Una de las cosas que más me sorprende de mi cada vez más apasionado estudio del cerebro humano, en este intento obstinado de entender-me, es su capacidad para crear recuerdos que no existen, mejorar los que sí fueron e, incluso, añadirles sonidos y aromas.
Perfeccionar lo soñado y no cumplido, o incluso incrustar en nuestro hipocampo un chip imaginario con una película que no existió y con unos protagonistas que sí existieron, cuyo guión elaboramos minuciosamente aún sin ser conscientes.
Quizá no sea el cerebro. Quizá sea el corazón, con sus miles de neuronas -el corazón piensa, aunque poco... y mal- empeñado en que no desaparezca en el espacio tiempo el universo que acaso él mismo creó...
No lo sé. La cuestión es que a veces soñamos tanto una ilusión que, tiempo después y por momentos, se recuerda real y cumplida, aunque sólo hayamos escrito un "hola" y un "adiós", con pequeños momentos memorables y otros grandes que mejor no hubieran sido. Y es que, en ocasiones, el sentimiento es tan profundo que cerrar el libro y dejarlo en el olvido, a pesar de lo malo que se pueda haber vivido, es trivializarlo. Hacerlo indigno.
Por eso, saboreemos en el recuerdo la belleza -poca, mucha, la que fuera- y recordemos como ciertas las fantasías soñadas. Sólo así tan único derroche de emociones, una vez acabado todo, habrá tenido sentido. Y será perfecto, pues nadie podrá joderlo.
En un mundo con una existencia tan excretada necesitamos nuestro sancta-sanctorum de fantasía para alimentarnos de pequeñas chispas de ilusiones, mientras vomitamos tristes realidades y seguimos sintiéndonos estúpidos.
Ad honorem.
