29 septiembre 2011

Unos segundos, tan sólo

Hoy te ví pasar. Unos segundos, tan sólo. En mi coche me recordaban que todo lo que sube, baja. Te gustaba escucharlos, conmigo o sin mí. Aprendiste a apreciarlos, a amar su música. A amarme. Hubo de ser en ese preciso momento cuando aparecieras, tanto tiempo después. Yo iba cuatro carriles más allá, pero instintivamente algo me hizo mirar hacia tí. Como si de una metáfora siniestra del destino se tratase, apareciste en el punto más alejado de mí. En dirección contraria. Caminos opuestos. Yo iba. Tú venías. Tan sólo unos segundos. Y desapareciste.

Hoy te ví pasar. Unos segundos, tan sólo. Yo escuchaba el sonido de mi alma plasmado en música ajena, maravillosa, única. Algo me hizo mirar. Cuatro carriles más allá. Un bultito verde oscuro cruzó por la vía de servicio. Destino: el adiós. Pude verte. No has cambiado apenas. Esa camiseta clara que tan bien te sentaba. El pelo recogido -sabes que no me gusta demasiado- me dice, sin embargo, que continúas con tu cabello ligeramente largo. Me sorprendió. Siempre te imaginé con ese aire a Meg Ryan con el que te conocí. Estaba convencido de que sería lo primero que hicieras. Sin embargo lo tienes como la última vez. Tal vez a él le guste así, también. Una preocupación menos.

Hoy te ví pasar. No sé cómo ni por qué, pero tuve que mirar allí. Una parte de tí se ha quedado tan dentro que, desobediente, me llama una y otra vez. Me engaña, juega conmigo. No te deja ir. Tú, ajena, prosigues tu marcha. Fueron sólo unos segundos. Pero pude verte como si mi retina te hubiera fotografiado y revelado. Pude ver tu cara. Quizá conmigo no eras todo lo feliz que necesitabas. Yo tampoco. Lo sabes. Lo sabemos. Pero tu cara, hoy, casi año y medio después, no hablaba de paz. No hablaba de alegría. No hablaba de felicidad. Hablaba de cierta tristeza. De melancolía. De miedo, quizá. De miedo a encontrarme, como sucedió, y de verme. Ahí tuviste suerte.

No sé qué hacías aquí a esas horas, ni por qué estabas en esa carretera en ese momento. Sólo sé que mi corazón dió un vuelco. Que volví a buscar un bultito verde al comienzo de mi calle. Que volví a ponerme nervioso al escuchar un motor diésel. Que te esperé, como siempre. Que no viniste, como casi siempre.

Ven. Vete. Entra. Desaparece. Sal de una vez, recoge esa traviesa porción de tí que habita aún en mi interior, y llevatela lejos. Mátala. Aunque me quede hueco. Aunque sangre y escueza. Pero llévatela. Lejos. Lejos. Lejos... Ven. Vete. Entra...

17 septiembre 2011

Solo quería un poco de cariño

En las ventanas de aquel domicilio de la calle mayor aún se pueden ver los carteles. Trozos de sábana y cartón escritos toscamente con brocha mediana y pintura verde, en los que se puede leer lo siguiente: SOIS TODAS UNAS PUTAS; o NO TeNeIS CORAZON eN eL PeCHO; o SOLO QUIeRO UN POCO De CARIÑO PUTAS.

Manuel nunca fue un niño muy popular. Su timidez le impedía mantener conversaciones abiertas y triviales con los demás chicos, siendo a menudo el blanco de burlas y pedorretas de los chulitos de la clase y sus acólitos. Obviamente, su relación con las niñas era aún peor. Su pelo negro lacio, peinado a un lado, el jersey de cuello pico y los pantalones de tergal con ralla al medio tampoco ayudaban mucho. La limitación de una ducha semanal en su humilde hogar familiar, menos. Manuel pasaba los recreos sentado en uno de los escalones que daban acceso al patio. Cuando el recinto se llenaba, entraba hacia los pasillos interiores esperando paciente que nadie pasara a su lado y comenzaran de nuevo las clases.

El barrio aún sigue comentándolo. La música bakala sigue martilleando por las noches la calle mayor; la chavalería sigue haciendo botellón; pero nadie puede evitar elevar la mirada y mirar aquellas ventanas toscamente decoradas con interpelaciones tan poco educadas como tristes.

La adolescencia de Manuel tampoco fue mejor. A los trece años su padre murió. Su madre cayó enferma de cuerpo y de alma, al tiempo que sus hermanos huían lo más lejos posible. Manuel hubo de dejar los estudios y dedicarse a cuidarla. De las cuatro etapas del hombre en la tierra, Manuel pasó por arte de magia (negra) de la primera a la tercera. Recluido en casa como un Norman Bates casposo de barrio, sobrevivió junto a su madre comiendo de la pensión de viudedad hasta la muerte de aquella, treinta años después. Treinta años muriendo sin morir. Treinta años de tiranía materna.

