Tiene gracia. Podría decirse que encarnan al empleado perfecto: bien mandado, muchas horas de entrenamiento y preparación, largas jornadas de trabajo sin pedir a cambio más que un paupérrimo jornal a final de mes, aguantando carros y carretillas y encima, con buen gesto y mejores resultados. Curioso paralelismo. Hermano delfín…
Unos tipos simpáticos. Sí señor. Caen bien. Siempre callados, nunca protestan, se dejan hacer, llevar, traer, y con eterna sonrisa en la boca. Hasta parece que son felices. En los folletos de propaganda, los dibujos animados, etc., se les suele representar de pie, riendo y con unos ojos enormes que transmiten alegría. Discrepo. Desde que asistí al espectáculo en primera fila junto a mis hijos, algo no me cuadra. Durante un tiempo observé asombrado la coreografía artística acuática. Impresionante, sencillamente. Impresionante. Allí me encontraba, boquiabierto, cuasi-babeante, cuando algo me sacó de la realidad evidente y mentirosa. Uno de los delfines se acercó hasta mí. Yo diría que expresamente. Durante unos segundos, pocos pero suficientes, me miró. Me miró fijamente. Los ooh! y los aaah! y los ja-ja! y los plas-plas! de los congregados se fundieron en un murmullo ambiguo de fondo, que acompañaba sordamente una escena sorprendente: ese delfín me estaba hablando. Me hablaba. Me hablaba a través de su mirada. Pude percibir que el cliché habitual con el que los pintan estaba equivocado. Manipulado, tal vez. Sus ojos no eran grandes. Antes bien, pequeños y ligeramente avellanados. Y, lo que es más importante: no transmitían en absoluto alegría. De hecho, salí ligeramente sobrecogido de la función. Esa mirada no me decía “hola, qué tal”. No me decía “soy feliz”. Ni siquiera me decía “qué bien me lo paso”. No. Su mirada era intensa, profundamente triste. De una tristeza contagiosa. No puedo quitármela de la cabeza, medio año después. Aquél delfín me estaba hablando. Se comunicaba conmigo. Estaba transmitiéndome una verdad que, a pesar de su inteligencia, no suele hallar al receptor adecuado, y se diluye vana en la sal del agua. Su mirada contenía lágrimas. Quizá también sus ojos. No lo sé…
No deja de sorprenderme que, de entre todos los allí presentes, fuera a hablarme a mí. Quizá porque yo puedo entenderle. Quizá porque yo también me encuentro encerrado en una jaula de aire y mar, en una celda sin barrotes, con espacio abierto, de la que no puedo salir. Sin ningún lugar al que ir. Quizá porque mi apariencia también engaña. Quizá porque a quien no sepa mirar no le cabe imaginar sufrimiento, debilidad o tristeza en mi interior. Quizá porque, al igual que a él sucede, mi inteligencia no es suficiente para alcanzar la felicidad. Te entiendo, hermano delfín. No podemos escapar. Nuestro destino parece escrito con tinta invisible. Condenados en nuestra prisión interior. La peor de todas.
Unos tipos simpáticos, los delfines. Esa es, a la vez, su cualidad más cruel. Felices por decreto.
Me alegro de que el trabajo te haya permitido dedicar unos minutos a deleitarnos con tus letras...
ResponderEliminarEn mi opinión, el mejor relato de los 3 y, como buen dramaturgo, finalizar con un buen sabor de boca!
Hermano Delfín, creo que ningún destino está escrito... Mira las estrellas y convéncete de que la FELICIDAD existe!!!! Sigue buscando y no desesperes.
Me alegro de que hayas vuelto a publicar.
Gracias por tus palabras, Berta. Dudo la aseveración respecto a la FELICIDAD, y buscarla implica que te pase desapercibida en el proceso. No obstante, ya que así lo crees, te deseo toda la suerte del mundo en tu búsqueda.
ResponderEliminarUn abrazo.