28 abril 2011

Dedicatoria

Soy un tipo moderado. Moderadamente moderado. He recibido palos en todas las partes de mi cuerpo –sí, en todas- y me han venido de todos lados. Como casi todo el mundo, supongo. Bueno, todos no. Hay gente que acapara la energía positiva del universo por alguna extraña razón. Y digo extraña, porque no hablamos del karma, precisamente. Si así fuera, deberían comer mierda seca como alimento principal. Y sin embargo, ahí van, tan dignos ellos, tan henchidos ellos, sacando pecho, mirando por encima de sus diminutos hombros, dejando que su pedantería y el globo aerostático de su panza les preceda. Son vampiros de la suerte, os lo digo yo. Existen. Creedme. El caso es que yo debo tener varias sanguijuelas pegadas a mi aura, porque no es normal. Ya me lo tomo con humor unas veces –como ahora- y con resignación y calma otras. Si es cierta la ley del equilibrio universal, cuando mi balanza por fin se estabilice tendrán que tocarme varias loterías seguidas, como al político aquél. Pero por ahora pintan bastos. Pues nada, a seguir dando, que tengo la espalda ancha y curtida.

Procuro desde hace bastante tiempo ser mesurado. Comedido en mi espontaneidad. Utilizo la fina ironía para decir todo aquello que pienso y puede no complacer. Me gusta. Utilizo este recurso como medio de supervivencia, como autocrítica también. Como forma de llevar los golpes con humor malicioso. Lo malo es que hay gente que se pierde. Si no les hablas con sus mismos códigos, si no empleas su vocabulario, pues no se enteran. Pobres… Las sutilezas les pasan desapercibidas. La elegancia no la asimilan. Y, por supuesto, la ironía la malinterpretan unas veces, y les ofende y reaccionan abruptamente otras. No importa, yo sigo a lo mío, diciendo las verdades –las mías, por supuesto- a mi manera, aguantando estoico el chaparrón. Pero mira, eso te da una imagen de estar por encima del bien y del mal que no es cierta. Somos humanos. Todos. Y tenemos derecho a tener debilidades, a perder los papeles, a hundirnos en el fango o a explotar de vez en cuando y liberar la frustración con palabras gruesas dichas en alta voz. ¿Por qué no? Somos humanos, repito. Así que, como tal, voy a permitirme una licencia, sin que sirva de precedente. Al menos, hasta dentro de mucho tiempo.

Hoy voy a dirigirme a aquellos que mienten (a los que lo hacen) ostentando el poder; a esos (a los que lo hacen) que ocultan las cifras, las manipulan, las maquillan; a los que  tratan a sus gobernados (a los que lo hacen) como a peleles o, peor aún, como a idiotas; a los que ofrecen un caramelo (a los que lo hacen) para engañar al hambre y, a continuación y a hurtadillas, te roban la cartera; a los que en época de crisis, (a los que lo hacen), en lugar de austeridad, despilfarran; a los que no saben entender ( a los que no saben) que un país, una región, una provincia es en el fondo una gran empresa en la que se ha de invertir para que pueda haber producción, en la que hay que contener el gasto y generar ingresos, y no al revés; ojo, ingresos derivados de la actividad, no de la usura a sus trabajadores; a esos que, en época de crisis, en lugar de ayudar a las empresas a mantenerse a flote –y no sólo a la banca-, se dedican a poner impedimentos para implantarse o, a las que ya están en actividad, a asfixiarlas buscando sacar dinero hasta debajo de las piedras, justo en el peor momento. De esto último no se habla, no sale en los medios de comunicación, ni en las ruedas de prensa. Pero muchos ERES que han sido y muchos que van a ser, tienen buena parte de su razón de ser en estas actuaciones. Defendamos la legalidad. Luchemos contra el fraude. Pero con cabeza, y oportunidad...