Manuel sale del portal cada noche a pasear por su calle. Vestido con su jersey de cuello pico, pañuelo de paramecios granate alrededor del cuello y pantalones de tergal con ralla al medio, olfatea cada rincón como un perro siguiendo el rastro de su presa. Poco a poco se acerca, lentamente, por detrás. Las saluda tímidamente con una sonrisa petrificada y petrificante en su rostro. Las muchachas se sobresaltan al principio. Después sueltan toscas risotadas con olor a alcohol. El vuelve a hablar. Se acerca un poco más. Huele a sudor, almizcle y colonia barata. La reacción de las muchachas se vuelve más agresiva. Gestos de asco, palabras humillantes, escupitajos y groserías, envueltas en nuevas risotadas crueles. Se van. Las deja ir. Traga saliva y, con disimulo, se huele las axilas. Contiene como puede las lágrimas, respira hondo y vuelve a colocar una sonrisa petrificada y petrificante en su rostro. Se humedece los dedos y aplasta el poco pelo lacio que le queda peinado a un lado.

Las ondas de un programa de radio nocturno transmiten la conversación telefónica de Manuel con la presentadora. Le cuenta que ha colocado esos carteles en las ventanas porque las chicas le tratan mal cuando se acerca a ellas. La presentadora se lo toma con humor. Él no. Todas son unas putas. Él sólo quiere un poco de cariño. Una palabra amable. Un abrazo. El tono de la presentadora comienza a adquirir cierta gravedad. Le pregunta por qué quiere que le den cariño chicas de veinte años. Por qué no busca ese cariño en mujeres de su edad. Él no quiere trato con cincuentonas. Él necesita del calor de las jóvenes, porque le robaron su juventud, y por dentro sigue siendo un adolescente que necesita del afecto de una mujer. De una mujer joven. Un poco de cariño. Una palabra amable. Un abrazo. Su voz cada vez se encuentra más afectada. Su estado, más alterado. El volumen de sus palabras, cada vez más alto. Su velocidad, mayor. La presentadora, que empezó tomándose la experiencia a modo de broma, cada vez se siente más nerviosa. La conversación comienza a adquirir tintes dramáticos. La ligereza de las preguntas iniciales deriva en voces y lágrimas del llamante, provocando una situación que la presentadora no sabe cómo parar. Desde control le hacen señas de que corte. Que corte cuanto antes. La locutora consigue tranquilizar minimamente al pobre Manuel, que derrumbado, cuelga el teléfono para escuchar los comentarios que los oyentes escriben a través de la red. No ayudan. Definitivamente no ayudan.

Es otra noche más. Manuel ha vuelto a peinar su poco pelo lacio a un lado. Colonia barata, jersey de cuello pico, pañuelo de paramecios granate y pantalones de tergal. Con ralla al medio. Deambula entre el ruido bakala olfateando los rincones. Se acerca lentamente, por detrás. Susto. Risotadas. Gestos de asco. Una de ellas reprende al resto. Mira a Manuel con cara de pena, pero enseguida la disimula. ¿Qué quieres?, pregunta con media sonrisa. Manuel no da crédito. Respira profundo. Traga saliva. Un abrazo, responde.

Aquella mañana la policía recibe la llamada de una mujer. Se encuentra muy nerviosa. Sus palabras son entrecortadas, rápidas, ininteligibles. Finalmente, la telefonista consigue entender. Un hombre ha aparecido muerto en el patio interior de su edificio. La sangre ha salpicado sus cristales. La visión que se encuentran los agentes es grotesca. Tumbado boca abajo, sobre un charco de sangre viscosa, se encuentra Manuel, vestido con su jersey de cuello pico y sus pantalones de tergal. No lleva pañuelo de paramecios granate. Mejor. Se hubiera manchado. Su cráneo se muestra abierto como una nuez seca tras la presión de los dedos de un labriego. La pared y los cristales del patio han sido salpicados hasta un metro y medio por la sangre y los sesos del pobre Manuel que, contorsionado de una forma ridícula, tinta de un mayor patetismo su muerte. Al parecer, ha caído desde la ventana de su habitación en el cuarto piso. La policía pide la llave a la vecina. Atraviesa el pequeño hall oscuro de la entrada y continúa por al pasillo una vez pasado el vetusto salón, en el cual se intuye pintura amarilla, o naranja. Todo está intacto, como si nadie hubiera vivido allí en años. El cuadro de su padre, vestido con traje gris y corbata. Las fotos de su madre, mayor, anciana, decrépita. El mueble bar repleto de polvo, como la mesita auxiliar de madera labrada y cristal, o la mesa principal, cubierta de tapetes, retratos y candelabros. Al final del pasillo se puede ver algo de luz, a través de la puerta abierta que deja salir el haz que atraviesa la ventana, también abierta. Ropa en el suelo. Ropa sobre una silla. Un puf roído con olor a alcanfor. Sobre la cama de forja, un cuerpo. Un cuerpo de mujer. No está desnudo. No presenta signos de violación. Tan sólo está… muerto. Las muñecas y brazos amoratados, como su cuello. Muerte por asfixia. Estrangulamiento. En su rostro se refleja una mezcla de pánico y tristeza. En su mejilla izquierda, tatuada con una navaja, una palabra: PUTA. Y a su lado, una nota: SOLO QUeRIA UN POCO De CARIÑO.



Epílogo. Una noche un hombre llama a un programa de radio. Habla de tristeza. De soledad. De crueldad. De sus palabras se deduce una peligrosa psicosis. Ha colgado en sus ventanas carteles insultando a las jóvenes del botellón de su calle. La conversación comienza a ponerse tensa. Todos tragamos saliva. Todos. El resto… es ficción. Por ahora.