05 marzo 2013

La Mirada de los Delfines (y III)

De entre todos los animales del acuario, el delfín es el más entrañable. Un tipo simpático. Cae bien a todo el mundo. Sus colegas bigotudas, las morsas, no tienen tanta suerte. Los leones marinos, aún menos. Esos desgarbados e imponentes mamíferos pueden llegar a pesar 300 kilos, en función de la familia a la que pertenezcan. Cuestiones estéticas aparte, dejan patente enseguida su diferencia de personalidad. Unos son excelentes trabajadores: de toda confianza, bien mandados, casi devotos, de carácter afable y en apariencia dócil. Los otros vienen a ser mercenarios. Trabajan lo justo. Están de mala gana y si pueden se escaquean del curro. Su aleccionamiento es bastante más complejo o, cuanto menos, requiere de grandes dosis de constancia y paciencia. Van a lo que van. Sus numeritos duran pocos segundos, por lo general, antes de volver al agua y pegarse el chapuzón. Y eso sí: cada vez que hacen algo pasan por caja a recoger su pescadito. No, no me caen bien. Aparte de que un animal –en el sentido más amplio del término- que de un solo palmetazo puede noquearte sin más me cae antipático, por muchas payasadas remuneradas que hagan. Prejuicios que tiene uno.

Los delfines, sin embargo, son muy distintos. Nadie se imagina a uno de ellos peleándose con su entrenador, ni mucho menos con cualquier espectador. Sus números pueden durar decenas de minutos. Y sólo se acercan para recibir su jornal al final de los mismos, cuando no del espectáculo. Mientras tanto ejecutan piruetas, saltos, sirven de moto acuática, aguantan bromas, risas, interacciones con los más pequeños… lo que haga falta. Dicen, además, que son extremadamente inteligentes. Deben serlo para sobrevivir en unos pocos cientos o miles, en el mejor de los casos, de metros cúbicos de agua, y protagonizar unos espectáculos de más de media hora de duración interpretando sin rechistar y de memoria un guión teatral y “deportivo” que no cualquier humano sería capaz de llevar a cabo sin lapsus en el desarrollo ni fallos en su realización. Cualquiera que haya visto uno de sus shows sabrá de qué hablo.

Tiene gracia. Podría decirse que encarnan al empleado perfecto: bien mandado, muchas horas de entrenamiento y preparación, largas jornadas de trabajo sin pedir a cambio más que un paupérrimo jornal a final de mes, aguantando carros y carretillas y encima, con buen gesto y mejores resultados. Curioso paralelismo. Hermano delfín…

Unos tipos simpáticos. Sí señor. Caen bien. Siempre callados, nunca protestan, se dejan hacer, llevar, traer, y con eterna sonrisa en la boca. Hasta parece que son felices. En los folletos de propaganda, los dibujos animados, etc., se les suele representar de pie, riendo y con unos ojos enormes que transmiten alegría. Discrepo. Desde que asistí al espectáculo en primera fila junto a mis hijos, algo no me cuadra. Durante un tiempo observé asombrado la coreografía artística acuática. Impresionante, sencillamente. Impresionante. Allí me encontraba, boquiabierto, cuasi-babeante, cuando algo me sacó de la realidad evidente y mentirosa. Uno de los delfines se acercó hasta mí. Yo diría que expresamente. Durante unos segundos, pocos pero suficientes, me miró. Me miró fijamente. Los ooh! y los aaah! y los ja-ja! y los plas-plas! de los congregados se fundieron en un murmullo ambiguo de fondo, que acompañaba sordamente una escena sorprendente: ese delfín me estaba hablando. Me hablaba. Me hablaba a través de su mirada. Pude percibir que el cliché habitual con el que los pintan estaba equivocado. Manipulado, tal vez. Sus ojos no eran grandes. Antes bien, pequeños y ligeramente avellanados. Y, lo que es más importante: no transmitían en absoluto alegría. De hecho, salí ligeramente sobrecogido de la función. Esa mirada no me decía “hola, qué tal”. No me decía “soy feliz”. Ni siquiera me decía “qué bien me lo paso”. No. Su mirada era intensa, profundamente triste. De una tristeza contagiosa. No puedo quitármela de la cabeza, medio año después. Aquél delfín me estaba hablando. Se comunicaba conmigo. Estaba transmitiéndome una verdad que, a pesar de su inteligencia, no suele hallar al receptor adecuado, y se diluye vana en la sal del agua. Su mirada contenía lágrimas. Quizá también sus ojos. No lo sé…

No deja de sorprenderme que, de entre todos los allí presentes, fuera a hablarme a mí. Quizá porque yo puedo entenderle. Quizá porque yo también me encuentro encerrado en una jaula de aire y mar, en una celda sin barrotes, con espacio abierto, de la que no puedo salir. Sin ningún lugar al que ir. Quizá porque mi apariencia también engaña. Quizá porque a quien no sepa mirar no le cabe imaginar sufrimiento, debilidad o tristeza en mi interior. Quizá porque, al igual que a él sucede, mi inteligencia no es suficiente para alcanzar la felicidad. Te entiendo, hermano delfín. No podemos escapar. Nuestro destino parece escrito con tinta invisible. Condenados en nuestra prisión interior. La peor de todas.

Unos tipos simpáticos, los delfines. Esa es, a la vez, su cualidad más cruel. Felices por decreto.