Hoy voy a dirigirme a los jefes y, especialmente, a los jefecillos. A los nuevos ricos o a los que sencillamente aspiran a serlo o aspiraban y se han quedado en el camino. A aquellos que gozan de poder, que son listos, no cabe duda, pero sin un ápice de cultura, y esto se nota. A los que tratan a sus trabajadores como herramientas de baratillo, que se utilizan al máximo sin contar con que tienen vida propia, a pesar de los miserables sueldos que se les pagan. A los que, cuando esa herramienta comienza a deteriorarse, o ya no es tan efectiva, o puntualmente se estropea, o sencillamente no gusta, la tiran a la basura sin mayores miramientos. A aquellos que, cuando se jubila un trabajador que lleva treinta años a su lado de sol a sol, no le dan ni una palmadita en la espalda, ni siquiera las gracias por los servicios prestados.

Hoy quiero dirigirme a la gente falsa, hipócrita, mentirosa. A aquellos que tienen no dos, ni tres, sino decenas de caras. A los que te sonríen de frente y te apuñalan por la espalda. A los falsos amigos. A los que critican por criticar. A aquellos que te ofrecen confianza únicamente para que les cuentes tu vida, e irla aireando por los mentideros suburbanos. A los que siempre quieren quedar bien con tooooodo el mundo, y lo consiguen, al menos durante un tiempo, pero a base, claro está, de no ser sinceros con nadie. A los que sólo te aceptan cuando dices lo que quieren escuchar, y no lo que sientes o piensas de verdad.

Hoy me dirijo a esos pocos jueces corruptos (a quienes lo sean), a esos pocos prevaricadores (ídem). A esos pocos que dictan sentencias arbitrarias. A esos cuantos que tardan años en resolver un tema y en el fallo (por eso debe llamarse así) se aprecia que no se han molestado en escuchar a las dos partes por igual. A esos pocos que, antes de dar audiencia a los implicados, ya tienen tomada una decisión de antemano. A esos pocos que son juez y, como decía Sabina… parte.

Me dirijo, por fin, a aquellas madres que se amparan en leyes injustas. A las que utilizan esas leyes para aprovechar la coyuntura y sacar tajada. A las que, ante problemas en la pareja, interponen denuncias falsas de malos tratos, pervirtiendo el espíritu de amparo de la ley al efecto, y traicionando a todas aquellas que sufren de verdad esta vergonzosa lacra. A los que dictan esas leyes que, automáticamente, ante ese hecho, imponen orden de alejamiento por seis meses al marido o pareja, (sufriendo este la desolación de tener que alejarse de su casa y de sus hijos sin motivo, y el estigma de maltratador que le perseguirá siempre) sin que previamente se dilucide si esa denuncia es auténtica o fraudulenta. A todas aquellas mujeres que utilizan a los hijos como arma para destruir moral y anímicamente a su ex -pareja, manipulandolos, coartando los derechos naturales y espirituales de padre e hijos, creando traumas en los pequeños de los cuales no se desprenderán en toda su vida. A las que, cuando el amor desaparece, rellenan ese hueco con odio, y hacen lo posible por destrozar la vida de quien un día la amó. A las que, finalmente, llevan a cabo esto mismo de forma sibilina, acogiéndose a la letra de la ley o la costumbre judicial, para alejar a los hijos de unos padres que, a menudo, son capaces de quedarse en la calle sin un duro, aguantar insultos y vejaciones, tragarse orgullo y dignidad, para pordiosear unas horas más con sus niños. Que estamos hablando de hijos, señoras! Estamos hablando de seres humanos con necesidades de afecto materno y paterno, con necesidades de influencia de ambos sexos, de enriquecerse con las enseñanzas y cariños iguales y distintos a la vez que cada uno puede y debe brindar a sus pequeños! Que hablamos de carne y sangre propios! Que no puede haber leyes injustas que impidan a los hombres, por el hecho de serlo, cumplir con sus obligaciones y disfrutar de sus derechos como PADRES, y a los hijos, disfrutar de sus derechos y necesidades como tales!!. Pero en qué mundo vivimos?? Que no son cosas, que no son un coche en común que lo utiliza uno unos días y otro unas horas, y que se cede casi como favor personal!! Que son pequeños SERES HUMANOS!! NIÑOS!!!! Por Dios…………

