08 julio 2012

Elsa y Fred

Otro día solitario más. Otro fin de semana haciendo cosas y sintiendo que desperdicio el tiempo. Tras dos días ajetreados con esto y aquello, yendo acá y allá, durmiendo y bebiendo, pendiente de un teléfono que sé que no ha de sonar, la noche frente al televisor me regala al fin una película que hacía largo tiempo deseaba disfrutar. Y doy gracias a ese Dios que se me esconde porque me otorga el placer y la necesidad de exorcizar  mis emociones de este encierro en el que las oculto creyendo que así se van desvaneciendo.

Elsa y Fred. Dos viejitos desahuciados de la vida en la recta final de su existencia. A veces el destino te da una última oportunidad, aunque sea tan tarde, aunque sea tan lejos. Pero el amor siempre es bienvenido. Tras una vida plagada de convencionalismos, solos o acompañados, pero cadáveres, en la recta final, en la cuenta atrás hacia la muerte, uno y otro se descubren. Y, con ellos, y juntos, el placer del amor. Del amor sin prejuicios. Del amor sin condiciones. Del amor libre, inocente, ingenuo, espontáneo. Del amor adolescente. De ese en el que no tienen que rendir cuentas a nadie más que a su maltrecho y arrugado corazón, deseoso de empaparse de esperanza, de alegría, de vida. No puedo apartar mis ojos húmedos de la pantalla, y tampoco puedo evitar sentir una colosal envidia por ellos y sus mensajes infantiles, sus manos entrelazadas, sus orgullosas presentaciones en sociedad, sus secretos escarceos sentimentales. Sí, siento envidia. Muero de envidia. Miro a mi lado, y no hay nadie en la otra esquina del sofá. Ninguna cabeza sobre mi hombro, sobre mis piernas. Ningún pelo en el baño, en la escalera, en cualquier mínimo, oculto, insospechado rincón. Elsa y Fred, Fred y Elsa… la esperanza de poder vivir el amor otra vez, siquiera sea antes de dar la bienvenida a la muerte. Doy gracias a mi bien amado Manuel Alexandre, para quien esta película es una metáfora de su carrera profesional: tras más de sesenta años dedicados a la interpretación como secundario de lujo, justo antes de morir le llega al fin la oportunidad de protagonizar su primer papel principal. El perenne hombre bueno, el eterno abuelo de nuestro cine, prácticamente se despide por la puerta grande. Él y China Zorrilla, de la mano de las preciosistas notas de mi no menos admirado Lito Vitale, rasgan la tela del saquito que recubre mi corazón y me entristecen, me emocionan, me derrotan, me reviven. Hay un momento de la película en la que a Fred le pregunta su hija: “¿Te estás dejando morir?” El responde… “No. Me estoy dejando vivir…”

Ojalá vuelva a sentir de nuevo como hasta hace nada he sentido y, de nuevo, he perdido. Sólo espero que sea antes de comprarle a Caronte el ticket de ida sin retorno…