No hay peor avance que el retroceso. No hay destino peor que el presente. Si las aguas de un río suben en lugar de bajar, desconfía. Algo está al revés en tu mundo. Recuerdo un día, hace ya miles de años, en que el viento sobre la superficie del Duero creó la falsa ilusión de que el caudal transcurría desde la desembocadura en el Atlántico dirección Soria. Fue un momento extraño. Una paradoja que, por milésimas de segundo, quizá décadas, sumergiome en un sueño catatónico que aún me vigila de cuando en cuando. Acecha tras mi hombro. Resuella en mi cuello como un toro sin maroma al que has estado capeando sin pudor, afrentando con burlas, recortes y quiebros, desconociendo el oficio y sin taleguilla. Le entiendo. No me gusta el toreo.
No importa. Estoy divagando. Quizá no. Qué más da... El camino más duro es el que no se recorre. Evitas las chinas en el zapato, laceraciones interdigitales, quemazones en el rostro provocadas por el arbitrario viento estepario. Pero sentarte en el margen del camino implica que las piedras te rajen los glúteos y la arena acabe introduciéndose en el culo. Eternamente. Sin llegar a ningún sitio. Incómodo sobremanera.
En estas me encuentro. He reforzado mis pantalones con doble forro y culeras de piel, por ver si los cantos confunden esta con la mía y me dejan tranquilo el tiempo de espera mínimo y necesario mientras decido hacia dónde avanzar. Sé que he de levantarme más pronto que después. Soy viento. Y llevo mucho tiempo quieto. El aire en casa ha de salir, formar corriente. De lo contrario se pudre y huele mal. Y no hay cosa que peor lleve que el mal olor.
Ventanas abiertas. Puertas de ojal con gatera. Viento Sur... olor a transparencia. En breve partiré. No sé hacia dónde. Posiblemente desconozca meta y paradas. Pero llegaré a algún sitio. Eso seguro. Y, mientras tanto, por el camino, intentaré disfrutar de los ocasos y las gotas del rocío en la mañana. Ya he comprado alpargatas con refuerzo. Andar. Andar. Andar...