29 diciembre 2021

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Un año después.

No estaba hablado. No fue pre, ni siquiera meditado. Mismo día. Misma hora. Mismo lugar. Y allí estaba ella. Y allí estaba yo. 

Un año después.

Nos miramos. Nos sonreímos con la mirada. Y nos fundimos en un abrazo. Largo. Más largo que nunca. Más largo que siempre. Ojalá eterno. 

La bella estatua de hielo comenzó a derretirse entre mis manos. Y descubrí que era humana. Que su corazón no era de hojalata. Que su fortaleza escondía un pajarillo necesitado de cuidado, cariño, comprensión... y un diccionario hecho a medida.

Qué dificil fue siempre sacarle dos palabras. Abrir sus puertas. Traspasar sus pétreas murallas. Y ahora, que ya no somos, nada, los muros se derrumban, y el agua fluye sin parar por las enormes ventanas de su cara. Y se me empapa el alma, se me embarran las entrañas, se me mueren las pisadas.

Tienes que sanar. Tienes que salir, por una u otra puerta. La que mejor te haga. La que menos duela. La que te haga más feliz, o menos sufrir. Pero sal. Anda. Ya.

Te quiero, me dijo. Ahora, que no somos. Nada. Un último abrazo. Te quiero, repitió. Mucho. 

En ese preciso momento, comprendí que la había perdido para siempre...