras humillantes, escupitajos y groserías, envueltas en nuevas risotadas crueles. Se van. Las deja ir. Traga saliva y, con disimulo, se huele las axilas. Contiene como puede las lágrimas, respira hondo y vuelve a colocar una sonrisa petrificada y petrificante en su rostro. Se humedece los dedos y aplasta el poco pelo lacio que le queda peinado a un lado.
Las ondas de un programa de radio nocturno transmiten la conversación telefónica de Manuel con la presentadora. Le cuenta que ha colocado esos carteles en las ventanas porque las chicas le tratan mal cuando se acerca a ellas. La presentadora se lo toma con humor. Él no. Todas son unas putas. Él sólo quiere un poco de cariño. Una palabra amable. Un abrazo. El tono de la presentadora comienza a adquirir cierta gravedad. Le pregunta por qué quiere que le den cariño chicas de veinte años. Por qué no busca ese cariño en mujeres de su edad. Él no quiere trato con cincuentonas. Él necesita del calor de las jóvenes, porque le robaron su juventud, y por dentro sigue siendo un adolescente que necesita del afecto de una mujer. De una mujer joven. Un poco de cariño. Una palabra amable. Un abrazo. Su voz cada vez se encuentra más afectada. Su estado, más alterado. El volumen de sus palabras, cada vez más alto. Su velocidad, mayor. La presentadora, que empezó tomándose la experiencia a modo de broma, cada vez se siente más nerviosa. La conversación comienza a adquirir tintes dramáticos. La ligereza de las preguntas iniciales deriva en voces y lágrimas del llamante, provocando una situación que la presentadora no sabe cómo parar. Desde control le hacen señas de que corte. Que corte cuanto antes. La locutora consigue tranquilizar minimamente al pobre Manuel, que derrumbado, cuelga el teléfono para escuchar los comentarios que los oyentes escriben a través de la red. No ayudan. Definitivamente no ayudan.
Es otra noche más. Manuel ha vuelto a peinar su poco pelo lacio a un lado. Colonia barata, jersey de cuello pico, pañuelo de paramecios granate y pantalones de tergal. Con ralla al medio. Deambula entre el ruido bakala olfateando los rincones. Se acerca lentamente, por detrás. Susto. Risotadas. Gestos de asco. Una de ellas reprende al resto. Mira a Manuel con cara de pena, pero enseguida la disimula. ¿Qué quieres?, pregunta con media sonrisa. Manuel no da crédito. Respira profundo. Traga saliva. Un abrazo, responde.
Aquella mañana la policía recibe la llamada de una mujer. Se encuentra muy nerviosa. Sus palabras son entrecortadas, rápidas, ininteligibles. Finalmente, la telefonista consigue entender. Un hombre ha aparecido muerto en el patio interior de su edificio. La sangre ha salpicado sus cristales. La visión que se encuentran los agentes es grotesca. Tumbado boca abajo, sobre un charco de sangre viscosa, se encuentra Manuel, vestido con su jersey de cuello pico y sus pantalones de tergal. No lleva pañuelo de paramecios granate. Mejor. Se hubiera manchado. Su cráneo se muestra abierto como una nuez seca tras la presión de los dedos de un labriego. La pared y los cristales del patio han sido salpicados hasta un metro y medio por la sangre y los sesos del pobre Manuel que, contorsionado de una forma ridícula, tinta de un mayor patetismo su muerte. Al parecer, ha caído desde la ventana de su habitación en el cuarto piso. La policía pide la llave a la vecina. Atraviesa el pequeño hall oscuro de la entrada y continúa por al pasillo una vez pasado el vetusto salón, en el cual se intuye pintura amarilla, o naranja. Todo está intacto, como si nadie hubiera vivido allí en años. El cuadro de su padre, vestido con traje gris y corbata. Las fotos de su madre, mayor, anciana, decrépita. El mueble bar repleto de polvo, como la mesita auxiliar de madera labrada y cristal, o la mesa principal, cubierta de tapetes, retratos y candelabros. Al final del pasillo se puede ver algo de luz, a través de la puerta abierta que deja salir el haz que atraviesa la ventana, también abierta. Ropa en el suelo. Ropa sobre una silla. Un puf roído con olor a alcanfor. Sobre la cama de forja, un cuerpo. Un cuerpo de mujer. No está desnudo. No presenta signos de violación. Tan sólo está… muerto. Las muñecas y brazos amoratados, como su cuello. Muerte por asfixia. Estrangulamiento. En su rostro se refleja una mezcla de pánico y tristeza. En su mejilla izquierda, tatuada con una navaja, una palabra: PUTA. Y a su lado, una nota: SOLO QUeRIA UN POCO De CARIÑO.
Epílogo. Una noche un hombre llama a un programa de radio. Habla de tristeza. De soledad. De crueldad. De sus palabras se deduce una peligrosa psicosis. Ha colgado en sus ventanas carteles insultando a las jóvenes del botellón de su calle. La conversación comienza a ponerse tensa. Todos tragamos saliva. Todos. El resto… es ficción. Por ahora.
Manuel nunca fue un niño muy popular. Su timidez le impedía mantener conversaciones abiertas y triviales con los demás chicos, siendo a menudo el blanco de burlas y pedorretas de los chulitos de la clase y sus acólitos. Obviamente, su relación con las niñas era aún peor. Su pelo negro lacio, peinado a un lado, el jersey de cuello pico y los pantalones de tergal con ralla al medio tampoco ayudaban mucho. La limitación de una ducha semanal en su humilde hogar familiar, menos. Manuel pasaba los recreos sentado en uno de los escalones que daban acceso al patio. Cuando el recinto se llenaba, entraba hacia los pasillos interiores esperando paciente que nadie pasara a su lado y comenzaran de nuevo las clases.
El barrio aún sigue comentándolo. La música bakala sigue martilleando por las noches la calle mayor; la chavalería sigue haciendo botellón; pero nadie puede evitar elevar la mirada y mirar aquellas ventanas toscamente decoradas con interpelaciones tan poco educadas como tristes.
La adolescencia de Manuel tampoco fue mejor. A los trece años su padre murió. Su madre cayó enferma de cuerpo y de alma, al tiempo que sus hermanos huían lo más lejos posible. Manuel hubo de dejar los estudios y dedicarse a cuidarla. De las cuatro etapas del hombre en la tierra, Manuel pasó por arte de magia (negra) de la primera a la tercera. Recluido en casa como un Norman Bates casposo de barrio, sobrevivió junto a su madre comiendo de la pensión de viudedad hasta la muerte de aquella, treinta años después. Treinta años muriendo sin morir. Treinta años de tiranía materna.
Manuel sale del portal cada noche a pasear por su calle. Vestido con su jersey de cuello pico, pañuelo de paramecios granate alrededor del cuello y pantalones de tergal con ralla al medio, olfatea cada rincón como un perro siguiendo el rastro de su presa. Poco a poco se acerca, lentamente, por detrás. Las saluda tímidamente con una sonrisa petrificada y petrificante en su rostro. Las muchachas se sobresaltan al principio. Después sueltan toscas risotadas con olor a alcohol. El vuelve a hablar. Se acerca un poco más. Huele a sudor, almizcle y colonia barata. La reacción de las muchachas se vuelve más agresiva. Gestos de asco, palabras humillantes, escupitajos y groserías, envueltas en nuevas risotadas crueles. Se van. Las deja ir. Traga saliva y, con disimulo, se huele las axilas. Contiene como puede las lágrimas, respira hondo y vuelve a colocar una sonrisa petrificada y petrificante en su rostro. Se humedece los dedos y aplasta el poco pelo lacio que le queda peinado a un lado.
Las ondas de un programa de radio nocturno transmiten la conversación telefónica de Manuel con la presentadora. Le cuenta que ha colocado esos carteles en las ventanas porque las chicas le tratan mal cuando se acerca a ellas. La presentadora se lo toma con humor. Él no. Todas son unas putas. Él sólo quiere un poco de cariño. Una palabra amable. Un abrazo. El tono de la presentadora comienza a adquirir cierta gravedad. Le pregunta por qué quiere que le den cariño chicas de veinte años. Por qué no busca ese cariño en mujeres de su edad. Él no quiere trato con cincuentonas. Él necesita del calor de las jóvenes, porque le robaron su juventud, y por dentro sigue siendo un adolescente que necesita del afecto de una mujer. De una mujer joven. Un poco de cariño. Una palabra amable. Un abrazo. Su voz cada vez se encuentra más afectada. Su estado, más alterado. El volumen de sus palabras, cada vez más alto. Su velocidad, mayor. La presentadora, que empezó tomándose la experiencia a modo de broma, cada vez se siente más nerviosa. La conversación comienza a adquirir tintes dramáticos. La ligereza de las preguntas iniciales deriva en voces y lágrimas del llamante, provocando una situación que la presentadora no sabe cómo parar. Desde control le hacen señas de que corte. Que corte cuanto antes. La locutora consigue tranquilizar minimamente al pobre Manuel, que derrumbado, cuelga el teléfono para escuchar los comentarios que los oyentes escriben a través de la red. No ayudan. Definitivamente no ayudan.
Es otra noche más. Manuel ha vuelto a peinar su poco pelo lacio a un lado. Colonia barata, jersey de cuello pico, pañuelo de paramecios granate y pantalones de tergal. Con ralla al medio. Deambula entre el ruido bakala olfateando los rincones. Se acerca lentamente, por detrás. Susto. Risotadas. Gestos de asco. Una de ellas reprende al resto. Mira a Manuel con cara de pena, pero enseguida la disimula. ¿Qué quieres?, pregunta con media sonrisa. Manuel no da crédito. Respira profundo. Traga saliva. Un abrazo, responde.
Aquella mañana la policía recibe la llamada de una mujer. Se encuentra muy nerviosa. Sus palabras son entrecortadas, rápidas, ininteligibles. Finalmente, la telefonista consigue entender. Un hombre ha aparecido muerto en el patio interior de su edificio. La sangre ha salpicado sus cristales. La visión que se encuentran los agentes es grotesca. Tumbado boca abajo, sobre un charco de sangre viscosa, se encuentra Manuel, vestido con su jersey de cuello pico y sus pantalones de tergal. No lleva pañuelo de paramecios granate. Mejor. Se hubiera manchado. Su cráneo se muestra abierto como una nuez seca tras la presión de los dedos de un labriego. La pared y los cristales del patio han sido salpicados hasta un metro y medio por la sangre y los sesos del pobre Manuel que, contorsionado de una forma ridícula, tinta de un mayor patetismo su muerte. Al parecer, ha caído desde la ventana de su habitación en el cuarto piso. La policía pide la llave a la vecina. Atraviesa el pequeño hall oscuro de la entrada y continúa por al pasillo una vez pasado el vetusto salón, en el cual se intuye pintura amarilla, o naranja. Todo está intacto, como si nadie hubiera vivido allí en años. El cuadro de su padre, vestido con traje gris y corbata. Las fotos de su madre, mayor, anciana, decrépita. El mueble bar repleto de polvo, como la mesita auxiliar de madera labrada y cristal, o la mesa principal, cubierta de tapetes, retratos y candelabros. Al final del pasillo se puede ver algo de luz, a través de la puerta abierta que deja salir el haz que atraviesa la ventana, también abierta. Ropa en el suelo. Ropa sobre una silla. Un puf roído con olor a alcanfor. Sobre la cama de forja, un cuerpo. Un cuerpo de mujer. No está desnudo. No presenta signos de violación. Tan sólo está… muerto. Las muñecas y brazos amoratados, como su cuello. Muerte por asfixia. Estrangulamiento. En su rostro se refleja una mezcla de pánico y tristeza. En su mejilla izquierda, tatuada con una navaja, una palabra: PUTA. Y a su lado, una nota: SOLO QUeRIA UN POCO De CARIÑO.
