Como de costumbre, mi pequeña tribuna al borde de la nada ha de servir para sacar de dentro todo el barro, fango, lodazal. Porque puedo vivir con la tristeza; estoy acostumbrado al sufrimiento; la indiferencia es buen remedio subsidiario. Pero no puedo, no quiero, no permitiré que anide en mí la ira. Así que venga, abriendo las ventanas para que salga el olor y no se quede en las paredes de mi alma.
Estoy de mala hostia. De muy mala hostia. Cuando el sinsentido en el que se traducea veces la existencia se convierte en burla bufonesca hay que decir: ¡basta! Y yo lo digo: ¡basta! ¡¡basta!! ¡¡¡ BASTA!!! No tengo vocación de santo. Ni mucho menos de martir. No soy tan buen cristiano para poner una y otra vez la otra mejilla. Me sangran. Y luego no curan. Afean el rostro. Deforman la imagen sin necesidad de espejos cóncavos ni convexos. Burro apaleao. Puta y cama gratis. Basta. ¡Basta!.
Mi cartero no tiene que devolver cartas porque nadie que yo no quiera tiene mi dirección. Y seguirá siendo así. Por siempre.
Soy yo. Sigo siendo yo. Vuelvo a ser yo. Aquí estoy. Aquí me tienes. Ven por mí. Te espero, si tienes agallas. He vuelto. Y nadie va a derrotarme. Sólo la muerte. Pero eso... no será ahora.