No tengo dinero. Apenas bienes materiales, lo justo para ir tirando con un mínimo de dignidad y poder ofrecerle a mis hijos una infancia que recuerden en el tiempo como feliz y equilibrada en lo material. Así que como Regalo de Reyes, únicamente os puedo ofrecer mi gratitud por vuestras visitas, y un pequeño presente musical: el descubrimiento de un grupo reciente, fuera de los circuitos comerciales, que sorprende desde el principio hasta el final. Marcus Doo & The Secret Family: quedaos con este nombre y propagad la buena nueva de que en este país aún se hace música independiente de grandísima calidad, que aúna como base conceptual la sensibilidad y emotividad, hasta el punto de conmover y hacer vibrar algo ahí dentro, en la patata, como hacía tiempo. En la línea de Russian Red o Antony and the Johnsons, pero completamente distinto. Mezcla de culturas y cualidades, desde la escocesa a la estadounidense, pasando por la española, este grupo me hace recuperar la fe en la música moderna. Quizá algún día desaparezcan de los circuitos comerciales y vuelvan a sus orígenes (de los que aún no han acabado de salir) tocando en esquinas y baretos. Quizá de hecho sea lo adecuado. Mientras, si podéis, si habéis ahorrado quince o veinte eurillos, comprad su disco. O, mejor aún, si se dejan caer por vuestra ciudad, id a verles y escucharles. Merece la pena fomentar a gente así.
Este es mi regalo. Disfrutadlo... y Feliz Año a todos.
http://www.youtube.com/watch?v=53BlAk052Z8
Un espacio para mí, para escribir y, con ello, liberar mi alma en una catarsis de periodicidad aleatoria. Si, por casualidad, te encuentras con él... Bienvenid@
30 diciembre 2010
03 diciembre 2010
Banda Sonora (IV)
Cada año sucede lo mismo. Y van dieciséis… Con la llegada de los primeros fríos vuelven a mi los recuerdos de un gran amor. Otro más. Distinto, como todos. Especial, como pocos. Mientras la escarcha amorata mis dedos y amenaza con quebrar mi piel, mis pasos me llevan instintivamente a la salida de aquel instituto. Yo la esperaba semiescondido, impaciente por verla aparecer en el recreo con su coleta trenzada y el bocadillito de margarina y azucar envuelto diligentemente en papel albal. Paso rápidamente, mirando de reojo al interior, por si su figura se recortara entre las alumnas que hablan en corro con la carpeta forrada sobre sus pechos. O me sitúo en aquel viejo patio desde el que aguardaba la hora de la salida, con la vista fija en el interior, intentando sin esfuerzo dibujar su cuerpecito saliendo del hall. Yo tenía veintitrés. Ella, aún no había cumplido los dieciocho. No consigo localizar en mi memoria una piel tan delicada, una blancura decimonónica como aquella. Sus mejillas se sonrojaban tenue y dulcemente a cada palabra cariñosa, cada ironía picante, con cada doble sentido. Estaba continuamente sonrojada…
Cuando la descubrí yo me hallaba perdido. Después de mi traumática ruptura con P., mi interior se hallaba en ebullición. Sentimientos negativos, destructivos, invadían mi alma de veinteañero. Un peligroso abismo de desolación y tristeza me consumía, mientras la desesperanza iba acomodándose con pretensiones de permanencia. Y apareció ella. Sin darme cuenta. Caminando despacito, casi de puntillas. Un día me miró desde lejos, tímida y cabizbaja. Apenas noté su presencia. Cada nueva ocasión se iba acercando un poco más. Pero yo seguía sin percibirla. Una tarde tendió su mano. Agarró las mías y me miró. La miré. Nos miramos. Supe entonces que no podría olvidarla nunca. Y así ha sido. El nuestro fue un amor imposible, desde sus propios inicios. Pero, y quizá por ello, una de las más bellas historias de amor que he vivido. Yo era Romeo. Ella asomaba por el oriente con su vestido de época y su tez empolvada en aromático talco. El sol tibio de invierno que derrite el relente. El sol cálido de mayo, que acaricia las primeras pieles desnudas. Pero no podía ser. Yo era un Montesco, y sus padres, Capuletos de pro. El morbo añadido de lo prohibido fomentó aún más nuestro deseo, nuestra necesidad. Maestro de la vida, alumna del amor. Fortaleza y debilidad, experiencia e inocencia. Un explorador descubriendo nuevas especies, flores que explotaban a borbotones impregnando mi piel con su exótico y delicado olor. Qué bonito ser su llave secreta, su experto guía, su sumiso señor. Pasión, ternura, dedicación. Devoción, entrega, tragedia, dolor. Deseo. Amor. Sumisión.
Ella está superada, como no podía ser de otra manera. Me costó más de tres años, no obstante. Hace poco la ví. Hacía muchos años que no me la encontraba. Creo que no me vió. Yo a ella sí. A ella, o a lo que quedaba de ella. Me costó reconocerla, a pesar de conservar un cuerpo similar. Las personas no somos una sola. Somos prismas que, siendo en esencia el mismo cristal, reflejamos una luz distinta en cada momento, dependiendo del ángulo de visión, del ambiente, del emisor. Aquella persona por la que dimos la vida años ha, no es la misma ahora. Y nosotros tampoco. Cada sentimiento se debe a cada vivencia. Y estas suceden una sóla vez. Y caducan. Lo que pensamos, cómo nos sentimos cuando recordamos, ocurre precisamente por eso: por recordar. Y los recuerdos son pasados. Son historias cerradas, que se han convertido en una película con el transcurso del tiempo. Y las películas son ficción, grabaciones de algo que ocurrió en un momento y unas circunstancias que no volverán a repetirse. Por eso las segundas oportunidades, con el paso de los años, no son más que intentos de vivir un recuerdo, un sueño. Una ilusión del alma que la realidad acabará por ensuciar.
Con ella me sentí amado de una forma tan singular, tan hermosa, tan dulce… Por mi parte, no he vuelto a amar a nadie igual. Lo que sentí por E. marcó y definió la manera en la que necesito, deseo, siento, aspiro querer a una mujer. Un día me preguntó qué había aprendido con ella. No supe contestar. Hoy sí lo sé. Aprendí a amar al amor.
Como buen maestro, parte de mi doctrina consistía en enseñarle a apreciar la música, la que formaba parte de mí. De entre todos, hubo un tema que le llegó especialmente. Helo aquí.
Some Other Time. The Alan Parsons Project
In a matter of a moment
Lost till the end of time
It's the evening of another day
And the end of mine
Now the starlight which has found me
Lost for a million years
Tries to linger as it fills my eyes
Till it disappears
Could it be that somebody else is
Looking into my mind
Some other place
Somewhere
Some other time
Some other place
Somewhere
Some other time
Like a mirror held before me
Large as the sky is wide
And the image is reflected
Back to the other side
Could it be that somebody else is
Looking into my mind
Some other place
Somewhere
Some other time
Some other place
Somewhere
Some other time
http://www.youtube.com/watch?v=ECUfp0I0XLs
Traducción aproximada:
En Algún Otro Momento.
En cuestión de un instante, perdida en el fin del tiempo,
Está la tarde de otro día
Y el final del mío.
Ahora la luz de la estrella que me encontró
Tras estar perdido durante un millón de años
Se va desvaneciendo mientras llena mis ojos
Hasta que desaparece
Puede ser que alguien más esté
Mirando dentro de mi mente?
Algún otro sitio
En algún lugar
En algún otro momento
Como en un espejo colocado frente a mí
Tan largo como ancho es el cielo
La imagen es reflejada
De nuevo al otro lado
Puede ser que alguien más esté
Mirando dentro de mi mente?
Algún otro sitio
En algún lugar
En algún otro momento
Algún otro sitio
En algún lugar
En algún otro momento
Cuando la descubrí yo me hallaba perdido. Después de mi traumática ruptura con P., mi interior se hallaba en ebullición. Sentimientos negativos, destructivos, invadían mi alma de veinteañero. Un peligroso abismo de desolación y tristeza me consumía, mientras la desesperanza iba acomodándose con pretensiones de permanencia. Y apareció ella. Sin darme cuenta. Caminando despacito, casi de puntillas. Un día me miró desde lejos, tímida y cabizbaja. Apenas noté su presencia. Cada nueva ocasión se iba acercando un poco más. Pero yo seguía sin percibirla. Una tarde tendió su mano. Agarró las mías y me miró. La miré. Nos miramos. Supe entonces que no podría olvidarla nunca. Y así ha sido. El nuestro fue un amor imposible, desde sus propios inicios. Pero, y quizá por ello, una de las más bellas historias de amor que he vivido. Yo era Romeo. Ella asomaba por el oriente con su vestido de época y su tez empolvada en aromático talco. El sol tibio de invierno que derrite el relente. El sol cálido de mayo, que acaricia las primeras pieles desnudas. Pero no podía ser. Yo era un Montesco, y sus padres, Capuletos de pro. El morbo añadido de lo prohibido fomentó aún más nuestro deseo, nuestra necesidad. Maestro de la vida, alumna del amor. Fortaleza y debilidad, experiencia e inocencia. Un explorador descubriendo nuevas especies, flores que explotaban a borbotones impregnando mi piel con su exótico y delicado olor. Qué bonito ser su llave secreta, su experto guía, su sumiso señor. Pasión, ternura, dedicación. Devoción, entrega, tragedia, dolor. Deseo. Amor. Sumisión.
Ella está superada, como no podía ser de otra manera. Me costó más de tres años, no obstante. Hace poco la ví. Hacía muchos años que no me la encontraba. Creo que no me vió. Yo a ella sí. A ella, o a lo que quedaba de ella. Me costó reconocerla, a pesar de conservar un cuerpo similar. Las personas no somos una sola. Somos prismas que, siendo en esencia el mismo cristal, reflejamos una luz distinta en cada momento, dependiendo del ángulo de visión, del ambiente, del emisor. Aquella persona por la que dimos la vida años ha, no es la misma ahora. Y nosotros tampoco. Cada sentimiento se debe a cada vivencia. Y estas suceden una sóla vez. Y caducan. Lo que pensamos, cómo nos sentimos cuando recordamos, ocurre precisamente por eso: por recordar. Y los recuerdos son pasados. Son historias cerradas, que se han convertido en una película con el transcurso del tiempo. Y las películas son ficción, grabaciones de algo que ocurrió en un momento y unas circunstancias que no volverán a repetirse. Por eso las segundas oportunidades, con el paso de los años, no son más que intentos de vivir un recuerdo, un sueño. Una ilusión del alma que la realidad acabará por ensuciar.
Con ella me sentí amado de una forma tan singular, tan hermosa, tan dulce… Por mi parte, no he vuelto a amar a nadie igual. Lo que sentí por E. marcó y definió la manera en la que necesito, deseo, siento, aspiro querer a una mujer. Un día me preguntó qué había aprendido con ella. No supe contestar. Hoy sí lo sé. Aprendí a amar al amor.
Como buen maestro, parte de mi doctrina consistía en enseñarle a apreciar la música, la que formaba parte de mí. De entre todos, hubo un tema que le llegó especialmente. Helo aquí.