Epílogo. Una noche un hombre llama a un programa de radio. Habla de tristeza. De soledad. De crueldad. De sus palabras se deduce una peligrosa psicosis. Ha colgado en sus ventanas carteles insultando a las jóvenes del botellón de su calle. La conversación comienza a ponerse tensa. Todos tragamos saliva. Todos. El resto… es ficción. Por ahora.
12 agosto 2011
MariA
Una mirada. Una mirada furtiva y de soslayo. Un pequeño sobresalto. Una imagen en la cabeza que no se va ni aún teniéndola delante. Un comentario. La tontería más nimia. La observación más grandiosa. Ese gesto de cariño. Buscar en la más leve mueca la llave del secreto de tu existencia. Un olor apenas perceptible. Una forma de andar, imperfecta, circunstancial, sublime.
Una mirada. Una mirada furtiva y de soslayo. Unos ojos que se cruzan con los tuyos. Una intersección de ángulos de visión en la cual se para el mundo y la vida pasa a cámara lenta. Una sonrisa. Una sonrisa tímida, enigmática, indescifrable. Una sonrisa que te abre un mundo de interpretaciones, de matemáticas, de economía aplicada.
Una mirada. Una mirada furtiva y de soslayo. La incapacidad de mantener los ojos en los ojos. La infancia que vuelve a tí bajo la tiránica, dulce, retrógrada e ingenua vergüenza. Tener miles de cosas que contar y no saber qué decir. Discursos preparados esperando el momento en el que todo transcurra tal cual lo imaginado para ser pronunciados de manera efectista y efectiva. Momentos que nunca llegan a suceder. Encontrar inexistentes, o hermosos, o perfectos, aquellos pequeños detalles que en su momento parecían profundas simas.
Una mirada. Furtiva. Casual. Provocada. Un manuscrito en sus ojos incapaz de ser leído. Soñar despierto, vivir un contínuo sueño que dura apenas unos minutos. Todo es tan absoluta, total, drástica, salvaje, inmisericordemente relativo... Arriba. Abajo. Volar a ras de un suelo lleno de abrojos. La alegría vital que producen las ilusiones inventadas. Los nervios que preceden a la invasión. Devastación, lágrimas, desolación. Tocar el cielo mientras caes en un abismo brutal, cruel, eternamente oscuro. Eso es.
Sentir que, sea como fuere, ha valido la pena. Que tu existencia pasa obligatoriamente por ese mal necesario. El dolor del placer. El placer del dolor. Es todo parte indivisible de lo mismo. Es todo parte de él.
Eso es.
Eso es...
Una mirada. Una mirada furtiva y de soslayo. Unos ojos que se cruzan con los tuyos. Una intersección de ángulos de visión en la cual se para el mundo y la vida pasa a cámara lenta. Una sonrisa. Una sonrisa tímida, enigmática, indescifrable. Una sonrisa que te abre un mundo de interpretaciones, de matemáticas, de economía aplicada.
Una mirada. Una mirada furtiva y de soslayo. La incapacidad de mantener los ojos en los ojos. La infancia que vuelve a tí bajo la tiránica, dulce, retrógrada e ingenua vergüenza. Tener miles de cosas que contar y no saber qué decir. Discursos preparados esperando el momento en el que todo transcurra tal cual lo imaginado para ser pronunciados de manera efectista y efectiva. Momentos que nunca llegan a suceder. Encontrar inexistentes, o hermosos, o perfectos, aquellos pequeños detalles que en su momento parecían profundas simas.
Una mirada. Furtiva. Casual. Provocada. Un manuscrito en sus ojos incapaz de ser leído. Soñar despierto, vivir un contínuo sueño que dura apenas unos minutos. Todo es tan absoluta, total, drástica, salvaje, inmisericordemente relativo... Arriba. Abajo. Volar a ras de un suelo lleno de abrojos. La alegría vital que producen las ilusiones inventadas. Los nervios que preceden a la invasión. Devastación, lágrimas, desolación. Tocar el cielo mientras caes en un abismo brutal, cruel, eternamente oscuro. Eso es.
Sentir que, sea como fuere, ha valido la pena. Que tu existencia pasa obligatoriamente por ese mal necesario. El dolor del placer. El placer del dolor. Es todo parte indivisible de lo mismo. Es todo parte de él.
Eso es.
Eso es...
28 junio 2011
Tantas cosas
Tenía tantas cosas que contarte...tantas cosas que enseñarte...
Tenía que decirte que tu olor no se va de mi habitación, por más tiempo que haya pasado desde que mojaras mis sábanas por última vez... con tus lágrimas...
Tenía que contarte que mi jardín está más bonito que nunca, y más vacío y más triste también...
Me gustaría enseñarte esas pobres notas que perpetré un día al piano, ese piano que conseguí afinar yo sólo con oído, inspiración, ilusión e improvisados rudimentos de trabajo, como reto personal...
Tenía que decirte que nuestro abeto sigue en pie, y que él no puede equivocarse, porque su misma razón de ser no tendría sentido. Y la naturaleza es sabia...
Tenía que contarte que hay melodías que inevitablemente me llevan a tu recuerdo; que no consigo escuchar a Yan Tiersen sin verme frente a tí bajo aquella lampara cenital a escasos centímetros de tu tosca mesa de madera y esas maravillosas ensaladas multicolor... mirando tu mirada, sorprendiéndome de esa expresión de admiración y fantasía que no supe ponderar... y que tanto eché de menos después ...
Me gustaría enseñarte un montón de canciones "de las mías", de esas que sólo tú sabías escuchar, sentir, disfrutar, sufrir... Era tan especial comprobar cómo las entendías, tan emocionante sentirme unido a tí en esos momentos...
Tenía que decirte que lamento que se truncara esa promesa de llevarte a Paris, de pasear por los bulevares gozando de la magia bohemia de sus calles, sus tejados, el arte que lo inunda todo, en definitiva... la belleza. Y que creo que esa belleza podría haberla encontrado en cualquier rincón si hubiéramos estado juntos y hubiéramos estado bien...
Tenía que contarte que sigo sorprendiéndome mirando por mi ventana cuando oigo un motor diésel, que continúo mirando en el horizonte de mi calle un bultito verde cuando giro hacia mi casa...
Y me gustaría que supieras que me han pasado muchas cosas últimamente; que he llegado a escalones anteriores a la paz interior; que en ocasiones los momentos traumáticos, contradictoriamente, pueden llevarte hacia la serenidad; que los cambios existen, aunque lleguen a destiempo para según que cosas o según qué personas; que he aprendido que para perdonar a los demás antes has de pedir perdón a tí mismo; que sólo limpiándote por dentro puedes resplandecer por fuera, y limpiar a los demás...
Somos historia. Historia pasada. Historia perdida. Historia muerta y enterrada... aunque uno ponga el ataúd y otro eche la tierra encima. Somos historia. Como tantas otras... No. Como otras no. Pero historia, al fin y al cabo. Escrita en el libro de nuestra vida. Como tantas otras... no?
http://www.youtube.com/watch?v=ReLllNkqcxw
Tenía que decirte que tu olor no se va de mi habitación, por más tiempo que haya pasado desde que mojaras mis sábanas por última vez... con tus lágrimas...
Tenía que contarte que mi jardín está más bonito que nunca, y más vacío y más triste también...
Me gustaría enseñarte esas pobres notas que perpetré un día al piano, ese piano que conseguí afinar yo sólo con oído, inspiración, ilusión e improvisados rudimentos de trabajo, como reto personal...
Tenía que decirte que nuestro abeto sigue en pie, y que él no puede equivocarse, porque su misma razón de ser no tendría sentido. Y la naturaleza es sabia...
Tenía que contarte que hay melodías que inevitablemente me llevan a tu recuerdo; que no consigo escuchar a Yan Tiersen sin verme frente a tí bajo aquella lampara cenital a escasos centímetros de tu tosca mesa de madera y esas maravillosas ensaladas multicolor... mirando tu mirada, sorprendiéndome de esa expresión de admiración y fantasía que no supe ponderar... y que tanto eché de menos después ...
Me gustaría enseñarte un montón de canciones "de las mías", de esas que sólo tú sabías escuchar, sentir, disfrutar, sufrir... Era tan especial comprobar cómo las entendías, tan emocionante sentirme unido a tí en esos momentos...
Tenía que decirte que lamento que se truncara esa promesa de llevarte a Paris, de pasear por los bulevares gozando de la magia bohemia de sus calles, sus tejados, el arte que lo inunda todo, en definitiva... la belleza. Y que creo que esa belleza podría haberla encontrado en cualquier rincón si hubiéramos estado juntos y hubiéramos estado bien...
Tenía que contarte que sigo sorprendiéndome mirando por mi ventana cuando oigo un motor diésel, que continúo mirando en el horizonte de mi calle un bultito verde cuando giro hacia mi casa...
Y me gustaría que supieras que me han pasado muchas cosas últimamente; que he llegado a escalones anteriores a la paz interior; que en ocasiones los momentos traumáticos, contradictoriamente, pueden llevarte hacia la serenidad; que los cambios existen, aunque lleguen a destiempo para según que cosas o según qué personas; que he aprendido que para perdonar a los demás antes has de pedir perdón a tí mismo; que sólo limpiándote por dentro puedes resplandecer por fuera, y limpiar a los demás...
Somos historia. Historia pasada. Historia perdida. Historia muerta y enterrada... aunque uno ponga el ataúd y otro eche la tierra encima. Somos historia. Como tantas otras... No. Como otras no. Pero historia, al fin y al cabo. Escrita en el libro de nuestra vida. Como tantas otras... no?
http://www.youtube.com/watch?v=ReLllNkqcxw
10 junio 2011
Dama de blanco
Dama de blanco, dulce reflejo de luna,
Desde hace ya sus mejillas permanecen
Frías, mojadas, bañadas del agua salada
Del mar de la melancolía.
