21 octubre 2019

Delirios y llamas

Postrado en el sofá. Anclado a dos metros de tela. La fiebre me aferra al suelo mientras mi cabeza da vueltas en círculos esbozados  por un bebé. Fuego en la tele. Guerra en las calles. Ayer. Anteayer. Hoy. Pesadilla propia del espejismo hipertérmico. No acaba. No parece acabar. Nunca. No acabo de distinguir realidad y lo contrario. Doy la vuelta como puedo y me pregunto cómo puede ser. Cómo se puede llegar a un escenario de guerra. Cómo arde una ciudad asediada por jóvenes cobardes que tapan su cara ante quien les protege y es atacado, y la muestran estúpidamente ante las cámaras presumiendo de su retraso mental, de su tara emocional, de su nihilismo vital. ¿Cómo hemos llegado a esto? ¿En qué ha fallado, en qué hemos fallado la sociedad para que aquellos en cuyas manos está nuestro futuro destruyan su hogar, luchen sin objetivo real  contra personas como ellos, a los que acorralan, rodean, intentan emboscar para que no tengan escapatoria y queden atrapados a merced del fuego, las piedras, tornillos, ácido, machetes, bombas caseras, sin importarles ni por un segundo que mueran fruto de tanta insensatez?  ¿Cómo? ¿Cómo hemos llegado a esto? ¿Cómo??


Pienso en esas pocas decenas de hombres y mujeres enviados a una madriguera de lobos a luchar por la libertad y bienestar de un pueblo que parece odiarles; pienso en esas pocas decenas de hombres y mujeres temblando de miedo y dolor, saliendo por tercera noche de un furgón que más parece un ataúd rodante, mientras les reciben con una lluvia de rencor, resentimiento, hedor y muerte. Pienso en ellos, en lo que pensarán en esos momentos. En cómo se sentirán sabiendo que enfrente, detrás, a los lados, tienen a seres –no me atrevo a llamarles humanos- a los que no les importa no ya hacerles daño, sino matarles por nada. Por nada. No hay ideales, utopías que se defiendan así, que lo justifique. Nada. Por nada. Pienso en ellos, en lo que pensarán en esos momentos en los que los suyos, los de arriba, los del sillón de piel, los de la cena en restaurante de lujo, les mandan a una muerte más que posible y les impiden siquiera defenderse, amparándose en una “justa proporcionalidad” que significa, en la práctica, dejarse masacrar y, mientras te queman, acuchillan o apedrean, mientras te apalean entre diez, defenderte únicamente dando golpes con la porra por debajo de la cintura para no hacerles demasiado daño. Pienso en ellos, en lo que pensarán de este país, de esta ley, de esta política, de estos políticos que les ordenan defender hasta a quien les mata, y no tienen quién les defienda a ellos.


Mi fiebre crece. Mi cuerpo se descompone, cada vez más, abrazado por un desasosiego infinito. Sólo espero dormir. Dormir, despertar y descubrir que todo ha sido una alucinación producto de mi estado febril y delirante. No quiero un mundo así. No quiero un país así. No quiero un futuro así. Homo homini lupus. Ya quisiéramos ser lobos… Ya quisiéramos…