06 octubre 2010

Banda Sonora (II)

Mi segundo relación –la primera que pueda merecer tal calificación- fue con A. Acababa de estrenar los dieciocho, y todo mi ser era un volcán. Mi personalidad, un diamante en bruto –nunca mejor dicho- y mi sexualidad, una marejada tendente a fuerte marejada y mar de gruesa a muy gruesa. Comenzaba a encontrarme a mí mismo, a saber quién era, de qué palo iba. Descubrí que mi luz guía la configuraban una serie de valores y principios que me han acompañado, corregidos y aumentados, el resto de mi vida. Y si aquellos eran mi luz, los filamentos de la misma tenían un nombre: Sinceridad. Y varios sinónimos, complementos, asimilados, derivados: Honestidad, Coherencia, Integridad. Con el tiempo descubriría que, de todos ellos, el primero –aquel precisamente por el que empecé a ser yo mismo- era el menos beneficioso, el más prescindible. Se puede ser honesto, entendiendo por tal honrado, justo. Se ha de ser coherente, actuando en consecuencia siempre con lo que se piensa o se predica. Y de la combinación de ambos adjetivos y alguna cualidad más, se deriva la integridad. Creo que estas tres virtudes –para mí lo son, aunque carezca de más- hacen de mi una Persona; alguien que se equivoca, que tiene muchos defectos, pero en la que se puede confiar y, en esencia, aunque con formas a menudo erroneas o cuanto menos pulibles, buena gente. Pero la sinceridad… ay, la sinceridad… la sinceridad es un arma de doble filo. Es como el agua: algo aparentemente inocuo, necesaria para la vida, pero en exceso, y paradójicamente, letal. Los años – y muchos, muchísimos golpes- me enseñaron que esa cualidad no es un don que hay que regalar ni compartir, sino un favor que hay que dosificar. En definitiva: que la gente –entre la que, supongo, a ratos, me incluyo- sólo quiere escuchar lo que le agrada, y le importa tres cominos, por decirlo suavemente, lo que opines, si ello les puede hacer sentir incómodos. Eso, cuando te pregunta. Si no, entonces mejor no abrir la boca. Salvo, por supuesto, que se trate de alguien a quien quieres y que esas verdades, en cualquier caso subjetivas, le puedan hacer mayor bien que el mal inmediato de escucharlas. En resumen: aprendí que –siempre exceptuando a los seres queridos, y a veces ni eso- cuando la gente solicita tu opinión, quiere que les dores la píldora. Y, si no te la piden, directamente no quieren ni escucharla. ¿Y quienes somos los demás para incomodarles innecesariamente? Eso sí, una cosa es callarse, y otras mentir. Eso no. Eso, lo siento, me supera. Sencillamente, como dice el proverbio: si lo que vas a decir no es más bello que el silencio… no lo digas. Un amigo me dijo una vez que hay una diferencia entre ser sincero y ser bocazas… Amén.

Mi relación con A. fue propia de una novela victoriana: pasiones desatadas, discusiones sin sentido, pequeñas palabras que herían como arpones y el telón de fondo de lo prohibido, de la censura familiar que me ha perseguido durante muchos años. Debo tener cara de lascivo Lord Byron. Quizá mi gabardina negra de solapa subida ayudaba a tal imagen… junto con mi música y mis destructivas erupciones emocionales. Pero… ay! A veces echo de menos aquella incontinencia anímica, aquel geiser de sentimientos melodramáticos, de capa y espada, de callejuelas estrechas y empedradas bajo la luz de los faroles. De bendecir a Dios y maldecirle al momento, entre tragicómicas lagrimillas de dolor. Con ella descubrí –aún la recuerdo y casi puedo sentirla- esa sensación de una mano fría sobre mi piel más inexplorada por primera vez. De una caricia torpe bajo el sostén. De un corazón que se salía del pecho cuando mis manos avanzaban (siempre por debajo de la ropa, como debe ser) hacia rincones ocultos y prohibidos, ganando poco a poco terreno a su ferrea disciplina sexual, a sus protegidas fronteras orográficas. Aprendí –después lo corroboraría sobradamente- que un hombre de carácter y corpulencia puede convertirse en un muñeco de trapillo de felpa. Que el amor brota a borbotones, descontrolado, cuando aún eres adolescente. Que cuando creces aprendes a poner una espita reguladora para controlar el caudal. Que cuando peinas canas intentas quitarla, pero se ha quedado anquilosada, fundida en tus venas. Que ojalá pudieras sentir igual que antaño. Que desearías que el amor, y sólo el amor, en estado salvaje, incivilizado, impúdico, posesivo, sumiso, irracional, LIBRE… fuera el único motor y objetivo de tus días. Y aprendí también que, por extraño que seas, siempre hay alguien que lo es más. Como decían mis amigos: “joer, es más rara todavía que tú…” Y en efecto lo era. Cambiante, voluble, veleidosa. Hoy sí, mañana no. Ahora tal vez, luego adiós, después no te vayas…Un año y medio así, volando como un papel a merced de sus vientos cambiantes… hasta que un día me enganché en un rosal. Y cuando volvió a soplar, ya no pudo soltarme.

Muchas canciones en aquellos dorados finales de los ochenta marcaron aquella relación, desde Mecano a Tennessee, Duncan Dhu o Danza Invisible, pasando por Tracy Chapman o Peter Gabriel… Pero, si he de elegir, una, me quedo con esta… casi premonitoria… y definitoria, en su totalidad.

Llanto de Pasión. El Último de la Fila.