Su pálida piel no consigue
Dar oportunidad al dulce carmesí
Que engalanaba su cara, sus ojos, sus días.
La dama de blanco lleva tiempo
Vagando perdida por los peligrosos riscos
De la tristeza, haciendo equilibrios por no caer,
Pero sin fuerzas apenas para agarrarse
A un rayo de luz que ilumine las empedradas calles
De su particular mundo interior,
Vacío ahora de candiles y portales.
Ya no suenan los laúdes, se apagaron las guitarras.
Los clamores de épicas batallas se antojan lejanos ya.
Sentada frente a la ventana,
Dirige su mirada perdida
A través de las celosías,
Soñando que sueña una vida,
Sintiendo que siente una vida.
Y brotan de nuevo las lágrimas,
Y siente que muere por dentro,
Y sus pétalos marchitos se apagan
Como lo hacen los lirios con falta de sol.
Y pregunta, y contesta, y asiente,
Y se enfada, y se encrespa, y no entiende
Dónde está, cuál ha sido el error.
Dama de blanco, dulce reflejo de luna,
Yo quisiera mitigar tu dolor.
Cepillar tu cabello, brindarte caricias,
Susurrarte palabras y cantos
Que lograran, por un instante,
Vencer desánimo y pena,
Ganar batallas al llanto.
Algún día, espero, confío, deseo,
Tus mejillas secarán con talco el relente,
Tu alma dragará la desazón y,
Sentada frente a la ventana, a través de las celosías,
Soñarás que soñaste una vida
mientras tus manos, sobre tu vientre,
Sentirán que sienten una vida.
Y entonces, esa vez sí…
Sonreirás.
Desde hace ya sus mejillas permanecen
Frías, mojadas, bañadas del agua salada
Del mar de la melancolía.
Su pálida piel no consigue
Dar oportunidad al dulce carmesí
Que engalanaba su cara, sus ojos, sus días.
La dama de blanco lleva tiempo
Vagando perdida por los peligrosos riscos
De la tristeza, haciendo equilibrios por no caer,
Pero sin fuerzas apenas para agarrarse
A un rayo de luz que ilumine las empedradas calles
De su particular mundo interior,
Vacío ahora de candiles y portales.
Ya no suenan los laúdes, se apagaron las guitarras.
Los clamores de épicas batallas se antojan lejanos ya.
Sentada frente a la ventana,
Dirige su mirada perdida
A través de las celosías,
Soñando que sueña una vida,
Sintiendo que siente una vida.
Y brotan de nuevo las lágrimas,
Y siente que muere por dentro,
Y sus pétalos marchitos se apagan
Como lo hacen los lirios con falta de sol.
Y pregunta, y contesta, y asiente,
Y se enfada, y se encrespa, y no entiende
Dónde está, cuál ha sido el error.
Dama de blanco, dulce reflejo de luna,
Yo quisiera mitigar tu dolor.
Cepillar tu cabello, brindarte caricias,
Susurrarte palabras y cantos
Que lograran, por un instante,
Vencer desánimo y pena,
Ganar batallas al llanto.
Algún día, espero, confío, deseo,
Tus mejillas secarán con talco el relente,
Tu alma dragará la desazón y,
Sentada frente a la ventana, a través de las celosías,
Soñarás que soñaste una vida
mientras tus manos, sobre tu vientre,
Sentirán que sienten una vida.
Y entonces, esa vez sí…
Sonreirás.
28 abril 2011
Dedicatoria
Soy un tipo moderado. Moderadamente moderado. He recibido palos en todas las partes de mi cuerpo –sí, en todas- y me han venido de todos lados. Como casi todo el mundo, supongo. Bueno, todos no. Hay gente que acapara la energía positiva del universo por alguna extraña razón. Y digo extraña, porque no hablamos del karma, precisamente. Si así fuera, deberían comer mierda seca como alimento principal. Y sin embargo, ahí van, tan dignos ellos, tan henchidos ellos, sacando pecho, mirando por encima de sus diminutos hombros, dejando que su pedantería y el globo aerostático de su panza les preceda. Son vampiros de la suerte, os lo digo yo. Existen. Creedme. El caso es que yo debo tener varias sanguijuelas pegadas a mi aura, porque no es normal. Ya me lo tomo con humor unas veces –como ahora- y con resignación y calma otras. Si es cierta la ley del equilibrio universal, cuando mi balanza por fin se estabilice tendrán que tocarme varias loterías seguidas, como al político aquél. Pero por ahora pintan bastos. Pues nada, a seguir dando, que tengo la espalda ancha y curtida.
Procuro desde hace bastante tiempo ser mesurado. Comedido en mi espontaneidad. Utilizo la fina ironía para decir todo aquello que pienso y puede no complacer. Me gusta. Utilizo este recurso como medio de supervivencia, como autocrítica también. Como forma de llevar los golpes con humor malicioso. Lo malo es que hay gente que se pierde. Si no les hablas con sus mismos códigos, si no empleas su vocabulario, pues no se enteran. Pobres… Las sutilezas les pasan desapercibidas. La elegancia no la asimilan. Y, por supuesto, la ironía la malinterpretan unas veces, y les ofende y reaccionan abruptamente otras. No importa, yo sigo a lo mío, diciendo las verdades –las mías, por supuesto- a mi manera, aguantando estoico el chaparrón. Pero mira, eso te da una imagen de estar por encima del bien y del mal que no es cierta. Somos humanos. Todos. Y tenemos derecho a tener debilidades, a perder los papeles, a hundirnos en el fango o a explotar de vez en cuando y liberar la frustración con palabras gruesas dichas en alta voz. ¿Por qué no? Somos humanos, repito. Así que, como tal, voy a permitirme una licencia, sin que sirva de precedente. Al menos, hasta dentro de mucho tiempo.
Hoy voy a dirigirme a aquellos que mienten (a los que lo hacen) ostentando el poder; a esos (a los que lo hacen) que ocultan las cifras, las manipulan, las maquillan; a los que tratan a sus gobernados (a los que lo hacen) como a peleles o, peor aún, como a idiotas; a los que ofrecen un caramelo (a los que lo hacen) para engañar al hambre y, a continuación y a hurtadillas, te roban la cartera; a los que en época de crisis, (a los que lo hacen), en lugar de austeridad, despilfarran; a los que no saben entender ( a los que no saben) que un país, una región, una provincia es en el fondo una gran empresa en la que se ha de invertir para que pueda haber producción, en la que hay que contener el gasto y generar ingresos, y no al revés; ojo, ingresos derivados de la actividad, no de la usura a sus trabajadores; a esos que, en época de crisis, en lugar de ayudar a las empresas a mantenerse a flote –y no sólo a la banca-, se dedican a poner impedimentos para implantarse o, a las que ya están en actividad, a asfixiarlas buscando sacar dinero hasta debajo de las piedras, justo en el peor momento. De esto último no se habla, no sale en los medios de comunicación, ni en las ruedas de prensa. Pero muchos ERES que han sido y muchos que van a ser, tienen buena parte de su razón de ser en estas actuaciones. Defendamos la legalidad. Luchemos contra el fraude. Pero con cabeza, y oportunidad...
Hoy voy a dirigirme a los jefes y, especialmente, a los jefecillos. A los nuevos ricos o a los que sencillamente aspiran a serlo o aspiraban y se han quedado en el camino. A aquellos que gozan de poder, que son listos, no cabe duda, pero sin un ápice de cultura, y esto se nota. A los que tratan a sus trabajadores como herramientas de baratillo, que se utilizan al máximo sin contar con que tienen vida propia, a pesar de los miserables sueldos que se les pagan. A los que, cuando esa herramienta comienza a deteriorarse, o ya no es tan efectiva, o puntualmente se estropea, o sencillamente no gusta, la tiran a la basura sin mayores miramientos. A aquellos que, cuando se jubila un trabajador que lleva treinta años a su lado de sol a sol, no le dan ni una palmadita en la espalda, ni siquiera las gracias por los servicios prestados.
Hoy quiero dirigirme a la gente falsa, hipócrita, mentirosa. A aquellos que tienen no dos, ni tres, sino decenas de caras. A los que te sonríen de frente y te apuñalan por la espalda. A los falsos amigos. A los que critican por criticar. A aquellos que te ofrecen confianza únicamente para que les cuentes tu vida, e irla aireando por los mentideros suburbanos. A los que siempre quieren quedar bien con tooooodo el mundo, y lo consiguen, al menos durante un tiempo, pero a base, claro está, de no ser sinceros con nadie. A los que sólo te aceptan cuando dices lo que quieren escuchar, y no lo que sientes o piensas de verdad.
Hoy me dirijo a esos pocos jueces corruptos (a quienes lo sean), a esos pocos prevaricadores (ídem). A esos pocos que dictan sentencias arbitrarias. A esos cuantos que tardan años en resolver un tema y en el fallo (por eso debe llamarse así) se aprecia que no se han molestado en escuchar a las dos partes por igual. A esos pocos que, antes de dar audiencia a los implicados, ya tienen tomada una decisión de antemano. A esos pocos que son juez y, como decía Sabina… parte.
Me dirijo, por fin, a aquellas madres que se amparan en leyes injustas. A las que utilizan esas leyes para aprovechar la coyuntura y sacar tajada. A las que, ante problemas en la pareja, interponen denuncias falsas de malos tratos, pervirtiendo el espíritu de amparo de la ley al efecto, y traicionando a todas aquellas que sufren de verdad esta vergonzosa lacra. A los que dictan esas leyes que, automáticamente, ante ese hecho, imponen orden de alejamiento por seis meses al marido o pareja, (sufriendo este la desolación de tener que alejarse de su casa y de sus hijos sin motivo, y el estigma de maltratador que le perseguirá siempre) sin que previamente se dilucide si esa denuncia es auténtica o fraudulenta. A todas aquellas mujeres que utilizan a los hijos como arma para destruir moral y anímicamente a su ex -pareja, manipulandolos, coartando los derechos naturales y espirituales de padre e hijos, creando traumas en los pequeños de los cuales no se desprenderán en toda su vida. A las que, cuando el amor desaparece, rellenan ese hueco con odio, y hacen lo posible por destrozar la vida de quien un día la amó. A las que, finalmente, llevan a cabo esto mismo de forma sibilina, acogiéndose a la letra de la ley o la costumbre judicial, para alejar a los hijos de unos padres que, a menudo, son capaces de quedarse en la calle sin un duro, aguantar insultos y vejaciones, tragarse orgullo y dignidad, para pordiosear unas horas más con sus niños. Que estamos hablando de hijos, señoras! Estamos hablando de seres humanos con necesidades de afecto materno y paterno, con necesidades de influencia de ambos sexos, de enriquecerse con las enseñanzas y cariños iguales y distintos a la vez que cada uno puede y debe brindar a sus pequeños! Que hablamos de carne y sangre propios! Que no puede haber leyes injustas que impidan a los hombres, por el hecho de serlo, cumplir con sus obligaciones y disfrutar de sus derechos como PADRES, y a los hijos, disfrutar de sus derechos y necesidades como tales!!. Pero en qué mundo vivimos?? Que no son cosas, que no son un coche en común que lo utiliza uno unos días y otro unas horas, y que se cede casi como favor personal!! Que son pequeños SERES HUMANOS!! NIÑOS!!!! Por Dios…………
Podría dirigirme a mucha más gente, pero por hoy es suficiente. Y lo hago permitiéndome, por una vez, dedicarles un bonito y hermoso tema, simpático, en clave de humor…
Con todo mi amor y cariño, a todos –y únicamente- aquellos que puedan específicamente encuadrarse en los colectivos antes mencionados, os dedico esta canción.