Some Other Time. The Alan Parsons Project
In a matter of a moment
Lost till the end of time
It's the evening of another day
And the end of mine
Now the starlight which has found me
Lost for a million years
Tries to linger as it fills my eyes
Till it disappears
Could it be that somebody else is
Looking into my mind
Some other place
Somewhere
Some other time
Some other place
Somewhere
Some other time
Like a mirror held before me
Large as the sky is wide
And the image is reflected
Back to the other side
Could it be that somebody else is
Looking into my mind
Some other place
Somewhere
Some other time
Some other place
Somewhere
Some other time
http://www.youtube.com/watch?v=ECUfp0I0XLs
Traducción aproximada:
En Algún Otro Momento.
En cuestión de un instante, perdida en el fin del tiempo,
Está la tarde de otro día
Y el final del mío.
Ahora la luz de la estrella que me encontró
Tras estar perdido durante un millón de años
Se va desvaneciendo mientras llena mis ojos
Hasta que desaparece
Puede ser que alguien más esté
Mirando dentro de mi mente?
Algún otro sitio
En algún lugar
En algún otro momento
Como en un espejo colocado frente a mí
Tan largo como ancho es el cielo
La imagen es reflejada
De nuevo al otro lado
Puede ser que alguien más esté
Mirando dentro de mi mente?
Algún otro sitio
En algún lugar
En algún otro momento
Algún otro sitio
En algún lugar
En algún otro momento
10 noviembre 2010
All Saints Show
La cosa empieza una semana antes. Un movimiento inusual de gente en el lugar más solitario de la ciudad con cubos y balletas, jarrones de plástico y flores, muchas de ellas artificiales, indica que el 01 de noviembre está a punto de llegar. Compradores regateando con los floristas a la puerta son elementos indispensables de un paisaje castizo que se vuelve grotesco y lúgubre por momentos la noche del 31 de octubre. La muerte es un negocio y un espectáculo. Madres disfrazadas llevando de la mano a rastras a sus hijos sin disfrazar; fiestas, “todoacienes” y televisiones trivializando uno de los momentos más traumáticos para el ser humano. No ya de los que se van, que lo es en sentido físico, sino de los que se quedan. Si queremos asustarnos realmente, no tenemos que esperar el chillido de una manada de niños proclamando a voz en grito aquello de “Truco o trato!”, sin saber siquiera de qué están hablando; si no, el próximo año, responded: mmm… vale: Trato! Veréis qué cara de circunstancias se les queda a los pobres. No. Simplemente basta con acercarse por el Camposanto a eso de las doce de la noche. Aquello sí que impresiona. La parafernalia propia de los gitanos hace que el recinto se encuentre tenebrosamente iluminado en la oscuridad por el titilar de cientos de velones rojos. Si esto no les ha impresionado, esperen a que se cruce en el camino de tan tenue luz un gato, o un murciélago, por ejemplo. La fugaz sombra repentina en un lugar cerrado a cal y canto en tan significativa noche estremece al más pintado.
Y al final llega el día. Todos vestidos de domingo, con la esperanza de que haga buen tiempo, para la preceptiva visita anual al cementerio. Decenas de autobuses que vienen y van dejando y recogiendo gente, algunos cariacontecidos, otros impávidos; los más, con una expresión que dice: “venga, a ver si acaba pronto y me voy, que hoy tengo comida familiar”. Cientos de coches en cientos de metros a la redonda, apilados de forma tal que pareciera la disposición táctica consecuente y consecuencia de una riada en la ciudad. Risas, conversaciones vociferantes que en su mayoría versan sobre cualquier cosa menos sobre el motivo por el cual supuestamente estamos allí. Algo que tiene su preestreno el mismo día de la muerte, en el tanatorio. Un acto, el del “velatorio”, del que, de no ser por las caras de los allegados, hijos, viudos/as, cualquiera pensaría que se está celebrando una fiesta del reencuentro. “Hombre, qué tal, cuanto tiempo!”; “Pues aquí, ya ves”; “Siempre nos encontramos en estos sitios”; “Sí, hay que joderse, qué putada, tan joven/majo/buena gente”; “Recién jubilado y ya ves”; “Si es que no somos nada”… Efectivamente, no lo somos. Algunos menos. A partir de ese momento y de los obligados besos a la familia directa, comienza otra retahíla de tópicos en voz alta: “Qué es de tu vida”; “Joder, si sigues igual”; “Y qué fue de menganito”; “Te acuerdas de…”… En fin. Hasta chistes he oído. Detesto los velatorios. Los detesto, porque todavía soy ingenuo y creo en el significado de tal palabra: acto de velar. Velar al muerto. Acompañar al ser querido. Poco quiere quien asiste a ese momento y se comporta como quien sostiene una copa en una discoteca. Quien acude cínicamente, por protocolo, importándole un bledo el difunto y/o su familia. Quien se sienta en una silla y se pasa cinco horas forzando a conversar a quien lo único que quiere es estar solo, o con sus hijos o sus padres o pareja, y en definitiva con el cuerpo de esa persona a la que quiso y no volverá a ver, a tocar, a sentir. Cuando sea protagonista de mi muerte, dejaré una orden bien clara escrita en un cartel: “reservado el derecho de admisión”.
Exactamente lo mismo pasa el día de los Santos, con un agravante: en este caso no se trata de quedar bien ante los demás; lo que pretendemos es lavar nuestra imagen ante nosotros mismos. Así, limpiamos lápidas, compramos claveles y nos echamos colonia. Rezamos una oración –algunos- ante la tumba del finado y hala, pa casa. Y con eso engañamos a nuestra conciencia, contándole la milonga de que nos acordamos de los que ya no están, de que los tenemos presentes y lo demostramos de esta manera. A mucha gente le valdrá, porque el ser humano debe sobrevivir a su propia mezquindad y bajeza, y para eso educa a su mente para que el jodido Pepito Grillo cante cada vez más bajito y duerma la mayor parte del día. Porque castigarse a uno mismo no es vida… y obrar y sentir correcta y coherentemente, mucho menos aún. Como me dijo alguien una vez: por qué me voy a hacer esa putada a mí mismo? Sobran las palabras…
Este año estamos contentos. No nos han robado las flores. Sí, sí, parece difícil de creer, pero hay gente cuyo concepto de honrar a sus muertos es realizarles una ofrenda floral fabricada con retales de claveles y margaritas robadas de otras tumbas. Y se quedan tan satisfechos, porque han cumplido. Su grillo, mientras, dándose un atracón alimenticio. Y claro, con la boca llena, es de lo más difícil entonar compás alguno. Efectivamente: la miseria moral de algunos no conoce medida. También está contenta mi madre. Por fin tiene su propia tumba. A mí me parece morboso, y francamente incómodo. Ella, un poco más que mi padre, está tranquila. Sabe que cuando ocurra –que será dentro de muchos años- no acabará en la tierra. Como si sus hijos fuéramos a permitirlo… Ciertamente, ser enterrado en sentido literal es desangelante. Ella dice que sólo de pensar en verse bajo las paladas de tierra le entra desasosiego. Yo le contesto que tranquila, que aunque así sucediera, no lo iba a ver. Pero no le convence. Ahora está feliz. Tiene una nueva casita. Yo le digo que le voy a pedir a los Reyes para ella unos bonitos visillos y algún que otro cuadrito. Sonríe. Es curioso hasta dónde se manifiesta el amor de los padres: ante su propia muerte, lo que más les desvela es que sus hijos no tengamos que preocuparnos de nada; que todo quede, como dijo el garbanzo, atado y bien atado.
No han parado hasta que he ido a verla. Y lo cierto es que, dejando a un lado la extraña sensación de ver a tus padres vivos ante su tumba, el lugar es tranquilo. Como todo el cementerio en general. Realmente es uno de los sitios en los que se respira más paz. Y estoy convencido de que es porque, precisamente allí, no hay ningún alma. Si la hubiera, aunque fuera de visita, habría vibraciones de todo tipo. Poca gente muere en paz, y el espíritu se queda durante un tiempo con esa última sensación. A mí me han pasado varias historias relacionadas con el mundo del espiritismo. Quizá algún día las cuente. Pero ahora viene a cuento una anécdota relativamente reciente. Hace unos tres años me encontraba paseando por una localidad cercana a mi ciudad. Se trata de un lugar entrañable, muy decimonónico: calles estrechas, faroles en las paredes, suelo empedrado, monumentos, iglesias: todo un casco antiguo. Ese día, sin embargo, mi mente no estaba pendiente de nada externo. Mis sentidos se hallaban centrados y situados en la persona que tenía al lado, y en lo que prometía el resto de la velada. De repente, una desagradable sensación me hizo parar en seco. Comencé a sentirme mal, inquieto. Mi corazón se aceleró, y mi respiración le acompañó como buena hermana. Dejé el objeto de mi mirada, y poco a poco, instintivamente, comencé a elevar mi vista hacia la pared que tenía a mi derecha. Fui subiendo el target lentamente, hasta que mis ojos se toparon con un balcón con ventanal de madera. El cristal estaba roto. Enredado con sus restos puntiagudos y las celosías, se mecía ligeramente un pequeño trozo de plástico. Era un precinto. Un precinto de la guardia civil. Algo había pasado en esa casa, una tragedia, un hecho dramático. Y las vibraciones que sentí antes de localizar el lugar de los hechos, me decían que alguien, algo, estaba todavía allí. En el cementerio, sin embargo, nunca he sentido nada. Y cuántas historias habrá de accidentes, asesinatos, muertes a destiempo. Por ello pienso que las almas no habitan allí. Que están en otro lugar, no sé si el cielo, el infierno, el limbo o una “habitación de las almas”, como hablan algunos escritos antiguos. En lo que sí creo firmemente es en la trascendencia de esta puñetera vida. Si no, nada tendría sentido. Que toda nuestra vida, nuestra inteligencia, nuestras emociones y sentimientos, nuestro raciocinio, sea una simple consecuencia de la conjunción azarosa o evolutiva de conexiones nerviosas, me parece tan, tan triste… mucho más que la propia muerte. Mucho más. Algún día lo sabré. Lástima no poder contaroslo…
27 octubre 2010
Qué te pasa?
Qué te pasa, cariño?
Nada, papá.
Sí, te pasa algo.
Que no.
No me mientas, mi niño.
(…)
Qué te pasa, hijo?
Nada.
No me lo vas a decir? Somos amigos, no?
Que no me pasa nada.
No es verdad, te pasa algo.
Por qué lo dices?
Estás triste, algo te pasa.
Cómo lo sabes?
Soy tu papá. Lo sé todo de ti con sólo mirarte. Porque eres un trocito de mí. Si a ti te duele, me duele a mí también.
(…)
Estoy triste.
Por qué, mi niño?
(…)
Porque no puedo estar contigo.
(…)
Ahora estás triste conmigo (sollozos).
(sollozos) No, cariño mío. Estoy contento porque estoy contigo.
..................
Qué te pasa?
Nada, mamá.
Sí, te pasa algo…
(…)
(…)
(…)
Nada, papá.
Sí, te pasa algo.
Que no.
No me mientas, mi niño.
(…)
Qué te pasa, hijo?
Nada.
No me lo vas a decir? Somos amigos, no?
Que no me pasa nada.
No es verdad, te pasa algo.
Por qué lo dices?
Estás triste, algo te pasa.
Cómo lo sabes?
Soy tu papá. Lo sé todo de ti con sólo mirarte. Porque eres un trocito de mí. Si a ti te duele, me duele a mí también.
