Cuerpo sobre mente, mente sobre cuerpo. Todo íntimamente relacionado. Retroalimentación recíproca. Ajeno me siento. Mi cuerpo crea una máscara, una poker face consecuente y consecuencia. Me miro al espejo, retoco el maquillaje, y mi mente comienza a sentirse ausente, consecuencia y consecuente.
¿Qué fue primero? ¿La actitud o la consecuencia? Probablemente las dos. Y está bien así. Pero quien me conoce sabe que no soy hombre de imposturas. Mantener una pose no entra dentro de mi código conductual. Puedo parecer reflexivo y, desde luego, mental. Pero las estrategias me repugnan. La mentira, aún como método de defensa, me provoca nauseas. No hay pose, ni artificio. Actitud y consecuencia, consecuencia y actitud.
Acaba una semana gélida, con el frio emocional calando hasta los huesos. El hielo, aún de lejos, quema y congela a la par. Hay gente experta en indolencia. Probablemente una condición, su naturaleza. Algo a lo que aspiro, también. Muchas lecciones aún por aprender y más clases prácticas todavía. Pero tengo buena maestra.
Viernes noche. Monto en el coche. Cae el telón, acaba el teatrillo. Suena John Barry y, sin verlo venir, comienza a llover. Dentro. Tanta lucha, tanto asesinato emocional, tanto trabajo apagando el fuego hasta apenas reducirlo a brasas levemente humeantes... es agotador.
Aún es pronto. Pero estoy en ello. Momento habrá en que la máscara sea asimilada por la propia piel, se funda y se confundan exterior e interior. Voy avanzando. Buena maestra.
Sigue lloviendo. Hacía mucho. Cada vez menos.
Erik.