F.U. Cee Lo Green
http://www.youtube.com/watch?v=JmnIDgbE7AE
Lo a gusto que me he quedado, por Dios....
Procuro desde hace bastante tiempo ser mesurado. Comedido en mi espontaneidad. Utilizo la fina ironía para decir todo aquello que pienso y puede no complacer. Me gusta. Utilizo este recurso como medio de supervivencia, como autocrítica también. Como forma de llevar los golpes con humor malicioso. Lo malo es que hay gente que se pierde. Si no les hablas con sus mismos códigos, si no empleas su vocabulario, pues no se enteran. Pobres… Las sutilezas les pasan desapercibidas. La elegancia no la asimilan. Y, por supuesto, la ironía la malinterpretan unas veces, y les ofende y reaccionan abruptamente otras. No importa, yo sigo a lo mío, diciendo las verdades –las mías, por supuesto- a mi manera, aguantando estoico el chaparrón. Pero mira, eso te da una imagen de estar por encima del bien y del mal que no es cierta. Somos humanos. Todos. Y tenemos derecho a tener debilidades, a perder los papeles, a hundirnos en el fango o a explotar de vez en cuando y liberar la frustración con palabras gruesas dichas en alta voz. ¿Por qué no? Somos humanos, repito. Así que, como tal, voy a permitirme una licencia, sin que sirva de precedente. Al menos, hasta dentro de mucho tiempo.
Hoy voy a dirigirme a aquellos que mienten (a los que lo hacen) ostentando el poder; a esos (a los que lo hacen) que ocultan las cifras, las manipulan, las maquillan; a los que tratan a sus gobernados (a los que lo hacen) como a peleles o, peor aún, como a idiotas; a los que ofrecen un caramelo (a los que lo hacen) para engañar al hambre y, a continuación y a hurtadillas, te roban la cartera; a los que en época de crisis, (a los que lo hacen), en lugar de austeridad, despilfarran; a los que no saben entender ( a los que no saben) que un país, una región, una provincia es en el fondo una gran empresa en la que se ha de invertir para que pueda haber producción, en la que hay que contener el gasto y generar ingresos, y no al revés; ojo, ingresos derivados de la actividad, no de la usura a sus trabajadores; a esos que, en época de crisis, en lugar de ayudar a las empresas a mantenerse a flote –y no sólo a la banca-, se dedican a poner impedimentos para implantarse o, a las que ya están en actividad, a asfixiarlas buscando sacar dinero hasta debajo de las piedras, justo en el peor momento. De esto último no se habla, no sale en los medios de comunicación, ni en las ruedas de prensa. Pero muchos ERES que han sido y muchos que van a ser, tienen buena parte de su razón de ser en estas actuaciones. Defendamos la legalidad. Luchemos contra el fraude. Pero con cabeza, y oportunidad...
Hoy voy a dirigirme a los jefes y, especialmente, a los jefecillos. A los nuevos ricos o a los que sencillamente aspiran a serlo o aspiraban y se han quedado en el camino. A aquellos que gozan de poder, que son listos, no cabe duda, pero sin un ápice de cultura, y esto se nota. A los que tratan a sus trabajadores como herramientas de baratillo, que se utilizan al máximo sin contar con que tienen vida propia, a pesar de los miserables sueldos que se les pagan. A los que, cuando esa herramienta comienza a deteriorarse, o ya no es tan efectiva, o puntualmente se estropea, o sencillamente no gusta, la tiran a la basura sin mayores miramientos. A aquellos que, cuando se jubila un trabajador que lleva treinta años a su lado de sol a sol, no le dan ni una palmadita en la espalda, ni siquiera las gracias por los servicios prestados.
Hoy quiero dirigirme a la gente falsa, hipócrita, mentirosa. A aquellos que tienen no dos, ni tres, sino decenas de caras. A los que te sonríen de frente y te apuñalan por la espalda. A los falsos amigos. A los que critican por criticar. A aquellos que te ofrecen confianza únicamente para que les cuentes tu vida, e irla aireando por los mentideros suburbanos. A los que siempre quieren quedar bien con tooooodo el mundo, y lo consiguen, al menos durante un tiempo, pero a base, claro está, de no ser sinceros con nadie. A los que sólo te aceptan cuando dices lo que quieren escuchar, y no lo que sientes o piensas de verdad.
Hoy me dirijo a esos pocos jueces corruptos (a quienes lo sean), a esos pocos prevaricadores (ídem). A esos pocos que dictan sentencias arbitrarias. A esos cuantos que tardan años en resolver un tema y en el fallo (por eso debe llamarse así) se aprecia que no se han molestado en escuchar a las dos partes por igual. A esos pocos que, antes de dar audiencia a los implicados, ya tienen tomada una decisión de antemano. A esos pocos que son juez y, como decía Sabina… parte.
Me dirijo, por fin, a aquellas madres que se amparan en leyes injustas. A las que utilizan esas leyes para aprovechar la coyuntura y sacar tajada. A las que, ante problemas en la pareja, interponen denuncias falsas de malos tratos, pervirtiendo el espíritu de amparo de la ley al efecto, y traicionando a todas aquellas que sufren de verdad esta vergonzosa lacra. A los que dictan esas leyes que, automáticamente, ante ese hecho, imponen orden de alejamiento por seis meses al marido o pareja, (sufriendo este la desolación de tener que alejarse de su casa y de sus hijos sin motivo, y el estigma de maltratador que le perseguirá siempre) sin que previamente se dilucide si esa denuncia es auténtica o fraudulenta. A todas aquellas mujeres que utilizan a los hijos como arma para destruir moral y anímicamente a su ex -pareja, manipulandolos, coartando los derechos naturales y espirituales de padre e hijos, creando traumas en los pequeños de los cuales no se desprenderán en toda su vida. A las que, cuando el amor desaparece, rellenan ese hueco con odio, y hacen lo posible por destrozar la vida de quien un día la amó. A las que, finalmente, llevan a cabo esto mismo de forma sibilina, acogiéndose a la letra de la ley o la costumbre judicial, para alejar a los hijos de unos padres que, a menudo, son capaces de quedarse en la calle sin un duro, aguantar insultos y vejaciones, tragarse orgullo y dignidad, para pordiosear unas horas más con sus niños. Que estamos hablando de hijos, señoras! Estamos hablando de seres humanos con necesidades de afecto materno y paterno, con necesidades de influencia de ambos sexos, de enriquecerse con las enseñanzas y cariños iguales y distintos a la vez que cada uno puede y debe brindar a sus pequeños! Que hablamos de carne y sangre propios! Que no puede haber leyes injustas que impidan a los hombres, por el hecho de serlo, cumplir con sus obligaciones y disfrutar de sus derechos como PADRES, y a los hijos, disfrutar de sus derechos y necesidades como tales!!. Pero en qué mundo vivimos?? Que no son cosas, que no son un coche en común que lo utiliza uno unos días y otro unas horas, y que se cede casi como favor personal!! Que son pequeños SERES HUMANOS!! NIÑOS!!!! Por Dios…………
Podría dirigirme a mucha más gente, pero por hoy es suficiente. Y lo hago permitiéndome, por una vez, dedicarles un bonito y hermoso tema, simpático, en clave de humor…
Con todo mi amor y cariño, a todos –y únicamente- aquellos que puedan específicamente encuadrarse en los colectivos antes mencionados, os dedico esta canción.
F.U. Cee Lo Green
http://www.youtube.com/watch?v=JmnIDgbE7AE
Lo a gusto que me he quedado, por Dios....
24 abril 2011
Paraíso
Hoy he vuelto a mi paraíso particular. Un pequeño reducto de paz y belleza perdido en medio de la nada, a medio camino entre aquí y allá. Escondida en el interior de un valle entre montañas, poblada por escasamente treinta habitantes de media, esta reducida aldea, habitada en su momento por celtas, árabes y tribus varias, resiste como pocas al paso del tiempo y a la modernidad. Lugar de paso, no obstante, entre poblaciones de relativo peso en la zona, pocos se paran, y menos aún se quedan. Y así debe ser. Así espero que siga siendo. Egoísmo? Tal vez. Pero consciente de que, amén de mi propio beneficio, el anonimato y aislamiento en el que vive este rincón –otro- especial le confiere precisamente su cualidad y calidad. El paso del hombre arrasa con aquello que pisa. Por ello, la soledad poblacional que sufre y atesora a un tiempo, le preserva de la destrucción y vulgaridad, y le permite seguir siendo un pequeño pulmón, refugio de nostálgicos, sanatorio de enfermos de cuerpo y espíritu.
Hoy he vuelto al paraíso. Metódico, disciplinado, sigo las pautas de mi tratamiento curatorio. Me encierro en el refugio, al lado de la chimenea, a la leve luz de la escasa ventana, y en él permanezco horas trabajando, reposando, somnoliento, abstraído. La vida al desnudo, la comodidad reducida a los bienes estrictamente necesarios: fuego, luz, comida, asiento... La sociedad del “bienestar” nos manipula y engaña, haciéndonos creer que necesitamos cosas, cosas y más cosas. Hemos de tener un coche; luego otro mejor, más grande, más potente, más atractivo. Habemos de conseguir una casa en ficticia propiedad –son los señores del sombrero de copa y puro los auténticos propietarios, aunque en los papeles escritos figure nuestro nombre- y, no contentos con ello, tenemos que rellenarla de la manera más ortodoxa: sofá, tresillo, chaise-longue, varias mesas, televisiones panorámicas, cortinas, lámparas, lavavajillas, ¡secadoras!... nunca es suficiente. Si no tenemos el último electrodoméstico, la penúltima alfombra de diseño, la luz de pie tan modernilla, el canapé con colchón de látex, objetos decorativos informes y cuadros con motivos tribales, parece que no logramos el confort necesario. Aquí no necesito nada. Tan sólo lo indispensable para sobrevivir sin calamidades. Un valor añadido. Tras mi encierro voluntario, recorro el terreno adjunto. Admiro la paleta multicolor de los frutales –que nunca hacen honor- en flor. Me acerco, miro a través de esos pétalos que deberían dejar paso a peras, melocotones o manzanas, pero que, perezosos, se adormilan y mueren en el intento sin llegar nunca a meta. Me agacho para comprobar que los pinitos que planté siguen vivos, luchando por respirar entre las hierbas y hojas que asfixian sus raíces. Tranquilos… ahora os limpio. Sigo la ruta hacia el sembrado que mi padre se empeña en trabajar en duro y casi vano esfuerzo: si no hay agua, no hay vida, papá. No me quiere entender. No insisto. Ver los ajos florecientes, las lechugas que casi caminan ya, los surcos de las patatas o la pequeña plantación de guisantes, compensa que los rigores del verano reduzcan la singular cosecha a un 10%. Él es feliz así. Y la tierra se lo agradece. Armonía. Karma. Nada que objetar.
