22 diciembre 2024

22 de diciembre










Me desperté ilusionado de hacerlo y todo lo contrario. Fuera, un frío helador. Dentro, no mucho menos. Las mantas hasta las orejas sólo dejaban fuera la nariz, roja quebradiza y carambótica. Las orejas, poco menos. Enseguida llegó a mí una tonadilla que me recordó qué día era hoy.

Salté de la cama, me puse la bata y desaliñado me dirigí corriendo hacia la cocina. En el camino pude escuchar el soniquete perfectamente armónico de los niños de San Ildefonso cantando cifras y cantidades por la radio en un ritual ancestral que me recordaba que, oficialmente, había comenzado la Navidad. Y, con ella, las vacaciones.

El olor del chocolate con churros recién calentado acabó por alegrar mi día. Me abracé a las faldas de mi madre, como tantas veces, durante tanto tiempo. ¿Nos ha tocado algo? Por ahora nada, hijo. A ver mañana la pedrea. Después de desayunar, con mantita sobre la bata sobre el pijama sobre la ropa interior -y calcetines- me senté en el tresillo del salón para ver el sorteo en directo. El blanco y negro del televisor devolvía la imagen de dos niños cantando perfectamente sincronizados y en un escrupuloso e igualado tono ambos tanto números como importes, bajo la atenta mirada del jefe de mesa comprobando a la par unos y otros, impertérrito, rictus severo y amenazante. Todo tenía que salir a la perfección. Cuarenta mil trescieeentooos veinticuaaaatrooooo. Ciento veinticinco miiiiiil peseetaaaas. Los radiadores comenzaban a dar calor. Independientemente de ellos, y aún en su ausencia, la casa me parecía cálida, algo que con el tiempo llegué a identificar con el entrañable calor de hogar.

Más tarde llegaría mi padre de trabajar. Qué, ¿nos ha tocado algo? Por ahora no. Mañana compraría el periódico y en un meticuloso trabajo me pondría a buscar todos los números en las cinco o seis páginas centrales. Primero las cinco cifras de cada uno, luego las cuatro últimas, las tres, las dos y la terminación. Yo les decía que no hacía falta, que con mirar los cinco dígitos era suficiente, pero míralo de todas formas. Por si acaso se te ha pasado. ¿Qué, nada? Poca cosa. Era en ese momento cuando, como un espía del cariño, guiñándome el ojo, me pasaba extraoficialmente a espaldas de mi madre un par de décimos, que había comprado de extrangis para ver si nos llevábamos una sorpresa. Al rato llegaría mi madre. Qué, ¿Nos ha tocado algo? Por ahora no. En ese momento, como una espía del cariño, guiñándome el ojo, me pasaba extraoficialmente a espaldas de mi padre un par de décimos que había comprado de extrangis para ver si nos llevábamos una sorpresa.

Después de la lotería llegaría el árbol, el belén, el bendito aroma a cordero al horno con patatas, limón y cebolla y Scrooge y su larga nariz quejándose porque los niños le salpicaban de nieve con el trineo...

Me desperté, con poca ilusión y menos ganas. Esperaba que la pastilla me hubiera ayudado a dormir hasta la hora de comer, pero no. Eran poco más de las nueve de la mañana. Fuera hacía un frío helador. Dentro, mucho menos.

Salí desganado de la cama. Me puse el pijama, me aseé y baje a la cocina. No estaba mi madre. Allí no olía a nada. Sólo estaba la cena del día anterior en el fregadero. Me preparé un escueto colacao y unas tostaditas con mantequilla. Un día es un día. 

Conecté la calefacción. Puse la radio un momento y después la tele. Hasta mí llegó una tonada conocida, pero distinta. Un niño y una niña cantaban desafinados números y premios. Cada uno en su tono, y a veces ni siquiera. Al menos podían haberse trabajado una armonía. Pero no. Por aquello de la integración, la diversidad y respetar a cada uno, supongo. Que cada cual lo haga en un tono, no siendo que nos acusen de algo antiwoque. Tampoco, por supuesto,  eran dos niños. Eran niño y niña, o dos niñas. Por supuesto, también, la mayor parte de las veces con un negrito, cuando no dos. Por aquello de la integración, la diversidad y blablablá. Curiosamente no vi ningún gitano. Se les habrá pasado.

Mi padre no llegó después. No llegó nadie. El silencio, aparte del esperpento enarmónico, era abrumador. Luego, por supuesto, hablaría con ellos por teléfono. Quizá les fuera a ver. Pero ya nada es igual este día. Ninguno. El calor de hogar se ha sustituido por calor de calefacción, que abriga mucho menos. Los millones de led transmiten mucho menos que las bombillas de aquel televisor en blanco y negro. Y caca vez me da más pereza poner el mega Belén. Los villancicos no hacen sonreír, sino llorar. 

