Recuerdo estas mismas fechas en mi infancia. Otros tiempos, otras formas. Otros sentimientos, quizá. Días antes comenzaba a preparar la estrategia. Mi cabeza buscaba y rebuscaba las palabras más hermosas que mis once, doce añitos eran capaces de elaborar. Las pensaba, les daba la vuelta, terminando irremediablemente en el sempiterno aire becqueriano. Después, las escribía en un papel cuadriculado, torpemente desgarrado del canutillo. Uno a uno arrancaba los flecos, llevándome siempre con ellos trocitos de papel. Cuando estaba todo más o menos bien –siempre fui un perfeccionista teórico, un oficial de los planteamientos estéticos, pero un peón de sus ejecuciones- lo doblaba con cuidado, lo desdoblaba y lo volvía a doblar, porque nunca acababan de quedar los pliegues de forma que ninguna esquina sobresaliera respecto de las demás. Al fin, guardaba tan valiosa misiva en el bolsillo de mi abrigo, esperando el día. Lo tocaba una y otra vez. Sí, seguía ahí. No quería llevarme sorpresas de última hora. Finalmente llegaba la ansiada mañana. Mi corazón se aceleraba conforme se acercaban las once, anhelando un timbre que no acababa de anunciar el recreo. Paciente, aguardaba sentado en mi pupitre, hasta que la clase se vaciaba. Entonces, como un delincuente del amor, miraba a un lado y a otro, aguantando la emoción. Tras unos minutos paralizado, conseguía liberarme de los nervios que me ataban a la silla. Un movimiento felino me ponía en pie de un salto, llevando por delante mi tablero y el inevitable moratón en los muslos. No importaba. La adrenalina del momento impedía cualquier sensación de dolor. Hiperventilando, llegaba a su mesa, levantaba rápidamente la tapa del cajón, y en él dejaba mi torpe declaración anónima, parte de mi vida y mis ingenuas esperanzas de un futuro de amor tan imposible como inocente. Los veinte minutos posteriores se hacían eternos. Deambulaba por el patio, los pasillos, las escaleras, impaciente por volver al aula. Fíjate tú, lo que son las cosas… De vuelta a mi sitio, mis ojos se clavaban en su espalda, en su nuca, intentando anticiparme a su reacción cuando descubriera tan minúsculo fragmento de alma plasmada temblorosa en dos lineas de folio a doble espacio. Lo leería. Se emocionaría. Giraría su cabeza buscando a su misterioso Romeo. Entonces sus ojos se fijarían en mí, brillantes, enormes. Sabría que había sido yo. Sus hipnóticos labios sonreirían ampliamente, a cámara lenta, dejando entrever unos perfectos y simpáticos dientes nacarados, que se ocultarían por un momento bajo su boca, mientras lanzaba un beso al aire que me atravesaría dulcemente el pecho… Pero la película nunca seguía mi guión. Ella tardaba, tardaba mucho. Tardaba una eternidad en descubrir una nota que miraba con desapego. Entonces la abría en décimas de segundo, y con la misma rapidez hacía una bola con ella y la tiraba al suelo, cayendo justo, justo, allí donde se encontraban los pedacitos de mi corazón. Qué injusto, amor.
Afortunadamente la cosa cambió en mi adolescencia –tardía- y mi juventud. Aquellos desengaños dejaron lugar a tiempos felices. Daba igual quien fuera mi pareja. Ese día siempre había una carta en mi buzón, con una de aquellas horteras felicitaciones con frases hechas y fotografías de parejas entre flores formando un corazón, atardeceres en el parque o puestas de sol en el mar. Postales que, por supuesto, yo también mandaba, o entregaba en mano, dependiendo de lo conveniente de una u otra forma de recepción. Muchos corazoncitos colgaron de mi cuello. De plata, de oro, de latón… Me acostumbré a llevarlos. Ahora los echo de menos. Igual que los paseos bajo el frío, por parques, bosques, jardines. No importaba. Nos sentíamos tan especiales ese día… Era Nuestro día. Podrían quebrarse los dedos congelados bajo los guantes de lana: la mano entrelazada de la otra parte anulaba el dolor. Rosas rojas, blancas, violetas… Un bolígrafo, una cajita de Mon Cherie compartida, la gargantilla plateada o –cómo me gustaban- las agenditas de Busquets, los ositos diminutos sentados en un balancín… Y los besos. Los dulces besos. Nunca sabían mejor que ese día. Nunca sonaba tan bien un “Te quiero”. Tempus fugit…sicut nubes, quasi naves, velut umbra.