(…)
Estoy triste.
Por qué, mi niño?
(…)
Porque no puedo estar contigo.
(…)
Ahora estás triste conmigo (sollozos).
(sollozos) No, cariño mío. Estoy contento porque estoy contigo.
..................
Qué te pasa?
Nada, mamá.
Sí, te pasa algo…
(…)
(…)
(…)
Banda Sonora (III)
//Nota previa: estos escritos constan de letras y música. Por igual. Lo legible y lo audible comparten importancia, porque en el fondo son lo mismo, distintas formas de manifestar lo que pretendo expresar. Por eso, me gustaría que se escuchara a la vez que se lee. Sólo así se pueden comprender, sentir estos modestas voces espirituales//
Algo tienen los números redondos que tanto nos gustan. Comienzo de semana, de mes, de década o de siglo: todo nos parece un círculo que se cierra y otro que se abre, todo marca un punto de inflexión. Los seres humanos tenemos que ponerle nombre a todo. Somos tan pobres que nos sentimos perdidos sin lugares de referencia, marcos, nombres, denominaciones, catálogos o casillas donde ubicarnos. Si echamos la vista atrás, nos damos cuenta de lo maduros que nos sentimos cuando cumplimos veinte años. Y lo mayores que nos hicimos a los treinta, y lo infantiles que entonces nos parecía que éramos a los veinte. Y de lo adultos y estupendos que estamos a los cuarenta, en relación con la juventud e inexperiencia de la pasada década… y… prefiero no seguir pensando. Por ahora.
Acababa de cumplir mis veinte cuando comencé mi relación con P. Mi primer gran amor. Aún recuerdo nuestros paseos interminables recorriéndonos todos los rincones de la ciudad. Qué jóvenes éramos. Cuánto por descubrir, por compartir. Cuántas experiencias y sensaciones. Estábamos tan unidos que no veíamos un futuro que no acabara en el altar. No cabía en nuestra mente otra cosa que vivir por siempre juntos. No existían fisuras ni cismas, brechas o simas. A veces me viene la brisa cálida de la primavera y, sin cerrar los ojos siquiera, me encuentro a su lado, agarrados de la mano, abrazados, soñando. Yo era casi todo para ella. Y ella para mí. A su lado me sentía, más allá de querido, admirado. Me sabía una poderosa influencia en su vida. Soy consciente de lo que nos marcó el estar juntos en nuestro desarrollo como persona, máxime a esas edades. El teatro, la música, el sexo. La piel, las caricias, los proyectos, los principios. La identificación. Una forma de sentir común.
Nuestra unión trascendía de la subjetividad propia. La gente decía que nos parecíamos tanto, que nuestras caras empezaban a transformarse en un único rostro común. Vivíamos en una nube, más allá de las pocas discusiones que esporádicamente pudiéramos mantener. Tan felices éramos, o creíamos ser, que no nos dimos cuenta de que aquello era inviable. La dicha está reservada a momentos puntuales, y gozar de ella de forma habitual debió ser una agresión directa a las leyes de esta extraña vida. Un pecado que tuvimos que purgar con la muerte, como no podía ser de otra forma. Severo destino, designios incomprensibles. Ahora, tantos años ha, sigo sin entender qué pasó. Supongo que nuestra identidad común no era tal. Creo, después de meditar con la serenidad que da el transcurso del tiempo y la madurez, que la balanza estaba descompensada. Que no labrábamos un futuro común, que no andábamos el mismo camino. Que uno era el que daba los pasos y el otro le seguía, voluntaria, devota, sumisamente. Probablemente en un determinado momento, esa parte que, sin ser consciente, jugaba un papel secundario, se dio cuenta de ello. Y, sin darse tampoco cuenta, se reveló. Una tubería que lenta y cadenciosamente desprendía una gota cada día. Algo imperceptible, que a los tres años y tres meses terminó por derrumbar sorpresivamente el techo, sin haber manifestado la humedad creciente en forma de mancha o desconchón.
Nunca me dolió tanto una traición. Nunca sintió mi corazón tanto desgarro por una ruptura. Alguna vez la vi después. Supe que estaba con otro tipo, la llegué a ver agarrada de su brazo. Y me sorprendió. Me sorprendió, porque conmigo siempre sonreía. Me encantaba hacerla reír. Estaba seria, apagada, acaso triste. La volví a ver tiempo después, otra vez con él. Seria, apagada, triste. Un día me paré ante el escaparate de un establecimiento fotográfico. En él, ocupando una posición de privilegio, estaba su cara, su cuerpo, enfundada en un traje blanco con velos y flores. Sonreía. Me escoció en un primer momento. Luego me alegré. Me alegré de que sonriera, por fin, aunque fuera ante una cámara. Al poco tiempo la volví a ver por la calle. Iba con él. Agarrada de su brazo. La vi seria. Apagada. Acaso triste.
Pasaron los años. Tras mi separación, decidí cerrar antiguos frentes, viejas heridas. No se puede crecer ni avanzar si algo te ata todavía al pasado. Hubo un momento en nuestra relación, el mismo día de su final, que necesitaba limpiar de mi memoria. Tras más de quince años, me armé de valor y decidí pedir perdón. No sabía cómo me iba a recibir, cómo iba a reaccionar. Tras el primer momento de desconcierto, comenzamos a hablar. Nos fuimos sintiendo cada vez menos tensos, más a gusto. Hablamos de lo que pasó. Nuestros ojos comenzaron a encontrarse. Nos trasladamos a aquella época, empatizamos, concluimos. Pedimos perdón, cada uno a nuestra manera. Y, por un momento, ya en el adiós, sentimos que no hubiera pasado nada si nos hubiéramos despedido con un abrazo, con un beso. Con una sonrisa.
No he vuelto a verla. Pero ahora me encuentro en paz con ella. En paz conmigo. En paz.
Numerosas canciones, distintos géneros musicales a destacar en tres años de aprendizaje y crecimiento interior, en plena postadolescencia. Pero si algo cabe destacar, por su importancia en el tiempo, por la trascendencia en mi vida de su descubrimiento, esa es la música New Age. Aquellos difuntos Dialogos 3, de RNE3, son en buena parte culpables de lo que hoy soy. Amigo Trecet... GRACIAS.
De tantos y tantos temas he escogido especialmente este, por lo que fue, por lo que sigue siendo. Escuchadlo. Si no lo conocíais, no podréis sacarlo de la cabeza. Sentidlo. Disfrutadlo. Sufridlo.
The Fosse. Wim Mertens.
http://www.youtube.com/watch?v=Ee-5nnFWfKU
Algo tienen los números redondos que tanto nos gustan. Comienzo de semana, de mes, de década o de siglo: todo nos parece un círculo que se cierra y otro que se abre, todo marca un punto de inflexión. Los seres humanos tenemos que ponerle nombre a todo. Somos tan pobres que nos sentimos perdidos sin lugares de referencia, marcos, nombres, denominaciones, catálogos o casillas donde ubicarnos. Si echamos la vista atrás, nos damos cuenta de lo maduros que nos sentimos cuando cumplimos veinte años. Y lo mayores que nos hicimos a los treinta, y lo infantiles que entonces nos parecía que éramos a los veinte. Y de lo adultos y estupendos que estamos a los cuarenta, en relación con la juventud e inexperiencia de la pasada década… y… prefiero no seguir pensando. Por ahora.
Acababa de cumplir mis veinte cuando comencé mi relación con P. Mi primer gran amor. Aún recuerdo nuestros paseos interminables recorriéndonos todos los rincones de la ciudad. Qué jóvenes éramos. Cuánto por descubrir, por compartir. Cuántas experiencias y sensaciones. Estábamos tan unidos que no veíamos un futuro que no acabara en el altar. No cabía en nuestra mente otra cosa que vivir por siempre juntos. No existían fisuras ni cismas, brechas o simas. A veces me viene la brisa cálida de la primavera y, sin cerrar los ojos siquiera, me encuentro a su lado, agarrados de la mano, abrazados, soñando. Yo era casi todo para ella. Y ella para mí. A su lado me sentía, más allá de querido, admirado. Me sabía una poderosa influencia en su vida. Soy consciente de lo que nos marcó el estar juntos en nuestro desarrollo como persona, máxime a esas edades. El teatro, la música, el sexo. La piel, las caricias, los proyectos, los principios. La identificación. Una forma de sentir común.
Nuestra unión trascendía de la subjetividad propia. La gente decía que nos parecíamos tanto, que nuestras caras empezaban a transformarse en un único rostro común. Vivíamos en una nube, más allá de las pocas discusiones que esporádicamente pudiéramos mantener. Tan felices éramos, o creíamos ser, que no nos dimos cuenta de que aquello era inviable. La dicha está reservada a momentos puntuales, y gozar de ella de forma habitual debió ser una agresión directa a las leyes de esta extraña vida. Un pecado que tuvimos que purgar con la muerte, como no podía ser de otra forma. Severo destino, designios incomprensibles. Ahora, tantos años ha, sigo sin entender qué pasó. Supongo que nuestra identidad común no era tal. Creo, después de meditar con la serenidad que da el transcurso del tiempo y la madurez, que la balanza estaba descompensada. Que no labrábamos un futuro común, que no andábamos el mismo camino. Que uno era el que daba los pasos y el otro le seguía, voluntaria, devota, sumisamente. Probablemente en un determinado momento, esa parte que, sin ser consciente, jugaba un papel secundario, se dio cuenta de ello. Y, sin darse tampoco cuenta, se reveló. Una tubería que lenta y cadenciosamente desprendía una gota cada día. Algo imperceptible, que a los tres años y tres meses terminó por derrumbar sorpresivamente el techo, sin haber manifestado la humedad creciente en forma de mancha o desconchón.
Nunca me dolió tanto una traición. Nunca sintió mi corazón tanto desgarro por una ruptura. Alguna vez la vi después. Supe que estaba con otro tipo, la llegué a ver agarrada de su brazo. Y me sorprendió. Me sorprendió, porque conmigo siempre sonreía. Me encantaba hacerla reír. Estaba seria, apagada, acaso triste. La volví a ver tiempo después, otra vez con él. Seria, apagada, triste. Un día me paré ante el escaparate de un establecimiento fotográfico. En él, ocupando una posición de privilegio, estaba su cara, su cuerpo, enfundada en un traje blanco con velos y flores. Sonreía. Me escoció en un primer momento. Luego me alegré. Me alegré de que sonriera, por fin, aunque fuera ante una cámara. Al poco tiempo la volví a ver por la calle. Iba con él. Agarrada de su brazo. La vi seria. Apagada. Acaso triste.
Pasaron los años. Tras mi separación, decidí cerrar antiguos frentes, viejas heridas. No se puede crecer ni avanzar si algo te ata todavía al pasado. Hubo un momento en nuestra relación, el mismo día de su final, que necesitaba limpiar de mi memoria. Tras más de quince años, me armé de valor y decidí pedir perdón. No sabía cómo me iba a recibir, cómo iba a reaccionar. Tras el primer momento de desconcierto, comenzamos a hablar. Nos fuimos sintiendo cada vez menos tensos, más a gusto. Hablamos de lo que pasó. Nuestros ojos comenzaron a encontrarse. Nos trasladamos a aquella época, empatizamos, concluimos. Pedimos perdón, cada uno a nuestra manera. Y, por un momento, ya en el adiós, sentimos que no hubiera pasado nada si nos hubiéramos despedido con un abrazo, con un beso. Con una sonrisa.