Afortunadamente todavía quedan comidas y cenas, faldas y billetes de extrangis. ¿Hasta cuando? 

La casa está vacía. Y eso no lo llena nadie.

Feliz Navidad.


27 noviembre 2024

Vuelvo a ti

 








Hoy vuelvo, por fin, a mi refugio natural. Natural. 

Hoy, tras años de ausencia, respiro por fin. Aire limpio. Y mi interior se expande en el momento. Una sonrisa -¿dónde estabas?- aflora en leve mueca. El ruido de la tierra bajo mis pies. El olor a lluvia en mis zapatos. El cielo cubierto de nubes que despeja en extraña paradoja la tormenta de mi mente.

Algo mágico tiene este rincón, que cura con su simplicidad lo más complejo. Piedra, verde, aire. Lluvia. Elementos suficientes para sanar, siquiera un momento. Sanar. Vivir con lo mínimo, vivir con lo máximo. Todo es uno. Lo demás, la nada. 

Brisa de otoño. Olor a madera quemada impregnada en la ropa, por fuera y dentro. Dentro.

El húmedo frío avisa la llegada de diciembre. Del invierno. Y con él, los recuerdos de otra vida. Paseos por el monte. Las piedras de respaldo. Chimenea y calcetines. Caminatas y chirucas. Cazadoras celestes y gorros a juego. Partidas y verdes tapetes como mantas. Sonrisas y cariños, ilusiones y futuros. Arroyos y muretes, cascadas y charquitos. Los perros del ganado avisando. Tal vez advirtiendo. ¿Qué fue de lo que fuimos? ¿De lo que deseábamos ser? ¿De los planes y deseos? Dulces y abrazos, abrazos dulces. Palabras y cuentos al crepitar de la lumbre, fotos con aroma añejo. Recuerdos. De otras vidas. Pegados en el fondo de la retina como el cuadro de Klimt a la pared.

Volveré a ti, no lo dudes. Espérame con tu armónico silencio. Con tu dosis de vida en frasquitos herméticos. Algún día volveré. Algún día me quedaré, contigo. Y esperaré mansamente la llegada de las sombras mientras en el fondo de mi retina vuelvo a ver lo que fui, lo que fue. Mientras aflora en mí una leve mueca. Algo parecido a una sonrisa.

26 septiembre 2024

A veces








Sí. 

Como tú.

A pesar de. 

Todavía. 

Para nada, sí.

A veces.

Fugaces rayos fotónicos en mi mente.

Simplemente.

Nada.

Para nada.

Pero a veces.

También.

Como tú.

Barros resecos de ríos profundos

Cuencas formadas, unas de tantas.

Nada.

Por nada.

Para nada.

Pero a veces.

Como tú.

Cómo tú.

También.

Ecos ancestrales de voces extinguidas

Hace milenios 

Que cruzan los surcos

Hemisféricos.

Para nada.

Pero ahí.

A veces.

También 

Yo.

Cómo tú.

Arrugas profundas en la piel

Que muestran simplemente 

La vida.

Vivida.

Vívida.

Nos han hecho como somos

Lo que somos.

A pesar de

La mirada baja

Los ojos que giran

Negando.

Despreciando e intentando borrar 

Lo que creímos 

Que fuimos.

Qué fuimos.

Pero 

Todavía.

Yo.

Cómo tú.

También.

Vuelve la cara 

Como siempre.

Como si nunca hubieras sentido.

Nada.

Como si nunca hubiéramos sido.

Nada.

Y sigue pensando en mí 

Sigue leyendo 

Mis diatribas.

Ya ni duele

Aunque duele

Pero ya no.

Incongruencia es tu nombre.

Orgullo tu apellido.

Dime tú tu descripción.

Y así sigue la vida 

Mientras finges felicidad

Fidelidad

Ante todos.

Ante ti.



23 mayo 2024

Pasar

 












Hoy la vi pasar

Algo instintivo me hizo mirar hacia delante, a la izquierda, como una llamada atávica, ancestral. Mera casualidad. Seguro. 

Hoy la vi pasar.
El sol de media tarde se reflejaba en su pelo rizado -creo-  ondeando con cada zancada corta y firme. Tal cual.

Hoy la vi pasar.
El color del atardecer se ha quedado perenne en su pelo, metáfora donde las haya. En esos escasos dos segundos recordé todos los atardeceres que no pudimos vivir. Y me arrastró un deseo incontrolable y controlado de vivir un nuevo atardecer. Hubiera sido bonito. Un dulce regalo dulce. Tonterías, en fin. Tanto hace ya...

Hoy la vi pasar.
Dos segundos apenas. El destino -que tanto le gusta- no quiso que volviera la vista. Atrás. Así debe ser. El destino. Así es. Así fue.

Hoy la vi pasar. La vi. Pasar.

