10 noviembre 2010

All Saints Show

La cosa empieza una semana antes. Un movimiento inusual de gente en el lugar más solitario de la ciudad con cubos y balletas, jarrones de plástico y flores, muchas de ellas artificiales, indica que el 01 de noviembre está a punto de llegar. Compradores regateando con los floristas a la puerta son elementos indispensables de un paisaje castizo que se vuelve grotesco y lúgubre por momentos la noche del 31 de octubre. La muerte es un negocio y un espectáculo. Madres disfrazadas llevando de la mano a rastras a sus hijos sin disfrazar; fiestas, “todoacienes” y televisiones trivializando uno de los momentos más traumáticos para el ser humano. No ya de los que se van, que lo es en sentido físico, sino de los que se quedan. Si queremos asustarnos realmente, no tenemos que esperar el chillido de una manada de niños proclamando a voz en grito aquello de “Truco o trato!”, sin saber siquiera de qué están hablando; si no, el próximo año, responded: mmm… vale: Trato! Veréis qué cara de circunstancias se les queda a los pobres. No. Simplemente basta con acercarse por el Camposanto a eso de las doce de la noche. Aquello sí que impresiona. La parafernalia propia de los gitanos hace que el recinto se encuentre tenebrosamente iluminado en la oscuridad por el titilar de cientos de velones rojos. Si esto no les ha impresionado, esperen a que se cruce en el camino de tan tenue luz un gato, o un murciélago, por ejemplo. La fugaz sombra repentina en un lugar cerrado a cal y canto en tan significativa noche estremece al más pintado.

Y al final llega el día. Todos vestidos de domingo, con la esperanza de que haga buen tiempo, para la preceptiva visita anual al cementerio. Decenas de autobuses que vienen y van dejando y recogiendo gente, algunos cariacontecidos, otros impávidos; los más, con una expresión que dice: “venga, a ver si acaba pronto y me voy, que hoy tengo comida familiar”. Cientos de coches en cientos de metros a la redonda, apilados de forma tal que pareciera la disposición táctica consecuente y consecuencia de una riada en la ciudad. Risas, conversaciones vociferantes que en su mayoría versan sobre cualquier cosa menos sobre el motivo por el cual supuestamente estamos allí. Algo que tiene su preestreno el mismo día de la muerte, en el tanatorio. Un acto, el del “velatorio”, del que, de no ser por las caras de los allegados, hijos, viudos/as, cualquiera pensaría que se está celebrando una fiesta del reencuentro. “Hombre, qué tal, cuanto tiempo!”; “Pues aquí, ya ves”; “Siempre nos encontramos en estos sitios”; “Sí, hay que joderse, qué putada, tan joven/majo/buena gente”; “Recién jubilado y ya ves”; “Si es que no somos nada”… Efectivamente, no lo somos. Algunos menos. A partir de ese momento y de los obligados besos a la familia directa, comienza otra retahíla de tópicos en voz alta: “Qué es de tu vida”; “Joder, si sigues igual”; “Y qué fue de menganito”; “Te acuerdas de…”… En fin. Hasta chistes he oído. Detesto los velatorios. Los detesto, porque todavía soy ingenuo y creo en el significado de tal palabra: acto de velar. Velar al muerto. Acompañar al ser querido. Poco quiere quien asiste a ese momento y se comporta como quien sostiene una copa en una discoteca. Quien acude cínicamente, por protocolo, importándole un bledo el difunto y/o su familia. Quien se sienta en una silla y se pasa cinco horas forzando a conversar a quien lo único que quiere es estar solo, o con sus hijos o sus padres o pareja, y en definitiva con el cuerpo de esa persona a la que quiso y no volverá a ver, a tocar, a sentir. Cuando sea protagonista de mi muerte, dejaré una orden bien clara escrita en un cartel: “reservado el derecho de admisión”.

