El proceso de sanación es como escalar una montaña. Cada paso que das te acerca un poco más a la meta. Cada metro en vertical te llena de orgullo, confianza, tranquilidad. Al sentarte en el pequeño recodo al final del día, no obstante, ves las huellas del camino: las llagas en las manos, los cortes en los dedos, las piernas despellejadas... Nada es gratis en esta puta vida.
Este proceso de ascensión sin sherpa ni piolets es peligrosamente engañoso. Cuando más confiado estás, aparece la gravilla en la falda (...) y, sin saber ni cómo, te encuentras rodando ladera abajo, dejándote la piel y los huesos en la caída. Cuesta volver a ponerse en pie. Cuesta tomar aire y comenzar de nuevo. Miras hacia arriba, y la cima parece más lejos que nunca. Con resignación pero dolorido hasta el alma, inicias el recorrido.
Así llevo varios meses. Hoy ha sido el último traspiés. No tengo fuerzas para seguir. Hundido el cuerpo en la tierra y el hielo, rodeado de bruma, mi cerebro ha sido tentado a dejarse ir, languidecer lentamente hasta dormir en las nieves eternas. En ese momento, una extraña figura ha emergido entre la niebla y me ha dicho, con dulce voz: Ven. Levanta y sígueme.
Y aquí estoy. Limpiando el barro de tu indolencia; curando las heridas abiertas de tu soberbia y negación. Llenando mis pulmones del oxígeno que me robó el darme cuenta de quien eres, de qué soy yo... para tí.
Voy a descansar. Mañana me espera otro duro día de escalada contra ti y mi estupidez.
