Pienso en esas pocas decenas de hombres y mujeres enviados a
una madriguera de lobos a luchar por la libertad y bienestar de un pueblo que
parece odiarles; pienso en esas pocas decenas de hombres y mujeres temblando de
miedo y dolor, saliendo por tercera noche de un furgón que más parece un ataúd
rodante, mientras les reciben con una lluvia de rencor, resentimiento, hedor y
muerte. Pienso en ellos, en lo que pensarán en esos momentos. En cómo se
sentirán sabiendo que enfrente, detrás, a los lados, tienen a seres –no me atrevo
a llamarles humanos- a los que no les importa no ya hacerles daño, sino
matarles por nada. Por nada. No hay ideales, utopías que se defiendan así, que
lo justifique. Nada. Por nada. Pienso en ellos, en lo que pensarán en esos
momentos en los que los suyos, los de arriba, los del sillón de piel, los de la
cena en restaurante de lujo, les mandan a una muerte más que posible y les
impiden siquiera defenderse, amparándose en una “justa proporcionalidad” que
significa, en la práctica, dejarse masacrar y, mientras te queman, acuchillan o
apedrean, mientras te apalean entre diez, defenderte únicamente dando golpes
con la porra por debajo de la cintura para no hacerles demasiado daño. Pienso
en ellos, en lo que pensarán de este país, de esta ley, de esta política, de
estos políticos que les ordenan defender hasta a quien les mata, y no tienen
quién les defienda a ellos.
Mi fiebre crece. Mi cuerpo se descompone, cada vez más,
abrazado por un desasosiego infinito. Sólo espero dormir. Dormir, despertar y
descubrir que todo ha sido una alucinación producto de mi estado febril y
delirante. No quiero un mundo así. No quiero un país así. No quiero un futuro
así. Homo homini lupus. Ya quisiéramos ser lobos… Ya quisiéramos…