N. del A. Allegro es un término musical que hace referencia al tiempo, no al modo. Al ritmo, no a la esencia. Allegro es rápido, movido, enérgico incluso. No alegre. No forzosamente. De hecho, grandes sinfonías tienen en sus allegros las piezas más lúgubres, más incómodas. El primer movimiento de la 5ª Sinfonía de Beethoven, por ejemplo. O de su 9ª. O de la 3ª, la Heróica...
El tercer y último movimiento de esta obra es ambiguo, ecléctico, multitímbrico. Como todo en su relación. Grandes oscuros, pequeños claros. Inicios tormentosos con oasis de esperanza. Finales brillantes aún en su mismo sentido de tenebrosidad. Desencuentros eternos, certezas inconsistentes. Discusiones mortales, besos que les convertían en dioses. Cuchilladas en el alma sanadas con saliva y sudor. Una caricia que les elevaba hasta la más alta y frondosa cumbre y caída libre rompiendo sueños y corazón en mil pedazos. Y un abrazo que recogía todas las piezas y las juntaba de nuevo en un momento mágico. Mil pedazos reensamblados con el único pegamento del intercambio de energía, de paz, de esperanza que da sentir sus pechos juntos y el arnés de sus brazos. Mil pedazos que recomponían una torre que volvía a caer al separarse. Quizá faltaba la argamasa, o quizá se acabó, o no fue lo suficientemente mezclada en su justa proporción.

En todo esto meditaba asomado a la ventana de su vieja habitación, desnudo, mientras ella arreglaba su pelo en el baño, minutos antes de la despedida final. Los destartalados tejados de San Polo resultaban hipnóticos. Deseaba salir huyendo de allí corriendo y saltando sobre ellos, pero llevándola de la mano. Aún en su huída de ella, necesitaba hacerlo con ella. Es algo que, ella, nunca supo ver. Quizá una parcela de simplicidad mental en su laberíntico cerebro. Quizá por el hermetismo de él, refugiado en su Sancta-Sanctorum cuando la tormenta azotaba sus muros. Quizá por los dos, o por ninguno, o por el juego con el que un aburrido dios se distraía utilizándoles siempre de peones.
"Ya estoy", dijo. "Voy", respondió en apenas susurro. Se vistió rápidamente, atusó brevemente sus canas frente a su enemigo de cristal sucio y desgastado, y le abrió la puerta, como siempre. Como casi siempre. Bajaron las canteadas escaleras con cuidado de no resbalar, y se dirigieron hacia el muelle. Venecia olía a podrido, a viejo. Las húmedas callejuelas, los palacios, el agua... el muelle. Allí estaba el barco en el que deseaba acabar con todo cuanto antes. En el que deseaba huir. Con ella.
Se miraron a los ojos. En los de ella, rayos de ira conteniendo lágrimas. Esos rayos que aún hoy le rasgan por dentro. En los de él, aséptica seriedad delante de una córnea enrojecida. Quisieron decirse algo. No quedaban palabras. Un corto abrazo. Una despedida. Y su cara entre sus manos.