13 diciembre 2020

Reflexiones


 

 

 

 

 

 

Este año que se marchita, pero no muere. Este año que marchita, y mata. Este año que acaba, pero sigue. Sigue socavando moral, integridad, miserias. Socavando el deseo de que todo empiece limpio, brillante y lleno de ilusión con el nuevo año. 

Acaba diciembre, y con él la vida, el futuro, las ilusiones de muchas almas, muchos seres que no merecían el desprecio y el olvido, el entierro en una fosa común de soledad. 

Acaba el año, y las redes asociales se llenan de cartelitos diciendo en una frase lo que su autor ha aprendido, lo que le ha enseñado este 2020. Yo no puedo resumirlo en una sola. Son tantas cosas...

Lo primero que he aprendido, lo más importante, por grave y trascendente: la gente, salvo contadas y honrosas excepciones, es IDIOTA. Idiota; egoísta; ignorante; insensata; insolidaria. Si esa conjunción de factores no se puede definir como maldad, se acerca mucho a ello. Con la ratificación de lo que ya se intuía a menor escala, difícil seguir subiendo en gravedad. 

He aprendido, consecuentemente, que el peor virus de la naturaleza no es un ser inerte, o "no vivo", como algunas corrientes de la comunidad científica se empeñan en denominarlo. El peor virus está muy vivo, aunque cada vez menos: el ser humano. Su egocentrismo, su egoteísmo, su ego... A veces pienso que esta pandemia es la manera que ha encontrado la naturaleza, como ha hecho a lo largo de millones de años, de curar su principal enfermedad: nosotros. La madre tierra seguirá su viaje por el espacio. La vida se abrirá camino, como siempre ha sido, como ha hecho en cuanto hemos tenido que recluirnos. Animales por las calles, verde en las aceras, azul en el cielo. Ahora hemos vuelto a salir, y Gaia no va a permitir que volvamos a enfermarla.

He aprendido que el ser más fuerte puede caer como un castillo de papel con la base mojada por lágrimas derramadas sobre la mesa. Que todos, por fuertes que seamos, tenemos derecho a sentirnos débiles. Y no pasa nada. Que las lágrimas son necesarias, a veces, para regar nuestras raíces y reverdecer. No sé si más fuertes, pero al menos... vivos.

Que la soledad es más dolorosa y mortal que el propio virus. Mata despacio, en silencio. Te consume hasta secarte y convertirte en mojama emocional. Que no podemos elegir nacer, ni a menudo cómo vivir. Pero sí podemos escoger cómo, cuándo marchar. El acto de egoísmo más legítimo, aunque con él no mueras sólo tú. Yo tengo preparadas mis maletas y reservado el billete. Sólo he de esperar el momento adecuado. Y espero poder decidirlo yo.

He aprendido la verdadera importancia de los abrazos. En este año de hipersoledad elegida por hiperresoponsabilidad hacia quienes más quiero, he podido comprobar cómo la ausencia de las vibraciones, la energía del ser querido rodeándome, me ha hecho sentir un vacío tan doloroso como mortal. Un abrazo es un intercambio de vida, de emociones, de linfa vital a través del aura y su calor que te inunda y alimenta. No dejemos de abrazarnos en cuanto podamos. Más importante aún que un beso, que el mismísimo sexo. Sin esto último he podido vivir sin mayor sufrimiento. Sin los abrazos... a duras penas.

He aprendido a decir "Te quiero" a mis seres queridos. A Todos. Con la mayor parte de ellos lo he hecho mediante la literalidad de las dos simples palabras. Con alguna otra, más elaboradamente. Pero lo he hecho. Y quiero seguir haciéndolo. Siempre. Palos y piedras? Las palabras también. Y la ausencia de ellas. Por eso nunca ya dejaré de decirlo. Te quiero.

He aprendido que si alguien no te corresponde, si alguien no te quiere, si no quiere estar contigo, debes dejarle marchar, sin más. Sin más. 