No he vuelto a verla. Pero ahora me encuentro en paz con ella. En paz conmigo. En paz.
Numerosas canciones, distintos géneros musicales a destacar en tres años de aprendizaje y crecimiento interior, en plena postadolescencia. Pero si algo cabe destacar, por su importancia en el tiempo, por la trascendencia en mi vida de su descubrimiento, esa es la música New Age. Aquellos difuntos Dialogos 3, de RNE3, son en buena parte culpables de lo que hoy soy. Amigo Trecet... GRACIAS.
De tantos y tantos temas he escogido especialmente este, por lo que fue, por lo que sigue siendo. Escuchadlo. Si no lo conocíais, no podréis sacarlo de la cabeza. Sentidlo. Disfrutadlo. Sufridlo.
The Fosse. Wim Mertens.
http://www.youtube.com/watch?v=Ee-5nnFWfKU
06 octubre 2010
Banda Sonora (II)
Mi segundo relación –la primera que pueda merecer tal calificación- fue con A. Acababa de estrenar los dieciocho, y todo mi ser era un volcán. Mi personalidad, un diamante en bruto –nunca mejor dicho- y mi sexualidad, una marejada tendente a fuerte marejada y mar de gruesa a muy gruesa. Comenzaba a encontrarme a mí mismo, a saber quién era, de qué palo iba. Descubrí que mi luz guía la configuraban una serie de valores y principios que me han acompañado, corregidos y aumentados, el resto de mi vida. Y si aquellos eran mi luz, los filamentos de la misma tenían un nombre: Sinceridad. Y varios sinónimos, complementos, asimilados, derivados: Honestidad, Coherencia, Integridad. Con el tiempo descubriría que, de todos ellos, el primero –aquel precisamente por el que empecé a ser yo mismo- era el menos beneficioso, el más prescindible. Se puede ser honesto, entendiendo por tal honrado, justo. Se ha de ser coherente, actuando en consecuencia siempre con lo que se piensa o se predica. Y de la combinación de ambos adjetivos y alguna cualidad más, se deriva la integridad. Creo que estas tres virtudes –para mí lo son, aunque carezca de más- hacen de mi una Persona; alguien que se equivoca, que tiene muchos defectos, pero en la que se puede confiar y, en esencia, aunque con formas a menudo erroneas o cuanto menos pulibles, buena gente. Pero la sinceridad… ay, la sinceridad… la sinceridad es un arma de doble filo. Es como el agua: algo aparentemente inocuo, necesaria para la vida, pero en exceso, y paradójicamente, letal. Los años – y muchos, muchísimos golpes- me enseñaron que esa cualidad no es un don que hay que regalar ni compartir, sino un favor que hay que dosificar. En definitiva: que la gente –entre la que, supongo, a ratos, me incluyo- sólo quiere escuchar lo que le agrada, y le importa tres cominos, por decirlo suavemente, lo que opines, si ello les puede hacer sentir incómodos. Eso, cuando te pregunta. Si no, entonces mejor no abrir la boca. Salvo, por supuesto, que se trate de alguien a quien quieres y que esas verdades, en cualquier caso subjetivas, le puedan hacer mayor bien que el mal inmediato de escucharlas. En resumen: aprendí que –siempre exceptuando a los seres queridos, y a veces ni eso- cuando la gente solicita tu opinión, quiere que les dores la píldora. Y, si no te la piden, directamente no quieren ni escucharla. ¿Y quienes somos los demás para incomodarles innecesariamente? Eso sí, una cosa es callarse, y otras mentir. Eso no. Eso, lo siento, me supera. Sencillamente, como dice el proverbio: si lo que vas a decir no es más bello que el silencio… no lo digas. Un amigo me dijo una vez que hay una diferencia entre ser sincero y ser bocazas… Amén.
Mi relación con A. fue propia de una novela victoriana: pasiones desatadas, discusiones sin sentido, pequeñas palabras que herían como arpones y el telón de fondo de lo prohibido, de la censura familiar que me ha perseguido durante muchos años. Debo tener cara de lascivo Lord Byron. Quizá mi gabardina negra de solapa subida ayudaba a tal imagen… junto con mi música y mis destructivas erupciones emocionales. Pero… ay! A veces echo de menos aquella incontinencia anímica, aquel geiser de sentimientos melodramáticos, de capa y espada, de callejuelas estrechas y empedradas bajo la luz de los faroles. De bendecir a Dios y maldecirle al momento, entre tragicómicas lagrimillas de dolor. Con ella descubrí –aún la recuerdo y casi puedo sentirla- esa sensación de una mano fría sobre mi piel más inexplorada por primera vez. De una caricia torpe bajo el sostén. De un corazón que se salía del pecho cuando mis manos avanzaban (siempre por debajo de la ropa, como debe ser) hacia rincones ocultos y prohibidos, ganando poco a poco terreno a su ferrea disciplina sexual, a sus protegidas fronteras orográficas. Aprendí –después lo corroboraría sobradamente- que un hombre de carácter y corpulencia puede convertirse en un muñeco de trapillo de felpa. Que el amor brota a borbotones, descontrolado, cuando aún eres adolescente. Que cuando creces aprendes a poner una espita reguladora para controlar el caudal. Que cuando peinas canas intentas quitarla, pero se ha quedado anquilosada, fundida en tus venas. Que ojalá pudieras sentir igual que antaño. Que desearías que el amor, y sólo el amor, en estado salvaje, incivilizado, impúdico, posesivo, sumiso, irracional, LIBRE… fuera el único motor y objetivo de tus días. Y aprendí también que, por extraño que seas, siempre hay alguien que lo es más. Como decían mis amigos: “joer, es más rara todavía que tú…” Y en efecto lo era. Cambiante, voluble, veleidosa. Hoy sí, mañana no. Ahora tal vez, luego adiós, después no te vayas…Un año y medio así, volando como un papel a merced de sus vientos cambiantes… hasta que un día me enganché en un rosal. Y cuando volvió a soplar, ya no pudo soltarme.
Muchas canciones en aquellos dorados finales de los ochenta marcaron aquella relación, desde Mecano a Tennessee, Duncan Dhu o Danza Invisible, pasando por Tracy Chapman o Peter Gabriel… Pero, si he de elegir, una, me quedo con esta… casi premonitoria… y definitoria, en su totalidad.
Llanto de Pasión. El Último de la Fila.
Mi relación con A. fue propia de una novela victoriana: pasiones desatadas, discusiones sin sentido, pequeñas palabras que herían como arpones y el telón de fondo de lo prohibido, de la censura familiar que me ha perseguido durante muchos años. Debo tener cara de lascivo Lord Byron. Quizá mi gabardina negra de solapa subida ayudaba a tal imagen… junto con mi música y mis destructivas erupciones emocionales. Pero… ay! A veces echo de menos aquella incontinencia anímica, aquel geiser de sentimientos melodramáticos, de capa y espada, de callejuelas estrechas y empedradas bajo la luz de los faroles. De bendecir a Dios y maldecirle al momento, entre tragicómicas lagrimillas de dolor. Con ella descubrí –aún la recuerdo y casi puedo sentirla- esa sensación de una mano fría sobre mi piel más inexplorada por primera vez. De una caricia torpe bajo el sostén. De un corazón que se salía del pecho cuando mis manos avanzaban (siempre por debajo de la ropa, como debe ser) hacia rincones ocultos y prohibidos, ganando poco a poco terreno a su ferrea disciplina sexual, a sus protegidas fronteras orográficas. Aprendí –después lo corroboraría sobradamente- que un hombre de carácter y corpulencia puede convertirse en un muñeco de trapillo de felpa. Que el amor brota a borbotones, descontrolado, cuando aún eres adolescente. Que cuando creces aprendes a poner una espita reguladora para controlar el caudal. Que cuando peinas canas intentas quitarla, pero se ha quedado anquilosada, fundida en tus venas. Que ojalá pudieras sentir igual que antaño. Que desearías que el amor, y sólo el amor, en estado salvaje, incivilizado, impúdico, posesivo, sumiso, irracional, LIBRE… fuera el único motor y objetivo de tus días. Y aprendí también que, por extraño que seas, siempre hay alguien que lo es más. Como decían mis amigos: “joer, es más rara todavía que tú…” Y en efecto lo era. Cambiante, voluble, veleidosa. Hoy sí, mañana no. Ahora tal vez, luego adiós, después no te vayas…Un año y medio así, volando como un papel a merced de sus vientos cambiantes… hasta que un día me enganché en un rosal. Y cuando volvió a soplar, ya no pudo soltarme.
Muchas canciones en aquellos dorados finales de los ochenta marcaron aquella relación, desde Mecano a Tennessee, Duncan Dhu o Danza Invisible, pasando por Tracy Chapman o Peter Gabriel… Pero, si he de elegir, una, me quedo con esta… casi premonitoria… y definitoria, en su totalidad.
Llanto de Pasión. El Último de la Fila.
10 septiembre 2010
Banda Sonora (I)
Desde la adolescencia mi vida, mi mente, mis sentimientos, mis actos, se han movido siguiendo dos estrellas guía: la música y las mujeres. Hermosas, dulces, lacerantes, enérgicas, tiernas, perversas. Durante mucho tiempo no pude vivir sin ninguna de las dos. Ahora, entrado ya en una etapa más serena, creo que sólo podría prescindir de una de ellas. Y no es la música. Se puede vivir sin el amor de una mujer; se puede vivir -imagino- sin sexo; sin compañía; sin calor en la cama. Pero no se puede vivir sin alma. Yo no, al menos. Siempre está ahí. Ella es la única que no falla. Catársis de mi tristeza, refuerzo de mi alegría, compañera de mi vida. Cuando y donde la necesito. Quizá porque es algo tan inherente a mí, forma tanta parte de mi esencia, que no puedo desligarla sin arrastrar con ella mi identidad.
Tengo la inmensa suerte de haber amado a muchas mujeres, y haber recibido el amor de alguna más incluso. No importa si no vuelvo a encontrar a nadie. He vivido, he sentido tan intensamente con cada una de ellas –con unas más que con otras, por supuesto-, tanto, que probablemente haya cubierto ya las experiencias emocionales, cuantitativa y, sobre todo, cualitativamente, de varias vidas de otros hombres. También he sufrido en la misma proporción, desde luego. Pero forma parte del juego. Y llega un momento en el que ese envés es casi tan satisfactorio como el propio gozo.
