Hoy he visto a mis hijos. Hoy tiro del día con más fuerza que ayer, pero con más tristeza. Es un sentimiento agridulce... por un lado, la alegría de poder tocar sus caras, acariciar su piel, besar sus labios; de decirles "Hola, hijos, soy papá; he venido a veros; os quiero, no lo olvideis"; de percibir su alegría y su emoción ante la sorpresa inesperadísima. Y por otro, la melancolía de lo efímero ante lo eterno, la insondable tristeza de sentirme como si robara furtivamente su cariño, su amor. Hoy "no tocaba". Pero me ha dado igual. He decidio romper con el equilibrio de ese status quo tan innombrable, tan injusto y soez, establecido e impuesto por las "leyes" (?) humanas en supuesto benificio de la estabilidad emocional de unos hijos a los que se les obliga a crecer, y en mi caso prácticamente a nacer con una madre al 96% de la jornada, y un padre al 4% restante. Pero, según parece, según dicen los psicólogos -que ya sabemos lo mucho que saben (y sobre todo se aplican) de la psique y el espíritu- y según las personas (léase jueces, fiscales y egoísmos aberrantes de las -algunas- madres), el hecho de que los niños anden de allá para acá cada quince días les supone un trauma tremendo, un vaivén sicológico destructivo... Eso sí, el que desde bebés crezcan sin el aporte -fundamental- de una de las partes, de uno de los padres, y tengan que estar con él cuatro días cada mes desorganizando, ahora sí, su semana, sus hábitos, sus ritmos, para estar con un extraño al que por imperativo legal y por su supuesto beneficio ven únicamente 36 horas cada quince días, eso por lo visto no es desestabilizante; eso por lo visto es mucho más enriquecedor... El equilibrio, crecimiento emocional, psicológico, social, espiritual y personal -del niño como persona humana- es muchísimo mayor si están únicamente con su madre, y el padre es esa persona a la que casi no conocen y con la que les obligan a estar dos veces al mes... Por supuesto, estoy siendo irónico. Pero no sólo afecta a los pequeños y a su progenitor: también están los abuelos, los tíos, los primos de esos niños con los que, por el hecho de que sus padres no se entienden, no pueden relacionarse, ni impregnarse de su afecto y su sabiduría.
Mis niños llevan así desde que nacieron, hace ya más de tres años; y sin embargo, hoy me han visto; me han visto a través de las verjas del colegio, como si fuera un presidiario -en cierto modo lo soy-, un delincuente peligroso para ellos; me han visto y han reído, han llorado de emoción, no se han separado de mí ni un momento... Díganme, señores jueces, fiscales, psicólogos, madres y familias maternas que se benefician -las que lo hacen- de unas leyes injustas alegando sencillamente que hay que cumplirlas... ¿Qué opinan? ¿Creen que mis hijos, que me adoran y a los que adoro, se merecen crecer sin su padre? ¿Creen que en casos como este -muchos- en los que el padre es perfectamente válido, capaz, que quiere a sus hijos por encima de todo y desea y necesita compartir su tiempo y su vida con ellos, la justicia puede llamarse tal, por el hecho de que una señora que se llama madre se niegue a la custodia compartida?
No voy a hablar del resto de condiciones en las que quedamos los hombres a menudo cuando nos separamos, porque sería ensuciar lo emotivo y limpio de estas letras. Pero sí dejo simplemente sobre la mesa una reflexión: si, el hecho de que aquellas sean denigrantes en pro de quien se queda la custodia, puede quizá -al margen de otros sentimientos e influencias con los que los pequeños van a crecer por parte del entorno, a menudo, que no son precisamente positivas respecto del padre- influir en tal negativa a ese razonable, lógico, conveniente y necesario reparto de tiempos, querencias, afectos, educaciones, enseñanzas que los hijos necesitan de ambas partes, a menudo tan iguales, y a menudo tan distintas y complementarias. Yin y Yan, blanco y negro, izquierda y derecha, carácter y carácter, hombre y mujer, padre y madre. Somos eso. No podemos negarselo a nadie. No podemos negarnoslo.