Siguiente etapa: el eterno paseo por el pueblo. Ansío disfrutar del silencio, tan sólo roto –bendita interrupción- por los sonidos del campo: animales, viento, hojas… y el ruido de mis pasos sobre la tierra. Cuando tengáis la cabeza a punto de estallar, cuando el estrés, las horas de trabajo, los problemas hagan que vuestro cerebro no pueda descansar, simplemente haced este ejercicio: dirigíos hacia cualquier camino de tierra y pasead. Centrad vuestra atención únicamente en vuestros pasos, en el sonido de vuestros pies sobre la arena, las piedras, el agua… Es algo hipnótico, mágico. El resto del mundo desaparece, y con él, por breves momentos, la retahíla de angustias diarias. Dedico un rato únicamente a ello. Después levanto la vista, y me dispongo a disfrutar de la auténtica virtud de éste lugar: el reencuentro con la esencia de la belleza, de la autenticidad. Una belleza que se encuentra justo en lo mínimo, en todo aquello que nos pasa desapercibido a diario, y que está ahí, a nuestro lado. En este caso, me rodea. La encuentro en esos tradicionales y arquetípicos muros de piedras apiladas, de tonos pardos, amarillentos, grises, que retrotraen a siglos atrás. En las casas del mismo material, que jalonan la gran mayoría del lugar. En las flores surgiendo en cualquier mínimo rincón, de cualquier esquina. En los mantras letárgicos de las golondrinas en sus largas conversaciones bis a bis. En el camino de tierra y cantos que lleva hacia el monte, repleto de arbustos, matorrales y –como se llaman aquí– escobas. En la visión sobrecogedora de las montañas rodeándote, de las nubes cubriéndolas, de los pinares eternos flanqueando el gélido río.
Hoy –como tantas otras veces- me acordé de ti. A pesar de tantos años disfrutando de este pequeñísimo paraíso, todavía sigo descubriendo lugares ocultos, casi vírgenes. Hoy me adentré en una de las zonas menos transitadas. Al lado mismo del pueblo, bajando hacia los pinos, hay un pequeño valle, un vergel que comienza a vivir en otoño y explota en primavera. Es de difícil acceso, pero merece la pena. Allá donde mires –y pises- hay riachuelos, manantiales, charcas, cascadas diminutas, cuyo sólo rumor constituye mejor terapia que cualquier dosis de tranquilizantes. Siguiendo la vereda, una vez vencido el desánimo que provoca la humedad en los pies, llego por fin a un lugar maravilloso. En mi cabeza suena un glorioso coro in crescendo acompañado de subyugante orquestación. Ante mi se muestra, en medio de un claro, bañado por intermitentes haces de luz, un lugar mágico: un arroyo de aguas quietas pero continuamente nutridas desde distintos flancos, poblado por una tupida alfombra de florecillas blancas sobresaliendo del agua; en medio de él, tres árboles que parecieran plantados por encargo; alrededor, en círculo abierto en su extremos, laderas de tierra verde; como banda sonora, el sonido de los cucos, golondrinas, pardillos y grillos, todos a la vez, pero cediéndose elegantemente el turno, sin apenas solaparse. Me siento sobre una piedra que parece colocada a propósito a modo de rústica silla, para disfrutar del momento. Cierro los ojos. Escucho aquella hermosa melodía natural. Respiro despacio, profundo. Mi mente descansa. Abro los ojos y vuelvo a sorprenderme con la increíble majestuosidad de semejante obra de arte de la naturaleza. Y me pregunto si habrá muchas personas que sean capaces de admirar ese lugar, de disfrutarlo como yo estoy haciendo. La conclusión es clara. Entre las pocas personas que me vienen a la cabeza estás tú. Es algo que nos unía. Un lenguaje común que compartíamos y nos hacía especiales el uno para el otro. Me gustaría enseñártelo algún día. Pero no podrá ser. Supongo. Mientras, sigo disfrutando de aquello que hace que este paraíso sea tan especial: el placer de reencontrarse con aquellas pequeñas cosas… en las cuales se encuentra la verdadera, la simple, la auténtica belleza. En definitiva, lo que hace que la vida, como tal, tenga sentido.
Vuelvo al refugio. Y me admiro, como siempre de la parsimonia de la gente del pueblo, de los pueblos. Es como si el tiempo corriera más lento para ellos. Los he conocido siempre así, con una edad indeterminada. Es como si hace cuarenta años hubieran sido ya jubilados. Cruzan la calle despacio, tranquilos. Se sientan en los poyos a ver pasar la vida, con la serenidad que da la paz, la ausencia de protocolo, de calendario. Beatus ille. Beatus ille…
Hoy he vuelto al paraíso. Metódico, disciplinado, sigo las pautas de mi tratamiento curatorio. Me encierro en el refugio, al lado de la chimenea, a la leve luz de la escasa ventana, y en él permanezco horas trabajando, reposando, somnoliento, abstraído. La vida al desnudo, la comodidad reducida a los bienes estrictamente necesarios: fuego, luz, comida, asiento... La sociedad del “bienestar” nos manipula y engaña, haciéndonos creer que necesitamos cosas, cosas y más cosas. Hemos de tener un coche; luego otro mejor, más grande, más potente, más atractivo. Habemos de conseguir una casa en ficticia propiedad –son los señores del sombrero de copa y puro los auténticos propietarios, aunque en los papeles escritos figure nuestro nombre- y, no contentos con ello, tenemos que rellenarla de la manera más ortodoxa: sofá, tresillo, chaise-longue, varias mesas, televisiones panorámicas, cortinas, lámparas, lavavajillas, ¡secadoras!... nunca es suficiente. Si no tenemos el último electrodoméstico, la penúltima alfombra de diseño, la luz de pie tan modernilla, el canapé con colchón de látex, objetos decorativos informes y cuadros con motivos tribales, parece que no logramos el confort necesario. Aquí no necesito nada. Tan sólo lo indispensable para sobrevivir sin calamidades. Un valor añadido. Tras mi encierro voluntario, recorro el terreno adjunto. Admiro la paleta multicolor de los frutales –que nunca hacen honor- en flor. Me acerco, miro a través de esos pétalos que deberían dejar paso a peras, melocotones o manzanas, pero que, perezosos, se adormilan y mueren en el intento sin llegar nunca a meta. Me agacho para comprobar que los pinitos que planté siguen vivos, luchando por respirar entre las hierbas y hojas que asfixian sus raíces. Tranquilos… ahora os limpio. Sigo la ruta hacia el sembrado que mi padre se empeña en trabajar en duro y casi vano esfuerzo: si no hay agua, no hay vida, papá. No me quiere entender. No insisto. Ver los ajos florecientes, las lechugas que casi caminan ya, los surcos de las patatas o la pequeña plantación de guisantes, compensa que los rigores del verano reduzcan la singular cosecha a un 10%. Él es feliz así. Y la tierra se lo agradece. Armonía. Karma. Nada que objetar.
Siguiente etapa: el eterno paseo por el pueblo. Ansío disfrutar del silencio, tan sólo roto –bendita interrupción- por los sonidos del campo: animales, viento, hojas… y el ruido de mis pasos sobre la tierra. Cuando tengáis la cabeza a punto de estallar, cuando el estrés, las horas de trabajo, los problemas hagan que vuestro cerebro no pueda descansar, simplemente haced este ejercicio: dirigíos hacia cualquier camino de tierra y pasead. Centrad vuestra atención únicamente en vuestros pasos, en el sonido de vuestros pies sobre la arena, las piedras, el agua… Es algo hipnótico, mágico. El resto del mundo desaparece, y con él, por breves momentos, la retahíla de angustias diarias. Dedico un rato únicamente a ello. Después levanto la vista, y me dispongo a disfrutar de la auténtica virtud de éste lugar: el reencuentro con la esencia de la belleza, de la autenticidad. Una belleza que se encuentra justo en lo mínimo, en todo aquello que nos pasa desapercibido a diario, y que está ahí, a nuestro lado. En este caso, me rodea. La encuentro en esos tradicionales y arquetípicos muros de piedras apiladas, de tonos pardos, amarillentos, grises, que retrotraen a siglos atrás. En las casas del mismo material, que jalonan la gran mayoría del lugar. En las flores surgiendo en cualquier mínimo rincón, de cualquier esquina. En los mantras letárgicos de las golondrinas en sus largas conversaciones bis a bis. En el camino de tierra y cantos que lleva hacia el monte, repleto de arbustos, matorrales y –como se llaman aquí– escobas. En la visión sobrecogedora de las montañas rodeándote, de las nubes cubriéndolas, de los pinares eternos flanqueando el gélido río.