Conozco a mucha gente que reniega de las fechas señaladas. Navidad, Día del Padre, de la Madre, San Valentín… Dicen que son imposiciones de la sociedad, inventos de los grandes almacenes para provocar el consumismo. Que tienen todo el año para demostrar el afecto y el amor que sienten por los demás, sin necesidad de caer en los convencionalismos que marca Occidente. Y seguramente tengan razón. No podemos, no debemos guardar nuestros sentimientos. Si todos fuéramos capaces de decir “Te quiero”, si consiguiéramos manifestarlo con hechos además de con palabras, el mundo sería, sin ninguna duda, un lugar mucho mejor. Pero somos imperfectos. Somos cobardes, egoístas, vanidosos, orgullosos. Somos tercos. Prepotentes. Miedosos. Humanos. Hemos de asumirlo. Si queremos que nuestras limitaciones, nuestros defectos relacionales no nos aíslen, no destrocen nuestras parejas, nuestras familias, nuestras amistades… necesitamos ayuda. Necesitamos que nos saquen de nuestro ostracismo sentimental. Que nos recuerden que queremos, que amamos, que sufrimos. Que debemos recordarle al otro que le queremos, que le amamos, que sufrimos por él. Y estos días, estas celebraciones, por muy anglosajonas, comerciales, artificiales que sean, son una estupenda forma de hacerlo. ¿Hay algo más hermoso que un regalo sincero? Sí: un regalo sincero fuera de fecha, en cualquier momento. Pero volvemos al planteamiento inicial. Si no somos capaces de ello… ¿por qué no hacerlo en Navidad? ¿En el día del Padre? ¿De la Madre? ¿En el cumpleaños? ¿Por qué no en un día que conmemora por excelencia el Amor? Bien, no sucumbamos a las artimañas publicitarias de los grandes almacenes. No gastemos dinero. No compremos regalos. Si yo tuviera a quién, me acercaría a un jardín y cortaría una rosa, una margarita, una florecilla silvestre. O mejor aún: arrancaría una hoja de papel cuadriculado, a doble espacio. La reduciría a tamaño cuartilla. Escribiría en ella torpemente, con letra temblorosa, dos sencillas palabras. La doblaría una y otra vez hasta que no sobresaliese ninguna esquina respecto de las demás. Y la metería en el bolsillo de su abrigo, mientras mis dedos se entrelazaban con los suyos, mientras le regalaba un dulce beso…
Hay veces que el amor surge de la manera menos esperada. Incluso renegando de él. Hay ocasiones que dos personas, dos adultos, desengañados, deciden compartir y disfrutar de lo mejor de una pareja, sin las ataduras del compromiso, de la convivencia, que a menudo terminan por ahogar… y matar. Sé de lo que hablo. De lo primero y de lo segundo. Soy afortunado por haber disfrutado de una relación de este tipo. Y, contrariamente a lo que se puede pensar, puede ser una experiencia preciosa. Presuntos Implicados se adelantó hace años a mi vivencia, marcando una a una las pautas de lo que sería su principio, desarrollo y final. De una u otra forma, fue una historia de amor. Sentid la música, disfrutad de la cálida voz de Sole Giménez, y escuchad muy atentamente su letra.
http://www.youtube.com/watch?v=iLUJfeR-80I&playnext=1&list=PLA17FA17FF9B1120D
Feliz 14 de Febrero.
Totalmente de acuerdo contigo. Balby
ResponderEliminarClaro que si... claro que si. Mucha suerte, Balby.
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