Música y mujeres, mujeres y música… Cada una de mis experiencias va asociada a un montón de melodías de distinto calado. Pero, de entre todas ellas, siempre hay un tema que cuando lo escuchas, te recuerda a esa época de tu vida tan especial. La primera novieta que tuve fue MJ. Siempre que me acuerdo de ella, al pasar por una calle, un lugar, al escuchar la canción… brota una sonrisa en mi rostro. No fue el amor de mi vida, desde luego. Eso de que nunca se olvida el primer amor… no es más que un tópico. Tuvieron que pasar varias experiencias para empezar a marcarme de veras. No, no fue el amor de mi vida. De hecho, creo que ni siquiera fue amor. Pero su comienzo resultó muy singular. Yo era el organista del coro de la Iglesia, con mis 17 años recién cumplidos. Ella, la “lead guitar”. Yo acababa de atravesar la peor etapa de mi adolescencia. Me hallaba en pleno proceso de recomposición de mi puzzle interior, intentando ordenarme, saber quién era. Dejar atrás definitivamente esa dolorosa etapa de patito feo. Y entonces comencé a descubrir que, de cara a las mujeres (seres misteriosos e incomprensibles donde los haya), empezaba a parecer un alto y esbelto cisne. Unas miradas, bromas, el paseo cortés de camino a casa… y un día, sin siquiera llegar a imaginarmelo, en medio de una conversación intrascendente, la chica se para y me suelta: “… porque yo te gusto, no?”… Circunspecto, ojiplático, lívido y un montón de adjetivos en esa línea, acerté a balbucear, sin ninguna convicción y sin saber siquiera qué estaba haciendo más allá de ser cortés: “S-sí…”. “Bien, entonces ahora la decisión me corresponde a mí”. “S-sí”, volví a contestar, mientras intentaba adivinar a qué decisión se refería. Efectivamente, el fin de semana siguiente se me presentó con un decreto-ley amoroso. Y así fue como comenzó mi vida sentimental. Y luego dicen que las chicas de ahora son demasiado modernas…
La cosa duró lo que tenía que durar: un suspiro. Tres mesecillos de encuentros fugaces, inocentes, escondiéndonos para que no nos vieran sus padres. La primera mano, el primer beso, los primeros paseos… todo tan ingenuo como corresponde a dos adolescentes… de los de antes. Mientras nos acompañábamos a la salida del Conservatorio, buscábamos veredas oscuras y semidesérticas no para ejecutar nuestros primeros escarceos sexuales, sino para huir al máximo de miradas indiscretas. En mi cabeza sonaba siempre la misma canción. Un tema cuya letra, melodía, sensibilidad, nostalgia, parecía hecha a medida. Incluso el mismo título estaba predestinado a ser nuestra canción: “Once upon a long ago”, del maestro McCartney. Disfrutadla.
Once Upon A Long Ago. Paul McCartney
Picking up scales and broken chords
puppy dog tails in the House Of Lords
Tell me darling
what can it mean ?
Making up moons in a minor key
what have those tunes got to do with me
Tell me darling
where have you been ?
Once upon a long ago
children searched for treasure
Nature's plan went hand in hand with pleasure
such pleasure.
Blowing balloons on a windy day
desolate dunes with a lot to say
Tell me darling
what have you seen?
Once upon a long ago
children searched for treasure
Nature's plan went hand in hand with pleasure
My pleasure.
Playing guitars on an empty stage
counting the bars of an iron cage
Tell me darling
what can it mean ?
Picking up scales and broken chords
puppy dog tails in the House Of Lords
Help me darling
what does it mean?
Once upon a long,
long long ago
Children searched for treasure
http://www.youtube.com/watch?v=FGr5KBkitog&feature=related
Y la traducción, que es de órdago, podría ser algo parecido a esto:
Érase una vez, hace mucho, mucho tiempo
Recojo escalas y acordes rotos,
Rabos de perritos en la casa de los Señores
Dime, cariño:
Qué puede significar?
Invento lunas en tono menor
Qué tendrán que ver esos tonos conmigo?
Dime, querida:
Dónde has estado?
Érase una vez hace mucho, mucho tiempo,
Los niños buscaban tesoros
La vida transcurría plácidamente, de forma natural
Plácidamente…
Inflo globos en un día ventoso
Dunas del desierto que guardan secretos
Dime, cariño:
Qué has visto?
Érase una vez hace mucho, mucho tiempo,
Los niños buscaban tesoros
La vida transcurría plácidamente, de forma natural
Plácidamente…
Toco guitarras sobre un escenario vació
Cuento los barrotes de una celda de hierro
Dime, querida:
Qué puede significar?
Recojo escalas y acordes rotos,
Rabos de perritos en la casa de los Señores
Ayúdame, cariño:
Qué significa?
Érase una vez hace mucho, mucho tiempo,
Los niños buscaban tesoros…
Tengo la inmensa suerte de haber amado a muchas mujeres, y haber recibido el amor de alguna más incluso. No importa si no vuelvo a encontrar a nadie. He vivido, he sentido tan intensamente con cada una de ellas –con unas más que con otras, por supuesto-, tanto, que probablemente haya cubierto ya las experiencias emocionales, cuantitativa y, sobre todo, cualitativamente, de varias vidas de otros hombres. También he sufrido en la misma proporción, desde luego. Pero forma parte del juego. Y llega un momento en el que ese envés es casi tan satisfactorio como el propio gozo.
Música y mujeres, mujeres y música… Cada una de mis experiencias va asociada a un montón de melodías de distinto calado. Pero, de entre todas ellas, siempre hay un tema que cuando lo escuchas, te recuerda a esa época de tu vida tan especial. La primera novieta que tuve fue MJ. Siempre que me acuerdo de ella, al pasar por una calle, un lugar, al escuchar la canción… brota una sonrisa en mi rostro. No fue el amor de mi vida, desde luego. Eso de que nunca se olvida el primer amor… no es más que un tópico. Tuvieron que pasar varias experiencias para empezar a marcarme de veras. No, no fue el amor de mi vida. De hecho, creo que ni siquiera fue amor. Pero su comienzo resultó muy singular. Yo era el organista del coro de la Iglesia, con mis 17 años recién cumplidos. Ella, la “lead guitar”. Yo acababa de atravesar la peor etapa de mi adolescencia. Me hallaba en pleno proceso de recomposición de mi puzzle interior, intentando ordenarme, saber quién era. Dejar atrás definitivamente esa dolorosa etapa de patito feo. Y entonces comencé a descubrir que, de cara a las mujeres (seres misteriosos e incomprensibles donde los haya), empezaba a parecer un alto y esbelto cisne. Unas miradas, bromas, el paseo cortés de camino a casa… y un día, sin siquiera llegar a imaginarmelo, en medio de una conversación intrascendente, la chica se para y me suelta: “… porque yo te gusto, no?”… Circunspecto, ojiplático, lívido y un montón de adjetivos en esa línea, acerté a balbucear, sin ninguna convicción y sin saber siquiera qué estaba haciendo más allá de ser cortés: “S-sí…”. “Bien, entonces ahora la decisión me corresponde a mí”. “S-sí”, volví a contestar, mientras intentaba adivinar a qué decisión se refería. Efectivamente, el fin de semana siguiente se me presentó con un decreto-ley amoroso. Y así fue como comenzó mi vida sentimental. Y luego dicen que las chicas de ahora son demasiado modernas…
La cosa duró lo que tenía que durar: un suspiro. Tres mesecillos de encuentros fugaces, inocentes, escondiéndonos para que no nos vieran sus padres. La primera mano, el primer beso, los primeros paseos… todo tan ingenuo como corresponde a dos adolescentes… de los de antes. Mientras nos acompañábamos a la salida del Conservatorio, buscábamos veredas oscuras y semidesérticas no para ejecutar nuestros primeros escarceos sexuales, sino para huir al máximo de miradas indiscretas. En mi cabeza sonaba siempre la misma canción. Un tema cuya letra, melodía, sensibilidad, nostalgia, parecía hecha a medida. Incluso el mismo título estaba predestinado a ser nuestra canción: “Once upon a long ago”, del maestro McCartney. Disfrutadla.
Once Upon A Long Ago. Paul McCartney
Picking up scales and broken chords
puppy dog tails in the House Of Lords
Tell me darling
what can it mean ?
Making up moons in a minor key
what have those tunes got to do with me
Tell me darling
where have you been ?
Once upon a long ago
children searched for treasure
Nature's plan went hand in hand with pleasure
such pleasure.
Blowing balloons on a windy day
desolate dunes with a lot to say
Tell me darling
what have you seen?
Once upon a long ago
children searched for treasure
Nature's plan went hand in hand with pleasure
My pleasure.
Playing guitars on an empty stage
counting the bars of an iron cage
Tell me darling
what can it mean ?
Picking up scales and broken chords
puppy dog tails in the House Of Lords
Help me darling
what does it mean?
Once upon a long,
long long ago
Children searched for treasure
http://www.youtube.com/watch?v=FGr5KBkitog&feature=related
Y la traducción, que es de órdago, podría ser algo parecido a esto:
Érase una vez, hace mucho, mucho tiempo
Recojo escalas y acordes rotos,
Rabos de perritos en la casa de los Señores
Dime, cariño:
Qué puede significar?
Invento lunas en tono menor
Qué tendrán que ver esos tonos conmigo?
Dime, querida:
Dónde has estado?
Érase una vez hace mucho, mucho tiempo,
Los niños buscaban tesoros
La vida transcurría plácidamente, de forma natural
Plácidamente…
Inflo globos en un día ventoso
Dunas del desierto que guardan secretos
Dime, cariño:
Qué has visto?
Érase una vez hace mucho, mucho tiempo,
Los niños buscaban tesoros
La vida transcurría plácidamente, de forma natural
Plácidamente…
Toco guitarras sobre un escenario vació
Cuento los barrotes de una celda de hierro
Dime, querida:
Qué puede significar?
Recojo escalas y acordes rotos,
Rabos de perritos en la casa de los Señores
Ayúdame, cariño:
Qué significa?
Érase una vez hace mucho, mucho tiempo,
Los niños buscaban tesoros…
30 agosto 2010
Canciones V
A los que vivimos los ochenta en su máximo apogeo, la discusión entre música de los 70, 80 o 90 es estéril. Esa década de colorines y brillantina, de peinados imposibles y vestimentas visualmente lacerantes, de horteras y macarras, punks y rokers, pijos y heavies, y cuantas tribus urbanas quisieras inventarte, consiguió sobresalir por encima de su ante y suce-sora por méritos propios. Por que no me diga nadie que no es meritorio marcar a varias generaciones, incluida la actual -merced al trabajo de nos, los abueletes- haciendo que sigan sonando temas tan bochornosos como el "Hoy no me puedo levantar" y demás basurilla que convivía con grupos míticos, temazos soft metal e hitos del pop y del tecno, cuando éste último honraba su nombre. Ay, que me pongo nostálgico...
En fin, a lo que iba. En nuestro país, de entre tanta tontería de grupos efímeros y canciones sorprendentemente eternas, surgieron grupos que hicieron, con todos los honores, historia. Uno de ellos aunaba el buen hacer técnico de Quimi Portet con la lírica y sensibilidad de un hombre, Manolo García, cuya inspiración, poesía y sensilibidad es lo más parecido a una obra de arte. Podría citar decenas de títulos de la época, anteriores incluso. Pero hoy me quedo con un tema que lleva un montón de tiempo rondando mis meninges, sin conseguir extirparlo. Ni quererlo. No es propiamente de los ochenta. Sí de mediados de los noventa, del ocaso de El Último de la Fila. Tampoco es de sus temas más conocidos, pero sí, desde luego, de los más bellos. Por eso tiene el dudoso privilegio de hacerse un sitio en esta humilde paginilla.
Las Hojas Que Ríen. El Último de la Fila.