Hoy –como tantas otras veces- me acordé de ti. A pesar de tantos años disfrutando de este pequeñísimo paraíso, todavía sigo descubriendo lugares ocultos, casi vírgenes. Hoy me adentré en una de las zonas menos transitadas. Al lado mismo del pueblo, bajando hacia los pinos, hay un pequeño valle, un vergel que comienza a vivir en otoño y explota en primavera. Es de difícil acceso, pero merece la pena. Allá donde mires –y pises- hay riachuelos, manantiales, charcas, cascadas diminutas, cuyo sólo rumor constituye mejor terapia que cualquier dosis de tranquilizantes. Siguiendo la vereda, una vez vencido el desánimo que provoca la humedad en los pies, llego por fin a un lugar maravilloso. En mi cabeza suena un glorioso coro in crescendo acompañado de subyugante orquestación. Ante mi se muestra, en medio de un claro, bañado por intermitentes haces de luz, un lugar mágico: un arroyo de aguas quietas pero continuamente nutridas desde distintos flancos, poblado por una tupida alfombra de florecillas blancas sobresaliendo del agua; en medio de él, tres árboles que parecieran plantados por encargo; alrededor, en círculo abierto en su extremos, laderas de tierra verde; como banda sonora, el sonido de los cucos, golondrinas, pardillos y grillos, todos a la vez, pero cediéndose elegantemente el turno, sin apenas solaparse. Me siento sobre una piedra que parece colocada a propósito a modo de rústica silla, para disfrutar del momento. Cierro los ojos. Escucho aquella hermosa melodía natural. Respiro despacio, profundo. Mi mente descansa. Abro los ojos y vuelvo a sorprenderme con la increíble majestuosidad de semejante obra de arte de la naturaleza. Y me pregunto si habrá muchas personas que sean capaces de admirar ese lugar, de disfrutarlo como yo estoy haciendo. La conclusión es clara. Entre las pocas personas que me vienen a la cabeza estás tú. Es algo que nos unía. Un lenguaje común que compartíamos y nos hacía especiales el uno para el otro. Me gustaría enseñártelo algún día. Pero no podrá ser. Supongo. Mientras, sigo disfrutando de aquello que hace que este paraíso sea tan especial: el placer de reencontrarse con aquellas pequeñas cosas… en las cuales se encuentra la verdadera, la simple, la auténtica belleza. En definitiva, lo que hace que la vida, como tal, tenga sentido.
Vuelvo al refugio. Y me admiro, como siempre de la parsimonia de la gente del pueblo, de los pueblos. Es como si el tiempo corriera más lento para ellos. Los he conocido siempre así, con una edad indeterminada. Es como si hace cuarenta años hubieran sido ya jubilados. Cruzan la calle despacio, tranquilos. Se sientan en los poyos a ver pasar la vida, con la serenidad que da la paz, la ausencia de protocolo, de calendario. Beatus ille. Beatus ille…
05 abril 2011
Habrá de ser
No desaparece. Pasan las brumas, las nieblas, las lluvias. Llega la primavera, con ese tibio sol traicionero y juguetón, que se esconde y aparece a voluntad. Pasan los calores del verano ruidoso y fugaz , quemando las pieles y devolviéndonos por breves instantes la ficiticia ilusión de que la vida es ese paraíso soñado de exóticos vergeles, turgentes formas y placenteras caricias sonorizadas por el rumor de las olas, lejanas ya. Vuelven los colores vivaces, ocres, displicentes del otoño a bañarnos de nostalgia y vida y muerte en sintonía. Y regresan las brumas, las nieblas, las lluvias, los fríos. Yo sigo mirando por la ventana el paisaje de mi pequeño agujero en el mundo. Me veo de nuevo sentado al piano dejando, como ahora, que los dedos transmitan, sin previa orden, lo que el corazón manda a hurtadillas, no siendo que al tirano de allá arriba le de por pensar y termine echando por tierra el monólogo emocional. Y me vuelvo a ver sólo, oculto, escondido en mi sancta-sanctorum sin puertas ni escotillas.
Vuelve el pasado, los pasados. Recuerdos de otras épocas, de otras vidas. Tantas vivencias, tantas oportunidades aprovechadas, disfrutadas, exprimidas. Y a la vez tantos sueños desvanecidos, posibilidades malogradas, historias imposibles. A veces creo que no es cierto, que he de haberme imaginado que hayan pasado tantas mujeres por mi vida, tantos labios susurrando metáforas en mi oído. Y que, sin embargo, tantas otras hayan podido ser y no hayan sido. De dónde saco tanto sentimiento? De dónde tanto amor? Y, siendo así, porqué continúa mi otro lado de la cama vacío? Hace muchos años alguien me dijo, a mis veintipocos, que cuando pensaba en mí y en mi futuro, me veía en un castillo... sólo. Joder con el oráculo.
Pasan las brumas, las nieblas, las lluvias. Llega la primavera, y sigo mirando por mi ventana. Me veo de nuevo sentado al piano, dejando, como ahora, que sin permiso ni previa orden, mis dedos hablen por mí. Que digan que sigo aquí, esperando,confiando, soñando. Soñando con una mujer vestida de blanco, en medio de un campo frondoso, con el pelo recogido, a la antigua usanza. Mirándome. Sonriendo. Tendiéndome su mano. Habrá de ser así. Quizá haya gastado el stock que la vida me tenía preparado. Habré de aceptarlo, pues. Siempre nos quedará París. Siempre los recuerdos. Vividos. Inventados. Qué más da...
Vuelve el pasado, los pasados. Recuerdos de otras épocas, de otras vidas. Tantas vivencias, tantas oportunidades aprovechadas, disfrutadas, exprimidas. Y a la vez tantos sueños desvanecidos, posibilidades malogradas, historias imposibles. A veces creo que no es cierto, que he de haberme imaginado que hayan pasado tantas mujeres por mi vida, tantos labios susurrando metáforas en mi oído. Y que, sin embargo, tantas otras hayan podido ser y no hayan sido. De dónde saco tanto sentimiento? De dónde tanto amor? Y, siendo así, porqué continúa mi otro lado de la cama vacío? Hace muchos años alguien me dijo, a mis veintipocos, que cuando pensaba en mí y en mi futuro, me veía en un castillo... sólo. Joder con el oráculo.
Pasan las brumas, las nieblas, las lluvias. Llega la primavera, y sigo mirando por mi ventana. Me veo de nuevo sentado al piano, dejando, como ahora, que sin permiso ni previa orden, mis dedos hablen por mí. Que digan que sigo aquí, esperando,confiando, soñando. Soñando con una mujer vestida de blanco, en medio de un campo frondoso, con el pelo recogido, a la antigua usanza. Mirándome. Sonriendo. Tendiéndome su mano. Habrá de ser así. Quizá haya gastado el stock que la vida me tenía preparado. Habré de aceptarlo, pues. Siempre nos quedará París. Siempre los recuerdos. Vividos. Inventados. Qué más da...
11 marzo 2011
Corazón de Mudanza
Podría contar muchas cosas sobre lo que a menudo implica una separación, un divorcio. Podría hablar de la angustia y desazón de los momentos previos, de ese "In the air tonight" que cantaba Phil Collins. Podría intentar explicar el estado de ansiedad que precede y continúa durante el proceso. Las distintas fases de incredulidad, miedo, negación... Me resultaría mucho más difícil haceros sentir la desubicación, el vacío tremendo del alma, el escozor en los ojos de tanto querer llorar y poder (o no) hacerlo... Y sería directamente imposible trasladaros el dolor, inmenso, desgarrador, que supone separarte de tus hijos, de tus bebés.
Sólo quien lo ha vivido puede entenderlo, medirlo, darle forma, sabor, olor... Afortunadamente, de todo se sale. La capacidad de resistencia del ser humano es impresionante, insospechada. La vida se abre camino, siempre. A veces, a un precio demasiado alto. Las cicatrices quedan, lo sepamos, lo admitamos o no. Recuerdo vívidamente aquellos momentos. De todos ellos, hay uno especialmente trágico, quizá el peor de todos: mi ex-mujer yendose con mis hijos minutos antes, para no vivir la escena del "factum est". Yo viéndolos marchar. Y, poco después, alejándome con el camión de la mudanza cargado de cajas torpemente embaladas y tonterías inservibles que aún guardo como pequeños tesoros en una estantería del garaje. Mi casa. Mi hogar. Mi mundo. Atrás, cada vez más pequeña, despidiéndose para siempre de mí.... y el terrorífico futuro por delante. Devastación. Desolación. La nada. Los bolsillos vacíos. Mi interior, tambien. La nada.
Todo esto supo plasmarlo magistralmente Tontxu en una canción que todavía me estremece cuando la oigo. No sé si alguien se acuerda de este hombre, un cantautor de buenas canciones pequeñas que quiso crecer en popularidad y cometió el tremendo error de participar en la versión "V.I.P." (manda huevos) del programa de mi escrito anterior. Supuestamente quería utilizarlo como lanzadera de su carrera, y así fue. Sólo que no la propulsó hacia arriba precisamente. En cualquier caso, esta pequeña joya merece la pena ser recordada, admirada y sentida, como yo lo hago. La calidad de vídeo y sonido es pésima, pero intentad abstraeros, y vivid la letra. Es tan jodidamente real.........
Sólo quien lo ha vivido puede entenderlo, medirlo, darle forma, sabor, olor... Afortunadamente, de todo se sale. La capacidad de resistencia del ser humano es impresionante, insospechada. La vida se abre camino, siempre. A veces, a un precio demasiado alto. Las cicatrices quedan, lo sepamos, lo admitamos o no. Recuerdo vívidamente aquellos momentos. De todos ellos, hay uno especialmente trágico, quizá el peor de todos: mi ex-mujer yendose con mis hijos minutos antes, para no vivir la escena del "factum est". Yo viéndolos marchar. Y, poco después, alejándome con el camión de la mudanza cargado de cajas torpemente embaladas y tonterías inservibles que aún guardo como pequeños tesoros en una estantería del garaje. Mi casa. Mi hogar. Mi mundo. Atrás, cada vez más pequeña, despidiéndose para siempre de mí.... y el terrorífico futuro por delante. Devastación. Desolación. La nada. Los bolsillos vacíos. Mi interior, tambien. La nada.
Todo esto supo plasmarlo magistralmente Tontxu en una canción que todavía me estremece cuando la oigo. No sé si alguien se acuerda de este hombre, un cantautor de buenas canciones pequeñas que quiso crecer en popularidad y cometió el tremendo error de participar en la versión "V.I.P." (manda huevos) del programa de mi escrito anterior. Supuestamente quería utilizarlo como lanzadera de su carrera, y así fue. Sólo que no la propulsó hacia arriba precisamente. En cualquier caso, esta pequeña joya merece la pena ser recordada, admirada y sentida, como yo lo hago. La calidad de vídeo y sonido es pésima, pero intentad abstraeros, y vivid la letra. Es tan jodidamente real.........
