Volver a casa, emocional, física, mentalmente derrotado. Dejar pasar el tiempo con la cabeza en blanco para no errar pensando en lo que se ha convertido el día a día, año a año, muerte a muerte. Ciento veinte horas perdidas de mi vida deseando que llegue el fin de semana para vegetar, procurando de nuevo... no pensar. Acostarse el domingo con el alma por los sueños sin ánimo para afrontar el desperdicio de otras ciento veinte horas de mi vida tiradas a la basura. No quedan tantas. Afortunadamente, el fin de semana es distinto. Las escasas treinta y tres horas con ellos me hacen sentir vivo, por primera vez en catorce días. Con las pilas recargadas afronto otros catorce de anodina languidez existencial, mientras me pregunto si esta vez llegaré a fin de mes; si esta vez llegará el fin de mes...
La insulsa rutina, el vacío sin futuro en que se ha convertido mi paso por este plano planísimo, puede ser aún peor. Puede convertirse en un tormento si libero la mente de la jaula gaseada en la que voluntariamente la he encerrado. Puede llegar a ser una lucha despiadada contra un precipicio de riscos puntiagudos y rocas resbaladizas, frente al cual sólo puedo desmembrarme por dentro y fuera.
La clave de la subsistencia, del progreso de las especies, es la adaptación. No dejo de pensar, ni de luchar, ni de sentir ante todo lo que me toca y atraviesa. Pero no dejo que me torture, que me mate, que me reviente e implosione. Controlo mi mente, me muestro frío, distante, impertérrito. No permito que me haga daño, no demasiado. Y cuando surja la oportunidad, saltaré a la yugular de la vida, y beberé su sangre, hálito basal cuya ausencia he aprendido a sobrellevar.
Vuelvo a mirarme al espejo. No sé quién eres, extraño aséptico. Indolente. Pasivo luchador estratega. No eres yo. No me gustas. No soporto tu inteligente táctica de supervivencia. Por eso a veces, cuando nadie me ve, mientras me miro en ese cóncavo espejo valleinclanesco, me pongo la peluca; cojo mis pinturas y me maquillo la cara de blanco, las ojeras y voceras de negro. La mirada y la sonrisa, entre melancólicas y perversas. Me calzo mis botas y me tapo los rotos de mi camiseta negra con cinta aislante. Y salgo a la calle a pasear mi yo reprimido. Y siento, hasta doler. Y sufro, hasta disfrutar. Y grito, hasta enmudecer. Y lloro, hasta reir. Y, por el camino, mis balas atraviesan a todo miserable que se cruza en mi camino, hasta terminar reventando mi propia sien. Nevermore.
Un día mas me levanto con desgana, tras acostarme... vivo.