Podría dirigirme a mucha más gente, pero por hoy es suficiente. Y lo hago permitiéndome, por una vez, dedicarles un bonito y hermoso tema, simpático, en clave de humor…

Con todo mi amor y cariño, a todos –y únicamente- aquellos que puedan específicamente encuadrarse en los colectivos antes mencionados, os dedico esta canción.

F.U. Cee Lo Green
 
http://www.youtube.com/watch?v=JmnIDgbE7AE

Lo a gusto que me he quedado, por Dios....

24 abril 2011

Paraíso

Hoy he vuelto a mi paraíso particular. Un pequeño reducto de paz y belleza perdido en medio de la nada, a medio camino entre aquí y allá. Escondida en el interior de un valle entre montañas, poblada por escasamente treinta habitantes de media, esta reducida aldea, habitada en su momento por celtas, árabes y tribus varias, resiste como pocas al paso del tiempo y a la modernidad. Lugar de paso, no obstante, entre poblaciones de relativo peso en la zona, pocos se paran, y menos aún se quedan. Y así debe ser. Así espero que siga siendo. Egoísmo? Tal vez. Pero consciente de que, amén de mi propio beneficio, el anonimato y aislamiento en el que vive este rincón –otro- especial le confiere precisamente su cualidad y calidad. El paso del hombre arrasa con aquello que pisa. Por ello, la soledad poblacional que sufre y atesora a un tiempo, le preserva de la destrucción y vulgaridad, y le permite seguir siendo un pequeño pulmón, refugio de nostálgicos, sanatorio de enfermos de cuerpo y espíritu.

Hoy he vuelto al paraíso. Metódico, disciplinado, sigo las pautas de mi tratamiento curatorio. Me encierro en el refugio, al lado de la chimenea, a la leve luz de la escasa ventana, y en él permanezco horas trabajando, reposando, somnoliento, abstraído. La vida al desnudo, la comodidad reducida a los bienes estrictamente necesarios: fuego, luz, comida, asiento... La sociedad del “bienestar” nos manipula y engaña, haciéndonos creer que necesitamos cosas, cosas y más cosas. Hemos de tener un coche; luego otro mejor, más grande, más potente, más atractivo. Habemos de conseguir una casa en ficticia propiedad –son los señores del sombrero de copa y puro los auténticos propietarios, aunque en los papeles escritos figure nuestro nombre- y, no contentos con ello, tenemos que rellenarla de la manera más ortodoxa: sofá, tresillo, chaise-longue, varias mesas, televisiones panorámicas, cortinas, lámparas, lavavajillas, ¡secadoras!... nunca es suficiente. Si no tenemos el último electrodoméstico, la penúltima alfombra de diseño, la luz de pie tan modernilla, el canapé con colchón de látex, objetos decorativos informes y cuadros con motivos tribales, parece que no logramos el confort necesario. Aquí no necesito nada. Tan sólo lo indispensable para sobrevivir sin calamidades. Un valor añadido. Tras mi encierro voluntario, recorro el terreno adjunto. Admiro la paleta multicolor de los frutales –que nunca hacen honor- en flor. Me acerco, miro a través de esos pétalos que deberían dejar paso a peras, melocotones o manzanas, pero que, perezosos, se adormilan y mueren en el intento sin llegar nunca a meta. Me agacho para comprobar que los pinitos que planté siguen vivos, luchando por respirar entre las hierbas y hojas que asfixian sus raíces. Tranquilos… ahora os limpio. Sigo la ruta hacia el sembrado que mi padre se empeña en trabajar en duro y casi vano esfuerzo: si no hay agua, no hay vida, papá. No me quiere entender. No insisto. Ver los ajos florecientes, las lechugas que casi caminan ya, los surcos de las patatas o la pequeña plantación de guisantes, compensa que los rigores del verano reduzcan la singular cosecha a un 10%. Él es feliz así. Y la tierra se lo agradece. Armonía. Karma. Nada que objetar.

