San Valentín es un santo cobarde. Su propio nombre así lo indica. Valiente, pero poco. Luego ya la gente interpreta lo que le conviene, pero él mismo avisa. De hecho, ni vocación tenía. De entre todo el santoral, le señalaron a dedo. Tú, el pequeño! No te gustaba casar homosexuales? Pues hala, te impongo una tarea harto jodida: seguir emparejando a la peña por la eternidad. -Pero eso no es tan complicado, no? Ya lo he hecho hasta ahora... -No, porque tendrás las responsabilidad de unir a gente que ni siquiera se conoce y además de que salga bien!. A Valentín se le empezó a torcer el gesto. -Siglos y siglos encontrando almas gemelas? Pero eso me va a llevar mucho tiempo de estudio, búsqueda, análisis de caracteres, de gustos, de compatibilidades... A lo que Dios dijo: -Bueno... tú haz lo que puedas. Pero que sepas que si sale mal, las culpas van a ser para tí! Y, además, tienes otra tarea que realizar más importante aún: cada 14 de febrero tienes que apañártelas para que las parejas que has unido -y todavía sobrevivan juntas, da igual en qué circunstancias- arreglen todos sus problemas delante de una cena -si es posible con velitas- y con un regalo recíproco. Valentín entonces cayó en la cuenta de que ser el santo del amor no era una bendición... era un puto castigo divino! Así que, harto de tanto esfuerzo que no iba a ser bien recompensado ni agradecido, decidió trabajar sólo el día a él dedicado. Total, el resto del año no se acordaban de su nombre... Así justificaría su inoperancia ante la ímproba tarea con la imposibilidad de hacer bien las cosas "un sólo día al año"... Y que cada uno extrapole y saque sus conclusiones.
Yo, como te conozco, hace mucho que no te pido nada. Sé que estás desbordado, más aún: que eres cobarde y vago. Pero este año sí. Este año te voy a exigir que pongas ante mí un gran amor. Un amor que me entienda, que me valore, que me quiera. Un amor que me respete, que me cuide, que me ampare. Un amor que sepa estar a las duras y a las maduras. Un amor que me tolere en mis bobadas, y muera por mí en mis virtudes. Un amor que no juzge, un amor que no prejuzge -en el juicio ya me defiendo yo solito, pero en el prejuicio me manejo fatal- mejor. Un amor que me trate como a un niño ante mis debilidades, mis rabietas, y como a un adulto en mi fortaleza, mi pasión, mi entelequia. Un amor que responda con caricias a las regañinas, un amor que acepte caricias cuando me regañe. Un amor que ría a borbotones, que se apasione hasta los tuétanos. Un amor que entienda que la vida son dos días y yo ya he consumido uno y medio. Un amor que sea amor, amante, madre y esposa. Un amor que se deje querer. Que se deje amar. Que se deje cuidar. Que se deje enseñar y que me enseñe. Un amor en quien no exista el término rencor, odio ni venganza. Un amor que no olvide lo bueno, que no olvide lo malo porque básicamente no existe, y las basurillas del día a día se las lleva el camión del Ayuntamiento cada noche, justo antes de acostarse. Un amor que me quiera y lo demuestre, un amor que me quiera como necesito, no como quiera él. Un amor que no me desprecie, ni me humille, ni me castigue. Siempre me castiga. Un amor adulto, maduro, sin prejuicios -ya lo dije- sin rencor -también- sin dramas innecesarios. Un amor que entienda que todo lo vivido forma una pátina de mugre que te envuelve, y que sólo desaparece a besos. Cientos de besos. Millones de besos.Mira, Valiente... Estoy pensando que, mejor, no me busques a nadie por ahí fuera. La tarea que te pido es, o debe ser, más sencilla: mándame a mí mismo. Haz que me enamore de nuevo de mí. Que me quiera, me comprenda y me acepte como solía, o más aún. Quién me conoce mejor que yo? Quién me entiende mejor que yo? Yo seré mi guía, mi luz, mi calor en las noches. Mi apoyo en los momentos malos y mi pedestal en los buenos. Yo me querré como merezco, como deseo.Y a partir de ahí, ya cuando sea te curras tú el resto. De acuerdo? Pues hala, que tienes trabajo, compañero...