10 febrero 2011
La Flor de la Mañana
Recuerdo estas mismas fechas en mi infancia. Otros tiempos, otras formas. Otros sentimientos, quizá. Días antes comenzaba a preparar la estrategia. Mi cabeza buscaba y rebuscaba las palabras más hermosas que mis once, doce añitos eran capaces de elaborar. Las pensaba, les daba la vuelta, terminando irremediablemente en el sempiterno aire becqueriano. Después, las escribía en un papel cuadriculado, torpemente desgarrado del canutillo. Uno a uno arrancaba los flecos, llevándome siempre con ellos trocitos de papel. Cuando estaba todo más o menos bien –siempre fui un perfeccionista teórico, un oficial de los planteamientos estéticos, pero un peón de sus ejecuciones- lo doblaba con cuidado, lo desdoblaba y lo volvía a doblar, porque nunca acababan de quedar los pliegues de forma que ninguna esquina sobresaliera respecto de las demás. Al fin, guardaba tan valiosa misiva en el bolsillo de mi abrigo, esperando el día. Lo tocaba una y otra vez. Sí, seguía ahí. No quería llevarme sorpresas de última hora. Finalmente llegaba la ansiada mañana. Mi corazón se aceleraba conforme se acercaban las once, anhelando un timbre que no acababa de anunciar el recreo. Paciente, aguardaba sentado en mi pupitre, hasta que la clase se vaciaba. Entonces, como un delincuente del amor, miraba a un lado y a otro, aguantando la emoción. Tras unos minutos paralizado, conseguía liberarme de los nervios que me ataban a la silla. Un movimiento felino me ponía en pie de un salto, llevando por delante mi tablero y el inevitable moratón en los muslos. No importaba. La adrenalina del momento impedía cualquier sensación de dolor. Hiperventilando, llegaba a su mesa, levantaba rápidamente la tapa del cajón, y en él dejaba mi torpe declaración anónima, parte de mi vida y mis ingenuas esperanzas de un futuro de amor tan imposible como inocente. Los veinte minutos posteriores se hacían eternos. Deambulaba por el patio, los pasillos, las escaleras, impaciente por volver al aula. Fíjate tú, lo que son las cosas… De vuelta a mi sitio, mis ojos se clavaban en su espalda, en su nuca, intentando anticiparme a su reacción cuando descubriera tan minúsculo fragmento de alma plasmada temblorosa en dos lineas de folio a doble espacio. Lo leería. Se emocionaría. Giraría su cabeza buscando a su misterioso Romeo. Entonces sus ojos se fijarían en mí, brillantes, enormes. Sabría que había sido yo. Sus hipnóticos labios sonreirían ampliamente, a cámara lenta, dejando entrever unos perfectos y simpáticos dientes nacarados, que se ocultarían por un momento bajo su boca, mientras lanzaba un beso al aire que me atravesaría dulcemente el pecho… Pero la película nunca seguía mi guión. Ella tardaba, tardaba mucho. Tardaba una eternidad en descubrir una nota que miraba con desapego. Entonces la abría en décimas de segundo, y con la misma rapidez hacía una bola con ella y la tiraba al suelo, cayendo justo, justo, allí donde se encontraban los pedacitos de mi corazón. Qué injusto, amor.
Afortunadamente la cosa cambió en mi adolescencia –tardía- y mi juventud. Aquellos desengaños dejaron lugar a tiempos felices. Daba igual quien fuera mi pareja. Ese día siempre había una carta en mi buzón, con una de aquellas horteras felicitaciones con frases hechas y fotografías de parejas entre flores formando un corazón, atardeceres en el parque o puestas de sol en el mar. Postales que, por supuesto, yo también mandaba, o entregaba en mano, dependiendo de lo conveniente de una u otra forma de recepción. Muchos corazoncitos colgaron de mi cuello. De plata, de oro, de latón… Me acostumbré a llevarlos. Ahora los echo de menos. Igual que los paseos bajo el frío, por parques, bosques, jardines. No importaba. Nos sentíamos tan especiales ese día… Era Nuestro día. Podrían quebrarse los dedos congelados bajo los guantes de lana: la mano entrelazada de la otra parte anulaba el dolor. Rosas rojas, blancas, violetas… Un bolígrafo, una cajita de Mon Cherie compartida, la gargantilla plateada o –cómo me gustaban- las agenditas de Busquets, los ositos diminutos sentados en un balancín… Y los besos. Los dulces besos. Nunca sabían mejor que ese día. Nunca sonaba tan bien un “Te quiero”. Tempus fugit…sicut nubes, quasi naves, velut umbra.
Conozco a mucha gente que reniega de las fechas señaladas. Navidad, Día del Padre, de la Madre, San Valentín… Dicen que son imposiciones de la sociedad, inventos de los grandes almacenes para provocar el consumismo. Que tienen todo el año para demostrar el afecto y el amor que sienten por los demás, sin necesidad de caer en los convencionalismos que marca Occidente. Y seguramente tengan razón. No podemos, no debemos guardar nuestros sentimientos. Si todos fuéramos capaces de decir “Te quiero”, si consiguiéramos manifestarlo con hechos además de con palabras, el mundo sería, sin ninguna duda, un lugar mucho mejor. Pero somos imperfectos. Somos cobardes, egoístas, vanidosos, orgullosos. Somos tercos. Prepotentes. Miedosos. Humanos. Hemos de asumirlo. Si queremos que nuestras limitaciones, nuestros defectos relacionales no nos aíslen, no destrocen nuestras parejas, nuestras familias, nuestras amistades… necesitamos ayuda. Necesitamos que nos saquen de nuestro ostracismo sentimental. Que nos recuerden que queremos, que amamos, que sufrimos. Que debemos recordarle al otro que le queremos, que le amamos, que sufrimos por él. Y estos días, estas celebraciones, por muy anglosajonas, comerciales, artificiales que sean, son una estupenda forma de hacerlo. ¿Hay algo más hermoso que un regalo sincero? Sí: un regalo sincero fuera de fecha, en cualquier momento. Pero volvemos al planteamiento inicial. Si no somos capaces de ello… ¿por qué no hacerlo en Navidad? ¿En el día del Padre? ¿De la Madre? ¿En el cumpleaños? ¿Por qué no en un día que conmemora por excelencia el Amor? Bien, no sucumbamos a las artimañas publicitarias de los grandes almacenes. No gastemos dinero. No compremos regalos. Si yo tuviera a quién, me acercaría a un jardín y cortaría una rosa, una margarita, una florecilla silvestre. O mejor aún: arrancaría una hoja de papel cuadriculado, a doble espacio. La reduciría a tamaño cuartilla. Escribiría en ella torpemente, con letra temblorosa, dos sencillas palabras. La doblaría una y otra vez hasta que no sobresaliese ninguna esquina respecto de las demás. Y la metería en el bolsillo de su abrigo, mientras mis dedos se entrelazaban con los suyos, mientras le regalaba un dulce beso…
Hay veces que el amor surge de la manera menos esperada. Incluso renegando de él. Hay ocasiones que dos personas, dos adultos, desengañados, deciden compartir y disfrutar de lo mejor de una pareja, sin las ataduras del compromiso, de la convivencia, que a menudo terminan por ahogar… y matar. Sé de lo que hablo. De lo primero y de lo segundo. Soy afortunado por haber disfrutado de una relación de este tipo. Y, contrariamente a lo que se puede pensar, puede ser una experiencia preciosa. Presuntos Implicados se adelantó hace años a mi vivencia, marcando una a una las pautas de lo que sería su principio, desarrollo y final. De una u otra forma, fue una historia de amor. Sentid la música, disfrutad de la cálida voz de Sole Giménez, y escuchad muy atentamente su letra.
http://www.youtube.com/watch?v=iLUJfeR-80I&playnext=1&list=PLA17FA17FF9B1120D
Feliz 14 de Febrero.
Afortunadamente la cosa cambió en mi adolescencia –tardía- y mi juventud. Aquellos desengaños dejaron lugar a tiempos felices. Daba igual quien fuera mi pareja. Ese día siempre había una carta en mi buzón, con una de aquellas horteras felicitaciones con frases hechas y fotografías de parejas entre flores formando un corazón, atardeceres en el parque o puestas de sol en el mar. Postales que, por supuesto, yo también mandaba, o entregaba en mano, dependiendo de lo conveniente de una u otra forma de recepción. Muchos corazoncitos colgaron de mi cuello. De plata, de oro, de latón… Me acostumbré a llevarlos. Ahora los echo de menos. Igual que los paseos bajo el frío, por parques, bosques, jardines. No importaba. Nos sentíamos tan especiales ese día… Era Nuestro día. Podrían quebrarse los dedos congelados bajo los guantes de lana: la mano entrelazada de la otra parte anulaba el dolor. Rosas rojas, blancas, violetas… Un bolígrafo, una cajita de Mon Cherie compartida, la gargantilla plateada o –cómo me gustaban- las agenditas de Busquets, los ositos diminutos sentados en un balancín… Y los besos. Los dulces besos. Nunca sabían mejor que ese día. Nunca sonaba tan bien un “Te quiero”. Tempus fugit…sicut nubes, quasi naves, velut umbra.
Conozco a mucha gente que reniega de las fechas señaladas. Navidad, Día del Padre, de la Madre, San Valentín… Dicen que son imposiciones de la sociedad, inventos de los grandes almacenes para provocar el consumismo. Que tienen todo el año para demostrar el afecto y el amor que sienten por los demás, sin necesidad de caer en los convencionalismos que marca Occidente. Y seguramente tengan razón. No podemos, no debemos guardar nuestros sentimientos. Si todos fuéramos capaces de decir “Te quiero”, si consiguiéramos manifestarlo con hechos además de con palabras, el mundo sería, sin ninguna duda, un lugar mucho mejor. Pero somos imperfectos. Somos cobardes, egoístas, vanidosos, orgullosos. Somos tercos. Prepotentes. Miedosos. Humanos. Hemos de asumirlo. Si queremos que nuestras limitaciones, nuestros defectos relacionales no nos aíslen, no destrocen nuestras parejas, nuestras familias, nuestras amistades… necesitamos ayuda. Necesitamos que nos saquen de nuestro ostracismo sentimental. Que nos recuerden que queremos, que amamos, que sufrimos. Que debemos recordarle al otro que le queremos, que le amamos, que sufrimos por él. Y estos días, estas celebraciones, por muy anglosajonas, comerciales, artificiales que sean, son una estupenda forma de hacerlo. ¿Hay algo más hermoso que un regalo sincero? Sí: un regalo sincero fuera de fecha, en cualquier momento. Pero volvemos al planteamiento inicial. Si no somos capaces de ello… ¿por qué no hacerlo en Navidad? ¿En el día del Padre? ¿De la Madre? ¿En el cumpleaños? ¿Por qué no en un día que conmemora por excelencia el Amor? Bien, no sucumbamos a las artimañas publicitarias de los grandes almacenes. No gastemos dinero. No compremos regalos. Si yo tuviera a quién, me acercaría a un jardín y cortaría una rosa, una margarita, una florecilla silvestre. O mejor aún: arrancaría una hoja de papel cuadriculado, a doble espacio. La reduciría a tamaño cuartilla. Escribiría en ella torpemente, con letra temblorosa, dos sencillas palabras. La doblaría una y otra vez hasta que no sobresaliese ninguna esquina respecto de las demás. Y la metería en el bolsillo de su abrigo, mientras mis dedos se entrelazaban con los suyos, mientras le regalaba un dulce beso…
Hay veces que el amor surge de la manera menos esperada. Incluso renegando de él. Hay ocasiones que dos personas, dos adultos, desengañados, deciden compartir y disfrutar de lo mejor de una pareja, sin las ataduras del compromiso, de la convivencia, que a menudo terminan por ahogar… y matar. Sé de lo que hablo. De lo primero y de lo segundo. Soy afortunado por haber disfrutado de una relación de este tipo. Y, contrariamente a lo que se puede pensar, puede ser una experiencia preciosa. Presuntos Implicados se adelantó hace años a mi vivencia, marcando una a una las pautas de lo que sería su principio, desarrollo y final. De una u otra forma, fue una historia de amor. Sentid la música, disfrutad de la cálida voz de Sole Giménez, y escuchad muy atentamente su letra.
http://www.youtube.com/watch?v=iLUJfeR-80I&playnext=1&list=PLA17FA17FF9B1120D
Feliz 14 de Febrero.
