Esta tarde estaba haciendo una reparación casera.Utilicé un juego de
imanes para facilitar el cierre automático de una puerta. Uno de ellos
quedó mal colocado, pegado ligeramente desplazado del lugar en el que
debía fijarse. Para conseguir quitarlo, tuve que utilizar un
destornillador plano como palanca. Así conseguí despegarlo, pero con
efectos secundarios: el imán, grande pero fino, se rompió en dos. Aunque
los trozos eran similares, no hubo manera de volver a juntarlos. Un
imán cuyos polos positivo y negativo estaban en plena armonía y
estabilidad, se convirtió en dos cuya polaridad interna les impide
volver a unirse.

Lo mismo
ocurre con dos corazones que fueron uno. Cuando la pareja se rompe de
verdad, la unión perfecta, piel con piel, abrazados, estables, sin
fisuras... es imposible. Condenados a estar desunidos, por más cerca que
estén o quieran estar, y por más que lo intenten.