Escuchad la letra. Sentid la música... y viceversa.
http://www.youtube.com/watch?v=gUy_y6PgWGA
Por cierto, los links a los vídeos no son elegidos. Sencillamente, en ellos están las canciones. Y como los videoclips originales no suelo encontrarlos... pues eso.
En fin, a lo que iba. En nuestro país, de entre tanta tontería de grupos efímeros y canciones sorprendentemente eternas, surgieron grupos que hicieron, con todos los honores, historia. Uno de ellos aunaba el buen hacer técnico de Quimi Portet con la lírica y sensibilidad de un hombre, Manolo García, cuya inspiración, poesía y sensilibidad es lo más parecido a una obra de arte. Podría citar decenas de títulos de la época, anteriores incluso. Pero hoy me quedo con un tema que lleva un montón de tiempo rondando mis meninges, sin conseguir extirparlo. Ni quererlo. No es propiamente de los ochenta. Sí de mediados de los noventa, del ocaso de El Último de la Fila. Tampoco es de sus temas más conocidos, pero sí, desde luego, de los más bellos. Por eso tiene el dudoso privilegio de hacerse un sitio en esta humilde paginilla.
Las Hojas Que Ríen. El Último de la Fila.
Escuchad la letra. Sentid la música... y viceversa.
http://www.youtube.com/watch?v=gUy_y6PgWGA
Por cierto, los links a los vídeos no son elegidos. Sencillamente, en ellos están las canciones. Y como los videoclips originales no suelo encontrarlos... pues eso.
12 julio 2010
Una historia de AMOR
Esto que cuento acaba de ocurrir. Podría ser el guión de una pequeña película española; quizá, la segunda parte de “El marido de la peluquera”. Pero no es ficción. Es real. Asombroso, estremecedor. Hermoso.
Antonio y Arsenia eran una parejita de octogenarios que durante más de la mitad de su vida vivieron en una hermosa localidad de mi bella Sanabria, abrupta, salvaje, profunda. Como los sentimientos, como la pasión, como la vida misma. Tiempo hacía ya que se habían trasladado fuera, pero no importaba. Las raíces permanecían profundas, ancladas al subsuelo rocoso de la comarca, tierra –por cercanía y hermandad- de meigas y ritos, de cuentos y hechizos. Arsenia y Antonio eran azúcar y sal, el día y la noche, seda y esparto. Antagónicos en las formas. Las piezas de un puzzle que, sorprendentemente, encajan a la perfección. Dame tus aristas, yo las puliré con mi aceite. Entra en mis huecos mientras mi cuerpo se amolda a tu impetuoso coraje. Seré tu paz cuando prendas fuego. Serás la fuerza que me salve y proteja. Así sesenta años.
Antonio y Arsenia eran la luz y la oscuridad, tan opuestos, tan necesarios, tan inseparables. La sombra el uno del otro. Incapaces de concebir la existencia sin el calor del cuerpo ajeno, del cuerpo anejo. Si tú saltas, yo salto. No me pidas, amor, que te espere silente hasta que Dios quiera. Él nos ha unido, y unidos viviremos. Por siempre. Para siempre.
Llevaban tiempo ya sin dar señales. La vecina llamaba cada día, pero no obtenía respuesta. Finalmente, algo hizo que su corazón se acelerara trágicamente: por debajo de la puerta se percibía un olor no por conocido asimilado. Corrió a coger su teléfono.Llamó a emergencias. Los bomberos se descolgaron desde el tejado hasta el sexto piso. Rompiendo la ventana, accedieron al interior. Lo que se encontraron aún les sobrecoge el corazón. Al lado de la cama, en el suelo, estaban los dos ancianos, abrazados el uno al otro… muertos. Nunca una escena tan macabra fue tan bella a la par. Los indicios apuntan a que Antonio sufrió un infarto cerebral, y cayó desplomado al suelo. Arsenia intentó reanimarle, pero no lo consiguió. Sintió tentación de llamar a la policía, a la familia… pero no lo hizo. Como pudo movió el cuerpo de su amado y lo colocó sobre una manta, que el frío suelo no es lugar digno para descansar. Se colocó a su lado, y esperó una señal. Mientras acababa de llegar, tomó algo de comida y la colocó en un plato, cerca de ambos. Despertar de tan duro trance debe dar hambre, y hay que estar preparado. Pero Antonio no despertó. Si tú saltas, yo salto. Hasta que la muerte nos separe… No!. Venceremos a la muerte. Seremos eternos!… Arsenia dejó de comer. Se acurrucó junto a él. Pulió por última vez sus aristas con su aceite. Su cuerpo amoldó dulcemente su coraje. Besó su nuca. Apoyó la cabeza sobre sus hombros… y esperó. Tres días y tres noches. Abrazada. Paciente.
La luz del cuarto día los despertó en otro lugar. Donde son eternos. Donde han vencido a la muerte. Desde donde se divisa esa tierra verde y rocosa de valles, pinares, lagos y lagunas, castillos y empedrados. Mi bella tierra sanabresa tiene, ahora, una nueva leyenda. Una nueva historia. Una historia de AMOR.
Antonio y Arsenia eran una parejita de octogenarios que durante más de la mitad de su vida vivieron en una hermosa localidad de mi bella Sanabria, abrupta, salvaje, profunda. Como los sentimientos, como la pasión, como la vida misma. Tiempo hacía ya que se habían trasladado fuera, pero no importaba. Las raíces permanecían profundas, ancladas al subsuelo rocoso de la comarca, tierra –por cercanía y hermandad- de meigas y ritos, de cuentos y hechizos. Arsenia y Antonio eran azúcar y sal, el día y la noche, seda y esparto. Antagónicos en las formas. Las piezas de un puzzle que, sorprendentemente, encajan a la perfección. Dame tus aristas, yo las puliré con mi aceite. Entra en mis huecos mientras mi cuerpo se amolda a tu impetuoso coraje. Seré tu paz cuando prendas fuego. Serás la fuerza que me salve y proteja. Así sesenta años.
Antonio y Arsenia eran la luz y la oscuridad, tan opuestos, tan necesarios, tan inseparables. La sombra el uno del otro. Incapaces de concebir la existencia sin el calor del cuerpo ajeno, del cuerpo anejo. Si tú saltas, yo salto. No me pidas, amor, que te espere silente hasta que Dios quiera. Él nos ha unido, y unidos viviremos. Por siempre. Para siempre.
Llevaban tiempo ya sin dar señales. La vecina llamaba cada día, pero no obtenía respuesta. Finalmente, algo hizo que su corazón se acelerara trágicamente: por debajo de la puerta se percibía un olor no por conocido asimilado. Corrió a coger su teléfono.Llamó a emergencias. Los bomberos se descolgaron desde el tejado hasta el sexto piso. Rompiendo la ventana, accedieron al interior. Lo que se encontraron aún les sobrecoge el corazón. Al lado de la cama, en el suelo, estaban los dos ancianos, abrazados el uno al otro… muertos. Nunca una escena tan macabra fue tan bella a la par. Los indicios apuntan a que Antonio sufrió un infarto cerebral, y cayó desplomado al suelo. Arsenia intentó reanimarle, pero no lo consiguió. Sintió tentación de llamar a la policía, a la familia… pero no lo hizo. Como pudo movió el cuerpo de su amado y lo colocó sobre una manta, que el frío suelo no es lugar digno para descansar. Se colocó a su lado, y esperó una señal. Mientras acababa de llegar, tomó algo de comida y la colocó en un plato, cerca de ambos. Despertar de tan duro trance debe dar hambre, y hay que estar preparado. Pero Antonio no despertó. Si tú saltas, yo salto. Hasta que la muerte nos separe… No!. Venceremos a la muerte. Seremos eternos!… Arsenia dejó de comer. Se acurrucó junto a él. Pulió por última vez sus aristas con su aceite. Su cuerpo amoldó dulcemente su coraje. Besó su nuca. Apoyó la cabeza sobre sus hombros… y esperó. Tres días y tres noches. Abrazada. Paciente.
La luz del cuarto día los despertó en otro lugar. Donde son eternos. Donde han vencido a la muerte. Desde donde se divisa esa tierra verde y rocosa de valles, pinares, lagos y lagunas, castillos y empedrados. Mi bella tierra sanabresa tiene, ahora, una nueva leyenda. Una nueva historia. Una historia de AMOR.
22 junio 2010
Seré bueno
Cuando escribo suelo hacerlo a partir de vivencias personales. O bien hablo de sensaciones que me surgen hacia cualquier acontecimiento, idea o sentimiento que me cruza, me atraviesa. Este pequeño relato sale de mí a partir de una canción, como tantos, tantísimos otros. No es algo que me pase, ni que me haya pasado. No soy protagonista, afortunadamente. Pero a veces, cuando veo la mirada de un niño, leo a través de él. Y esto es lo que me encuentro.
Seré bueno
Seré bueno, te lo prometo. No importa si me muero de hambre, o de sed, o de frío. Estaré calladito y no me moveré, de verdad. Seré bueno, aunque no me mires, ni me hables. Aunque tu indiferencia, tu desprecio, corte como una navaja de frío hielo. Aunque para tí sea un simple mueble que hace bonito si no cojea, si no acumula el polvo que no te molestas en limpiar, la suciedad que dejas crecer con desidia. Seré bueno y me lo comeré todo, aunque no preguntes nunca si me gusta, si me apetece, si lo necesito. Pero aguantaré la nausea, el ardor de mis entrañas, si así puedo complacerte.
Seré bueno, aunque no sepa ni siquiera quién soy, porque simplemente me comporto y actúo como deseas, para que cuando estés con tus amigos puedas, por un momento, presumir de mí, sentir o creer que te sientes orgulloso. Seré bueno. Estudiaré cuando quiera jugar, jugaré con los juguetes con los que no pudiste disfrutar cuando tenías mi edad, para que así, al menos, te sirva de pobre liberación de tu frustración infantil. Iré donde quieras que vaya, porque he de ser bueno. Y cuando entres por la puerta correré a abrazarte, aunque me apartes como siempre con tu pierna, tan cansado que llegas del trabajo; te mostraré el dibujo que te he hecho, las notas que he sacado con mi esfuerzo y estudio mientras los demás niños disfrutaban del tiempo libre. Y esperaré ese beso que nunca llega, esa palmadita en la nuca, esos dedos bruscamente enredados en mi pelo, que son tu máxima expresión de reconocimiento y cariño. Me sentaré cerca de ti, pero a una distancia prudencial, para no molestarte. Te acercaré el mando de la tele, llevaré al fregadero tu vaso, y mientras no puedo contener una obcecada lágrima, agacharé la cabeza y miraré para otro lado, a fin de que no la veas.
Seré bueno. Sonreiré en tu presencia, pero con comedimiento, porque de sobra sé que te molesta el sonido de lo que tú llamas mi risa de tonto. Esperaré a la salida del colegio a que por fin un día aparezcas en la puerta y me digas: “Hola, cariño. Vamos a casa”. Y cuando juegue al fútbol miraré a la grada con la estúpida esperanza de encontrarte entre los padres y abuelos animosos de otros. Seré bueno, te lo prometo. Cuando llegue de la calle no te molestaré contándote que hemos perdido, como siempre, pero que casi marco un gol; que quería haberlo hecho para dedicártelo. Seguiré estudiando alemán porque es el idioma del futuro, aunque odie esa maldita lengua, aunque me parta las tardes a la mitad, entre natación e informática, justo antes de hacer los deberes. Pero no importa. Seré bueno, y lo estudiaré, porque sé que tú así lo quieres; porque sé que es lo mejor para mí.