19 enero 2011
G H
Es un día cualquiera. Llego a casa a las tantas, después de una interminable jornada de trabajo encerrado en mi zulo con vistas al megaparking de empresa. Mientras me derrumbo en el sofá dando cuenta de mi escasa cena macro-micro-biótica (nunca tan poco ha cundido tanto, maldigo), cojo el mando de la tele. Treinta y tantos canales dispuestos a satisfacer mis necesidades de evasión y mis exigencias de intelectualidad. La 1; la 2; la 3; la… lalala, cantaba aquella. Impresionante. Descubro –constato, más bien- que la TDT no significa Televisión Digital Terrestre: en realidad es el acrónimo de Todos los Días Tiña. Eso sí, en formato panorámico y sin parpadeos en la imagen, que es de agradecer. Decido parar la búsqueda en una cadena al azar. Ante mis ojos, casi atónitos (he visto ya tanto en esta vida que poco tiene la capacidad de sorprenderme) veo a un par de jovenzuelas vestidas de fulanas (que me perdonen las Señoras fulanas) hablando con dificultad, comiéndose la mitad de las palabras y el 90 por cien de los sufijos. Al rato, otras dos personas (eso creo) vociferando palabras apenas inteligibles –y las que lo son, hubiera preferido que no lo fueran- y gesticulando airadamente. Por un momento cruza por mi mente averiguar el motivo de tan profunda discusión. Afortunadamente, no me hago caso. Cambio toca. Hago otro recorrido rápido por nuestra maravillosa programación en abierto, y me encuentro a los mismos personajes, pero en otro canal. Miro la mosca. Pues sí, es otro distinto. ¿Pero aquí antes no daban noticias y debates más o menos partidistas –como todos- aunque con cierta elegancia sobre política? Lo habré soñado, quizá. Decido cambiar rápidamente y continúo dándole a la crucecita de mi mando. No me interesa comprar un supermegapowerultraliftingdeepmuscletone. Videntes… no. eVidentes… paso. Pantalla en negro. Pantalla en negro. Vuelta a empezar. A ver si hay suerte esta vez. La 1. La 2. La 3… Ups! Otra vez? Los personajes son diferentes, pero el escenario es el mismo. Ahora hay un tipo que para si lo quisieran los estudiosos de la psique, con una gorra que le quedaría grande a la estatua de la libertad, gimoteando y maldiciendo su existencia –lo entiendo- al lado de unos seres humanos femeninos escasos de ropa. Cambian el plano. Ahora aparece otra mujer, frotándose entre dos maromos de torso desnudo y rigidez pélvica a los cuales no parece importarles demasiado ser utilizados. Joer… sigo zapeando. Por fín! Una periodista de prestigio! Ah, quieto: es Mercedes Milá. Aparece diciendo cosas a un pobrecillo con los ojos llorosos aguantando estoicamente el chaparrón de burlas y puyas inmisericordes por parte de público y ella misma. Al parecer, el sujeto es, fue o quería ser novio, pareja, allegado, adherido de la friccionada anterior. Mientras asume en prime time su condición de cornudo de España, la madre de su pretendida la disculpa diciendo que ella es así, juguetona, “simpática”. ¡Simpática!. Qué bonito eufemismo. Simpática… seguro que si tuviera hijos querría una nuera tan “simpática". Esto es Gran Hermano.
Confieso que fui uno de los millones de personas que se tragó enterita la primera edición, cuando se vendía la cosa como un “experimento sociológico”. Y en verdad me lo pareció. Preparado, tramposo, prostituido, pero con el interés de la espontaneidad de los concursantes, que no sabían a qué se enfrentaban y que reaccionaban primaria y naturalmente a la experiencia de convivir varios meses encerrados en una jaula de cristal enorme, a la vista de todo el país, y relacionarse, sufrirse, mostrarse, exhibir sus vergüenzas, debilidades, temores… en definitiva, su condición humana. Pero la cosa ha derivado en lo que hoy es: un esperpento grotesco, zafio, vil, repulsivo, deprimente, bochornoso y tan falso y artificial como artificioso y teatral. Todos van con su guión aprendido. Juraría que la misma productora, que se ha encargado de elegir una serie de individuos que pueden encajar con los roles más idóneos para provocar las chispas y conflictos deseados, habla con ellos y les da instrucciones de comportamiento antes de entrar en el concurso y, muy probablemente, durante el mismo. Como si Calderón de la Barca se hubiera pasado en su ingesta de tóxicos y hubiera creado un nuevo Gran Teatro del Mundo: “Tú te has de enrollar con uno, dos, tres; tú has de ser macarra y buscar bronca; Tú serás el gracioso, tú la puta, tú el pringao…” “Ojo, que el público se aburre: Tú, peléate con tal”. Ah, el mundo del espectáculo! Esto es Gran Hermano.
Confieso que me cuesta asumir el éxito de los programas del corazón y de la prensa rosa. No concibo qué le puede interesar a la gente de a pie la vida de los famosos y, peor aún, de los famosillos. ¿Qué me importa a mí si tal se ha liado con cual, si esta ha roto con el otro, si aquella está embarazada o si al de más allá ya no se le levanta? ¿Acaso la gente no tiene sus propios problemas? ¿Tan poca vida tenemos, tan vacía, tan triste, que tenemos que llenarla con las miserias –a menudo prefabricadas- de los demás?
Puedo llegar a entenderlo fundamentando tal afición en el voyeurismo que todos llevamos dentro, tan justificado en estos casos, y tan denunciado cuando hablamos de sexo, siendo éste último mucho más natural –por lo instintivo- y –dónde va a parar- gratificante, llegado el caso. Puedo también comprenderlo si atendemos a la bajeza de la misma esencia humana, que se congratula de las desgracias y miserias de quienes supuestamente tienen mucho para compensar así la balanza de las limitaciones y frustraciones de su –nuestra- propia vida.
Lo que no concibo, lo mire por dónde lo mire, es la satisfacción que pueden tantos millones de gente encontrar en observar las banalidades, simplezas, estupideces, limitaciones, tonterías absurdas de un grupo de individuos que, o bien representa una muy mala obra de teatro, o bien son tan ridículos y –no quería utilizar la palabra de marras, pero es que terminan siendo el concepto mismo de ella – frikis como sus propios comportamientos sugieren. La verdad, para ver monos, mejor el circo. Al menos, tienen más gracia.
No, venga, va, en serio… ¿por qué? Tantos millones de personas malgastando su tiempo de esta forma… Mira, ahora que lo pienso, al final va a ser verdad que es un experimento sociológico en toda regla. Sólo que los sujetos que han de ser objeto de estudio no están delante de las cámaras: están frente al televisor.
Confieso que fui uno de los millones de personas que se tragó enterita la primera edición, cuando se vendía la cosa como un “experimento sociológico”. Y en verdad me lo pareció. Preparado, tramposo, prostituido, pero con el interés de la espontaneidad de los concursantes, que no sabían a qué se enfrentaban y que reaccionaban primaria y naturalmente a la experiencia de convivir varios meses encerrados en una jaula de cristal enorme, a la vista de todo el país, y relacionarse, sufrirse, mostrarse, exhibir sus vergüenzas, debilidades, temores… en definitiva, su condición humana. Pero la cosa ha derivado en lo que hoy es: un esperpento grotesco, zafio, vil, repulsivo, deprimente, bochornoso y tan falso y artificial como artificioso y teatral. Todos van con su guión aprendido. Juraría que la misma productora, que se ha encargado de elegir una serie de individuos que pueden encajar con los roles más idóneos para provocar las chispas y conflictos deseados, habla con ellos y les da instrucciones de comportamiento antes de entrar en el concurso y, muy probablemente, durante el mismo. Como si Calderón de la Barca se hubiera pasado en su ingesta de tóxicos y hubiera creado un nuevo Gran Teatro del Mundo: “Tú te has de enrollar con uno, dos, tres; tú has de ser macarra y buscar bronca; Tú serás el gracioso, tú la puta, tú el pringao…” “Ojo, que el público se aburre: Tú, peléate con tal”. Ah, el mundo del espectáculo! Esto es Gran Hermano.
Confieso que me cuesta asumir el éxito de los programas del corazón y de la prensa rosa. No concibo qué le puede interesar a la gente de a pie la vida de los famosos y, peor aún, de los famosillos. ¿Qué me importa a mí si tal se ha liado con cual, si esta ha roto con el otro, si aquella está embarazada o si al de más allá ya no se le levanta? ¿Acaso la gente no tiene sus propios problemas? ¿Tan poca vida tenemos, tan vacía, tan triste, que tenemos que llenarla con las miserias –a menudo prefabricadas- de los demás?
Puedo llegar a entenderlo fundamentando tal afición en el voyeurismo que todos llevamos dentro, tan justificado en estos casos, y tan denunciado cuando hablamos de sexo, siendo éste último mucho más natural –por lo instintivo- y –dónde va a parar- gratificante, llegado el caso. Puedo también comprenderlo si atendemos a la bajeza de la misma esencia humana, que se congratula de las desgracias y miserias de quienes supuestamente tienen mucho para compensar así la balanza de las limitaciones y frustraciones de su –nuestra- propia vida.
Lo que no concibo, lo mire por dónde lo mire, es la satisfacción que pueden tantos millones de gente encontrar en observar las banalidades, simplezas, estupideces, limitaciones, tonterías absurdas de un grupo de individuos que, o bien representa una muy mala obra de teatro, o bien son tan ridículos y –no quería utilizar la palabra de marras, pero es que terminan siendo el concepto mismo de ella – frikis como sus propios comportamientos sugieren. La verdad, para ver monos, mejor el circo. Al menos, tienen más gracia.
No, venga, va, en serio… ¿por qué? Tantos millones de personas malgastando su tiempo de esta forma… Mira, ahora que lo pienso, al final va a ser verdad que es un experimento sociológico en toda regla. Sólo que los sujetos que han de ser objeto de estudio no están delante de las cámaras: están frente al televisor.
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