Exactamente lo mismo pasa el día de los Santos, con un agravante: en este caso no se trata de quedar bien ante los demás; lo que pretendemos es lavar nuestra imagen ante nosotros mismos. Así, limpiamos lápidas, compramos claveles y nos echamos colonia. Rezamos una oración –algunos- ante la tumba del finado y hala, pa casa. Y con eso engañamos a nuestra conciencia, contándole la milonga de que nos acordamos de los que ya no están, de que los tenemos presentes y lo demostramos de esta manera. A mucha gente le valdrá, porque el ser humano debe sobrevivir a su propia mezquindad y bajeza, y para eso educa a su mente para que el jodido Pepito Grillo cante cada vez más bajito y duerma la mayor parte del día. Porque castigarse a uno mismo no es vida… y obrar y sentir correcta y coherentemente, mucho menos aún. Como me dijo alguien una vez: por qué me voy a hacer esa putada a mí mismo? Sobran las palabras…

Este año estamos contentos. No nos han robado las flores. Sí, sí, parece difícil de creer, pero hay gente cuyo concepto de honrar a sus muertos es realizarles una ofrenda floral fabricada con retales de claveles y margaritas robadas de otras tumbas. Y se quedan tan satisfechos, porque han cumplido. Su grillo, mientras, dándose un atracón alimenticio. Y claro, con la boca llena, es de lo más difícil entonar compás alguno. Efectivamente: la miseria moral de algunos no conoce medida. También está contenta mi madre. Por fin tiene su propia tumba. A mí me parece morboso, y francamente incómodo. Ella, un poco más que mi padre, está tranquila. Sabe que cuando ocurra –que será dentro de muchos años- no acabará en la tierra. Como si sus hijos fuéramos a permitirlo… Ciertamente, ser enterrado en sentido literal es desangelante. Ella dice que sólo de pensar en verse bajo las paladas de tierra le entra desasosiego. Yo le contesto que tranquila, que aunque así sucediera, no lo iba a ver. Pero no le convence. Ahora está feliz. Tiene una nueva casita. Yo le digo que le voy a pedir a los Reyes para ella unos bonitos visillos y algún que otro cuadrito. Sonríe. Es curioso hasta dónde se manifiesta el amor de los padres: ante su propia muerte, lo que más les desvela es que sus hijos no tengamos que preocuparnos de nada; que todo quede, como dijo el garbanzo, atado y bien atado.

No han parado hasta que he ido a verla. Y lo cierto es que, dejando a un lado la extraña sensación de ver a tus padres vivos ante su tumba, el lugar es tranquilo. Como todo el cementerio en general. Realmente es uno de los sitios en los que se respira más paz. Y estoy convencido de que es porque, precisamente allí, no hay ningún alma. Si la hubiera, aunque fuera de visita, habría vibraciones de todo tipo. Poca gente muere en paz, y el espíritu se queda durante un tiempo con esa última sensación. A mí me han pasado varias historias relacionadas con el mundo del espiritismo. Quizá algún día las cuente. Pero ahora viene a cuento una anécdota relativamente reciente. Hace unos tres años me encontraba paseando por una localidad cercana a mi ciudad. Se trata de un lugar entrañable, muy decimonónico: calles estrechas, faroles en las paredes, suelo empedrado, monumentos, iglesias: todo un casco antiguo. Ese día, sin embargo, mi mente no estaba pendiente de nada externo. Mis sentidos se hallaban centrados y situados en la persona que tenía al lado, y en lo que prometía el resto de la velada. De repente, una desagradable sensación me hizo parar en seco. Comencé a sentirme mal, inquieto. Mi corazón se aceleró, y mi respiración le acompañó como buena hermana. Dejé el objeto de mi mirada, y poco a poco, instintivamente,  comencé a elevar mi vista hacia la pared que tenía a mi derecha. Fui subiendo el target lentamente, hasta que mis ojos se toparon con un balcón con ventanal de madera. El cristal estaba roto. Enredado con sus restos puntiagudos y las celosías, se mecía ligeramente un pequeño trozo de plástico. Era un precinto. Un precinto de la guardia civil. Algo había pasado en esa casa, una tragedia, un hecho dramático. Y las vibraciones que sentí antes de localizar el lugar de los hechos, me decían que alguien, algo, estaba todavía allí. En el cementerio, sin embargo, nunca he sentido nada. Y cuántas historias habrá de accidentes, asesinatos, muertes a destiempo. Por ello pienso que las almas no habitan allí. Que están en otro lugar, no sé si el cielo, el infierno, el limbo o una “habitación de las almas”, como hablan algunos escritos antiguos. En lo que sí creo firmemente es en la trascendencia de esta puñetera vida. Si no, nada tendría sentido. Que toda nuestra vida, nuestra inteligencia, nuestras emociones y sentimientos, nuestro raciocinio, sea una simple consecuencia de la conjunción azarosa o evolutiva de conexiones nerviosas, me parece tan, tan triste… mucho más que la propia muerte. Mucho más. Algún día lo sabré. Lástima no poder contaroslo…