Siguiente etapa: el eterno paseo por el pueblo. Ansío disfrutar del silencio, tan sólo roto –bendita interrupción- por los sonidos del campo: animales, viento, hojas… y el ruido de mis pasos sobre la tierra. Cuando tengáis la cabeza a punto de estallar, cuando el estrés, las horas de trabajo, los problemas hagan que vuestro cerebro no pueda descansar, simplemente haced este ejercicio: dirigíos hacia cualquier camino de tierra y pasead. Centrad vuestra atención únicamente en vuestros pasos, en el sonido de vuestros pies sobre la arena, las piedras, el agua… Es algo hipnótico, mágico. El resto del mundo desaparece, y con él, por breves momentos, la retahíla de angustias diarias. Dedico un rato únicamente a ello. Después levanto la vista, y me dispongo a disfrutar de la auténtica virtud de éste lugar: el reencuentro con la esencia de la belleza, de la autenticidad. Una belleza que se encuentra justo en lo mínimo, en todo aquello que nos pasa desapercibido a diario, y que está ahí, a nuestro lado. En este caso, me rodea. La encuentro en esos tradicionales y arquetípicos muros de piedras apiladas, de tonos pardos, amarillentos, grises, que retrotraen a siglos atrás. En las casas del mismo material, que jalonan la gran mayoría del lugar. En las flores surgiendo en cualquier mínimo rincón, de cualquier esquina. En los mantras letárgicos de las golondrinas en sus largas conversaciones bis a bis. En el camino de tierra y cantos que lleva hacia el monte, repleto de arbustos, matorrales y –como se llaman aquí– escobas. En la visión sobrecogedora de las montañas rodeándote, de las nubes cubriéndolas, de los pinares eternos flanqueando el gélido río.

Hoy –como tantas otras veces- me acordé de ti. A pesar de tantos años disfrutando de este pequeñísimo paraíso, todavía sigo descubriendo lugares ocultos, casi vírgenes. Hoy me adentré en una de las zonas menos transitadas. Al lado mismo del pueblo, bajando hacia los pinos, hay un pequeño valle, un vergel que comienza a vivir en otoño y explota en primavera. Es de difícil acceso, pero merece la pena. Allá donde mires –y pises- hay riachuelos, manantiales, charcas, cascadas diminutas, cuyo sólo rumor constituye mejor terapia que cualquier dosis de tranquilizantes. Siguiendo la vereda, una vez vencido el desánimo que provoca la humedad en los pies, llego por fin a un lugar maravilloso. En mi cabeza suena un glorioso coro in crescendo acompañado de subyugante orquestación. Ante mi se muestra, en medio de un claro, bañado por intermitentes haces de luz, un lugar mágico: un arroyo de aguas quietas pero continuamente nutridas desde distintos flancos, poblado por una tupida alfombra de florecillas blancas sobresaliendo del agua; en medio de él, tres árboles que parecieran plantados por encargo; alrededor, en círculo abierto en su extremos, laderas de tierra verde; como banda sonora, el sonido de los cucos, golondrinas, pardillos y grillos, todos a la vez, pero cediéndose elegantemente el turno, sin apenas solaparse. Me siento sobre una piedra que parece colocada a propósito a modo de rústica silla, para disfrutar del momento. Cierro los ojos. Escucho aquella hermosa melodía natural. Respiro despacio, profundo. Mi mente descansa. Abro los ojos y vuelvo a sorprenderme con la increíble majestuosidad de semejante obra de arte de la naturaleza. Y me pregunto si habrá muchas personas que sean capaces de admirar ese lugar, de disfrutarlo como yo estoy haciendo. La conclusión es clara. Entre las pocas personas que me vienen a la cabeza estás tú. Es algo que nos unía. Un lenguaje común que compartíamos y nos hacía especiales el uno para el otro. Me gustaría enseñártelo algún día. Pero no podrá ser. Supongo. Mientras, sigo disfrutando de aquello que hace que este paraíso sea tan especial: el placer de reencontrarse con aquellas pequeñas cosas… en las cuales se encuentra la verdadera, la simple, la auténtica belleza. En definitiva, lo que hace que la vida, como tal, tenga sentido.