Seré fuerte, como tú me has enseñado. Seré duro, porque ahí fuera me espera una jauría de lobos, aunque no tengo ni idea de a qué te refieres con eso. Creceré comedido, educado, formal. Instruido, callado, eficaz. Perfecto. Y cuando tenga hijos, les enseñaré a ser como yo: hombres de pro, personas de provecho, comedidos, educados, formales. Instruidos, callados, eficaces. Perfectos.
Seré bueno. Pero mientras, permíteme soñar por las noches. Déjame dormir mientras imagino que tú y yo jugamos; que me abrazas, me levantas, me tomas en brazos. Que me dejas ver la tele de vez en cuando; que me llevas de la mano hasta el fin del mundo, si fuera posible. Déjame soñar que soy perezoso, débil, relajado. Que reímos juntos, que puedo llorar cuando estoy triste y tú estás ahí para agarrar mi carita entre tus manos, besarme los labios y decirme: “llora, mi niño, llora. Yo estoy aquí, no tienes nada que temer. Te quiero”.
Seré bueno. Te lo prometo.
Seré bueno
Seré bueno, te lo prometo. No importa si me muero de hambre, o de sed, o de frío. Estaré calladito y no me moveré, de verdad. Seré bueno, aunque no me mires, ni me hables. Aunque tu indiferencia, tu desprecio, corte como una navaja de frío hielo. Aunque para tí sea un simple mueble que hace bonito si no cojea, si no acumula el polvo que no te molestas en limpiar, la suciedad que dejas crecer con desidia. Seré bueno y me lo comeré todo, aunque no preguntes nunca si me gusta, si me apetece, si lo necesito. Pero aguantaré la nausea, el ardor de mis entrañas, si así puedo complacerte.
Seré bueno, aunque no sepa ni siquiera quién soy, porque simplemente me comporto y actúo como deseas, para que cuando estés con tus amigos puedas, por un momento, presumir de mí, sentir o creer que te sientes orgulloso. Seré bueno. Estudiaré cuando quiera jugar, jugaré con los juguetes con los que no pudiste disfrutar cuando tenías mi edad, para que así, al menos, te sirva de pobre liberación de tu frustración infantil. Iré donde quieras que vaya, porque he de ser bueno. Y cuando entres por la puerta correré a abrazarte, aunque me apartes como siempre con tu pierna, tan cansado que llegas del trabajo; te mostraré el dibujo que te he hecho, las notas que he sacado con mi esfuerzo y estudio mientras los demás niños disfrutaban del tiempo libre. Y esperaré ese beso que nunca llega, esa palmadita en la nuca, esos dedos bruscamente enredados en mi pelo, que son tu máxima expresión de reconocimiento y cariño. Me sentaré cerca de ti, pero a una distancia prudencial, para no molestarte. Te acercaré el mando de la tele, llevaré al fregadero tu vaso, y mientras no puedo contener una obcecada lágrima, agacharé la cabeza y miraré para otro lado, a fin de que no la veas.
Seré bueno. Sonreiré en tu presencia, pero con comedimiento, porque de sobra sé que te molesta el sonido de lo que tú llamas mi risa de tonto. Esperaré a la salida del colegio a que por fin un día aparezcas en la puerta y me digas: “Hola, cariño. Vamos a casa”. Y cuando juegue al fútbol miraré a la grada con la estúpida esperanza de encontrarte entre los padres y abuelos animosos de otros. Seré bueno, te lo prometo. Cuando llegue de la calle no te molestaré contándote que hemos perdido, como siempre, pero que casi marco un gol; que quería haberlo hecho para dedicártelo. Seguiré estudiando alemán porque es el idioma del futuro, aunque odie esa maldita lengua, aunque me parta las tardes a la mitad, entre natación e informática, justo antes de hacer los deberes. Pero no importa. Seré bueno, y lo estudiaré, porque sé que tú así lo quieres; porque sé que es lo mejor para mí.
Seré fuerte, como tú me has enseñado. Seré duro, porque ahí fuera me espera una jauría de lobos, aunque no tengo ni idea de a qué te refieres con eso. Creceré comedido, educado, formal. Instruido, callado, eficaz. Perfecto. Y cuando tenga hijos, les enseñaré a ser como yo: hombres de pro, personas de provecho, comedidos, educados, formales. Instruidos, callados, eficaces. Perfectos.
Seré bueno. Pero mientras, permíteme soñar por las noches. Déjame dormir mientras imagino que tú y yo jugamos; que me abrazas, me levantas, me tomas en brazos. Que me dejas ver la tele de vez en cuando; que me llevas de la mano hasta el fin del mundo, si fuera posible. Déjame soñar que soy perezoso, débil, relajado. Que reímos juntos, que puedo llorar cuando estoy triste y tú estás ahí para agarrar mi carita entre tus manos, besarme los labios y decirme: “llora, mi niño, llora. Yo estoy aquí, no tienes nada que temer. Te quiero”.
Seré bueno. Te lo prometo.
18 junio 2010
Canciones (IV)
Una película, Los Inmortales, que en su momento parecía buena y que revisándola con el tiempo resulta bastante pobre tenía y mantiene no obstante dos argumentos a su favor: el encanto de un romanticismo trágico e imposible, y una banda sonora de Queen con temas tan bellos como éste. El mito de la inmortalidad, revisado desde un punto de vista humano y profundamente realista. La música, sencillamente, sobrecogedora.
Who Wants To Live Forever
There's no time for us
There's no place for us
What is this thing that builds a dream
Yet slips away from us
Who wants to live forever
Who wants to live forever
There's no chance for us
It's all decided for us
This world has only one sweet moment
Set aside for us
Who wants to live forever
Who dares to love forever
When love must die
But touch my tears with your lips
Touch my world with your fingertips
And we can have forever
And we can love forever
Forever is our today
Who wants to live forever
Who wants to live forever
Forever is our today...
Who waits forever anyway?
http://www.youtube.com/watch?v=5L8-FTvSVxs
Y dice así:
No hay tiempo para nosotros
No hay lugar para nosotros
De qué estan hechos nuestros sueños, que se nos escapan?
Quién quiere vivir eternamente?
Quién quiere vivir eternamente?
No tenemos oportunidad alguna
Todo está decidido para nosotros
Sólo existe un momento dulce en este mundo para nosotros
Quién quiere vivir eternamente?
Quién quiere vivir eternamente
cuando el amor ha de morir?
Pero acaricia mis lágrimas con tus labios
Acaricia mi mundo con la yema de tus dedos
Y lo podremos tener eternamente
Y podremos amar eternamente
La Eternidad es nuestro Hoy...
Quién espera eternamente?
Who Wants To Live Forever
There's no time for us
There's no place for us
What is this thing that builds a dream
Yet slips away from us
Who wants to live forever
Who wants to live forever
There's no chance for us
It's all decided for us
This world has only one sweet moment
Set aside for us
Who wants to live forever
Who dares to love forever
When love must die
But touch my tears with your lips
Touch my world with your fingertips
And we can have forever
And we can love forever
Forever is our today
Who wants to live forever
Who wants to live forever
Forever is our today...
Who waits forever anyway?
http://www.youtube.com/watch?v=5L8-FTvSVxs
Y dice así:
No hay tiempo para nosotros
No hay lugar para nosotros
De qué estan hechos nuestros sueños, que se nos escapan?
Quién quiere vivir eternamente?
Quién quiere vivir eternamente?
No tenemos oportunidad alguna
Todo está decidido para nosotros
Sólo existe un momento dulce en este mundo para nosotros
Quién quiere vivir eternamente?
Quién quiere vivir eternamente
cuando el amor ha de morir?
Pero acaricia mis lágrimas con tus labios
Acaricia mi mundo con la yema de tus dedos
Y lo podremos tener eternamente
Y podremos amar eternamente
La Eternidad es nuestro Hoy...
Quién espera eternamente?
03 marzo 2010
Canciones (III)
Y si en mi primera entrada sobre canciones hablaba de lo sencillo, directo y delicado que describía John Denver lo que sentía por una mujer, no puedo imaginarme otra canción en castellano que cumpla tan bién esas premisas y que sea más bella que esta. Cuántos recuerdos, cuanta empatía, cuanta identificación propia con sentimientos ajenos. Cuanta verdad...
Lucia. Joan Manuel Serrat.
Permitidme la frivolité de postear la versión de Rosario. Cosas mías...
http://www.youtube.com/watch?v=kqc-0qq-h34
Lucia. Joan Manuel Serrat.
Permitidme la frivolité de postear la versión de Rosario. Cosas mías...
http://www.youtube.com/watch?v=kqc-0qq-h34
08 febrero 2010
Canciones (II)
Había tardado mucho en hablar de ellos. Deuda saldada. A finales de los setenta, surgió un nuevo género musical, ahora llamado música progresiva. Nada que ver con el progressive, por supuesto. Grupos que creían en la calidad, en la melodía, las letras, los arreglos. A menudo orquestados, comenzaron siendo rock sinfónico, para avanzar -de ahí, supongo, lo de progresivo- hacia el pop y/o música alternativa. A la postre, MUSICA, con mayúsculas. Pink Floyd o Supertramp -casi nada, vamos- eran algunos de sus representantes. El máximo exponente fue The Alan Parsons Project. Una banda en la que el ingeniero de sonido (y coproductor) ponía el nombre, la pasta, la calidad impresionante de sonido, algunos que otros arreglos, y los temas instrumentales, y la auténtica alma, compositor, a menudo vocalista y sensibilidad sublime, mr. Erik Woolfson, permanecía en realidad en la sombra, como todos los grandes genios reversibles. Suya fue la acuñación de "disco concepto", y suyos también algunos de los más hermosos, conocidos y desconocidos temas de la historia de la música. Algún día desnudaré parte de mi película personal, para que se llegue a entender lo que este grupo significó para mí, y por qué.
Por ahora, dejo uno de los muchos, muchos desgarros sentimentales que plagan su discografía y son parte de mi persona, como un hermitaño, como un virus, como curare en corazón. Letra por letra, suspiro por suspiro.
Old And Wise
As far as my eyes can see
There are shadows approaching me
And to those I left behind
I wanted you to know
You've always share my deepest thoughts
You follow where I go
And oh, when I'm old and wise
Bitter words mean little to me
Autumn winds will blow right through me
And someday, in the mist of time
When they asked me if I knew you
I'd smile and say you were a friend of mine
And the sadness would be lifted from my eyes
Oh when I'm old and wise
As far as my eyes can see
There are shadows surrounding me
And to those I leave behind
I want you all to know
You've always shared my darkest hours
I'll miss you when I go
And oh, when I'm old and wise
Heavy words that tossed and blew me
Like autumn winds will blow right through me
And someday in the mist of time
When they ask you if you knew me
Remember that you were a friend of mine
As the final curtain falls before my eyes
Oh when I'm old and wise
As far as my eyes can see
http://www.youtube.com/watch?v=s8PEEvODG7c
Que viene siendo, más o menos, tal que esto:
Viejo y Sabio
Tan lejos como me alcanza la vista
Hay sombras acercándose
Y aquellos a los que dejé atrás
Quisiera que supierais
Que os he tenido siempre en mis más profundos pensamientos
Allá donde haya ido
Y, cuando sea viejo y sabio
Las palabras amargas no me importarán
Se las llevarán los vientos de otoño
Y algún día, en la noche de los tiempos
Cuando me pregunten si os conocí
Diré sonriendo que fuisteis mis amigos
Y la tristeza desaparecerá de mis ojos
Cuando sea viejo y sabio
Tan lejos como me alcanza la vista
Hay sombras rodeándome
Y aquellos a los que dejo atrás
Quiero que sepáis
Que os he tenido presentes en mis horas más oscuras
Os echaré de menos cuando me vaya
Y, cuando sea viejo y sabio
Las duras palabras que me lanzaron y golpearon
Como los vientos de otoño se alejarán volando de mí
Y algún día, en la noche de los tiempos
Cuando os pregunten si me conocisteis
Recordad que fuisteis mis amigos
Mientras el telón final cierra mis ojos
Cuando sea viejo y sabio
Tan lejos como me alcanza la vista....