He aprendido tantas cosas... A caer y a levantar, a cerrar los ojos y, a mi pesar, volver a despertar con los primeros rayos del amanecer. A llorar y a sonreir. A ser menos yo y más los demás. A sacrificarme por quien lo necesita, por quien me necesita. A trascender. A seguir adelante, aunque haya de atarme saquitos de piedras en los tobillos para que el viento de la vida no me lleve ante la hoquedad de mi mochila de esperanzas.

He aprendido. He aprendido tanto...

Y mientras escribo suena esto. El descubrimiento de un alter ego emocional......

06 diciembre 2020

6-12

 
Nos encantan las formas geométricas. Líneas que inventan una figura, como el pintor un retrato. Líneas con un sentido absoluto, que transmiten una emoción, como los dedos del músico en su piano. Líneas redondas en su plenitud, naciendo y muriendo a menudo en un mismo punto, iniciando y cerrando un ciclo. Como la vida. Como el amor.

Por eso nos gustan las cifras. Las fechas. Dotarlas de un significado simbólico. Elegimos un día, un mes, que nos sirva para vivir. Para revivir. Para recordar -re cordis, volver a pasar por el corazón- aquello que fue especial. Por eso cobra singular importancia elegir también el día, el mes con el que sellar el ciclo, unir los puntos que terminan la forma. 

6-12 es una de esas fechas redondas. Ambas cifras son pares. Armónicas. El 6 es bello. Agradable en su curvatura. Como el yang. La fuerza del universo masculina, incorpórea. Espiritual. Aire. El 12 es el mes más triste y a la vez nostálgico. Blanco y negro a la par. Redondo por sí solo. Con él acaba el año, y metafóricamente cualquier círculo vital. A su vez, es el doble de 6. Diríase que en su interior lleva recogido, junto con aquel, el Yin. La parte femenina del universo. Terrenal. Tierra. Por tanto, es una fecha ideal para empezar una vida y, por ende, para acabarla. Armónicamente. En paz.

6-12  para mí es la sorpresa. La manifestación palpable de que, a veces, a la vida le gusta darte una colleja cuando te empeñas en desafiarla. Una demostración de fuerza, de poder. De autoridad. Las cosas no son como uno quiere, como uno piensa. Son como la vida dice que son. Punto. Y si tienes prejuicios, recelos, ideas estancas, no importa: ahí está la vida para soplar fuerte y derribar tus "sólidos" cimientos mentales. Así es ella. Imperativa. Taxativa. Tiránica.

6-12 es también el juego del universo. Nosotros no somos sino fichas de baratillo. Ese yin, ese yang, entran en completa controversia cada vez. Opuestos. Opuestos tan potentes que se atraen irremediablemente, irresistiblemente. Opuestos que se unen tan fuertemente que, una vez conectados, resulta una quimera separarlos. Opuestos tan potentes que cuando entran en conflicto se destruyen, saltan chispas de fricción no precisamente pasional. Opuestos que se desintegran. Y la energía del cosmos, manipulada a su antojo por el propio universo, se encarga de reconstruirlos. Y vuelta a empezar.

6-12 es una sonrisa en el recuerdo. Una pequeña mueca labial entre la bruma. Un cachorro entre mis brazos. Pis de perro en mi camisa.Un café en un icónico lugar. Otro café, tramposo y traicionero.  El inicio del fin.

6-12 es la llamada perdida. El mensaje que se borra. El timbre que no suena. El teléfono mudo y ciego. Los adioses para siempre hasta mañana. Los regalos de envoltorio ajado por el transcurso de los años acumulados en el armario. Los viajes no viajados. Los abrazos no abrazados. Ilusiones, rotas. Deseos, frustrados. Proyectos, incumplidos.

6-12 es días, meses, años. Es tantas cosas que es una vida entera que comienza. Y que termina. Que acaba no cuando muere, sino cuando la matas. Y yo no me resignaba a enterrarla viva. No hay opción, ya. Llegó el momento. Cuál mejor...