Vuelvo al refugio. Y me admiro, como siempre de la parsimonia de la gente del pueblo, de los pueblos. Es como si el tiempo corriera más lento para ellos. Los he conocido siempre así, con una edad indeterminada. Es como si hace cuarenta años hubieran sido ya jubilados. Cruzan la calle despacio, tranquilos. Se sientan en los poyos a ver pasar la vida, con la serenidad que da la paz, la ausencia de protocolo, de calendario. Beatus ille. Beatus ille…

05 abril 2011

Habrá de ser

No desaparece. Pasan las brumas, las nieblas, las lluvias. Llega la primavera, con ese tibio sol traicionero y juguetón, que se esconde y aparece a voluntad. Pasan los calores del verano ruidoso y fugaz , quemando las pieles y devolviéndonos por breves instantes la ficiticia ilusión de que la vida es ese paraíso soñado de exóticos vergeles, turgentes formas y placenteras caricias sonorizadas por el rumor de las olas, lejanas ya. Vuelven los colores vivaces, ocres, displicentes del otoño a bañarnos de nostalgia y vida y muerte en sintonía. Y regresan las brumas, las nieblas, las lluvias, los fríos. Yo sigo mirando por la ventana el paisaje de mi pequeño agujero en el mundo. Me veo de nuevo sentado al piano dejando, como ahora, que los dedos transmitan, sin previa orden, lo que el corazón manda a hurtadillas, no siendo que al tirano de allá arriba le de por pensar y termine echando por tierra el monólogo emocional. Y me vuelvo a ver sólo, oculto, escondido en mi sancta-sanctorum sin puertas ni escotillas.

Vuelve el pasado, los pasados. Recuerdos de otras épocas, de otras vidas. Tantas vivencias, tantas oportunidades aprovechadas, disfrutadas, exprimidas. Y a la vez tantos sueños desvanecidos,  posibilidades malogradas, historias imposibles. A veces creo que no es cierto, que he de haberme imaginado que hayan pasado tantas mujeres por mi vida, tantos labios susurrando metáforas en mi oído. Y que, sin embargo, tantas otras hayan podido ser y no hayan sido. De dónde saco tanto sentimiento? De dónde tanto amor? Y, siendo así, porqué continúa mi otro lado de la cama vacío? Hace muchos años alguien me dijo, a mis veintipocos, que cuando pensaba en mí y en mi futuro, me veía en un castillo... sólo. Joder con el oráculo.

Pasan las brumas, las nieblas, las lluvias. Llega la primavera, y sigo mirando por mi ventana. Me veo de nuevo sentado al piano, dejando, como ahora, que sin permiso ni previa orden, mis dedos hablen por mí. Que digan que sigo aquí, esperando,confiando, soñando. Soñando con una mujer vestida de blanco, en medio de un campo frondoso, con el pelo recogido, a la antigua usanza. Mirándome. Sonriendo. Tendiéndome su mano. Habrá de ser así. Quizá haya gastado el stock que la vida me tenía preparado. Habré de aceptarlo, pues. Siempre nos quedará París. Siempre los recuerdos. Vividos. Inventados. Qué más da...