26 febrero 2024

HENKO

Es difícil.

Atrás, una vida entera, una inmensa gama de grises multitonales. Por delante, sólo nubes de tormenta, claroscuros de intensos contrastes, en los que la luz apenas se ve dibujada entre los delgados filamentos de amenazantes nimbostratos cargados de lluvia. Ácida.

Abajo, el vacío. La nada.

Da vértigo. Saltar. La negritud de la caída atrae como un agujero negro supermasivo. No habrá marcha atrás. Y no sabes si al final de esa espiral cósmica espera la nada o, tal vez, recreando una mínima, fútil esperanza, te encuentres con toda la luz que esa gigantesca estrella (muerta) ha ido absorbiendo haciendo creer que no hay futuro. Otra dimensión. El paraíso, quizás. La paz, en definitiva.

Unas veces el miedo, otras la inseguridad, siempre la hiper, autodestructiva responsabilidad que me mantiene atado al sitio, a esa incofortable zona de falso confort, que no es otra cosa que cobardía, servilismo, conformismo. Ese lugar en el que traicionas a tu yo del pasado, a tu niño de la infancia. En el que dejas de pensar en ti mismo para pensar siempre en el bien común, ese que -paradójicamente- nunca te incluye.

Y aquí estoy, ahora. Con la no siempre firme convicción de dar el salto hacia el abismo, de vencer el vértigo que a ratos se impone al descanso que da la serenidad de quien por fin sabe lo que debe. Hacer.

A veces la vida te golpea fuerte, te empuja hacia adelante. Te sacude y zarandea por medios siempre feos. Sucios. Desagradables. No muy diferentes a tantos otros. Pero un día, uno de ellos aprieta la escondida tecla del timbre interior. Te despierta. Y sientes que algo en tu cabeza hace "clic". Y entiendes, justo en ese momento, que todo ha cambiado. Que algo en tu interior se ha transformado; que nunca volverá a ser igual. Que no hay retorno.

Y aquí estoy, ahora. Delante del horizonte de sucesos, sin posibilidad de volver sobre mis pasos. Sintiendo mis miembros, mi cerebro, mi alma completa alargándose inexorable hacia ese vacío cósmico tan lleno de misterio.

No sé lo que hay al otro lado. Pero sé lo que hay en este. Y no me gusta. Así que, por una vez en veinte años, voy a mirar por mí. Voy a ser completamente fiel a mis principios. Quizá me equivoque, mas no me arrepentiré. Puede que muera, o tal vez me espere, en esa nueva cuarta dimensión, la felicidad. La paz.

Salto.


01 enero 2024

J'ACCUSE!



Yo Acuso:

Acuso a todos esos políticos sin escrúpulos, que no tienen palabra ni dignidad, que venden su integridad por un puñado de votos que les permitan seguir agarrados a su escaño y cobrando de los impuestos de todos a cambio de pervertir los ideales por los que todos aquellos que depositaron su confianza en ellos les votaron. Miserables mentirosos, enfermos ególatras, megalómanos maquiavélicos que venden a su madre si con ello pueden seguir ejerciendo un poder que muchos de vosotros, estúpidamente, le habéis otorgado.

Acuso a aquellos empresarios con ínfulas de grandeza, cuyo único mérito ha sido llegar relativamente alto por el camino corto, haciendo trampas, robando, estafando, defraudando en todos los sentidos del término. Gente pequeña que se cree grande porque tratan a sus empleados como máquinas. Peor aún: como insignificantes piezas de una maquinaria de la cual hay tantos repuestos como quieran, aunque les cuesten mucho más caros, de un modo u otro. Pequeños mafiosos, personas tan insignificantes que sólo tienen dinero, sin un gramo de cultura, integridad o bondad. Gente que menosprecia y subestima al resto, y a menudo se lleva ingratas sorpresas. La soberbia siempre se termina pagando.

Acuso a aquella gente que se prostituye, física y emocionalmente, a cambio de un bienestar tan vacuo como inestable. A aquellas que venden su cuerpo y su alma  por una seguridad que nunca acaban de tener, al lado de alguien que nunca acaban de querer y haciendo aquello que hace mucho que no quieren hacer. Prostitutas del sexo y del corazón, que engañan y se autoengañan, sabiendo que nunca serán felices, por mucho dinero que crean tener, y nunca harán felices al otro, por mucha apariencia que le quieran brindar.

Acuso a todos aquellos que alguna vez hemos traicionado nuestros principios, aún amparados en la consecución de altos ideales y de los más nobles objetivos. A aquellos que dijimos que nunca lo haríamos, y terminamos haciéndolo, y por supuesto perdiendo. Y, con ello, perjudicando y haciendo sufrir a quien no lo merecía. Me acuso a mi.

Acuso... al ser humano. A su precio.