19 diciembre 2011

La leyenda del pozo maldito

Escuché tiempo ha una historia de la cual no recuerdo muy bien todos los detalles. Erosionada por el paso del tiempo en mi memoria, sólo queda el recuerdo del trasfondo y algún que otro pequeño adorno.

Hablaba de una pareja enamorada, a la que un hada (o bruja, o suegra, no lo tengo claro) maldijo mediante encantamiento al galán, quien una tarde de primavera acabó en un pozo sin posibilidad de escapar de él, pero tampoco de morir. El hada (o bruja, o suegra, no lo tengo claro) le dijo a la pobre doncella (se le supone tal atributo, es una leyenda) que únicamente desharía el hechizo si era capaz de romper el agua en mil pedazos. La pobre muchacha permanecía día y noche al lado de su amado (es una leyenda, repito) intentando en vano desfacer el maléfico conjuro. Golpeaba el agua con sus manos, pero ésta volvía integra a su estado original. Vareaba el líquido con fuerza y rabia, con idéntico resultado. Tiraba piedras, cualquier objeto a su alcance...  nada. Aquella, una vez desaparecidas las ondas, recuperaba su desdeñosa homogeneidad. No obstante, la hermosa (se supone, es una... vale, vale, me callo) muchacha lo intentaba día tras día, hora tras hora, parando únicamente a tomar algún bocado y descansar del ímprobo esfuerzo.

Pasaron las lunas como pasa el recuerdo. Pasaron los tibios rayos de mayo y los calores de agosto. Pasaron las hojas en caída libérrima y arbitraria. Y llegaron las nieblas, los fríos.  Las brumas, la escarcha. Una noche, destemplada por lo gélidez del ocaso, abandonó el lugar por breve lapso para proveerse de una manta en la que cobijarse. Una vez de vuelta se dirigió a la boca del pozo para desearle buena noche a su amado. Mas cuando fue a hablarle, se encontró con algo sorprendente: el frío había sido tan intenso que la superficie del agua se había congelado. Su corazón empezó a palpitar frenético como un alazán desbocado. Sacando fuerzas de flaqueza, comenzó a golpear el hielo con rabia y frenesí. Poco a poco, éste fue agrietándose hasta que, tras varios minutos de intenso trabajo, el agua, en estado sólido, terminó quebrandose en mil pedazos. En ese momento el pozo se iluminó, clareando con su brillo la negritud de la noche. El joven salió del pozo y se fundió en un largo y cálido abrazo con su enamorada, que supongo esa misma noche dejó de ser doncella. Pero eso ya es otro cantar...

De lo que nos habla esta bonita historia es del poder del amor incondicional, por un lado. Y de que, con paciencia y tesón, todo en esta vida se puede conseguir. Si combinamos en armonía una y otra moraleja, tenemos otro cuento más. El cuento del amor constante, más allá de la muerte, que dijo Quevedo. Curioso personaje, por cierto: pocos podían sospechar que tras su fachada de duro y sarcástico azote de la nobleza y de la clase media (media-alta) se escondía un corazón tan apasionado... Y colorín, colorado, este cuento ha acabado. De empezar.