Amigos míos, todos los que fuisteis y sois... esta canción es para vosotros.
Por ahora, dejo uno de los muchos, muchos desgarros sentimentales que plagan su discografía y son parte de mi persona, como un hermitaño, como un virus, como curare en corazón. Letra por letra, suspiro por suspiro.
Old And Wise
As far as my eyes can see
There are shadows approaching me
And to those I left behind
I wanted you to know
You've always share my deepest thoughts
You follow where I go
And oh, when I'm old and wise
Bitter words mean little to me
Autumn winds will blow right through me
And someday, in the mist of time
When they asked me if I knew you
I'd smile and say you were a friend of mine
And the sadness would be lifted from my eyes
Oh when I'm old and wise
As far as my eyes can see
There are shadows surrounding me
And to those I leave behind
I want you all to know
You've always shared my darkest hours
I'll miss you when I go
And oh, when I'm old and wise
Heavy words that tossed and blew me
Like autumn winds will blow right through me
And someday in the mist of time
When they ask you if you knew me
Remember that you were a friend of mine
As the final curtain falls before my eyes
Oh when I'm old and wise
As far as my eyes can see
http://www.youtube.com/watch?v=s8PEEvODG7c
Que viene siendo, más o menos, tal que esto:
Viejo y Sabio
Tan lejos como me alcanza la vista
Hay sombras acercándose
Y aquellos a los que dejé atrás
Quisiera que supierais
Que os he tenido siempre en mis más profundos pensamientos
Allá donde haya ido
Y, cuando sea viejo y sabio
Las palabras amargas no me importarán
Se las llevarán los vientos de otoño
Y algún día, en la noche de los tiempos
Cuando me pregunten si os conocí
Diré sonriendo que fuisteis mis amigos
Y la tristeza desaparecerá de mis ojos
Cuando sea viejo y sabio
Tan lejos como me alcanza la vista
Hay sombras rodeándome
Y aquellos a los que dejo atrás
Quiero que sepáis
Que os he tenido presentes en mis horas más oscuras
Os echaré de menos cuando me vaya
Y, cuando sea viejo y sabio
Las duras palabras que me lanzaron y golpearon
Como los vientos de otoño se alejarán volando de mí
Y algún día, en la noche de los tiempos
Cuando os pregunten si me conocisteis
Recordad que fuisteis mis amigos
Mientras el telón final cierra mis ojos
Cuando sea viejo y sabio
Tan lejos como me alcanza la vista....
Amigos míos, todos los que fuisteis y sois... esta canción es para vosotros.
01 febrero 2010
Canciones
No soy capaz de imaginar la vida sin la música. Sin mí música. Cada momento tiene su canción, su melodía, sus aires y tempos. Así nuestra historia es recordada con sabores, aromas, sonidos, arpegios y armonías. Una simple sucesión aleatoria de notas en un pentagrama puede hacernos rememorar un pasaje de nuestra existencia, y hasta oler y masticar lo que en ese momento estábamos comiendo, aunque hayan pasado veinte años... así es su magia, convirtiendo la senda caminada en una película en la memoria, con banda sonora incluída.
Quiero comenzar un apartado de temas que por su oportunismo, belleza, trascendencia o importancia -tal vez por todo junto- merecen ser incluídas en mi propia lista de honor. Va la primera... No creo que se pueda describir de forma más delicada lo que se puede sentir por una mujer que como lo hizo Mr. Denver.
You Fill Up My Senses. John Denver.
You fill up my senses like a night in a forest,
Like the mountains in springtime,
Like a walk in the rain, like a storm in the desert,
Like a sleepy blue ocean.
You fill up my senses, come fill me again.
Come let me love you, let me give my life to you,
Let me drown in your laughter, let me die in your arms.
Let me lay down beside you, let me always be with you
Come let me love you, come love me again.
Let me give my life to you,
Come let me love you, come love me again.
http://www.youtube.com/watch?v=-lFCnXidJeM&feature=rec-LGOUT-exp_fresh+div-1r-3-HM
Y lo que viene a decir...
Llenas mis sentidos.
Llenas mis sentidos como la noche en el bosque
Como las montañas en primavera
Como un paseo bajo la lluvia, como una tormenta en el desierto
Como un océano azul en calma
Llenas mis sentidos, ven y llename de nuevo
Déjame amarte, darte mi vida
Déjame ahogarme en tu sonrisa, morir en tus brazos
Déjame acostarme a tu lado, déjame estar siempre contigo
Ven, déjame amarte y ámame de nuevo
Déjame darte mi vida
Ven, déjame amarte... y ámame de nuevo
Sí, sé que suena mejor en inglés, pero olvidémonos por un momento de la poesía... y simplemente sintamos las palabras. Salud.
Quiero comenzar un apartado de temas que por su oportunismo, belleza, trascendencia o importancia -tal vez por todo junto- merecen ser incluídas en mi propia lista de honor. Va la primera... No creo que se pueda describir de forma más delicada lo que se puede sentir por una mujer que como lo hizo Mr. Denver.
You Fill Up My Senses. John Denver.
You fill up my senses like a night in a forest,
Like the mountains in springtime,
Like a walk in the rain, like a storm in the desert,
Like a sleepy blue ocean.
You fill up my senses, come fill me again.
Come let me love you, let me give my life to you,
Let me drown in your laughter, let me die in your arms.
Let me lay down beside you, let me always be with you
Come let me love you, come love me again.
Let me give my life to you,
Come let me love you, come love me again.
http://www.youtube.com/watch?v=-lFCnXidJeM&feature=rec-LGOUT-exp_fresh+div-1r-3-HM
Y lo que viene a decir...
Llenas mis sentidos.
Llenas mis sentidos como la noche en el bosque
Como las montañas en primavera
Como un paseo bajo la lluvia, como una tormenta en el desierto
Como un océano azul en calma
Llenas mis sentidos, ven y llename de nuevo
Déjame amarte, darte mi vida
Déjame ahogarme en tu sonrisa, morir en tus brazos
Déjame acostarme a tu lado, déjame estar siempre contigo
Ven, déjame amarte y ámame de nuevo
Déjame darte mi vida
Ven, déjame amarte... y ámame de nuevo
Sí, sé que suena mejor en inglés, pero olvidémonos por un momento de la poesía... y simplemente sintamos las palabras. Salud.
14 enero 2010
De una manera u otra
Ella es sueño. Rayo de luz entre tinieblas. Un conato de arco iris que no se sabe dónde comienza, ni se vislumbra su reposo terreno, pero que permanece suspendido en el cielo, tímido, asomándose apenas entre las nubes, como sin querer molestar. No es consciente de su belleza. Posee la grandeza de quien es mucho y no se cree nada. Va de acá para allá, diligente, impaciente. Roza con palabras sus oídos, a lo lejos. Y él no puede sino mirarla. Mirarla en la sombra, en silencio. Mirarla, una y otra vez. El comienzo del fin. Ella no sabe nada. No debe saber que, cuando la contempla, siente la inconmensurable necesidad de seguir mirando. Ojos hidrópicos sus ojos deben ser, que decía el autor... pues cuando es muerte el beber, beben más, y desta suerte, viendo que el ver le da muerte, está muriendo por ver. Pero es imposible. No puede evitar clavar los suyos en sus ojos de miel, preciosos, inmensos. Es entonces cuando entiende el verdadero significado del enamoramiento: NECESIDAD. Necesidad de seguir mirándolos, embobado, derrotado, vencido. Pasaría las horas sin más, contemplándola, admirándola, acariciándola con su alma, en silencio. Navegando en el brillante océano de sus ojos, buceando a través de ellos, como si de esa forma pudiera llegar hasta su corazón, colarse allí, hacerse un huequecito.
No ha de saber nada. No debe descubrir, sospechar siquiera que muere si no está a su lado, si no percibe su olor cuando pasa, si no la mira desde cualquier esquina, como un terrorista del amor. No tiene que saber que es con su imagen en el recuerdo con la que se duerme. Que se imagina confesándose, hablándole, sus pupilas fijas en las suyas; contando sin palabras que ansía tomarle la cara entre las manos, besar su frente, su pelo, su mente; abrazarla, apretarla contra su pecho como si con tan cálido gesto pudiera fundirla consigo, hasta sentir su corazón palpitando dentro del propio. No puede, no debe saber que muere si está a su lado, sin hacer realidad sus fantasías de amor. Qué gran dolor, la muerte, inevitable de una manera u otra.
Ha decidido alejarse. Piensa que la única manera de salir indemne del peligro es no exponerse a él. Aunque así, mientras la evita, mientras se prohíbe a sí mismo tal secreta adoración, se convierte en un naufrago sin rumbo, en un rey mago sin estrella, cargado de regalos que nunca llegarán a su destino. Seguirá muriendo. Pero al menos no la arrastrará con él. Y mientras, piensa en su desdicha, acaricia su piel, besa su frente, mira sus ojos en sueños. Y languidece su alma. Qué gran dolor, la muerte, inevitable... de una manera u otra.
No ha de saber nada. No debe descubrir, sospechar siquiera que muere si no está a su lado, si no percibe su olor cuando pasa, si no la mira desde cualquier esquina, como un terrorista del amor. No tiene que saber que es con su imagen en el recuerdo con la que se duerme. Que se imagina confesándose, hablándole, sus pupilas fijas en las suyas; contando sin palabras que ansía tomarle la cara entre las manos, besar su frente, su pelo, su mente; abrazarla, apretarla contra su pecho como si con tan cálido gesto pudiera fundirla consigo, hasta sentir su corazón palpitando dentro del propio. No puede, no debe saber que muere si está a su lado, sin hacer realidad sus fantasías de amor. Qué gran dolor, la muerte, inevitable de una manera u otra.
Ha decidido alejarse. Piensa que la única manera de salir indemne del peligro es no exponerse a él. Aunque así, mientras la evita, mientras se prohíbe a sí mismo tal secreta adoración, se convierte en un naufrago sin rumbo, en un rey mago sin estrella, cargado de regalos que nunca llegarán a su destino. Seguirá muriendo. Pero al menos no la arrastrará con él. Y mientras, piensa en su desdicha, acaricia su piel, besa su frente, mira sus ojos en sueños. Y languidece su alma. Qué gran dolor, la muerte, inevitable... de una manera u otra.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)